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Venga le digo algo
Venga le digo
Benhur Sanchez Suarez
Editorial La Oveja Negra, Bogotá, 1986,
76 págs.
Debíamos escribir: era el
mico medio
para defendernos contra la desesperación.
Czeslaw
Milosz
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1. Sobre Benhur Sánchez Suárez
Benhur Sánchez Suárez (Pitalito, Huila, 1946) ha vivido de dos actividades: la de
maestro y la de editor. Igualmente, su vida ha estado copada por dos realizaciones
artísticas: la pintura, en la cual ha representado a Colombia en diversos certámenes
internacionales como el Premio Internacional de Dibujo Joan Miró (Barcelona) y la
I Bienal Americana de Artes Gráficas (Cali) y ha ganado varios premios como el del Salón
Nacional de Artistas rechazados (Bogotá, 1970). La otra actividad es la creación
literaria. Ha publicado cinco novelas: La Solterona (1969), El Cadáver (1975),
La Noche de tu Piel y A Ritmo de Hombre (1979) y Venga le Digo, objeto
de la presente reseña,
que cuenta con dos ediciones: Instituto Tolimense de
Cultura (1981) y La Oveja Negra (1986); y un libro de cuentos: Los Recuerdos Sagrados (1973).
Además ha ejercido el periodismo cultural con la publicación de artículos y ensayos
sobre pintura y literatura colombianas en periódicos y revistas.
Cuando la llamada Generación del Bloqueo y del Estado de Sitio iniciaba su vida pública
en la narrativa del país y los medios de transmisión empezaban a interesarse en ella,
una emisora reunió a algunos de sus miembros para que aclararan, entre otras inquietudes,
por qué se habían hecho escritores. Si bien es cierto que la vocación de algunas
personas son decididas por razones muy concretas e individuales, con mayor seguridad es
verdad que la mayoría de las vocaciones no tienen razones tan simples que puedan ser
explicadas en los diez minutos apresurados de una emisión radial. Sin embargo, en aquella
ocasión, a Benhur le sobró tiempo para dar su justificación. "Porque me encontré
en la vida sin nada entre las manos", fue la respuesta, que pareció aplastante,
acaso por su viva naturaleza literaria. Sin duda, la frase parecía estar destinada a
romper uno de aquellos aprietos terribles en que a veces los locutores colocan a la gente
pero para nosotros tiene una riqueza definitoria: En el país literario la década del
sesenta marca el límite entre los escritores que se debían al ocio y los hombres que se
hacen escritores quitándole tiempo a las labores cotidianas de las que derivan el
sustento. A los escritores oficiales les aparece su contrapartida en las personas de unos
muchachos, maestros, empleados, desempleados, más o menos provincianos, resueltos,
desarrapados de fortuna material, que engarzan en sus letras las injusticias del país,
asumiendo así una posición contestataria.
Del momento de aquella entrevista hasta hoy, han transcurrido varios años y, como
ocurre regularmente con los grupos y las generaciones, después de haberse hecho a un
espacio en la cultura y en la historia, los integrantes toman sus propios caminos y cada
quien se dedica a realizar
su
obra personal. A Benhur, (Pitalito, 1946), le entraron los cuarenta años en todo el
cuerpo pero el tiempo, el ineludible tiempo, no ha caído sobre sus principios. Continúa
creyendo en la superación colectiva del hombre y aún hoy, sigue sin nada entre las
manos. Aquí tenemos a Venga le digo.
