Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988

Vargas Vila en Argentina


Mi viaje a la Argentina. (Odisea romántica)
José Maria Vargas Vila
Biblioteca de Grandes Obras, Buenos Aires,
1924, 192 págs.
 

 

“El libro más atrevido y venenoso del año”: así se anuncia desde la cubierta. Entre diciembre de 1923 y enero de 1924, Vargas Vila estuvo en la Argentina. Pasó un mes en Buenos Aires y escribió otra obra “mitad poema, mitad panfleto”, como él mismo la califica. 

El libro es breve, máxime tomando en cuenta la peculiar disposición tipográfica en forma de versículos, típica de Vargas Vila, con la cual llena, con poca sustancia, mucho más espacio. Sin embargo, y a pesar de ello, alcanza a denigrar al diario La Nación, a su fundador Bartolomé Mitre, y a uno de sus más conspicuos colaboradores, Leopoldo Lugones, a quien llama “Homero de cabaret”. 

Además de la antedicha diatriba, el libro también despliega un feroz ataque contra Buenos Aires, por su esnobismo extranjerizante, y a la Argentina toda, “tierra para rebaños”, carente de una cultura propia y dispuesta a dejarse conquistar por el primero que llega, según el panfletario. 

Si bien entre sus intelectuales salva a Almafuerte, a Ricardo Rojas y al diputado socialista Alfredo Palacios, Vargas Vila, quien ya decía aguardar la muerte, aunque no fallecería hasta 1933, no deja de enarbolar el estandarte guerrero, triste de los mediocres adversarios a los cuales debe afrontar. A uno de ellos, Soiza y Reilly, lo llama “onanista de orangutanes”. A otro, Vacaressa, lo bautiza como “insecto prendido en el pubis de una meretriz” (pág. 163). 

Más allá del mal gusto, y de los excesos demagógicos de su iracundia, el libro nos revela su carácter solitario y fúnebre, en el cual no deja de haber una impostada dosis de decadentismo. Al margen de esa imagen de época, vemos también a un Vargas Vila absorbido por su ideario liberal y artístico que era, cómo no, altivamente aristocrático. 

Como modernista, Vargas Vila despreciaba a las multitudes. En el caso argentino, a esas ávidas tribus de emigrantes gallegos y napolitanos que venían a hacer la América. Mantenía, además, intacta su nostalgia de una Colombia que lo engendró y que había abandonado, fugitivo, cuarenta años atrás. 

El encuentro y la recepción que le brindó Laureano Gómez, diplomático entonces en la legación colombiana, lo conmueve al máximo. La patria es inextirpable y es ella, en realidad, la que explica su exilio y su prosa. Sólo que ahora, fatigado, no tenía tiempo para saborear la venganza. Le quedaba apenas una tibieza edípica y un helado rencor. 

Todos los tópicos del momento se dan en el libro. El viaje en barco, el turismo de “alta sociedad”, con miembros de la aristocracia papal, su aparentemente sincero anonimato y el consiguiente elogio de la alta torre de marfil y, claro está, su fama atronadora. En Buenos Aires, además de aparecer un libro sobre él, recibió 122 tarjetas, 68 cartas y 28 álbumes para estampar su rúbrica y algún “pensamiento”, como no deja de señalar con maniática vanidad. También se escucha el eco estrepitoso de sus polémicas y la misteriosa voz femenina que todos los días lo llama por teléfono y le envía rosas que más bien parece un artilugio no consumado para incrementar el morbo de sus lectores. 

Todos estos tópicos, lo repito, están allí. Pero más allá, inasible y camuflado, también está el propio Vargas Vila. Uno de los pocos escritores colombianos con real resonancia internacional. 

El enrevesado orgullo que lo lleva a la Argentina a vengar injurias, buscar pelea y agraviar a los reporteros, resulta demasiado obvio. Vargas Vila era un agente provocador. Pero esta no es otra de esas novelas suyas, tan farragosas, sino un diario de viaje. Se necesitaba entonces una suerte de coraje suicida para emprender cruzadas de tal tipo, diciéndoles de frente todo lo que pensaba a sus desconcertados interlocutores. El medio tono argentino se ve roto, en todos los sentidos, por este iconoclasta tropical. 

¿Qué opina de Buenos Aires? La patria del plagio, la Gran Ciudad de Segundo Orden, la Babilonia de Cartón, Esnobópolis. Con mejores modales, André Malraux la llamó “capital de un imperio que jamás existió”. Pero este “Cenobita Laico” que cultiva “La Virtud Altiva del Desprecio” (siempre sus socorridas mayúsculas) no se limita a ello. Razona la carencia de una arte propio. Va en busca de los monumentos locales y sólo halla firmas francesas, italianas o inglesas y reitera una vez más su credo americano, cuando comprueba cómo en una ciudad con demasiadas estatuas no hay ni una sola consagrada a quien más lo exaltó y cantó: el mestizo Rubén Darío, nacido en Nicaragua. 

