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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
Refugios transitorios
Retratos
David Jiménez P.
Universidad de Antioquia, Medellín, 1987.
Luces de navegación
Medardo Arias
Universidad de Antioquía. Medellín, 1987
El año pasado, compartieron el premio nacional de poesía de la
Universidad de Antioquia dos escritores cuyos libros
se complementan a las mil maravillas. La decisión
¿salomónico/poética? de premiar
Retratos y Luces de navegación, bien
se justifica.
Si el libro de David Jiménez propone una reflexión del mundo personal
(la familia, la relación amorosa) congelado
en fotografías o en poemas ajenos, el de Medardo
Arias lo hace a partir del desplazamiento (viajes, ciudades) y el paso de la infancia a la madurez. Ambos
libros poseen, así mismo, puntos de encuentro,
miradas casi gemelas.
En Retratos, la nostalgia por un lugar (multiplicado) expresa
de diversos modos la necesidad del reconocimiento, aunque
éste pertenezca a la memoria o a la muerte: Allí
persevera apacible/ contra el gasto de los años/
en ese espacio y ese tiempo/ donde yo no soy posible
(Escrito en el dorso de una fotografía). Los
personajes evocados por el sujeto hablan en mayor medida
de él y de su historia, pues indirectamente asistimos
a una reconstrucción familiar y, en el caso de
las versiones/traducciones, poética. Al referirse
al padre (En sus cartas habitaba/ un alma más
dulce/ pero su cuerpo la guardaba de nosotros),
a una mujer ensoñadora (Como una concha
de mar, atesoraba los sonidos de otras vidas y las vivía
como propias) o a un misal ("El libro de
misa de una mujer devota es un objeto digno de toda
consideración ..."), el sujeto revela que
su predisposición no no es el oropel ni
el mero calco. Hay en el libro de Jiménez una
voluntad que, imagino, el poeta ha descubierto con absoluta
paciencia y quizás terquedad. Como quería
Baudelaire, existe siempre una lectura previa que anticipa
al acto creativo. Y por eso Jiménez muestra su
pericia tanto en prosa como en verso. El poema de
los escaparates y Una luz opaca... son
a la vez teoría y práctica de una fijación
y me recuerdan la parte final de Puertas al campo,
de Octavio Paz, donde el guía del poema o
el cuadro es simultáneamente la escritura misma.
Los libros guardan la llave y el secreto:/ enredado en sus letras/ aprendes
la dicha de leer/ y no escribir. Y por eso la
Pequeña oda al instante perfecto es un
eficaz resumen de la índole de este sujeto, caracterizada
por el privilegio de una elección: Afuera
aguardan el deber,/ la angustia,/ mientras, sentado,
alargo los minutos/ con un libro en las manos.// No
leo o leo muy poco./ Pienso, divago, sueño. No
me apresuro.// A veces oigo que me llaman,/ suavemente,/
sin rigor,/ sólo con una pizca de inquietud.//
Pierdo el tiempo y no me remuerde./ Justificado por
la necesidad/ y el abrigo de toda censura/ me siento,
por fin, libre y solo.
Esta primera parte, que da título al volumen, es la mejor. La segunda
Instantáneas se inclina
hacia la lírica amorosa. Y surgen (¡cuándo
no!) los haikús, que se han convertido en una
especie de virus o fiebre amarilla que ataca a los poetas
hispanoamericanos. ¿Quién no ha escrito su haikú?
Bastan la ranita y el estanque, la luna y los roces
de la seda, algunos patos salvajes y el cayado del anciano
o del borrachín al pie del árbol, qué
sé yo. Felizmente, David Jiménez opone
a esta plantilla verbal el erotismo de lo prosaico:
El hocico inquieto/ oso hormiguero/ en tu madriguera.
A Dios gracias.
Sin embargo, salvo por las versiones de Jennings y T. Gunn, esta sección
no cuaja del todo; tal vez habría podido formar
una sola con los poemas de la tercera parte, titulada
Canciones. Las cinco primeras, pese al trabajo
del verso, son demasiado literarias o literatosas. Les
falta espontaneidad o cómo decirlo
van vestidas de etiqueta. Y el poema que sigue, Rilkeanas,
precisamente por su cercanía a las canciones,
se contamina un poco y se nos ofrece como una mezcla
de Eluard y Prévert: Cuanto me das pierdo
de ti/ Cuanto renuncio alcanzo/ Si te alejas más
penetras/ Si estás cerca tanto más lejana
me pareces/ En cada palabra que pronuncias/ se ahoga
mi deseo/ De tu silencio puedo esperar la voz que anhelo/
Cuando te veo no eres realmente tú/ Sólo
al soñarte lo eres/ Tenerte un día sería
perderte para siempre/ No poseerte nunca es el precio
de tu firme permanencia.
