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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
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Carátula de la primera edición de Cien
años de soledad" de Gabriel García
Márquez, publicada en Buenos Aires por
Editorial
Suramericana Mayo
de 1967. |
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La narrativa colombiana después de García Márquez
Visión a
vuelo de pájaro
JUAN GUSTAVO COBO BORDA
Fotografías: Archivo Inversiones
Cromos S. A. Reproducciones: William Núñez.
Alberto Sierra.
LA PUBLICACIÓN en 1967 de Cien años
de soledad por la Editorial Sudamericana de Buenos
Aires cambió el curso de la literatura colombiana.
Hay una cronología que dice: Antes de Cien
años..., después de Cien años....
Hoy nos referiremos a ese "después de Cien
años... utilizando una idea de Jorge Luis
Borges en "Kafka y sus precursores", que es
a su vez una idea de T. S. Eliot, que es a su vez...
La idea es simple pero fecunda: el presente no sólo
incide en el futuro. También modifica el pasado.
La aparición de Cien años de soledad
marcó a quienes escribirían ficción
después. También alteró a quienes
ya lo hacían antes. A los que en el momento de
su aparición eran escritores con obra conocida.
żDe quiénes se trataba?
De algunos pocos escritores mayores que Gabriel García Márquez.
El caso más notorio: el de Eduardo Caballero
Calderón, nacido en 1910. Los otros son más
o menos contemporáneos del premio Nobel de 1982,
unos con andadura novelística, como Manuel Zapata
Olivella (1920), Héctor Rojas Herazo (1921),
Manuel Mejía Vallejo (1923) y Alvaro Cepeda Samudio
(1926-1972). Otros que sólo se revelarían
como autores de ficción después
de Cien años... Me refiero a Pedro
Gómez Valderrama (1923) y Alvaro Mutis (1923).
Eduardo Caballero Calderón (1910)
Comencemos por Eduardo Caballero Calderón. Sus novelas: El Cristo de
espaldas (1952), Siervo sin tierra (1954), Manuel
Pacho (1962), El buen salvaje (1965), Caín
(1969), Azote de sapo (1976). En ellas, con
una visión tradicional de la novela, en cuanto
a Proust, por ejemplo, que es ya parte de la tradición
de la novela, y un buen castellano que se nutre de las
fuentes españolas del Siglo de Oro uno
de sus mejores libros, Ancha es Castilla (1950),
es un viaje a pie, a la usanza de la generación
española del 98, por la meseta castellana
se enfoca el problema por antonomasia:
el de la violencia colombiana, que entre 1946 y 1965
cobró doscientos mil muertos (1) . El escenario habitual de las novelas de Caballero Calderón es el departamento
de Boyacá y sus prolongaciones hacia los llanos
orientales. En ellas, ya sea a través de un cura,
de una pareja de campesinos o de un hijo que carga a
sus espaldas el cadáver del padre, se nos ofrece
la imagen de un mundo cruel y primitivo, fanatizado
hasta el extremo en sus opciones políticas o
religiosas.
Un mundo campesino, de relaciones todavía feudales entre los señores
y los siervos. De grandes latifundios y pequeñas
parcelas de tierra donde la miseria y el analfabetismo
no causan menos daño que la naturaleza. Un mundo
injusto y bárbaro que refuerza el carácter
trágico, pesimista y amargo, de toda la narrativa
de Caballero Calderón. Un mundo, en fin, que
se mira morir, encerrado en sí mismo, debatiéndose
entre las pugnas de los caciques políticos y
los pequeños dramas de esos pequeños seres.
Mundo inmemorial en sus estructuras, donde la gente
se define políticamente por sus orígenes,
y en cuyo trasfondo aún se palpa la dominación
española e incluso la servidumbre indígena.
Mundo agrícola, de fuertes raíces.
Cuando Caballero Calderón intenta salir de él pierde peso. Es el
caso de El buen salvaje, al situar su acción
en París. El joven colombiano que pretende escribir
allí una novela y termina por caer en el alcoholismo,
no alcanza la fuerza de sus peones y mayordomos, sus
gamonales y esos hombres que a veces, confrontados a
sus límites, nos parecen tan próximos
a los animales como el Manuel Pacho que siente descomponerse
el cadáver de su padre arriba de sus espaldas.