Triste ante tal ingratitud, piensa en el poeta amigo suyo, que a Buenos Aires le fue “tan tenazmente fiel y tan servilmente amigo”, y que no ha merecido ni siquiera ese reconocimiento. Moralista, concluye reconociendo cómo es de efímero “el Humo de la Adulación, aunque tenga por pebetero el Alma de un poeta”, el alma lírica y suave de Darío (págs. 155-156), aludiendo así a la Oda a Mitre, que Darío escribió. 

Contra esa “Teoría de la Belleza, absolutamente municipal”, se emplaza entonces el brulote de Vargas Vila. El es el ala izquierda del modernismo en contra del Lugones que proclama la hora de la espada. Y el venir a desafiarlo, en su propio terreno, el propósito nada oculto de Vargas Vila. Habrá así que reconsiderar su figura como la del único prosista colombiano “audible” dentro del modernismo, y como tozudo adalid antimilitar. Las guerras civiles colombianas lo habían vacunado contra tal plaga. 

Más allá de esta batalla, que lo excita y lo hace revivir (Vargas Vila nació en 1860), hay otro nivel en el libro: el autobiográfico, que lo torna revelador. La confesión de sus treinta años de vida con su secretario Palacio Viso; el amor por su madre; su orgullo, tan ingenuo como incómodo; su reencuentro, en la distancia, con Colombia; el carácter profesional con que mantenía su carrera de escritor, a la cual no eran ajenos, por supuesto, dosificados escándalos como éste, para elevar las ventas. 

Incluso sumando todos. estos factores y añadiéndoles su incontinencia verbal, plagada de latines y griegos, y del afrancesamiento y las erudiciones mímeticas que el propio Vargas Vila le critica a la Argentina, alcanza a asomar un analista del carácter local, no por exagerado menos digno de tomarse en cuenta. 

Así lo ha hecho, por ejemplo, la argentina Susana Pereira en su reciente antología Viajeros del siglo XX y la realidad nacional (Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, Biblioteca Política Argentina, núm. 72, 1984), donde juzga el aporte de Vargas Vila en estos términos:  

Algunos ojos nos vieron sin piedad, pero adelantaron en sus juicios el problema del colonialismo que todavía arrastramos. Vargas Vila, el cuestionado poeta, decía.
- “Los argentinos ya no existen..."
Caminaba por nuestras calles, cavilando sobre nuestro drama, buscándonos debajo de las fachadas importadas, estrechando su amistad con Alfredo L. Palacios, a quien admiraba, castigando con su pluma el auge europeo y la pérdida de lo autóctono, alegrándose ante el mantenimiento de la familia, del hogar, opinando sin tapujos, porque como dijera: “la verdad sólo es digno de decirla aquel que no tiene miedo de morir por ella [pág. 9].  

En verdad, miedo no tenía, pues ya estaba situado más allá. Era un sobreviviente del modernismo, y dentro de esa renovación es desde donde hay que juzgarlo, tomando en cuenta su irradiación continental. Esta simple reseña de un libro inconseguible sólo busca aportar un dato más al problema: ¿cómo escribir una historia literaria colombiana si se desconoce aún a uno de sus escritores más divulgados? Aquí no cuenta tanto la calidad literaria sino el fenómeno cultural, en toda América y España, que Vargas Vila encarnó. Si su biografía de Rubén Darío le permitió salir de su autosuficiencia admirando a alguien más grande que él, este diario de viaje, y de combate, tiene, además de la pátina adquirida con el tiempo, una auténtica entonación fúnebre: será su último viaje americano. Su postrer batalla. Combatiendo a Lugones, reafirmaba su fe. 

Eran los pequeños periódicos socialistas, no La Nación, donde habían colaborado Martí y Darío, Unamuno y Sanín Cano, los que lo secundaban en sus exabruptos. Continuaba siendo un francotirador, aquí y allá, pero las tremolinas que armaba alcanzaban a exponer desnuda parte de la retocada verdad. 

En definitiva, un anciano furioso y malhablado, al cual ya nadie podrá impedirle la revelación de incómodos secretos. 

La hojarasca que sepultó su obra todavía permite vislumbrar, como en los solares abandonados, algún vidrio cortante, algún filoso resto de metal oxidado, un brillo equívoco. Como decía José Luis Romero: “hay ciertos personajes no muy serios que uno tiene que tomar muy en serio”  (1).  

JUAN GUSTAVO COBO BORDA

(1) Véase Malcom Deas, “José Maria Vargas Vila”, en Sergio Bagú y otros. De historia e historiadores. Homenaje a José Luis Romero, México, Siglo XXI, 1982, págs. 157-166. También Maicom Deas, Vargas Vila. sufragio, selección, epitafio. Bogotá, Biblioteca Banco Popular, pág. 120, 1984, y J. G. Cobo Borda. “¿Es posible leer a Vargas Vila?”, en La alegría de leer. Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1976, págs. 119-128.