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Para morirnos del tedio
Para decirle adiós a mamá
Darío Ruiz
Editorial La Oveja Negra, Bogotá, 1985, 151 págs.
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Para decirle adiós a mamá es
el título número 49 de la colección Biblioteca de Literatura Colombiana, editada por La
Oveja Negra. Darío Ruiz (Anorí, Antioquia, 1936) ha publicado libros de poemas, cuentos
y novela. Sus textos sobre cine, pintura, teatro, arquitectura y muchos otros temas se
difunden a menudo en suplementos y revistas. Es conocido profesor universitario. Lleva,
pues, un largo recorrido por entre palabras.
Para decirle adiós a mamá trae 151 páginas asfixiantes, llenas de palabras
apeñuscadas, casi sin margen, vicios conocidos de La Oveja Negra. Son once textos
llamados tan bonito como Una noche cualquiera mientras llueve, Para los días de
invierno, Con las mujeres de la tarde, Para que siga la noche, títulos con
reminiscencia de Italo Calvino. Textos con estos títulos, ¡y nos dan una sorpresa! Sabor
a sordidez, condimento repetido en su lenguaje, en su literatura. Textos que no se montan
en el columpio para alcanzar el vaivén. Historias nacidas del profundo miedo de la
relación entre los sexos, relaciones imaginarias que se evaporan como en los sueños.
Hombres envueltos en pedazos de relaciones familiares, seres sin otra cosa en común que
una vida pesada y oscura, padres, madres, hijos, esposo, esposa, amantes. Hombres con
"un profundo miedo a que llegue la noche".
Los personajes son fríos, gélidos,
se quedan ateridos y yertos, para usar el mismo lenguaje tremebundo de Darío Ruiz.
El protagonista, un ser cursi y ordinario hasta la repugnancia, es el hombre abrazado por
una inmensa soledad, abandonado por todos, por las mujeres reales después de una noche de
sexo y por la de sus sueños al despertar de la vigilia; oloroso a sudor y con un corazón
melancólico
siempre
embolatado en la ilusión del alcohol. Ese ser que se pregunta: "¿Qué sintieron acaso las aves al descubrir
al primer colombiano graduado?".
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El protagonista de las
situaciones narradas es uno, niño o adulto, pero es muchos: el camionero orgulloso de su
profesión porque dignifica el peligro, de En la carretera; el narrador o José, en
Durmiendo en el suelo; Sergio o su padre, en Antes de la ciudad; en fin,
todos ellos, que mueren en vida en la ciudad, en Medellín, o se meten al mar en Tolú y
viajan por la carretera de Santa Helena bebiéndose el paisaje de lejos, los anturios, y
mascullando su desazón y su tristeza; lejanos de la mujer que aún no ha regresado de la
universidad, o del triunfo social de la que abre la boutique o la charcutería, y
cercanos a la empleada doméstica pero sólo en sus sueños eróticos. Tipos que viven el
emerger de una clase, duermen el sopor de un plato de sancocho, que lo único que aman es
el burdel, confundiendo el olor del amor con el olor a cilantro, sin distinguir entre el
amor y hacer el amor, porque el verdadero goce lo aprendieron en Lovaina a cambio de
dinero. Seres con esa necesidad de conocer el secreto íntimo de las mujeres y que se
mueven entre la política y los puestos oficiales. Personajes sin pasado y sin futuro, que
viven la ausencia de la comunicación, de la amistad y del amor, las mujeres que ellos
aman no los aman.
Seres anodinos. Hombres envueltos por el fantasma de los celos; que roncan y se
emborrachan hasta llorar. Hombres destinados a seguir viviendo entre la débil ilusión de
un trago de aguardiente y la lascivia de una eyaculación. Hombres impregnados de un miedo
a la vejez, que tienen relaciones extraconyugales en cualquier motel o en el de siempre.
El viejo padre tierno y blando en su familia, nidito de amor, orgulloso de su hijo que ya
puede sostener una conversación sobre la situación política del país", ese padre
que con tristeza descubre a su hijo homosexual. El profesional abandonado por la esposa,
que se queda sin costumbres, remordiendo su culpa, buscando errores, pensando en los
recuerdos y en pedazos de ella, sólo con la presencia del gorrito rosado que cubre el
rollo de papel higiénico. Seres que sólo aman imágenes de mujeres sin corazón, con
tetas y con pubis, desvanecidas en habitaciones mustias.
"Su corazón desventurado por la duda de no saberse en nada, de no incluirse en
ningún proyecto personal, aun cuando esa sensación no lo conducía realmente a la
desesperanza sino a la certidumbre de ser un tipo a quien echan de una excursión por
aburrido, a quien rehúyen los amigos por pelmazo" (pág. 109).
El narrador, a veces adentro, a veces afuera, adentro para contar, afuera para no
afectarse, para que todo les suceda a ellos, a los otros, a los personajes, a él mismo
desde afuera. La narrativa es pesada, los viajes interiores son vagos y plurales, ajenos,
bien podrían estar casi en cualquier texto, no importa que sea aquel o éste. Se hace
necesario realizar un esfuerzo para atravesar los textos, para morder los párrafos de
páginas enteras y malucas, con las palabras más feas de todo el diccionario, sus
metáforas: "el ombligo hundido como un estoperol oscuro" (pág. 122) y los
diálogos desprendidos de sus personajes. Con todo eso crea un ambiente pesado que refiere
y construye la nada en que se mueven, la angustia y el tedio, sus realidades.
Pero es precisamente cuando se sale de la estructura pesada del tedio, de las parrafadas
largas y apretadas, cuando Darío Ruiz escribe Cuando el sol aún en la mañana. Corto,
sencillo y bonito, también con tedio, desamor y soledad. Después del párrafo inicial
abre con un diálogo simple y tierno, cierra el texto con el mismo diálogo, Beto llora;
seguro tiene el mismo miedo de su padre. Redondea la historia y la entrega bella y sin la
sofisticación y el tedio que produce el resto de los textos. Una cosa es escribir el
tedio, otra morirnos del tedio leyéndolo.
DORA CECILIA RAMIREZ
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