Su tenacidad física supera cualquier duda moral.
Llega a ser encarnación de esta tierra y su resistencia
inverosímil.
En la cartesiana capital de Francia carecen de sentido los códigos de
comportamiento, honor y prejuicios de Tunja, Santa Rosa
de Viterbo, Casanare, Chiquinquirá o Sogamoso:
los lugares por los cuales transitan los personajes
de Caballero Calderón. Aquellos lugares donde
malviven con frecuencia o son asesinados con sevicia.
Tradicionalista en su enfoque, y nutrida en el buen
realismo español, Proust y algo de la latinoamericana
novela de la tierra, la narrativa de Caballero Calderón,
aunque rendía un testimonio crítico de
esa Colombia rural, iba quedando petrificada en su nostalgia.
La idílica nostalgia de Tipacoque, de la finca
y el alcalde, que él mismo llegó a ser.
Yo, el alcalde; soñar
un pueblo para después gobernarlo (1971):
tal el título de uno de sus recuentos
(2) . Sólo que ese era un mundo
en vías de extinción. Como lo dice el
historiador Eric 1. Habsbawn:
En los veinticinco años que siguieron a 1950. Colombia pasó
de tener dos tercios de población rural, a un
setenta por ciento de población urbana, mientras
que la violencia desencadenaba nuevamente una ola de
migraciones de quienes por fuerza, miedo o decisión,
se dirigían a uno de los muchos lugares donde
un hombre y su esposa podían desbrozar un terreno
y cultivar lo suficiente para satisfacer sus
necesidades, lejos del gobierno y del poder de los
ricos (3)
.
Manuel Mejía Vallejo (1923)
La primera novela de Manuel Mejía Vallejo, La tierra éramos
nosotros, es de 1945. Novela de iniciación,
adolescente y romántica, en ella un joven pasa
un año en la finca de su familia, en las inmediaciones
del río San Juan, pero lo que importa no son
tanto las peripecias sentimentales de su estadía,
sino el recuento de la colonización que realizaran
ochenta años antes sus abuelos desmontando selva
y buscando, como Siervo Joya, el personaje de Caballero
Calderón, un lugar para vivir.
A partir de ese pueblo escueto, con alcalde, cura, bobo, policía y prostituta,
Manuel Mejía Vallejo inicia su tarea literaria
concretada en novelas como Al pie de la ciudad (1958),
El día señalado (1964), Aire
de tango (1973), Las muertes ajenas (1978),
Tarde de verano (1980), La sombra de tu paso
(1987), y centrada en Antioquia.
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Gabriel García Márquez.
(Archivo Inversiones Cromos S.A.)
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Manuel Mejía Vallejo.
(Archivo Inversiones Cromos S.A.) |
Fijémonos en dos de ellas, separadas entre sí por un decenio:
El día señalado y Aire de tango.
La primera transcurre en un pueblo de tierra caliente,
Tambo, de seiscientas casas, cuatro mil habitantes y
veinte árboles. Allí avanzan dos historias
paralelas y un puente de unión. Al final todo
converge en ese mismo día señalado. Primero
una historia de venganza: un joven busca al padre para
matarlo y así cobrarle el abandono en que los
tuvo a él y a su madre. La segunda, referente
a esa guerra civil no declarada entre tropas del ejército
y los insurgentes y finalmente un lazo de unión
en torno a la figura del padre Barrios, quien intenta
que en esos dos enfrentamientos: el de los galleros
y sus animales; el de los militares con los guerrilleros,
se deponga la sed de venganza que ha terminado por contaminar
a todo el pueblo y quizás a la nación
entera.
Sólo que esta novela lacónica que tiene la eficacia de un buen
guión cinematográfico siluetas concretas
y diálogos tajantes se cierra sobre sí
misma, en una recurrencia cíclica. El joven vengador
repite la historia de su padre: embaraza a una muchacha
y le deja como prenda de su promesa de retorno su mejor
gallo. Al final, con rabiosa compasión,
será incapaz de matar al padre.
Vemos aquí cómo elementos archiconocidos de la narrativa latinoamericana,
como el empenachado gallo que tantas batallas
había dado, la menor de las cuales no era, por
cierto, la batalla contra la desilusión de El
coronel no tiene quién le escriba (1958)
de Gabriel García Márquez vuelven
a situarse en el centro de esta novela, que ya no se
subordina a la realidad sino que crea su propia realidad.
