Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 9,  Volumen XXIII , 1986

 

La lira nueva y su época (segunda parte)

 

EL REFUGIO DE LOS ESPIRITUS DELICADOS

Superada la guerra de 1885, el resurgimiento intelectual permitió pensar de nuevo que un libro de poesías era "un dulce refugio para espíritus delicados" 33 , y que el hombre regresaba a las cumbres de la civilización, dejando atrás esa naturaleza que lo había hecho nacer caído. La poesía se entendía como la mayor expresión de civilidad, era "el nimbo que sobre la frente de los hombres se confunde con el milagro" 34 . Un milagro destinado a producir belleza por medio del lenguaje, mediante "el atinado enlace de la novedad del pensamiento con lo variado de las cláusulas y lo original del estilo" 35 . Casi ninguno de los alfabetizados residentes en Bogotá hace cien años renunció al ejercicio de ese "milagro", en contraste con el escaso desarrollo que habían alcanzado hasta entonces las artes plásticas. Según Hettner, "tan solo la poesía tiene su terreno productivo, ya que casi todo bogotano es aficionado entusiasta en este campo, siendo la mayoría a la vez, autor de poesías, contrastando con lo poco y lo mediocre en el terreno de la poesía romántica y novelesca, el caudal de poemas líricos, charlas y literatura amena, [y] los llamados cuadros de costumbres" 36.

A los poetas se les pedía que "en una de las infinitas formas que elijan sean profundos en las ideas, naturales y humanos en el sentimiento, sinceros en la ficción misma, objetivos en la imagen con que la vistan" 37. Diego Fallon, en carta a don Miguel Antonio Caro en 1883, puso en claro sus principios poéticos 38 : originalidad del pensamiento, claridad de expresión, armonía musical (Fallon era músico y escribió un tratado sobre la materia), solidez arquitectónica, verdad y poder de imaginación. Pero estos principios no estaban en la pluma de todos los bardos de la época, como lo muestra la sátira que Caro escribió en 1887, titulada Los malos versos 39. Para el autor intelectual de la nueva constitución "no hay en el universo peste o plaga/ Como los malos versos; no hay ninguna/ Que más alcance y merezca menos/ La indulgencia social ... ". El purista Caro, que idolatraba "la divina poesía", se burló sin piedad de aquella "turba de pedantes" que, según su opinión, habían convertido "el parnaso en basurero", contra los cuales no encontró desinfectantes: "La nube de prolífica langosta" que el sol oculta y los sembrados tala/ cunde voraz la perversión del gusto". Un gusto nuevo que, alejándose de la lira patriótica, daba cabida no a las "parnáseas florestas" (donde, según Caro, se refugiaba en su infancia, por cuyos "inextricables laberintos/ vagaba yo sin miedo", aspirando "castos aromas" y escuchando "exhalados trinos") sino a un naturalismo que don Miguel Antonio juzgaba "crudo". Era todo un crimen literario contra su clasicismo humanista, promovido por la pasión, productora de "indócil rima", "buleto que a los asnos canoniza". Caro aconsejó a cada uno de los jóvenes imberbes que "en modelos estudie noche y día/ que secular veneración sanciona". Y más adelante agregó: "Jamás escriba sin pensar primero/ Si falta el estro animador, no intente/ El don arrebatar que Dios le niega/ Y a otros estudios la atención dirija".

Probablemente Caro —apreciado como el mejor traductor en verso que ha tenido la Eneida al español— escribía contra los poetas de La lira nueva y contra otros espontáneos que inundaban con colaboraciones los periódicos. Le resultaba intolerable el alejamiento de sus amados modelos latinos, y la introducción de elementos diferente de las estatuas y coronas y mármoles helénicos, tan propios de su "musa militante". En algunos círculos más progresistas, La lira nueva fue recibida con franco alborozo. Un colaborador de La Siesta destacó en este florilegio "la diversidad de asuntos y de escenas que allí se desarrollan; los múltiples sentimientos que salen de esas páginas; el tumulto de deseos que brota férvido, como un reclamo a lo desconocido [...] los gorjeos escondidos en las ramas bajas; hasta el ruido del insecto dorado entre la yerbecilla. todo esto sorprende y encanta, aturde y maravilla recibido de una vez en ese libro, como un golpe de luz súbita en el cerebro" 40 . Ejemplo de la poética de los nuevos lindas, es este verso de José Asunción Silva, publicado en la antología con el título de Estrofas 41 :

