Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988

Arqueología de una crítica literaria


Federico García Lorca,
bajo el cielo de Nueva Granada

Vicente Pérez Silva (compilador)

Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1986,
288 págs.

Cuando H. G. Wells se enteró de la desaparición de García Lorca, envió una carta al gobernador militar de Granada, general Espinosa, preguntándole si el poeta aún seguía con vida. Espinosa respondió con una indiferencia mortal —“No conozco el paradero de ese señor”— y su laco­nismo desdeñoso se convirtió en buena prueba de aquello que negaba, de la implicación del franquismo en la muerte del poeta español. Veinticinco años más tarde, Rafael Alberti recordó las palabras del general Espinosa en una conferencia que dictó en el Teatro Colón de Bogotá junto con María Teresa León y Jorge Zalamea. Esas palabras fueron grabadas por la emisora HJCK, y después de otros veinticinco años Pérez Silva las transcribió para este libro sobre García Lorca en Colombia. A lo largo de medio siglo las palabras del general Espinosa pasaron de una carta a una conferencia, de una conferencia a una grabación y de una grabación a un libro. 

Todos sabemos que la muerte de García Lorca significó una pérdida irreparable para la cultura hispánica, y el aniversario de su desaparición parece una buena ocasión para decirlo. Nada mejor, pues, que un aniversario para recordar estas cosas. Pero del mismo modo, nada mejor para estas cosas que tener un aniversario. A primera vista conmueve pensar que hay una pequeña nación del trópico para la que son dignas de recordación estas y otras fechas de sucesos lejanos y antiguos. Y sin embargo, esta delicadeza de la nación para con las fechas es engañosa. No es que nuestro país tenga siempre presente a García Lorca y convierta el aniversario de su muerte en una oportunidad más de manifestarlo. Por el contrario, muchas veces las cosas del arte y la literatura tienen que buscar entre nosotros una fecha de aniversario para poder ser dichas. Sino fuera por las fechas de aniversario, estas cosas casi no existirían entre nosotros. La fecha es el aspecto publicitario de la literatura y el arte, y uno de los pocos recursos que tienen para convencer de su actualidad o de su vigencia a un editor, al director de un suplemento literario o al público lector. En el año 1987, por ejemplo, la literatura nacional tuvo mucha suerte: se cumplieron los veinte años de Cien años de soledad y los ciento veinte de María. 

García Lorca nació el 5 de junio de 1898 y murió el 19 de agosto de 1936. Dadas las circunstancias de su muerte, la fecha de su nacimiento no ha merecido ninguna atención de los comentaristas literarios. La compilación de Pérez Silva conmemora el cincuentenario de la desaparición del poeta, pero además la gran mayoría de los artículos que recoge fueron escritos a propósito de ese mismo acontecimiento. Tres de ellos conmemoran los cincuenta años de la muerte de García Lorca; dos los treinta años y ocho, publicados en 1937 en la Revista de las Indias, manifiestan del modo más rápido posible (siete meses después del crimen) su estupor ante la tragedia. Al parecer, no se escribieron artículos críticos o comentarios sobre su obra antes de esa fecha, con lo que se concluye que sólo a partir de su muerte, García Lorca comienza a existir para nuestra tradición cultural.  

La compilación de Pérez Silva deja ver otras características de nuestros comentaristas literarios, además de su amor por los homenajes y las conmemoraciones. No sólo escriben una crítica de ocasión, esto es, una crítica que se escribe a propósito de las grandes ocasiones de aniversario; también hacen una crítica testimonial, más preocupada por el “yo vi” o el “yo sentí” que por el “yo leí”. Así, por ejemplo, la muerte de García Lorca movió a algunos de ellos a confesar —casi a regañadientes, casi a pesar de su modestia— que habían conocido personalmente al poeta granadino. Bernardo Arias Trujillo dice que lo conoció en Buenos Aires, en la legación de Colombia, y que se reunieron en un rincón de la biblioteca a beber champaña y fumar tabacos turcos mientras derivaban por un ámbito de exquisita sensibilidad. Pedro Gómez Valderrama refiere cómo viajó por Granada preguntando a una y otra persona por el lugar donde se hallaba la tumba del poeta y cómo vino finalmente a encontrarla, mucho antes que las grandes biografías la localizaran en los mapas, cerca de Viznar, “[al] pie de la colina, a treinta metros de la carretera, [en] un pequeño barranco de tierra oscura” (pág. 101). Jorge Zalamea, que fue su amigo personal, cuenta que García Lorca era clarividente y Visionario, capaz de comprender el sentido profético de una niña que lo llamaba “acerico de alfileres”, de percibir las vibraciones de un cementerio de monjas mucho después que el tiempo hubiera borrado toda huella de los sepulcros, y hasta de hacer una profunda explicación del Ulises de Joyce sin haberlo leído. 

