Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988


En Aire de tango un narrador, Ernesto Arango, en una larga noche de tragos y respondiendo a preguntas que no aparecen formuladas, cuenta anécdotas e incidentes de ese mundo, relacionadas todas ellas con la figura de Jairo, un malevo, un cuchillero, quien no sólo era gran admirador de Carlos Gardel: quería ser Gardel. Llegar a confundirse con Gardel. 

Nacido en 1935, el año en que muere Gardel —“Si no hubiera muerto, żestaría viviendo en esta forma tan verraca?”, se pregunta en algún momento—, Jairo quiere saber todo sobre Gardel. Así, distintas voces se insertan en este recuento polifónico del barrio Guayaquil y de sus personajes, ampliando, más allá de la voz que nos conduce por entre los sobresaltos de su memoria, el foco de comprensión. Recortes de prensa, citas de Julio Cortázar, expanden aun más este recuento acerca de un mito popular, reencarnado y degradado en su exaltación verbal. 

Con la equívoca ambigüedad que caracteriza a tales héroes, y viviendo peligrosamente, Jairodiablo sólo tiene un dios y una fe: Gardel y sus cuchillos. “De rezarle aun santo le rezaría a Gardel, puedo apostar que haría el milagro”. Los cuchillos, por su parte, le permitirán vivir, manteniendo lo dudoso de su machismo en medio de cantinas y calles. Era un guapo y su deber probarlo. Los modelos borgianos aclimatados no se hallaban muy distantes. 

Culto al coraje y a los nuevos héroes de la cultura popular que unifica, ella sí, a toda Latinoamérica, hay en la voz que narra una nostalgia táctil por lo inmediato, consciente también de que las ciudades colombianas son muy jóvenes y cambian ante nuestros ojos. Voz consciente, además, de que toda aventura individual, con sus elementos de libertad y desafío, se torna muy pronto conversada remembranza en un mundo que tiende hacia la uniformidad de nuevo cuño: televisión y apartamento. Así esta novela se convierte en “epitafio de una época”, como con justicia la llamó Ernesto Volkening al distinguir su mezcla de épica y lirismo (6) . Epica por cuanto Ernesto Arango, culebrero y vividor, y quien al final se nos revela como el mismo hombre que ha matado a Jairo, al contárnosla, nos distancia del tema, dándole mucho mayor fuerza. Y lírica, porque siendo la expresión directa de una nostalgia, nos permite asistir al nacimiento de un mito: “La patria del mito no es el lugar donde nace sino el lugar donde muere: Gardel es colombiano, para él fue un nacimiento al revés”, tal como asegura el profesor que aparece en la novela. 

En el racconto de esa borrachera —como todas, a la vez lúcida y neblinosa—, el indefinible Jairo, en un lugar donde, como Antioquia, mandan las matronas y la religión católica, logra que su voz se oiga. En un departamento conservador asume su marginalidad. Esto será decisivo en el futuro. Jairo es un precursor no sólo del interés cada vez más sensible por la música popular. Si la droga, en aquel legendario entonces, era apenas parte del decorado bohemio finisecular, como en el caso del poeta Porfirio Barba Jacob, con el tiempo, y a partir del “cartel de Medellín”, llegaría a manejar un comercio de dos mil millones de dólares, como ocurrió en 1982, y a transformar toda la sociedad colombiana (7)

“Con nosotros moría otra tanda, una manera, una joda que ni sabía pa’ onde pegaba, con nosotros tenía que morir. Nos comió el ensanche”. El ensanche que, a su vez, produciría otros resultados menos notables, y no sólo en el ámbito literario.  

 

Remedios y la llegada de los gitanos a Macondo. Reproducciones de pinturas al óleo de Rafael Ferrer para ilustrar el libro “One hundred years of solitude de Gabriel García Márquez, publicado en Estados Unidos por The Limited Editions Club. 1982.  

   

Si con Caballero Calderón hemos presenciado la pérdida de la inocencia en ese nuevo cura de 25 años que en El Cristo de espaldas llega a un pueblo del páramo aún sin luz eléctrica y en solo cinco días asiste a la conmoción sangrienta del mismo por la nimia razón, en apariencia, de que un rojo (liberal) vuelve a ese pueblo de azules (conservadores) buscando vengarse por su expulsión hace tres años, también en El día señalado la venganza rige el desarrollo de la novela y hace que los conflictos seculares sean aún ley ineludible, prolongando en los nuevos seres los mismos dramas. żY qué mayor venganza que la de Aire de tango: la de quien da su propia versión del asesinato de aquel que más admiraba? En Caballero Calderón, en el Mejía Vallejo de El día señalado, sólo el sepulturero parecía enriquecerse con tantos muertos.  

El panorama se volvía deprimente. Había algo claustrofóbico en dichas obras, como si montañas, campos y pueblos de Colombia se hubiesen cerrado en forma irrevocable y no se supiese bien de dónde brotaba tanta virulencia. Resultaba obligatorio revisar toda nuestra historia anterior para dilucidar una parte de la irracionalidad que presidía cada uno de estos actos. Era una tarea difícil y amarga. Caballero Calderón, el lector de Proust y el Quijote, luego de veintitrés libros publicados, ha dicho: “Me jarté de escribir”. La nostalgia se ha vuelto escéptica y quizás estéril.  

