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La lira nueva y su época
SANTIAGO LONDOÑO V.
REPRODUCCIONES- Willian Núñez
1886, AÑO DE TRANSICIONES
PARA la historia colombiana
contemporánea, 1886 fue un año decisivo. En esa fecha se materializó el espíritu de
transición que recorrió la vida nacional en el decenio 1880-1890. La modificación más
trascendental para la vida de los colombianos de entonces fue el
abandono del régimen federal que rigió la política, la
economía yen general la mentalidad colectiva, que estuvo dominada por un ideal de
libertades individuales absolutas, consagrado por la Carta de 1863.
La nueva Constitución,
instaurada en 1886, fue impulsada por Rafael Núñez (1825-1894). Era la pieza
indispensable para su proyecto de "regeneración fundamental o catástrofe", que
propugnó la unificación nacional. La centralización política fue complementada con el
restablecimiento de relaciones con la Santa Sede en 1887.
El Banco Nacional,
precursor del Banco de la República, inició operaciones en
1881. Ante la crisis fiscal que enfrentaba el Estado,
agravada por la guerra de
1885 y por
la crisis de las exportaciones, Núñez optó por implantar el billete de
papel de forzosa aceptación; el gobierno reservó
para sí el derecho de emisión,
ganando
de este modo independencia frente a los prestamistas privados.
Para la vida cultural, el
año 1886 también marcó cambios de interés. En las artes plásticas empezó el
principio del fin de la pintura costumbrista, que le cedió su lugar al arte académico.
En la poesía, por su parte, el modernismo comenzaba a surgir, dejando atrás poco a poco
al romanticismo; los nuevos poetas se dieron a conocer en la antología La lira nueva, volumen
de 417 páginas compilado por José María Rivas Groot (1863-1923), autor también del
estudio introductorio que sirvió de prólogo.
UNA NUEVA CONSTITUCION
Era la tarde del
29 de agosto de 1885. El presidente Núñez, animado por su esposa, doña Soledad Román,
abrió la puerta del balcón del palacio presidencial y dijo exactamente las siguientes
palabras a la concurrencia:
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Carátula
de La lira nueva, Bogotá, 1886
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José
María Rivas Groot
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Señores:
La Constitución de 1863 ya no existe. Bien pronto los
pueblos se darán una nueva, que satisfaga sus verdaderas
necesidades y consulte las inclinaciones de la gran mayoría
del pueblo colombiano. Esa Constitución, empezará, por lo
mismo, por invocar el nombre del Todopoderoso...
1
Los liberales radicales
habían sido derrotados en una batalla que a la postre resultó decisiva para terminar la
guerra de 1885: la de La Humareda, el 17 dc junio. Declarada inexistente una constitución
que sólo era reformable por la mayoría absoluta de los estados soberanos, y convencido
Núñez de que las cosas no estaban para asambleas constituyentes democráticas, Convocó
el 10 de septiembre un consejo nacional de delegatarios, que se instaló el 11 de
noviembre. Su tarea era dotar al país de una nueva constitución que, según el
presidente, "ha venido elaborándose silenciosamente en el alma del pueblo
colombiano, a medida que sus públicos infortunios tomaban el carácter de crónicos, con
agravación progresiva", por todo lo cual, "ella será un trabajo como
edificación natural y fácil del pensamiento y anhelo de la
nación"
2.
Por el consejo de
delegatarios, de dieciocho miembros, pasaron un total de veintiuna personas, cuyas
ejecutorias públicas iban desde las de ministro, diputado y senador bajo gobiernos
anteriores, hasta los de notario, administrador del monopolio de la sal marina, contador
del ferrocarril, o de carácter militar, como era el caso del general Guillermo Quintero
Calderón "la espada de la Regeneración", quien comandó las tropas
que vencieron en La Humareda.
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Grabados
del libro de Rafael Núñez publicado en París en 1889
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Indudablemente que el
delegatario con mayor vuelo intelectual era Miguel Antonio Caro, autor del proyecto de
constitución que finalmente aprobó el presidente José María Campo Serrano, el 5 de
ágosto de 1886.
OTRO PRESIDENTE POETA
La historia presidencial
colombiana ha sido pródiga en gobernantes dados a
las letras. En 1886 Rafael Núñez ejercía su segunda
presidencia, iniciada en
1884. Ya
había ocupado el cargo entre 1880 y 1882 y lo asumiría de nuevo entre
1886 y 1892, aunque en este lapso sería
reemplazado por designados y vicepresidentes. El Regenerador se inició en la poesía a la
edad de diecisiete años, por
los
días en que, en medio de la pobreza, empezó a estudiar jurisprudencia, y
recitaba de memoria a José Zorrilla. Un
periódico de Cartagena difundió en
1842
su poema Las contemplaciones
3,
y un editor panameño publicó su
texto
A las armas, poesía en
1846.