La leyenda de un García Lorca adivino y profeta, es uno de los lugares comunes en que persisten nuestros comentaristas literarios en su necesidad de exaltar al poeta hasta las estrellas y seducidos por la significación que la obra de García Lorca adquirió con la muerte trágica de su autor. Willian Ospina se pregunta cómo leeríamos al poeta granadino si éste no hubiera muerto fusilado, y concluye que “esa aura de héroe y de mártir cargó para siempre su obra poética de un prestigio adicional y llenó de un inesperado patetismo muchos de sus versos” (pág. 122). El lector puede advertir ese patetismo pero le resulta difícil considerarlo como un don profético. Los comentaristas literarios, en cambio, insisten una y otra vez en este aspecto: “Acaso Federico presintiera su fin” (pág. 109), dice Lino Jaramillo, y Eduardo Salazar lo llama sin más “poeta agorero” (pág. 159), en tanto que el mismo Pérez Silva habla, en exaltada aliteración, de una “Muerte profundamente presentida” (pág. 125). 

Estas afirmaciones tan próximas al lamento, estas angustias de una fatalidad borroneadas tantas veces y publicadas finalmente en todo el esplendor de su delicadeza, dejan un mal sabor de artificio, de oratoria, de aristocracia yana. Lo abusivo de su exaltación consiste en que de cuando en cuando se vuelven al lector y le hacen ver su limitación para apreciar algo que resulta tan claro a los ojos del crítico extasiado y cuasimístico. Darío Achury Valenzuela, pura sensibilidad pura, le aconseja al lector que tenga “a mano aquel libro de las Canciones del poeta asesinado para que sus ojos vayan viendo cómo de la nada surge el mundo maravilloso de Federico” (pág. 33). Y Arias Trujillo, por su parte, al recordar aquella velada en una elegante biblioteca diplomática, no tiene ningún escrúpulo para afirmar que su finura y su embriaguez le daban “cierta superioridad de clima sobre los otros contertulios para mejor comprender la poesía de García Lorca” (pág. 26) Este tipo de crítica, hemos dicho, en una crítica testimonial; agreguemos ahora que también es una crítica aristocrática. No le basta con decir “yo vi” o “yo sentí”, sino que además declara descaradamente: “yo soy exquisito, żverdad?”. 

No se equivoca Carlos Rincón al decir que la obra de García Lorca ha inspirado una serie de “delirios interpretativos” (pág. 138). Su ensayo es uno de los más lúcidos de la compilación, y en él propone comprender la obra del poeta en el ámbito de la tradición española. En una primera instancia, Rincón bosqueja una evolución de la obra de García Lorca, el paso del Yo al Tú, del Romance al Teatro, y a continuación se remonta al siglo de oro, a Lope de Vega, para encontrar allí tres aspectos que perviven en el drama del escritor granadino: la forma romance, el tema del honor y la configuración realista de los personajes. Rincón no se ocupa de Poeta en Nueva York, pero no creo que esa omisión altere gran cosa su hipótesis sobre la evolución poética de García Lorca. Este libro no se puede concebir sin el Tú, sin la interpelación constante a los hombres de Nueva York, a los negros y a los homosexuales, a los comerciantes y a Walt Whitman. Rincón tampoco se ocupa del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, pero en la conferencia que le dedica Ramón de Zubiría el lector puede encontrar una confirmación de la hipótesis de Rincón en la medida en que De Zubiría considera el Llanto.., como una composición coral y a la voz del poeta como “un coro trágico” (pág. 191). 

El ensayo de Rincón, la conferencia de De Zubiría y un estudio estilístico bastante minucioso de Eduardo Camacho Guizado sobre la misma elegía, son quizá lo único que valga la pena leer de la crítica colombiana a propósito de García Lorca. Lo demás es olvidable. Importa menos por lo que dice que por la actitud en que se funda. Nuestra crítica testimonial y aristocrática es, paradójicamente, una crítica mendicante. Por ahí va nuestra critica, recorriendo el camino de los calendarios, pidiendo la limosna de una fecha para que la dejen decir algo que no parezca impertinente. Han pasado cincuenta años desde la muerte de García Lorca. Las fechas regresan siempre. Dentro de cincuenta años los descendientes de Pérez Silva realizarán una compilación que incluya la compilación de su abuelo. Será un homenaje a quien rindió un homenaje a quienes rindieron un homenaje al poeta español. Alguien en el futuro citará las palabras del general Espinosa.  

 

J. E. JARAMILLO ZULUAGA