El verso es vaso santo. Poned en él tan sólo un pensamiento puro,
en cuyo fondo bullan brillantes las imágenes, 
como burbujas de oro de viejo vino oscuro. 
Allí verted las flores que en la continua lucha
ajó del mundo el frío;
recuerdos amorosos de tiempos que no vuelven 
y nardos empapados en gotas de rocio...

(fragmento)

La imagen del poeta y de la poesía que entregaban algunos de los nuevos bardos conllevaba un principio de realidad diferente, más terrenal, como en El último canto de Ismael Enrique Arciniegas 42 :

 La poesía morirá en la lucha, 
El destino cruel de sus horas cuenta; 
¡Poetas! ¡ Vuestros cantos nadie escucha, 
sois el Alción de la social tormenta!

(fragmento)

En efecto, un poeta ya casi con los pies en la tierra, aunque todavía vaporoso soñador en medio de la pobre realidad: "El poeta colombiano sólo saborea comodidades imaginarias; sus placeres son simplemente fantásticos. Cuando después de ese anheloso afán de la inteligencia, que es la inspiración, llega la enfermedad y luego la muerte sombría, sólo hay para el hombre que ha arrojado al público una lluvia de flores [...] el dolor de una agonía solitaria, el aislamiento del sepulcro sencillo y el clamor póstumo de la fama improductiva" 43 . Por su parte, Rivas Groot en el prólogo de La lira nueva declaró: "Hoy el poeta ha de saber, y sabe, que el pueblo llora, que el pueblo ama, que el pueblo aspira; y que la humanidad no concede una corona que está en sus manos, la inmortalidad, si el poeta no concede algo que tiene en el alma, la compasión" 44 . Y agregó, en una declaración que puede evocar a Rimbaud—quien también en 1886 publicó Iluminaciones—: "El poeta ha de asomarse a todos los abismos" 45. Pero al concluir la introducción, lanzó un curioso lema poético, completamente contemporizador con el momento histórico colombiano: "Cristo, la república y la naturaleza". Recordemos que la Iglesia recuperó su poder con la nueva constitución y posteriormente con el concordato firmado en 1887; la república unitaria se estableció también con la misma constitución. Queda sólo la "naturaleza" como elemento literario subversivo dentro de la consigna, opuesta al frío clasicismo contemplativo, que posteriormente iría a reeditar Guillermo Valencia.

Para los jóvenes escritores el futuro, aun en esos tiempos sin esperanza afligidos por la inestabilidad, era una promesa que se obtenía combatiendo sobre las ruinas del pasado, como lo muestra el primer poema de la antología, escrito por Ismael Enrique Arciniegas:

 ¡Adelante! ¡El combate ha comenzado:
Entonemos el himno del futuro 
De pie sobre las ruinas del Pasado!

(En marcha, fragmento)

 

LA LIRA NUEVA: MUERTE, NOCHE Y AMOR IMPOSIBLE

Parnaso colombiano fue el antecedente más inmediato de La lira nueva. Se trataba de una antología preparada por Julio Añez, cuya primera edición se hizo en 1884. Eran dos volúmenes que recogían la obra de 102 poetas y de 14 poetisas 46. Fue la primera antología que recogió obras del joven José Asunción Silva, y era la mejor, según los críticos, que se había publicado a lo largo del siglo. Según el prologuista, José María Rivas Groot, la obra pretendía "condensar el desarrollo de la poesía en nuestra patria en lo que va del siglo, a más de algunas piezas espigadas en el siglo XVIII, todo ello con materiales acopiados en publicaciones casi perdidas" 47 . Según Héctor Orjuela, el Parnaso traspasó las fronteras patrias, y dio lugar a que el crítico Juan Valera escribiera sus Cartas americanas, en las que destacó dos circunstancias que rodeaban a los poetas colombianos: "el espectáculo de la magnífica naturaleza" y "la sencillez patriarcal de costumbres" 48.