La primera edición en
forma de libro de los versos de Núñez fue una de doce ejemplares de circulación
restringida, "presentada al autor en su cumpleaños (28 de septiembre de 1885) por su
admirador y agradecido amigo Rafael M. Merchán". Cuatro años más tarde se publicó
en París una "edición definitiva y única auténtica", ilustrada con
xilografías. El prologuista ponderó así el numen poético del presidente: "Aparte
de lo hermoso y delicado de los versos del señor Núñez, se encuentra en ellos el signo
visible de profundas meditaciones y altísimas enseñanzas, deducidas del estudio atento
de las cosas temporales en relación con las eternas "
4.
Una de las poesías
que más fama de poeta filósofo le dio en su momento, fue la titulada
¿Que sais-je? publicada en 1861, en la cual, según Rafael Serrano, se extendió
hasta 132 versos, donde dio cabida a "ríos, océanos, pitonisas, momias, Circes,
Atilas, vellocinos de oro, almíbares, olores y mil cosas así, apretujadas en renglones
largos y cortos, a veces musicales pero también pedestres, cacofónicos
y cojitrancos"
5
. Veamos el final, donde el poeta da rienda
suelta a sus dudas y contradicciones, el cual fue utilizado por los oponentes de Núñez
para cuestionar su capacidad decisoria:
No sé lo que deseo, lo
que busco;
a veces con la luz misma me ofusco;
a veces en tinieblas veo mejor;
a veces el reposo me fatiga.
Cuando me muevo a veces se mitiga
de mi sangre el hervor.
Duda angustiada y difusa,
que no identifica su objeto ni su razón, propia quizás de una época convulsa y
violenta, donde la incertidumbre era el pan de cada día.
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Grabado
del libro de Rafael Núñez publicado en París en 1889
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Antonio José Restrepo
acusó de plagiario a Núñez por la evidente similitud que dijo encontrar entre esos
versos que hablan también de rosas de Bengala y de espinas sin olor y otros
supuestamente análogos de Víctor Hugo, quien a la sazón era una suerte de padre tutor
de nuestros literatos, junto con los clásicos latinos. Los defensores de la Carta de
Rionegro le habían atribuido a Hugo el haberla calificado como una constitución para
ángeles, no se sabe hoy si elogiosa o irónicamente. Al morir, en 1885, la prensa
bogotana dio cabida a
un verdadero
alud de sonetos y diversas composiciones en su homenaje, por parte de lectores, escritores
y traductores criollos. Por ejemplo, el Papel Periódico Ilustrado publicó unas treinta
traducciones hechas por autores tan diversos como el propio Núñez, Miguel Antonio Caro,
Gutiérrez González, José Asunción Silva y otros. Acorde con el espíritu de la época,
a Víctor Hugo se le llamó "el regenerador de la literatura"
6
.
Núñez fue además un
poeta apasionado. Sus amores legendarios le inspiraron versos disímiles. Como éste,
dedicado a doña Gregoria del Haro, en el que se puede sentir ya un ritmo similar al del
himno nacional (1887), cuya letra compuso Núñez
7
:
Oh cielos
bondadosos,
oh dicha indescriptible
del náufrago que toca
la orilla, no es mayor.
O como este otro, en el que el amor es
también una regeneración saludable y una deuda con la amada, superior a la del hijo con su madre
8:
Las horas van
pasando,
mi dicha va creciendo,
tu amor me regenera,
tu amor y tu virtud.
De tus palabras vivo
el grato son oyendo
y en ellas mi alma encuentra
raudales de salud.
(Calma, fragmento)
Además de bardo
apasionado profundamente dubitativo, y de haber sido presidente de la Sociedad
Homeopática de Colombia, ciencia curativa la homeopatía a la que Rafael Pombo le
dedicó 47 poemas en agradecimiento a Hannemman y sus glóbulos, Núñez fue incansable
ensayista. Como tal, fue el personaje que más ideas movilizó en la segunda mitad del
siglo XIX en Colombia. En 1885 la imprenta La Luz, de Bogotá, publicó una colección de
más de 150 artículos aparecidos entre 1878 y 1888 en periódicos de la capital y de
Cartagena. Su temática preferida fue la política y la economía colombiana del momento,
pero también se permitió algunas digresiones sobre diversas materias, entre ellas la
estética.
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Aspecto de la acera sur de la Plaza de Bolívar. Hoy
Capitolio Nacional y
acera occidental, hoy Edificio Lié vano- Alcaldía Mayor de Bogotá.