2. Algo sobre Arsenio
Rojas
No había en juego más
que
sentimientos elementales;
el miedo, el sufrimiento,
el los por los seres queridos
el odio hacia los opresores,
la simpatía por las víctimas:
C. Milosz
Un juez al que nunca le escuchamos las palabras, apenas las
presentimos por el rumbo de las palabras del narrador, sirve de disculpa para que Arsenio
Rojas, el protagonista, cuente, desde la cárcel, una doble historia: la de Pitalito, su
pueblo, y la de él mismo mediante la utilización de un monólogo muy firme, sin embargo
mediatizado por lo que supuestamente le pregunta o le afirma el juez. Las dos historias
confluyen en una propuesta equivalente. El hombre vive un mundo salvaje poco modificado
por los caracteres humanos: el hombre honrado sucumbe ante los inescrupulosos que se
enriquecen; el que reclama justicia padece el rigor ciego de la imposición del poder. La
pureza de la historia del pueblo, como la de Arsenio, se ve enturbiada por un cambio de
manos:
los fundadores ceden el campo a los
advenedizos. Aquéllos, con base en el derecho otorgado por sus actos, se hicieron
propietarios. Fueron dueños. Y bien se podría decir que, entre la selva que caía, eran
felices. Hasta cuando llegaron los otros, con las leyes enrolladas en pliegos de papel
sellado y se apropiaron de los bienes materiales de los primeros y tergiversaron la
historia según los dictados de sus intereses, a expensas, incluso, de la vida de los
verdaderos protagonistas. La pureza de la historia de Arsenio, como la del pueblo, se ve
enturbiada y adquiere sentido heroico por su lucha contra el monopolio de la tierra, es
decir, por su enfrentamiento con los poderosos; y por su lucha contra la mentira
histórica. El, Arsenio, desciende de los fundadores y conoce la historia verdadera del
pueblo y es testigo de la falsa, inventada por los advenedizos. Arsenio sabe que el hombre
no solamente hace la historia con sus actos. Sabe que la historia, al menos la historia
que aparece en los libros, se hace, sobre todo, con palabras. El conoce el poder de la
palabra. Que con ella el hombre bien puede ser adormecido o despertado. Por este motivo,
aún estando preso, su peligrosidad es grande. El conoce la verdad y tiene el Verbo. Es
decir, Arsenio es inmortal. No conocíamos en nuestra literatura un planteamiento más
patético del hombre fisicamente preso, salvado por la fuerza invencible de la Verdad
(aunque se pudra, para placer de los mortales, detrás de los barrotes). Y esta verdad, la
de Arsenio, juego resplandeciente dedos ríos cuyas aguas se confunden, es,
simultáneamente, la verdad de la novela.
3. Algo sobre el juego de
los dos ríos
Cosideramos que
nuestra tarea
esencial es la de explicar el mundo
tal como es.
Dziga Vertov
Venga le digo es la colonización de una región, la evolución de Pitalito desde su
fundación hasta su época de carros, luz eléctrica y demás adelantos técnicos en la
voz, ya lo dijimos, de Arsenio Rojas, quien cuenta, a la vez, su propia historia marcada
por el vagabundaje que le da experiencia en la vida y la lucha por la tierra, que le
"regala" la cárcel. Estamos, entonces, ante una situación narrativa en donde
la ficción se superpone a la realidad histórica; en donde el símbolo artístico es lo
simbolizado. Aquí, el arte no se construye al margen de la realidad ni constituye otra
realidad. Aquí, el arte es una realidad determinada, aunque la rebase. Así, la realidad
de la novela puede no ser solamente la realidad de Pitalito, sino también de Colombia, o
de Latinoamérica, o del mundo entero. Arsenio Rojas ha ganado la batalla a la
alienación, y lucha. Su pasado se hace luminoso y su vida presente no está marcada por
"la insoportable levedad del ser". Su existencia se ha llenado del mayor valor
moral: la lucha por la conquista de ideales colectivos. Por este motivo el personaje puede
parecer extraño. En la contemporaneidad de occidente, cuando la ley en la vida de los
hombres es la carencia de un sentido para vivir, y la pérdida de valores dignos de
darle un sentido a la existencia, un hombre como Arsenio Rojas, que tiene un principio
vital, que posee el "convencimiento deque luchar por una causa justa era más que un
motivo de vivir", un hombre así, decimos, debe parecer bastante extraño. Pues
¿cómo podrá ser entendido un hombre que lucha por si mismo y por sus semejantes en
medio del nihilismo cada vez más generalizado y esquizofrénico de la sociedad?
La novela abre perspectivas en múltiples direcciones que pueden generar polémicas
provechosas que, sin embargo, rebasan el objeto de una reseña como la presente. Dejamos a
Arsenio Rojas saltando los barrotes de su presidio y ejerciendo su función de detonante,
de incomodador o incitador o buscapleitos ante la conciencia callada e impotente de la
contemporaneidad. Así, Benhur Rojas o Arsenio Sánchez continúa la mejor tradición de
la palabra: incomodar al hombre en su cotidianidad acomodada; subvertir la rutina de la
conciencia para que el hombre no se pierda en la sinrazón de su existencia, sino que sea
él el trueno con el trueno que alumbra su estallido en los permanentemente nuevos
firmamentos de la historia.
JOAQUIN PEÑA GUTIERREZ
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