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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
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| Litografía original del portorriqueño Rafael Ferrer para la edición
de One hundred years of solitude, de
Gabriel García Márquez, publicada
en Estados Unidos por The Limited Editions Club,
1952. |
Eduardo Caballero Calderón. Yo, el alcalde. Bogotá, Talleres Gráficos
del Banco de la República, 1971.
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Manuel Mejía Vallejo, Aire de tango, Medellín, Editorial Bedout,
1973 |
Pedro Gómez Valderrama (1923)
Gómez Valderrama formó parte del grupo de la revista Mito (1955-1962),
donde además de destacados poetas colaboraron
narradores como García Márquez (allí
aparecieron El coronel no tiene quién le escriba
y los cuentos En este pueblo no hay ladrones
y Monólogo de Isabel viendo llover en
Macondo) y Alvaro Cepeda Samudio, autor de una novela
sobre la huelga bananera de 1928, en la región
cercana a Santa Marta dominada por la United Fruit:
La casa grande (1962).
En Mito se publicaron los primeros cuentos de Gómez Valderrama, lector
atento de Borges y de las posibilidades reinterpretativas
de la historia que brinda su obra. También los
poemas de Alvaro Mutis.
Recrear la historia, rehacerla, es el propósito entonces de Gómez
Valderrama a través de esta novela acerca de
un alemán, Geo von Lengerke, quien llega a Santa
Marta, puerto del mar Caribe, a mediados del siglo pasado,
y en treinta años construye un imperio comercial
en medio de las selvas del departamento de Santander,
gracias al cultivo de la quina y el tabaco, su exportación
a Europa, y la apertura de caminos para integrar este
mercado. Progreso y pragmatismo un tanto idealistas
que se ven luego embrollados por las guerras civiles,
las disputas entre partidos y las pugnas económicas
entre Lengerke y sus competidores locales, en Bucaramanga,
y la culebra pico de oro, organización semiclandestina
que se opone al pulpo alemán.
Si al principio se construye, en la segunda parte de la novela la destrucción
parece aminorar el ímpetu. ¿La vejez o la selva
que todo lo devora? No del todo. Más bien una
visión mediatizada sobre el país y sus
gentes, en aquella época de inicial conformación
económica, en lo nacional, gracias a una óptica
extranjera y al viejo consejo de Stendhal: Su
espejo muestra el fango, ¡y usted acusa al espejo! Acuse
más bien al gran camino donde está el
pantano, y más aún al inspector de rutas
que deja que el agua se corrompa y el fangal se forme.
Entre Zapatoca y Bucaramanga, Lengerke mantiene su reino y allí
edificará su castillo, Montebello, asediado siempre
por las nostalgias de su tierra natal: Alemania, y por
la memoria del abuelo. Veinte hombres transportarán
por las montañas andinas un piano para poder
escuchar a Wagner, y el caimán de los ríos
se civiliza en un estanque, mientras un cañón
da las horas.
Si Lengerke es un colonizador que las recién fundadas agremiaciones de
comerciantes de Bucaramanga denuncian y combaten, su
inmersión como una sonda en el cuerpo de la realidad
colombiana va revelando el proceso de transformación
que atraviesa el país en medio de la inestabilidad
política y la precariedad económica, sobresaltada
apenas por efímeros auges, como los de la quina
y el tabaco. También la gran hazaña que
representaba comenzar a unir un territorio áspero
y fragoroso, de altas montañas, ríos caudalosos
y selvas inexpugnables. Quizás por ello Lengerke
termina por convertirse en un ser mítico: su
cabeza roja se ha vuelto blanca, y sus actos de expoliación
un capítulo más de la bravía leyenda
del pionero. Todo ello condimentado con el picante erotismo,
un tanto decimonónico, con el cual Pedro Gómez
Valderrama sazona sus relatos. Por ello, a medida que
el tiempo pule sus actos, éstos pierden aspereza
y se truecan en memoria. El aventurero alemán
terminará por convertirse en un pequeño
patriarca, preso de su propio poder. El Príncipe
lo llamarán los campesinos, y su afán
de modernización y progreso, como tantas veces
sucede, concluirá en fracaso, frustración
y desencanto. Su paraíso, Montebello, será
su tumba, y de tanto esfuerzo sólo quedará
el recuerdo que revive esta novela. Un cambio en las
cotizaciones internacionales de la quina y el tabaco
redujeron al polvo sus hazañas.