Que ya no dependen de los hechos sino de su conquistada
autonomía creativa. Una novela que, por lo demás,
no pasa por alto el Pedro Páramo de Juan
Rulfo, aparecido en 1955.
Dentro del amplio ciclo de la novela de la violencia colombiana
unas setenta y cuatro publicadas entre 1951 y
1972 (4) . , la obra de Mejía Vallejo es una de las que mejor depuran ese
inventario de muertos y que trasciende lo
testimonial hacia una reconstrucción literaria
sobria. żLa razón? Sus elementos ya habían
sido esencializados por Gabriel García Márquez
y formaban parte de la atmósfera epocal y su
trama literaria. Esto no implica, por supuesto, que
lo irresoluto de los conflictos tenga visos de resolverse.
Y además, claro, la novela no está para
ello. Pero como en La mala hora (1961), de Gabriel
García Márquez, también aquí
todos son a la vez cómplices y culpables, pero
ninguno es capaz de exorcisar el pecado.
Y el horizonte que se dibuja al fondo, como en La mala hora, el horizonte
guerrillero, terminará por desencadenar otra
masacre. Leyendo obras como éstas se comprende
muy bien cómo el destino de Colombia, en su desigualdad
social, en sus fanatismos ancestrales, parecía
algo cíclico que se repetía sin pausa.
Algo fatalmente predeterminado. Era el cobro inmemorial
de una venganza siempre renovada.
Quizá por ello Manuel Mejía Vallejo, como Héctor Rojas Herazo,
autor de una novela precursora de
Cien años de soledad: Respirando el verano
(1962) (5) , se llamaron a silencio durante largo tiempo. García Márquez,
con el corpus total de su ficción, había
resumido el problema en forma fulgurante. De este modo,
Mejía Vallejo prefirió desviar su atención
del campo y concentrarla en la ciudad: los dos millones
y medio de habitantes que muy pronto alcanzaría
Medellín, capital del departamento de Antioquia.
Ese Medellín que, al ensancharse, había
ido dejando al margen, como reductos perdidos, los viejos
barrios de la prostitución y la bohemia. De la
llegada, en flota, de los emigrantes del campo.
Continuar
(1) Uno de los mejores enfoques del problema es el
reciente libro de Daniel Pécaut Orden y violencia:
Colombia 1930-1954, dos volúmenes. Bogotá,
Cerec-Siglo XXI. 1987. (Regresar
a 1)
(2) Juan Leonel
Giraldo, Eduardo Caballero Calderón: Ya
me jarté de escribir. Un conato de entrevista,
en Revista Diners, Bogotá, año XXIII.
núm. 211, octubre de 1987, págs. 31-35
y 147. La más útil visión de los
cuatro grandes complejos culturales colombianos: a)
Complejo andino o americano, b) Complejo santandereano
o neohispánico, c) Complejo de la Montaña
o antioqueño y
d) Complejo litoral fluvio-minero o negroide, se halla
en el ya clásico libro de virginia Gutiérrez
de Pineda Familia y cultura en Colombia. Bogotá,
Ediciones Tercer Mundo - Departamento de Sociología
de la Universidad Nacional, 1968, 415 págs. (Regresar
a 2) (3) Colombia asesina, en New York Review
of Books, 20 de noviembre de 1986. Traducido en Revista
de la Universidad Nacional, Bogotá, vol. II,
núm. 10, diciembre de 1986 - enero de 1987, págs.
56-61. (Regresar a 3)
(4) Véase la lista en Manuel Antonio Arango, Gabriel
García Márquez y la novela de la violencia
en Colombia, México. Fondo de Cultura Económica,
1985. págs. 19-21. (Regresar a 4)
(5) Seymour Menton, Respirando el verano, fuente
colombiana de Cien años de soledad,
capítulo VII de La novela colombiana:
planetas y satélites, Bogotá, Plaza
y Janés, 1978, págs. 249-280. Héctor
Rojas Herazo ha publicado tres novelas: Respirando
el verano (1962), En noviembre llega el arzobispo (1967)
y Celia se pudre (1986), además de cuatro
volúmenes de poemas. (Regresar
a 5) . |