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Con el
tiempo, la poesía de Núñez se ha desvalorizado aceleradamente. Los elogios que recibió
en su momento, hoy parecen adulaciones desmedidas relacionados más con su posición
política y menos con su talento literario.
BOGOTA HACE UN SIGLO
En 1886 Bogotá, con sus
ochenta mil habitantes, calculados por el doctor Felipe Pérez
9,
seguía siendo la ciudad más poblada de una nación hasta
el 5 de agosto denominada Estados Unidos de Colombia, nombre que la nueva constitución
cambió por el de República de Colombia.
Bogotá era no sólo la
capital del país, sino también la sede del arzobispado, de la Corte Suprema de Justicia,
del Consejo de Estado (creado por la constitución), del capitolio nacional y de siete
ministerios. Tenía unas veinticinco calles que la recorrían de occidente a oriente y
unas quince carreras que iban de norte a sur, formando el clásico trazado en damero. Dos
decenas de iglesias y siete capillas atendían las necesidades de los fieles. Al finalizar
los años ochenta, unos veintidós puentes permitían cruzar los arroyos y en especial los
ríos San Francisco y San Agustín. Cinco grandes monumentos adornaban la ciudad, junto
con ocho plazas y jardines. Un hospital de caridad y un hospital militar atendían a los
enfermos y virolentos. De los ancianos y desamparados se encargaba la Casa de Refugio, la
Casa Cualla y el Asilo de Niños Desamparados, cuyos miembros participaron en la
procesión con que se celebró en 1884 la producción de los primeros rieles de hierro
fabricados en Colombia por la ferretería de La Pradera, situada cerca de Bogotá.
Diez establecimientos de
instrucción pública, cuatro bancos, la Casa de Moneda, el teatro nacional y el
municipal, la biblioteca, el Museo Nacional y el observatorio astronómico, completaban la
lista de lugares de interés a finales de los años ochenta
10.
El centro geográfico de
la ciudad y de los acontecimientos más importantes era la plaza de Bolívar, en especial
el famoso altozano, como se denominaba el centenar de metros del atrio de la
catedral. "Una bolsa, un circulo literario, un areópago, una coterie, un
salón de solterones, una coulisse de teatro, un forum", en fin, toda
la actividad de Bogotá se concentraba allí, según lo presenció el diplomático Miguel
Cané, quien un día cualquiera de 1882 observó a varios personajes del mundillo
literario de entonces. Vio pasar a Diego Fallon, "el inimitable poeta de la luna vaga
y misteriosa"
11
que iba a dar una lección
de inglés. Más allá, observó "un cuerpo enjuto, una cara que no
deja ver sino un bigote rubio, una perilla y un
par de anteojos"; era Rafael Pombo. El mismo Cané recordó que "el bogotano
tiene apego al altozano, por la atmósfera intelectual que allí se respira, porque
allí encuentra mil oídos capaces de saborear una ocurrencia espiritual y de darle curso
a los cuatro vientos"
12.
Para
un cronista del periódico La Siesta, Bogotá era "el patio de
los milagros"
13
por la profusión de mendigos
que dormían y deambulaban en las calles de la ciudad, por los soldados "de diversas
divisas, con sus ramos de domingo id. en los balcones, con sus alcantarillas en
construcción, que aquí abren un abismo y allí levantan una montaña, con el bazuqueo de
los caños, que andan por esas aceras de Dios olvidados de su antiguo cauce". Pero lo
que más atrajo la atención del comentarista fue "la inmensa caterva de mendigos,
truhanes, pordioseros, azotacalles, rateros, vergonzantes, vergonzosos, etc., que hermosea
las plazas, calles, zaguanes, chicherías, atrios y portales". Todos ellos dormían
en los quicios de las casas o en las "zahurdas de los arrabales" y, una vez
calentaba el sol, se desperdigaban en busca de limosnas y alimentos que refrescaban con chicantana,
como llamaban a la chicha, luego de lo cual venía "en promiscuación de sexos y
edades, el sueño reparador y justiciero que los igualaba al rico más
orondo"
14.
Pese a todos los defectos del
patio de los milagros, a los capitalinos les parecía mejor vivir allí que en las
"ciudades de menor cuantía", por "setenta y nueve razones". Se decía
que aun los menos perspicaces podían valorar en Bogotá "el oro fino de los hombres
de mérito. Un rato de conversación con Camacho Roldán, F. Zapata, M. Pombo, y D. Fallon
no se olvida fácilmente y hace concebir, o mejor dicho, afirma la alta idea que teníamos
de esos ciudadanos"
15.