La lira nueva, como dijimos, fue recopilada por el mismo autor del "Estudio preliminar" del Parnaso colombiano, con la diferencia de que en aquélla sólo incluyó poetas contemporáneos
49. Todos vivían en su momento, con excepción de Candelario Obeso, Emilio Antonio Escobar y Manuel F. Espinosa. Las circunstancias de sus muertes fueron de un carácter, todavía, marcadamente romántico. Obeso se suicidó en 1884; Escobar murió luego de haber padecido "una pena íntima, una espantosa desgracia", que "postró hasta rendir al pobre joven; el aneurisma que le dio el último golpe fulminante, no fue sido el resultado de uno ya recibido en medio del pecho" 50 en una posdata a su testamento, el desahuciado pidió que no se olvidaran de su fiel pernita Etairós.

Las influencias que mostraban los jovenes poetas fueron establecidas por Rivas Groot. 51 . De las letras nacionales, mencionó con tacto ponderado a Caro y a Núñez, a la sazón políticos en ejercicio, como sabemos. Con más entusiasmo citó a Gutiérrez González, Isaacs, Pombo y Fallon. De las letras extranjeras, a Núñez de Arce, Campoamor, Bécquer y Víctor Hugo. Según Caparroso, Núñez de’Arce, considerado regenerador de la lírica española, ejerció una triple influencia en los poetas de La lira: con su verso filosófico y civil, con el esmero y cuidado en la composición y con la eliminación de la confidencia sentimental 52. Campoamor, por su parte, llegó a ser más popular en América que en España, al punto que aquí la gente recitaba de memoria muchos de sus versos. Bécquer fue la mayor influencia para los nuevos autores que se sintieron atraídos por "la regular irregularidad de la forma, la sencillez de pensamiento, cierta vaguedad de tono germánico" . 53. Hugo alcanzó tal admiración, que se consideraba que "quien no estudie el procedimiento del maestro que registró toda el arpa, no alcanza ni a mediano versista" 54.

Los últimos años del siglo XIX colombiano fueron años felices. La transición que empezó a materializárse en 1886 fue seguida de dos nuevas guerras; la actividad económica y con ella los medios de subsistencia de la población, apenas si se recuperaban para luego volver a decaer, bien por efecto de los conflictos y de la inestabilidad política, bien por el cambiante curso del comercio internacional. Así que la mentalidad de la época, los modos de sentir y de pensar, estuvieron imbuidos por una sensación romanticista de mal de fin de siglo, que muy pocas voces contrarrestaron con la motivación halagüeña del futuro, del amor triunfante o con las maravillas que la ciencia ofrecía.

Los poetas de La lira nueva, insertos en ese espíritu finisecular, trabajaron alrededor de tres temas dominantes. El más obsesivo y recurrente, el que aumentó metáforas y evidenció más claramente ese mal del siglo fue la muerte. El poeta aquí está generalmente en la posición del que contempla patéticamente la inminencia del desenlace final, el cual le abre "una lontananza informe" y el "escondido abismo de la nada". La muerte parece cancelar el dominio del hombre sobre el espacio, borrando todo horizonte; es también un misterio inmenso, que infunde pavor:

Siendo muy niño, en el materno seno, el corazón inerte,
lloré y me estremecí de terror lleno. pensando en el misterio de la muerte.
Hoy por la pena el corazón deshecho, la lucha ya emprendida,
¡pudiera yo llorar, madre, en tu pecho por el triste misterio de la vida!

