Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988

 

Los felinos del canciller

 

MARCO PALACIOS
Ilustraciones: Lina Espinosa

 

"...ademanes del habla suprepticia... "
JAIME GARCIA TERRES, Polisemia.  

  

EN LA INTRODUCCIÓN a una de las obras más influyentes de la historiografía colombiana de nuestros tiempos, el autor, Luis Ospina Vásquez, advierte ciertas dificultades inherentes al oficio de historiar la economía: “Otros aspectos del tema son difíciles de tratar por otros motivos: no se puede citar, entre las causas del difícil adelanto económico de cierta región nuestra, llamada por la generosidad de la naturaleza a una gran riqueza, el hecho de que en ella la política se haya reducido con frecuencia a una pugna entre grupos de hampones [...] Y en el supuesto de que se pudiera dar tratamiento adecuado a lo que, al fin y al cabo, es cosa tangible, no muy difícil de percibir y de describir, faltaría aun dar entrada a un elemento sumamente importante, pero este sí difícil de captar y de transmitir: la ‘atmósfera’, las ‘atmósferas’ sucesivas del país y sus regiones, elemento esencial en la historia de la evolución económica. Medellín, en las dos últimas décadas del siglo pasado y en la primera de éste, vivió un momento de vida notablemente intensa, que encontró expresión no sólo en la producción literaria, sino que también dio vigor mayor y nuevos horizontes a cierto ‘romanticismo de lo práctico’ [...] Una sacudida de carácter un poco semejante debió sufrir la generación bogotana que montó las grandes haciendas del occidente de Cundinamarca [...] Pero aunque no falten los datos no es fácil dar razón de fenómenos de esta clase: se requieren dotes poco comunes, tal vez dotes de novelista” (1) .  

Con esta guía en mano, en busca de esas “atmósferas”, he leído la última novela de Rafael H. Moreno-Durán. 

Los felinos del canciller refiere la trayectoria de una familia de clase alta bogotana que se va refugiando en las conveniencias y en simbolismos, puesto que los materiales con los que está construida su ideología son muy endebles; va perdiendo el don de la clarividencia; la tabla de sus valores deja de ser un saludable cuadro ecléctico para convertirse en un palimpsesto, y su riqueza es un dato rodeado de bruma. Una clase que al ser remembrada en 1949 y desde Manhattan por el último vástago de la dinastía, Félix Barahona, recién cumplidos los treinta y cinco años y en la mitad del camino de la vida, sólo dispone de un recurso: la imaginación.  

La acción de la novela progresa por alusiones y alegorías en las cuales lo trivial se convierte en legendario; en símbolos cuyo misterio interpretativo reside, como en una partitura, en la capacidad creadora de cada instrumentista. No obstante, quiero subrayar que mis juicios no son estéticos; no soy un crítico-instrumentista sino un lector encaminado a cotejar el grado de verosimilitud de la novela.

La seductora novela de Moreno-Durán es desconcertante por muchos aspectos. Me interesa destacar éste, que formulo como pregunta: ¿Son los Barahonas representativos de esa clase que asciende y manda en la Atenas Suramericana desde la Regeneración hasta 1949, cuando el esquema de la “democracia de caballeros” o del “convivalismo” queda roto en mil pedazos? 

¿Son arquetipos de una clase, o desde su ascenso y florecimiento político-diplomático son apenas una mera supervivencia, una especie de supernova cuyo resplandor no es más que el signo diferido de su muerte?

 

 

Cotidianidad y política 

Es notable —y de eso se ocuparán los críticos— de qué manera las estructuras de la cotidianidad de los Barahonas están orientadas hacia lo secreto exclusivo. Sus gustos musicales y cromáticos, sus olores favoritos, la disposición hacia un ocio “helénico” y su espacio vital, todo parece contenerse en s mismo. El escenario es casi siempre su casa, desconectada del vecindario, de la calle, del entorno. En Bogotá el escenario incorpora, con reticencias, a los de su condición y excepcionalmente describe los ritos de beodez de la crápula universitaria: “mirringa, mirronga, la gata candonga”. La casa Barahona se había sellado para “el vulgo” de modo violento y grosero el día en que Gonzao incumplió el juramento hipocrático rechazando sus servicios de médico a un moribundo. En sentido literal, el escenario se abre en las Antillas o en Nueva York, personificando así la actitud apátrida de una clase o cuando menos de una familia.  