Si la novela en nuestros amnésicos países es en tantas ocasiones
mucho más fiel que la propia historia, también
ella actúa como filtro catártico. En La
otra raya del tigre, la que la voluntad le pinta
con su empeño humano a la necesidad, como en
las otras que hemos glosado, la violencia nutre sus
páginas con los horrores y desmanes de las guerras
civiles, las de antes y las de ahora.
Tanto fuego y tantas matanzas, tanta ilusión volatilizada, se truecan
así en metáfora de lo que somos y aún
buscamos, entre logros y fracasos.
Álvaro Mutis (1923) En 1973 el poeta Alvaro Mutis publicó La mansión de Araucaima,
relato gótico de tierra caliente. En una
hacienda cafetera del Tolima, esa tierra caliente donde
se cultiva el principal producto de exportación
colombiana, Mutis concentra unos pocos personajes que
tienen la peculiaridad de lo concreto y a la vez la
vastedad de lo arquetípico. El dueño,
la machiche, el sacerdote, el aviador, un negro guardián...
son seres que parecen definirse por sus ocupaciones
y son también los oficiantes de un rito, como
si la casa fuese un templo degradado y su fe algo que
sólo podemos descifrar en su crueldad aceptada.
Las sentencias, un tris herméticas y vagas que
ornan las paredes y los nítidos sueños
de los personajes, vuelven mucho más ambigua
su polifacética complejidad. La de unos seres
humanos que se destrozan en torno a un chivo expiatorio.
Este no es otro que la joven de apariencia inocente que arriba a la casa por
pura casualidad. Alguien que al quedarse ahí,
casi que por indolencia, logra con sus solos gestos
desatar las instintivas ansias de los moradores. No
sólo eso: también los lazos de un orden
basado en el capricho y la arbitrariedad del dueño,
don Graci, y su ambigua obesidad, y las relaciones tortuosas
que ha tejido con los otros seres que de él dependen
o son utilizados en sus tejemanejes.
La prosa de Mutis, que tenía la clara indeterminación de quien
era el mejor poeta de su grupo, y la ineludible referencia
a Colombia en relación con la poesía contemporánea
hispanoamericana, decía casi tanto como ocultaba,
y dejaba abierta una fluctuante zona en torno a esos
repujados retratos, todos ellos opulentos y sensuales.
Los libertinos habían abandonado a Europa, con
sus fríos castillos y la blanca sangre de sus
doncellas sacrificadas, y se habían trasladado,
mente y cuerpo, a la caliente olla del trópico,
con su mezcla de razas, su naturaleza feraz y su clima
extenuante. ¿El resultado? Una metamorfosis total, un
producto propio. ¿Cómo se había logrado?
Gracias a una incandescente alquimia poética
que los quemaba a todos, lector incluido, con su mezcla
no muy bien equilibrada entre el placer más cruel
y el dolor más hondo. El de haber perdido su
precario paraíso, aunque éste fuera desde
el comienzo una irrisión desviada. Un reducto
al margen. Ascenso y caída, esplendor y ruina,
dispersión final de la cual casi no queda huella
alguna, salvo la de estas páginas. ¿Las causas?
Nunca se saben del todo. Apenas si se intuyen o resultan
insinuadas. ¿A través del dolor, la voluptuosidad;
y mediante la perversión, la mística?
Quizás. Sólo que se trata de una obra
abierta, de una serie de fragmentos que con su lectura
habrá de armar el lector. Se trata, en definitiva,
de una metáfora, y una metáfora, lo sabemos
bien, es la sustitución, en el interior de un
código, de un término por otro, en virtud
de una similitud instituida y luego encubierta, como
lo anota Umberto Eco en La estrategia de la ilusión
(1986). Lo que el lujo verbal de Mutis ha encubierto
ha sido la infinita desilusión humana. Gracias
a dicha apoteosis cruenta, nos vemos mejor, y de modo
mucho más exacto.
En 1986 Mutis, en La nieve del almirante, vuelve a la narración
y retoma un personaje clave de su poesía: Maqroll
el Gaviero, álter ego del autor. Lo envía
en un largo viaje iniciático, a través
de un río del trópico, donde este hombre,
aureolado de soledad y extranjero de toda patria, se
enfrenta a sí mismo, la fiebre y la enfermedad,
los equívocos signos del poder, la locura y la
muerte, incluso la muerte de toda ilusión.
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