(Carlos A. Torres,
Los dos misterios, fragmento)

Observemos que "inerte" rima con "muerte", y "materno seno" con "terror lleno". La muerte era concebida también como la máxima soledad que llevaba al olvido. El cementerio era un lugar favorito para muchos poetas; allí se podía conversar con espectros que "cavaban y cavaban", o con el sepulturero, ese "trasegador de osamentas" y "camarero de los muertos" que con helada indiferencia se sacudía el polvo de las manos, polvo que "formó tal vez de una hermosa/ la codiciada belleza" 55 . El camposanto estaba rodeado de sombras, tañidos de campanas, hiedras, rosas, madreselvas, "sauces sombríos", pinos y "enredaderas hojosas", todo lo cual configuraba un profundo telón de "selva añosa". En el desierto terreno, albergaba "tumbas olvidadas", cuyas inscripciones sencillas en mármol habían sido borradas por la implacable mano del tiempo. Las "marmóreas lápidas" se correspondían con "oscuras fosas" y con "tumbas solitarias", habitadas "en insondable perenne calma"; ellas conformaban un "horizonte de sombras" que el poeta contemplaba entre sollozos, cargado de recuerdos y evocaciones. No faltaba una calavera —llamada por Silva "escondida mansión" por donde sonaba el viento al pasar 56 . Ni siquiera la naturaleza en su vital exuberancia escapaba al tenebrismo gélido: ella era "cuna y sepulcro de las cosas" 57 . El follaje húmedo nacía, cómo no, de "los cuerpos descompuestos en las fosas" 58.

Toda esta poética alrededor de la muerte configuraba una imagen que le permitió afirmar certeramente a Rivas Groot que "en este siglo el poeta tiene el severo pontificado de las sombras" 59.

El segundo tema preferido era el universo de la noche; esa noche del siglo XIX, que se alumbraba con velas de cebo y gordana y con yesqueros y luciferos y que apenas en el último decenio empezó a conocer la luz eléctrica. La llegada de la noche constituyó todo un material poético:

¡Oh noche que desciendes
sonando a la manera de arpa triste,
y que lenta te extiendes
por todo cuanto existe!
¡Préstame aliento y a mi canto asiste!
(Enrique Fernández, La noche)

La oscuridad caía poco a poco con su "incierta luz" y su "opaco brillo", como un "misterioso velo" que esparcía "luminosas vibraciones", y era entonces cuando el poeta podía percibir con su lira "ritmos de planetas", o evocar la misma oscuridad que tenía la ausencia:

Ismael Arciniegas

Qué ejcura que ejtá la noche; 
la noche qué ejcura ejtá; 
asina ejcura ej l´ausencia... 
¡Bogá! ¡Bogá!

(Candelario Obeso, Canción del boga ausente)

El mundo nocturno era extraño, evocador, bueno para el sueño, la consolación y la meditación. Apto para refugiarse en él de las "falsas galas" del mundo, para ahogar en él, entre besos e ilusiones, las tristezas y darle de beber silencio al "espíritu agitado". Hora de "éxtasis profundos", contrapuesta al día, que no era otra cosa que la "luz de los abismos".

 La noche era también el momento en que "el alma en la carne se agiganta" y en el que los "goces más sensuales" podían producir "olor de cieno" que embriagaban los sentidos. En medio de las "tinieblas sin auroras" no hay caminos sino sendas", "hojas mustias" (que riman con "angustias"); esas sendas que conducen, a su modo, al infinito:

 

Y vi tinieblas y me perdí en la nada, 
sentí hervidero de astros en la sombra.

(Ismael Enrique Arciniegas, Extasis)

Por allí volaban "almas soñadoras" y "espíritus errantes". Por allí estaba el sueño de que pronto venía a acariciar las sienes, llenándose la estancia de un "vapor de adormideras", donde los recuerdos son informes fantasmas, mientras por la rendija de la puerta,

un rayo furtivo de la luna avanza, 
ilumina los átomos del aire.