Para ser verosímil, la vida cotidiana de los Barahonas debería estar en el núcleo mismo de la acción histórica en un doble plano: en cuanto la cotidianidad de un individuo o de una familia corresponde a un patrón social y a una época, sus maneras, sus papeles sociales, sus prejuicios y sus valores son compartidos; le vienen de la sociedad y del pasado social; la libertad individual, por plena y rica, nunca puede pasar esos umbrales. En este plano toda la novela es consistente y no hay un gesto, por único y específico que sea, que no vaya arrastrado por una gran fuerza de verosimilitud. Aun cuando las “coincidencias” buscan crear un efecto dramático: “En otra ocasión [...] Angélica y Félix se encontraron hurgando entre las cómodas y baúles de Gonzalitos (una mujer de la servidumbre). Un fuerte olor a lavanda los hizo fijarse en las prendas íntimas y cuando tiraban al aire pañuelos, guantes, medias de seda —Lesley-Anne se quejaba porque últimamente se le perdían ciertas piezas de su ajuar— oyeron en la calle voces fuertes, gritos, bocinas de automóviles y, sobretodo, un ruido seco y las agudas notas de un silbato. Se lanzaron hacia el balcón y desde allí observaron cómo desde la esquina un policía corría tras un gamín, seguido por una multitud de vociferantes transeúntes. El muchacho, con una bolsa de señora en la mano, decidió atravesar la calle en diagonal y fue ese el momento en que el policía se detuvo, echó una rodilla en tierra y fríamente apuntó con su pistola. Se oyó la detonación y el cuerpo del gamín cayó en la acera de enfrente, resbaló un poco, como un pesado bulto, deteniéndose sin convulsión alguna contra el sardinel... Los niños se desatendieron de lo que ocurría en la calle y volvieron a escarbar entre las prendas y, sin saber cómo y sin que mediara ninguna invitación, se desvistieron”. 

 

 

El segundo plano, que a mi juicio debe construirse sobre el primero, se refiere al comportamiento probable de una clase social oligárquica, en una sociedad y un estado oligárquicos (esa es la concepción del autor). Una clase que lleva la vila contemplativa propia de su condición de riqueza, poder y prestigio. Aquí surge quizás el problema de la verosimilitud de la novela, esto es, la adecuación de su “atmósfera” a la atmósfera histórica y social. Aquí planteo dudas, achacables al estado de la investigación histórica colombiana (2)

Habría que comenzar recordando un dato bastante crudo: en el siglo XX han pasado por la cancillería de San Carlos 98 titulares. Hasta hoy tendríamos un promedio de duración en el cargo de diez meses y medio. promedio que ha aumentado considerablemente desde 1970. El año 49, por ejemplo, cuando la catástrofe política nacional motiva en Félix Barahona un cambio personal de una magnitud acorde, hubo tres nombramientos en el ministerio de Relaciones, y en ese cuatrienio (1946-1950) hubo diez nombramientos para el cargo de canciller. 

La superespecialización en asuntos cancilleriles, como ocurre a los Barahonas, no era una vía transitable. La observación no es trivial. Tiene que ver con la naturaleza del Estado colombiano, como organización y burocracia. Incide en las pautas de las carreras típicas de la clase política y en los nexos entre ésta y lo que llamamos la “oligarquía”, a la que pertenecen los Barahonas. El mismo canciller, Santiago Barahona, reconoce las dificultades infranqueables que se interponen entre su proyecto de erigir au grand sérieux una carrera diplomática en Colombia, y la torva realidad creada por los políticos. Esta separación tajante entre los dos Barahonas, Gonzalo y su hijo Santiago, con la clase política de la época (más articulada y socializada en los valores y normas de la “oligarquía” a la que pertenecía o a la que accedía y, por ende, más homogeneizada por una visión del mundo ampliamente compartida) es artificial y debilita el planteamiento histórico de la novela. 

