Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 9,  Volumen XXIII , 1986
 

Recordando a Barba


Poemas
Porfirio Barba-Jacob
Recopilación y notas de Fernando Vallejo.
Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura,
Bogotá, 1985

Sin querer queriendo, Barba-Jacob ponía en manos de otros la edición de sus poemas, o de ese imposible Libro (con mayúscula) en que soñó durante su trajinada existencia. La actual edición lleva una advertencia, breve y eficaz, de Fernando Vallejo y cuenta con valiosísimas notas al pie de cada poema.
Uno se podría preguntar: ¿y por qué una edición de los poemas de Barba-Jacob? Quizás la respuesta no esté tanto en ellos como en las investigaciones realizadas por el recopilador. Gracias a ellas es factible lanzar algunas ideas sobre un autor que parece desvanecerse biográficamente para integrar en sus poemas una historia muy personal.
La preocupación por establecer la procedencia y las variantes de los poemas hace que la notas de Vallejo puedan ser leídas como minicapitulos de una novela exclusiva. El protagonista es un poeta sumamente inquieto y estrambótico que deja regadas por América sus huellas en revistas, álbumes, libretos, recuerdos. Esta primera impresión del carácter mnemotécnico de su poesía agudiza, por otra parte, los peligros de la cáscara modernista que la cubría. ¿Cómo sobrevivieron en otras memorias durante decenios y decenios? Gracias a la muletilla modernista. Y este no es un juicio adverso sino una somera explicación. La obra de Barba-Jacob cabe dentro de lo que, en el buen y mal sentido, llamamos comúnmente poesía de ocasión. Y tampoco es un juicio negativo. Con lo cual me adelantaré a decir que no creo que interese tanto realzar o condenar esta poesía. Sería fácil suprimirla de un plumazo en nombre de tales o cuales conceptos. Pero habríamos ganado muy poco con semejante ejecución.
Más apasionante es intentar comprender por qué nos resulta ajena actualmente, por qué suenan a otro tiempo estos versos. Pienso en un poema como La tristeza del camino, en el que, como su título indica, debe el lector recorrer un trecho larguísimo donde no faltan los tópicos que un oyente ya lejano compartía (la nostalgia de un amor, la aparición de la muerte, el cansancio físico; en resumidas cuentas, los sones de una banda municipal tocando en la plaza de armas de una provincia después de la misa). Quienes hemos crecido con El tesoro de la juventud en la biblioteca familiar, no dudaríamos en asociar ese poema con su sección de poesía universal. ¿Por qué? Tal vez porque la anécdota se vuelve un pretexto para el divagar del Verbo (con mayúscula). Se me viene otra imagen: la de algunos restoranes de la carretera que parecen construidos para que el viajero se arrulle con los paisajes supercoloridos que cuelgan de las paredes. O como algunas casas antiguas (hablo de Lima, disculpen la tristeza) parecen reducirse al salón pequeño en donde reina, entre velitas y olor a piso encerado, un inmenso Corazón de Jesús. No tengo otras imágenes con qué ligar muchos de los poemas de Porfirio Barba-Jacob. Y es que sus lectores compartían de hecho una sensibilidad que ya la vanguardia o las reacciones ante ella hablan puesto en retirada. Definitivamente leemos otra poesía, una poesía que no despegó en su momento o que, si
lo hizo, apenas si podía tirar el lastre (Darío, Lugones, Valencia) que cargaba. Cuando uno descubre la exacerbada autocrítica que poseía Barba-Jacob, sólo con esfuerzo llega a comprender cómo pudo seguir componiendo (respetemos la acepción musical) como lo hacía. El extravagante y marihuanero periodista era, a la hora de los loros, un niño obediente de las formas que sus padres literarios le habían encomendado. Esas parábolas, esos cantos a ciudades, esos personajes casi de daguerrotipo, ¿no representan ahora un fascinante preámbulo al desfase poético que siempre habitó Barba-Jacob? Cada poema tiene una historia, así como la silueta de cada mujer posee la suya en el vasto álbum de las casualidades del peregrino. El drama aparece cuando, con el tiempo, las historias subterráneas de cada poema terminan importándonos más que el poema mismo. Asistimos a una variable interesantísima pero al margen de la valoración:  la chismografía poética. Y creo que esto en nada disminuye la magnífica labor de Fernando Vallejo, sino todo lo contrario. No se trata de una reinvención de Barba-Jacob. Evidentemente somos los invitados que imaginan al poeta en su tiempo, brincando de un lado a otro, cambiando de escenarios pero prolongando como un árbol su lenguaje previsible.
Las máscaras de Miguel Ángel Osorio son delgados velos de la persona histórica. O antifaces de juerga. Mas nunca realidades lingüísticas a la manera de, salvando las distancias aunque no la cronología, Fernando Pessoa. En su época, aquellos personajes aludidos por los poemas de Barba-Jacob podían reconocerse en sus palabras. Lo notable es ver cómo Barba-Jacob se ocultaba tras
otros nombres en tanto que su poesía, que pretendía dispersar esos datos, iba dejando las migas de pan que ayudarían a encontrar a la persona de carne y hueso. Estos datos, pues, han sido verificados y explicados. Sólo en este sentido, recorriendo como un mapa la edición de Fernando Vallejo, es posible deleitarse con la poesía de Barba-Jacob. Una poesía que, sin lugar a dudas y ya en vida de su autor, necesitaba una rasurada como las musas mandan.

EDGAR O’HARA