(Joaquín González Camargo, Viaje de la Luz)

En sueños, el poeta se transportaba a otros mundos, que si tenían futuro y eternidad, en oposición al efímero y terrenal que habitaba:

Allá rima la luz y el canto alumbra, 
aire de eternidad alienta el alma, 
y los poetas del futuro tiemplan 
las cristalinas arpas.

(Idem)

José Asunción Silva

La noche daba cabida a la luna, una luna más modesta que la del confín profundo de Fallon: "alba luna", pero más sagrada: "Hostia de luz viva Todavía dueña del ancho firmamento, desde donde alumbraba, acompañada de rutilantes luceros. Pero la noche no era sólo un ámbito exento de la luz diurna, apto para la fantasía. Era también el otro nombre de la muerte, la más larga de todas las noches:

 Cuando ya de la vida
el alma tenga, con el cuerpo, rota, 
y duerma en el sepulcro, 
esa noche, más larga que las otras.


(José A. Silva, Estrellas fijas)

Facsímil de lectura para todos, revista Cartagenera donde apareció por primera vez el nocturno de Silva (Ver cita 60).

El amor inalcanzable o desgraciado fue el tercer tema de los poetas de La lira nueva. La mujer, idealizada en su belleza intangible e inaccesible, sólo concedía desengaños y rechazos. No obstante, el amor se pensaba como la razón del universo, como luz que enceguece y alumbra:

... Del alma los arcanos más profundos; 
El amor es la causa que dirige 
El inmortal concierto de los mundos.

(Alejandro Vega, La estatua)

El amor podía surgir para iluminar el espíritu del poeta. O para esclavizar su corazón ardiente al de Ella. Terminado el baile, diversión que era casi el único punto de encuentro de damas y caballeros, Cupido hace su entrada cuando las luces de la estancia van opacándose y ellos están solos:

 De repente los ojos se nublaron, 
sentí ruido de alas, 
y luego vi que un niño cariñoso 
nuestras manos juntaba.

(Ernesto González, Despúes del baile)

El objeto amoroso alcanzaba la calidad de estatua, o de sueño que se disipa apenas se va a realizar, o era una mujer que yacía en una fosa o en el anfiteatro. En su poema La estatua, Alejandro Vega le cantó a Elisa, encantadora mujer de mármol de Carrara, cuyo mirar indolente lo ha vencido y enamorado, gracias a lo cual el autor cree que conmovió a la dura Elisa, al punto que cuando de su brazo se pasea cree que va "con la Venus Citerea". Y la ha besado, y ese beso ha sido bendecido por Dios desde lo alto.

Las mujeres por las que suspiran y sufren estos poetas no son todas marmóreas. Las hay también durmientes, de un sueño del que nunca se levantarán, haciendo con ello vanamente fantasear al enamorado, preferiblemente de noche, entre olor de azahares y una luna blanca. Luna que asiste a la hipotética cita, mientras las brisas "gimen y las hojas tiemblan" y el poeta, con el corazón herido, llama a su amada con su arpa y una corona, pero todo resulta un sueño donde ella le jura ser suya para siempre:

 Jura otra vez que me amas, que eres mía;
—¡Jura... nadie nos oye! ¡Nada temas!
—¡Tuya! bien mío.., para siempre tuya!
—Sueña, alma mía.., sueña"

(Ernesto León Gómez, En sueños)

Manuscrito del estribillo de Aserrín Aserrón de José Asunción Silva

Mujeres apenas tocadas por un beso imaginario que no logra hacerlas presentes desde el mundo de los espectros intangibles, poetas que no pueden nombrar la carne viva ni abandonar la condición de estatuas que les han asignado a sus damas. Una mujer desnuda, sólo una, apareció en La lira nueva ofreciéndose a un científico poeta. Es virgen, lleva el cabello suelto, que le cubre "las combas del pecho", sus ojos entreabiertos son irresistibles y su sonrisa está cuajada en los labios. Pero esa bella venus yace lánguida sobre el liso mármol, durmiendo la muerte. El vate, cuchilla en mano, quiere aprender en ese libro "la verdad desnuda". De ese cuerpo que tiene ante sí, sólo mira fervorosamente, se diría que con pasión de necrófilo, una lágrima que escurre de la mejilla del cadáver. Se olvida del estudio y terminan llorando juntos 60.

