Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988

Historia y magia


La tienda de imágenes
Elisa Müjica
Ediciones Fondo Cultural Cafetero, Bogotá,
1987, 120 págs.

 

La lectura de La tienda de imágenes es el reencuentro con los hilos de historia y fantasía que tejen los ensayos, novelas y cuentos de Elisa Mújica. El interés por la historia que manifiesta la autora de las crónicas de La Candelaria (1974) y los virajes de tipo fantástico o enigmático que sufren los relatos de Árbol de ruedas (1972), son los elementos que dibujan el perfil de los diecinueve cuentos del último libro de esta escritora. En sus reflexiones en torno a Reminiscencias de Santafé de Bogotá (en “Bogotá según su cronista Cordovez Moure”, La Candelaria), Elisa Mújica considera que el legado de los cronistas de la conquista, la colonia y la independencia es la semilla del novelista que aún no existe en Colombia. Siguiendo esta convicción, la autora se nutre de personajes y episodios históricos, en sí mismos novelescos, para, como en el caso del Tríptico de La tienda de imágenes, recrear el mundo de Florentino González y de Nicolasa Ibáñez —el secretario y la amante de Santander— o reinventar el ambiente de tensión durante los juegos de tresillo en casa de los De Castro, donde Francisco de Paula intenta prender al conspirador José Sardá. 

El Tríptico, constituido por El pequeño escribiente Florentino, La partida de tresillo (ya presentada en forma de crónica en La Candelaria) y Nicolasa en París, se sitúa en los períodos presidenciales de Bolívar y Santander, recuperando y ficcionalizando lo que para la generación española del 98 constituye la “infrahistoria”. Los relatos de Mújica se orientan, pues, no hacia los grandes acontecimientos sino hacia los pequeños eventos, hacia los acaecimientos personales que, aunque no figuran en los libros de historia, son motores y parte integral del devenir. 

Los personajes históricos inscritos en los cuentos de La tienda de imágenes dejan de pertenecer a la galería de los próceres y los sabios para adquirir una dimensión humana e interior propia. Tal es el caso de los seres de Una señora de Valladolid, donde la correspondencia entre Rufino José Cuervo y Rafael Pombo es el medio para introducirse en el estudio del primero en el París de 1908; fabular el discurrir del pensamiento de Cuervo mientras se acerca o distancia de la carta que escribe, es la forma en que la narración construye el mundo privado e íntimo no sólo de los corresponsales sino de las personas con quienes mantienen contacto diariamente. Es también la manera de reconstruir la pasión por el lenguaje que sustenta la obra del filólogo y lingüista colombiano. 

El encanto de otros cuentos de Elisa está en el silencio que los puebla y en los ecos que este silencio permite escuchar. Los personajes de narraciones como El pequeño señor y el río y La tienda de las imágenes, son solitarios que se crean un espacio donde los objetos se cubren de magia y llenan el vacío de sus vidas. Federico, el coleccionista del primer cuento, halla en las cosas que posee, más que un valor material, las historias secretas de otros seres: “era como si la dicha un tanto melancólica que esos objetos habían inspirado a sus anteriores propietarios, se acumulara para siempre en su contorno, comunicándose al que los miraba. Y sobre todo, al que los tocaba. A eso y no a ninguna otra causa se debía la persecución que soportaban por parte de las personas solitarias” (pág. 27). Este misterio de las cosas es el que atrae como un imán a la narradora de La tienda de imágenes hacia el almacén de las mellizas Pombal; en ese lugar su fantasía se ve satisfecha y gracias a ella establece una cómplice relación con los objetos expuestos en la vitrina. Una bombonera que compra y coloca en su casa, la induce a entrar de puntillas a la habitación donde ésta se halla, “como si allí hubiera un niño dormido” (pág. 43). También en algunos cuentos de Arbol de ruedas, como La acacia, La palmera o El espejo y el rubí, se opera esta fetichización de los objetos, y es en estas instancias donde el lirismo del lenguaje narrativo encuentra su mayor expresión. Los cuentos de La tienda de imágenes toman a veces giros imprevistos; giros que, más que rupturas en el curso de la acción, son el paso de la narración hacia un nivel simbólico. En El cisne negro, Ana Magdalena vive presa de los fantasmas de la culpa y de la espera, y la realidad pierde su dimensión concreta cuando éstos la acechan. En El chal azul, los ojos de la demente adquieren el color del chal que le ha regalado su hermana y que nunca usa, a medida que su muerte se acerca. Se trata de enigmas cuya solución racional no debe buscarse: las narraciones culminan en un plano sugestivo que abre al lector diversas posibilidades interpretativas que incentivan y retan su propia capacidad creativa.  

Junto con la reivindicación de la historia como materia de ficción, Elisa Mújica realiza la recuperación de lo cotidiano. Dentro de esta última línea también figuran personajes comunes, tan ordinarios como una viuda de clase media, una secretaria retirada o una empleada que sirve tintos en la Caja Agraria. El hilo narrativo se inicia en ámbitos de familiaridad que se tornan significativos debido a la intrincada red de sentimientos que ocupa su interior. La aparición de Julián, en El contabilista, desestabiliza el microcosmos doméstico de tres hermanas que proyectan en la juventud del empleado las necesidades afectivas que se han fermentado o envejecido en su interior con el paso del tiempo: “la desgracia para las viejas —dice la narradora— radica en las convenciones que nos impiden la conjugación del verbo acariciar (pág. 78). Mas la desgracia para otras mujeres de estos cuentos radica también en su pobreza y en su reclusión en un ancianato, como le sucede a María Modesta, o en la insaciable búsqueda de una causa que justifique el estar viva, como ocurre al personaje de Carta a Vilma.  

Si bien los cuentos cortos, como El héroe o La pararrayos, captan instantáneas que conforman un cuadro total, los relatos mejor logrados son aquellos en que la narradora se permite la profundización en los miedos y los fantasmas de los personajes. El volumen que estos últimos ganan se debe, ante todo, al acierto con que esta escritora bumanguesa capta los conflictos comunes, y no por eso menos complejos, que se generan en el ser humano.

ALICIA FAJARDO M.