Es evidente que desde el mismo siglo XIX, cuando en el período radical se fueron echando las bases de lo que hoy consideramos sistema clientelista, algunos sectores de la elite bogotana prefirieron marginarse de la vida pública y dedicarse de lleno al “romanticismo práctico” de los almacenes, haciendas de tierra caliente y operaciones especulativas. Pero los Barahonas escogieron, en cabeza de Gonzalo, otro camino: ejercer desde los altos cargos diplomáticos. 

Fue precisamente ese acercamiento al Estado de sectores sociales de riqueza y estatus social elevados, lo que impidió que en Colombia se rompiera el principio unificador, una vez que, a raíz de la derrota de Obando, Melo y los artesanos, fue creciendo el distanciamiento de las clases sociales.

Sabemos bien que con el correr de los decenios, desde 1855, los gustos y las indumentarias, los estilos y la educación formal, el perfil socio-profesional, fueron marcando distinciones casi infranqueables. Dándole piso a todo ello estaba un cuadro de creciente concentración de la riqueza y del ingreso. Pero al mismo tiempo se desplegaba otro cuadro, muy dinámico, de movilidad social por las vías del bipartidismo que arraigaba como una forma específica de cultura política (y no sólo de estructura política), del mestizaje y de la inmigración de talentos jóvenes a la capital de la república. Por otro lado, y quizá hasta los años de la primera guerra mundial, la condición urbana de Bogotá, su tamaño y las características de su planta física y de su equipamiento, la especificidad de sus funciones tradicionales, el número de sus habitantes y su distribución espacial, obligaban a concurrir en un mismo mapa físico y mental a todas las clases sociales, desde el bajo pueblo hasta la más rancia aristocracia". 

En este abigarrado contexto, costumbres, creencias y mitos políticos acompasados y arraigados en todos los adultos dieron impulso a un sistema político cuyas intensas resonancias bien podían comenzar o terminar en un salón bogotano; el hecho contundente era que daban la vuelta a Colombia por veredas, plazas, tiendas, cuarteles o iglesias. Nadie escapaba de este sistema de vasos comunicantes, creado en el período de la Gran Colombia. Con fino sentido del desarrollo cultural colombiano, Malcolm Deas nos ha mostrado cómo Obando fue el primero que trató de utilizarlo para crearse una popularidad nacional, en un país que todavía no se había integrado como nación (3)

Los salones no eran, al menos para el caso de gente como los Barahonas, el reducto elegante de una clase exclusivista, sino además uno de los puntos de la red que acogía curas carlistas de un extremo y masones “jacobinos” del otro y en la cual cabía mucho “pueblo”, mucha “oligarquía”, y mucho “medio pelo”. 

 

La reconstrucción de este mundo en la memoria de Félix Barahona se erige sobre elementos demasiado selectivos que acentúan las características de una vida privada suprasensible, penetrada de un europeísmo despreciativo del medio colombiano, un tipo de vida privada en la que la decadencia es avasalladora y que fue poco probable como norma.

 

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(1) Ospina Vásquez, Industria y protección en Colombia. 1810-1930. Medellín, E. S. F., 1955,
págs. X-XI. (Regresar a 1)

(2) Braun, Mataron a Gaitán. Vida pública y violencia urbana en Colombia, 1a. edición en lengua española. Bogotá, Universidad Nacional, 1987, págs. 29-80. (Regresar a 2)

(3)  M. Deas, “la presencia de la política nacional en la vida provinciana, pueblerina y rural de Colombia en el primer siglo de la república”, en M. Palacios (compilador), La unidad nacional en América Latina. Del regionalismo a la nacionalidad, México, El Colegio de México, 1983,
págs. 149-173. (Regresar a 3)