Por su parte, Mejía Vallejo también ha vuelto los ojos atrás, reviviendo amores de los años 60, como en La sombra de tu paso. Los resultados, a juzgar por las primeras críticas, no parecían muy halagüeños: “Si el amor es banal, doméstico, tonto, pueril, ingenuo, intrascendente, cómplice y nostálgico, entonces esta novela lo retrata muy bien, lo capta hasta en su espasmo más insignificante y pasajero” (8) . Aburrido desdén o sentimentalismo un tanto fácil: con ellos parecía cerrarse una época. La misma que Gabriel García Márquez, de algún modo, había sintetizado en sus diversas obras: La hojarasca (1955), El coronel no tiene quién le escriba (1958), La mala hora (1962), Los funerales de la mama grande (1962), Cien años de soledad y los varios tomos de su trabajo periodístico.  

La publicación, en 1975, de El otoño del patriarca, ampliaría su enfoque hacia una dimensión latinoamericana. Repasemos este libro, aunque sea en forma breve. A partir de su lectura, otras opciones parecían cobrar espacio.

 

El otoño del patriarca (1975)  

Es la historia de un dictador, tan viejo que habría de morir de muerte natural “a una edad indefinida entre los 107 y los 232 años”, nacido en los páramos e hijo de una pajarera. El libro nos narra su lucha por el poder y el modo como se mantuvo en él durante tanto tiempo: “En este negocio de hombres el que se cayó se cayó”. Y si bien García Márquez nos describe el poder como una bolita de vidrio que aferraba en su mano, una bolita mágica, por así decirlo, hay detrás de la ambición de este déspota solitario otro motivo igualmente poderoso, como impulso: él llegó hasta esa ciudad desde donde reina sólo por conocer el mar. De este modo lo andino y lo caribe se tensan y contraponen, dilatando las fronteras del texto. 

Frente a este mar Caribe, y cuando él ya ha muerto, es desde donde se nos narra toda su historia a través de una voz plural: un coro. Una historia muy extensa que abarca desde la llegada de las tres carabelas de Colón hasta la época de los acorazados, la radio y la televisión (más que la de la televisión, la de las telenovelas). Así García Márquez, con su estilo de frases largas y envolvente rapsodia, arma la historia de un imaginario país, que bien puede ser muchos de nuestros reales países latinoamericanos, y elabora la biografía de un dictador de ficción con elementos tomados de las auténticas biografías de los dictadores que han existido en América mágica.    

 

Eduardo Caballero Calderón. (Archivo Inversiones Cromos S.A.)    

Pedro Gómez Valderrama. (Archivo Inversiones Cromos S.A.)  

La realidad del caudillo, del patriarca, del hombre fuerte, del dictador latinoamericano, era inocultable y ahora, gracias a esta novela, se nos volvía persuasiva a través de una imagen: la de un anciano de granito que a la vez resulta ser un saurio prehistórico y “cuyo poder era tan grande que alguna vez preguntó qué horas son y le habían contestado las que usted ordene mi general”. La mezquina inclemencia de su poder terminará por aislarlo en su palacio, palacio que poco a poco han ido invadiendo las vacas, los mendigos y leprosos, los ciegos y los paralíticos, en una toma esperpéntica.  

También su avidez terminará por secarlo interiormente. La única mujer que lo escuchará será su madre, Bendición Alvarado, a la cual cuenta todo y a la cual cuida, cuando se está muriendo, con devoción de huérfano. Sin amigos, además, pues a todos sus compañeros de lucha durante las guerras federales los ha eliminado. A uno de ellos, por ejemplo, lo cocinó y se lo sirvió a los compañeros traidores en un banquete. O se han matado entre sí. Sólo él subsiste, caminando con sus grandes patas por los corredores de palacio, noche tras noche, hasta convertirse en pura aparición fantasmal.  

Sobrevive a varios atentados, encuentra un doble idéntico a él que lo reemplaza en actos y ceremonias y termina muriendo por él. Ve, además, cómo mueren su mujer Leticia Nazareno y su hijo el heredero, devorados por unos perros feroces en el mercado del puerto, y en medio de tantas desgracias continúa rigiendo, con mano de hierro, su vasto reino de pesadumbre durante varias generaciones. Un ser casi irreal a fuerza de desmesuras, y el estilo no hace más que inflarlo, pero que tenía muy hundidas sus patas en el barro americano: un ser complejo en su elementalidad. Desde la explotación y el saqueo por parte de potencias extranjeras como Inglaterra y Estados Unidos, que termina por llevarse el mar, hasta la represión interna que ejercen hombres aún más fríos que él, como el impenetrable José Ignacio Sáenz de la Barra, “último vástago suelto de nuestra aristocracia demolida por el viento arrasador de los caudillos federales”.    

Sólo que Sáenz de la Barra, mediante la tortura planificada, modernizará el atávico turbión de sangre. La novela, mostrando siempre el reverso de las apariencias, y la otra faz de un poder miserable; la novela que se vuelve exacerbada y parabólica y a la vez se cuestiona, para reafirmarse, en cada tramo, termina por envolverse a sí misma, como el coro desmitificador que desnudaba a un cadáver. A partir de allí era posible mirar nuestra realidad con otros ojos. Tal lo que hizo Pedro Gómez Valderrama en La otra raya del tigre (1977), aparecida dos años después de El otoño del patriarca.    

 

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(6)   Ernesto Volkening, “Aire de tango de Manuel Mejía Vallejo, epitafio de una época”, en Ensayos I, Bogotá. Instituto Colombiano de Cultura, 1975, págs. 303-321. (Regresar a 6)

(7)   Rensselaer W. Lee III, “La conexión latinoamericana del narcotráfico”, en Ciencia Política, Bogotá, núm. 4, tercer semestre de 1986, págs. 63-76. (Regresar a 7)  

(8)   Revista Semana, Bogotá, núm. 277, 25-31 de agosto de 1987, págs. 89- 90.  (Regresar a 8)