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Boletín Cultural
y Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
Condenados a belleza
Hilo de arena
William Ospina
Colcultura, Bogotá, 1986
El oscuro hecho de que nada haya aparecido sobre el breve libro de William Ospina
quiere decir que algo está bien. Es ciento que
el cine como la fotografía son un arte, pero
así mismo es cierto que a la palabra la han ido
desplazando hacia algunas regiones, donde el periodismo
o la radio la convierten en un decaído emblema.
Pero hay Otra palabra, la palabra de la poesía.
Cada libro inaugura un nuevo tratamiento del lenguaje,
dota a la palabra de una carga de profundidad especial,
va marcando suavemente algún surco. Pero todos
sabemos que esto no ocurre con demasiada frecuencia.
Hilo de arena es una incuestionable excepción.
La poesía de William Ospina cumple con cierta tendencia última
de la poesía escrita en Colombia a volver al
paisaje, no como alusión retórica o meramente
casual, sino corno lo entendía el romanticismo
alemán. (Algo se tendría que aprenden
de Mutis). Pero por el libro no sólo transitan
los ríos, las pesadas serpientes;
transita el hombre que está unido al poder de
la tierna. (Algo se tendría que aprenden de Arturo).
Porque el paisaje no sólo es lo que abarca la
minada sino lo que se esconde allí de historia,
y es precisamente la historia donde también apunta
la poesía de este libro, síntesis del
hombre y de sus actos.
Es clara su raíz romántica y también su preferencia por
Hölderlin, a quien le dedica uno de los más hermosos
poemas. Es un verso extendido, dichoso, se decide a
nombrar lo suyo, a contarnos su propia versión
de las cosas, y de esta forma su yo personal se anula
para que el lector adquiera esa condición
de milagro que tiene su palabra, que ya pertenece
a todos.
Ante el desamparo del pasado ido, ante el abandono de los dioses
de la sociedad contemporánea, William Ospina
convierte a esta materia en su propio canto, donde se
transforman en maravilla tanto la orfandad como la necesidad
del amor en el hombre. Sus versos calibran la infinita
capacidad de belleza que encierra el simple hecho de
estar vivos, escarban esa región del hombre que
lo hace emparentarse con la divinidad, en un momento
tan cotidiano como recorrer una calle u observar la
cruz blanca a la orilla de un camino en el campo. También
nos transmitirá eso único en los actos
de los hombres, apoyándose a veces en personajes
como Nariño en el momento en que entra a Pasto,
traicionado por sus seguidores.
La total y absoluta convicción en el ante como forma denegar al tiempo
es en Hilo de arena apabullante, ya que una y
otra vez parece decirnos que no existe el vacío,
la desesperación, la angustia, sino que hay hombres
traspasados por su visión del mundo.
Hay algo que irremediablemente condena a belleza. Este es el caso
del libro de William Ospina.
RAMON COTE BARAIBAR |