Retratos habría ganado con intensidad poética y en estructura
interna si hubiese estado conformado por tan sólo
la primera parte más las versiones que recorren
el libro y alguno que otro poema. Pero en todo caso
mi observación es accesoria. El libro de Jiménez
también podría leerse como una preparación
poética (primera parte) para la confección
de las cinco canciones (tercera parte). Ya lo sabemos:
todo es posible en la dimensión de la poesía,
excepto el vano alarde.
Y este libro cosa que se ve a la legua ha sido concebido y ejecutado
con seriedad.
Por su lado, Luces de navegación es un conjunto más
ambicioso. De ahí sus logros y también
sus caídas. La primera parte Sagas
primarias explora un mundo familiar (en
esto se da la mano con Retratos). Su técnica
consiste en una enumeración de objetos, sucesos,
personajes. Y por eso la lectura se torna a veces un
tanto previsible, diríase.
La palabra ha de servir para evocar (hacer una lista), pero además y
principalmente para vacilarse, combinar. Medardo
Arias se detiene en el umbral de un posible juego, sin
arriesgarse: "Con celo de filibustero/ cuidaba
el abuelo/ aquel baúl en el altillo;/ juntos,
descubrimos el tesoro:/ viñetas de un licor desconocido,/
láminas de tinta fresca/ con galeones medievales
...". (Aquel baúl).
No se anima el poeta a dar el gran salto cualitativo. Y de alguna forma esta
timidez se expresa en un poema: "He decidido empezar/
a guardar tu voz,/ trozos de amor en este cajón
..." (Ecos). La voz, que en esos versos
pertenece al hogar, es también la huella de ciertas
luces de navegación, la fe de varias rutas no
siempre transitadas con suficiencia. Más bien
parecerían someterse a lo imprevisto: "En
las casas que dejamos/ navegan nuestros zapatos/ en
un aire tocado por otras voces;/ nuestros sueños
de terror/ siguen tocando puertas,/ buscan, vanamente,/
una llave,/ un silbo,/ algún atisbo de la vida
..." (Nadie contesta).
La segunda sección Vagón de noche intenta
aproximarse al folclor, entendido quizá
como la suma de creencias o supersticiones. El deseo
es genuino, pero los poemas insisten en el recurso estilísticamente
hablando constumbrista. Lo que es digno de mención
es el riesgo asumido. Nuevamente el problema consistiría
en no haber elaborado una propuesta expresiva para un
tema tan grato: Ellos han oído ruido de
pasos,/ botas caminando solas,/ voces de mando/ una
tropa en movimiento dentro/ del caserón donde
se alojó el/ Libertador ... La leyenda).
La tercera parte Fe de ciudades plantea mejor la proximidad
a un medio que posee reglas distintas de las usuales.
En algunos casos los poemas sobre Nueva York,
M. Arias da en el clavo porque anuda varios cabos sueltos
(esoterismo, religiosidad) en una expresión que
anima diferentes lecturas. La ironía del cronista
se acerca a las de Enrique Lihn (A partir de Manhattan,
1979) y Antonio Cisneros (Canto ceremonial contra
un oso hormiguero, 1968). Es constante la pugna
entre lo sacro y lo vacuo, entre intemporalidad y çontingencia:
¿Dónde estará Liza Minelli,/ sus
medias de malla,/ su boca de enfermera novicia?/ Chinatown
es un pocillo de arroz/ derritiéndose en la medianoche
... (New York, New York). Son los momentos
altos del libro, con su toque de ingenuidad buscada:
Adiós Brooklyn,/ bye, pordioseros del saxo,/
gimnastas con la boca abierta/ debajo de la cesta
(Noviembre en Brooklyn).
El contraste, ya no con la ciudad sino con otros extraños habitantes,
llega a un borde que habría posibilitado un quiebre
más interesante en el sujeto, el del verbo: "Esta
tarde/ unos beduinos me han invitado/ a tomar té
en su casa de Harlem;/ miré con ellos el libro
de las castas [...] Han hablado con una lengua/ sin
registro en el génesis .." (Harlem).
Pero el poeta no llega a transgredir ese borde.
La última sección Actas de sueño
contiene los mismos resbalones que la segunda parte
del libro mostraba. Esoterismo y cristianismo se confunden
en un mar que difícilmente llamaríamos
fantástico. El Oriente relamido se juntaría
a la visión de la urbe (la N. Y. de la tercera
sección) para intentar una suerte de redención
(¿vital o poética?). Este Oriente literario quiere
ser otro punto cardinal de Luces de navegación.
Pero la lectura cultural le queda demasiado grande.
Entre el proyecto y su puesta en escena pende un hiato: Sin clarines ni
fanfarria/ ha llegado/ oíd bien/
la Hora del Silencio (Exhortación).
O la antesala de una resurrección obligatoria:
la del lenguaje y sus atavíos.
EDGAR OHARA |