Cuando la amada, con voz entrecortada, también habla de amor y hace promesas, el poeta tiene la conciencia inequívoca de que nada dura, todo se olvida y pasa como un pájaro que abandonó el nido, quedando el amado solo, con el alma triste y el corazón vacío:

 

Me juró amor por el vergel florido, 
me juró por la fuente que lo baña, 
me juró por el ave, por el nido, 
me juró por la paz de la cabaña.

[. . . ]

Las flores del vergel se marchitaron, 
el pájaro alzó el vuelo y dejó el nido, 
las aguas de la fuente se agotaron, 
y al juramento lo cubrió el olvido.

(Diego Uribe, Ayer y hoy)

En efecto, el que ella lo amase era un "placer ignoto, inmenso", que hacía exclamar:
"¡Un beso! ¡un solo beso!". El beso era el mayor acercamiento pensable con la inexistente enamorada. Si acaso el poeta se permitía soñar con "Fundir tu cuerpo en mí, yo en ti fundirme", era para luego exclamar, aterrado:

¡Huye de mí!. . . terrible en su falsía 
siempre astuta deslízate entre flores
. . terrible en su falsía 
siempre astuta deslízate entre flores

(Idem)

Poesía de la muerte y de la noche y del amor ilusorio o imposible, escrita por unos lindas que hoy suenan en tono menor, pero que tienen valor como testimonios de un estado del espíritu colectivo colombiano de hace un siglo. Espíritu abrumado por el sentimiento de pérdida expresado por la obsesión ante la muerte, abismado ante el escenario de la noche, que es otra manera de llamar la muerte, espíritu atormentado por amores castamente infelices. Sentimientos apenas atenuados con el fantasma de un beso furtivo o con el sueño de una insólita dama declarando su amor. Por ninguna parte el goce de vivir, la naturaleza exultante y en ebullición, el amor dichoso hecho cuerpo y carne viva. La lira nueva fue una transcripción en verso del estado sombrío de los ánimos de una sociedad, que sólo José Asunción Silva iría a expresar con valores poéticos que hoy todavía juzgamos perdurables. El nocturno, escrito en 1892, seis años después de La lira nueva, y publicado por primera vez en Cartagena en 1894 61 , condensa, con acierto poético incomparable, el sentimiento frente a la noche, la muerte y el amor, que imperaba en Colombia al concluir el siglo pasado. Los elementos no han cambiado, las palabras son las mismas: la luna, las sombras, el infinito, la senda, el hielo de la muerte, la nada, el amor imposibilitado por "un presentimiento de amarguras infinitas". Ha cambiado la forma poética. El primer modernismo ha ganado uno de sus mejores exponentes, y ya se anuncia la disolución del siglo XIX.

PRIMERA PARTE

33 La Siesta, Bogotá, 27 de abril de 1886. (regresar33) 

34 Ibíd. (regresar34)

35 La Siesta, Bogotá, 27 de abril de 1886. (regresar35)

36 Hettner, op. cit., págs.123-124. (regresar36)

37 Citado por Héctor Orjuela. Las antologías poéticas de Colombia, Bogotá, 1966, pág. 54. (regresar37)

38 Miguel Antonio Caro, Obras poéticas, vol. III, Bogotá, 1933, págs. 232-236. (regresar38)

39 Ibid., págs. 111-134. Todas las citas entre comillas provienen del poema Los malos versos. (regresar39)

40 La Siesta, Bogotá, 27 de abril de 1886. (regresar40)

41 La lira nueva, Bogotá. 1886, pág. 373. (regresar41)

42 Ibid., pág. 12. (regresar42)

43 La Siesta. Bogotá, 18 de mayo de 1886. (regresar43)

44 La lira nueva, Bogotá. 1886, pág. XXII. (regresar44)

45 Ibid. (regresar45)

46 Otjuela, op. cii., pág. 46.  (regresar46)

47 Ibid., pág. 47. (regresar47)

48 Citado por Orjuela, pp. cii.. pág. 56. (regresar48)

49 La mayor parte de los autores incluidos en La lira nueva son hoy ilustres desconocidos. Otros, los menos —Silva, Obeso—, subsisten como parte de nuestro patrimonio poético vivo. Esta es la nómina completa de los poetas, en el orden en que aparecieron en la obra: Ismael Enrique Arciniegas, Manuel Medardo Espinosa, Joaquín González Camargo, Emilio Antonio Escobar, Candelario Obeso, Ernesto León Gómez, Alejandro vega, Belisario Peña, Carlos Arturo Torres, Leonidas Flórez, Federico Rivas Frade, Diógenes Arrieta, Rubén J. Mosquera, Adolfo León Gómez, Alejandro A. Flórez, Enrique Fernández, Diego Uribe. José Joaquín Casas, José María Garavito, Julio Añez. Pedro Vélez, Julio Flórez, Antonio José Restrepo, Nicolás Pinzón, José Angel Porras, Alirio Diaz Guerra, Fidel Cano, Miguel Medina Delgado, Rafael Tamayo, Manuel de Jesús Flórez, Juan C. Tobón, Francisco A. Gutiérrez, Roberto Mac Douall, José Asunción Silva, José Rivas Groot. (regresar49)

50 La Siesta, Bogotá, 4 de mayo de 1886. En este número se reproduce además, en las páginas 30 y 31, el testamento del poeta. (regresar50)

51 La lira nueva, Bogotá, 1886, pág. XVI. (regresar51)

52 Carlos Arturo Caparroso, Dos ciclos de lirismo colombiano, Bogotá, 1961, pág. 101. Para un Inventario más detallado de las influencias de los poetas de La lira nueva, véanse las págs. 101 y sigs. (regresar52)

53 La lira nueva, Bogotá. 1886, pág. X. (regresar53)

54 Ibid., pág. XI. (regresar54)

55 ibid.. pág. 320 .  (regresar55)

56 José Asunción Silva, en ibid.. pág. 390. (regresar56)

57 Silva, en ibid.. pág. 385. (regresar57)

58 Silva, en ibid., pág. 386. (regresar58)

59 La lira nueva, Bogotá, 1886. pág. XXII. (regresar59)

60 Estudiando, en La lira nueva, Bogotá, 1886, págs. 37-38. (regresar60)

61 El Nocturno apareció por primera vez en Cartagena, en el número 7 de una revista mensual de "Literatura, variedades y avisos" llamada lectura para Todos, en agosto de 1894. La dirigía Carlos Castelbondo y se imprimía en la tipografía de Antonio Araújo.  En la página 57 se informó a los lectores que "de paso para Caracas, a donde va a servir y la secretaria de la legación de Colombia, se encuentra en la ciudad este notable joven, poeta y prosista de ingenio originalísimo, llamado en nuestro concepto a formar escuela, tan pronto como deje conocer en el mundo literario sus producciones, inéditas casi todas.  "Debido ala bondad del señor Silva —cuyo delicioso esprit nos ha hecho pasar momentos gratisimos— engalanamos hoy la primera página de esta revista con una encantadora poesía suya —Nocturno—, cuya extraña factura, seguramente llamará mucho la atención de los inteligentes.  "Pronto publicará nuestro amigo un tomo de versos. Creemos que ello será un gran acontecimiento para las letras hispanoamericanas y conquistará laureles al poeta y gloria a la patria. Que llegue pronto ese día y que lleve el señor Silva gratos recuerdos de Cartagena, son por hoy nuestros deseos". (regresar61)