Cané calificó el nivel
intelectual de la sociedad bogotana como de "superioridad incontestable". En
especial, alaba la "maravillosa facilidad de la palabra", que encontró sin
igual frente a otras sociedades latinoamericanas: "el esprit chispea en la
conversación; una mesa es un fuego de artificio constante; el chiste, la ocurrencia, la
observación fina, la cuarteta improvisada, la décima escrita al dorso del menu, el
aplastamiento de un tipo en una frase", siempre lo sorprendían en las veladas y
recepciones que la elite bogotana le prodigó como diplomático.
Al parecer, los propios
intelectuales bogotanos estaban muy admirados y complacidos de sus propias actividades, tal como lo revelan estos versos de Antonio José
Restrepo, titulados Un canto
16
:
¡Oh Bogotá, del mundo
americano,
Cerebro soberano,
Que del ídolo vil quemaste el solio,
Y junto a la pagoda miserable
La fuerza de tu sable
Los cimientos trazó del capitolio!
(fragmento)
"LOS ROSALES
FLORECEN CUANDO SE LES AZOTA"
La vida
intelectual de la capital, especialmente la literaria y artística, se vio afectada por el
conflicto bélico suscitado por los liberales radicales desde diciembre de 1884 hasta por
lo menos el 26 de agosto de 1886, cuando los últimos rebeldes
capitularon en Los Guamos, luego de la derrota de La Humareda
17
Epifanio Garay
(1849-1903) se vio obligado a regresar al país con motivo de la guerra, ante la
supresión de los beneficios de una beca que había recibido para estudiar en Europa en
1882, año en el cual, por su parte, Andrés de Santa María (1860-1945) ingresó en la
Escuela de Bellas Artes de París
18
. Pantaleón Mendoza también
regresó a Colombia en 1885, proveniente de España, donde había sido funcionario de la
legación y había ejecutado copias de maestros españoles, entre ellos
Velázquez
19.
Las imprentas estuvieron
trabajando principalmente al servicio de las partes en conflicto, publicando hojas
volantes y carteles donde se difundían distintas noticias sobre la evolución de los
episodios bélicos. La imprenta de vapor de Zalamea hermanos editaba La Rebelión,
Noticias de la Guerra. La imprenta La Luz imprimía La Regeneración. El Posta, un
boletín de las fuerzas rebeldes, era distribuido gratuitamente, con la advertencia de que
debía circular de mano en mano. Sin duda la publicación cultural más importante era el
Papel Periódico Ilustrado, fundado en 1881 por Alberto Urdaneta (1845-1887), inspirado en
revistas europeas ilustradas; también aprovechó la experiencia adquirida con el
periódico Los Andes, que había fundado en París con otros colombianos en 1877
20
. El Papel Periódico logró
mantener continuidad a lo largo de la guerra de 1885 y respaldó al gobierno de Núñez,
con quien Urdaneta tuvo buenas relaciones; atrás habían quedado sus aventuras
revolucionarias de 1876.
Concluida la guerra de
1885 todavía faltarían dos más para cerrar la cronología de los conflictos
bélicos internos en Colombia se reiniciaron las actividades normales de los
bogotanos. Es así como, al principio de 1886, ya se trabajaba en obras como el capitolio
nacional y el teatro Colón, en el panóptico (hoy Museo Nacional), en los parques, en las
calles y, en general, en obras de aseo y ornato. El renacimiento de la vida literaria y
artística no se hizo esperar. En 1886 circulaban en Bogotá once
periódicos
21
, dedicados a la política, la literatura,
las ciencias y las artes, ante lo cual un comentarista escribió: "Al ruido de las
armas va, pues, a reemplazar el de las prensas"
22
. La imprenta se consideraba indispensable para la vida
intelectual, y sus productos se juzgaban "golondrinas que anuncian días serenos y noches apacibles"
23.
El martes 13 de abril
apareció el primer número de La Siesta, periódico literario, de variedades y avisos,
cuyo ejemplar valía diez centavos y la suscripción un peso. El primer editorial
estableció la misión de la publicación:
"Nuestro periódico es un llamamiento apasionado a las
letras, por lograr que los ingenios colombianos, después de tan amargos días, se
acerquen, se abracen, siquiera en la comunión literaria [...] Después de los días
terribles que han pasado, pudiera creerse exótico un periódico que cultive las bellas
letras. Equivaldría esto a desconocer el giro de la vida. Los vivos no pueden encerrarse
en el sepulcro de los muertos. Un epitafio siempre enfrente sería la desesperación. La
sacudida de Colombia ha sido tremenda, pero los rosales florecen cuando se les azota.
Vengan la prosa y el verso: la una es la nave, el otro es la vela; en ellos va a la
inmortalidad o al olvido el espíritu humano"
24.
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Primera
página del periódico La Siesta 29 de junio de 1886.
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Primera
página del periódico La Siesta aparecido el 10 de junio de 1886 en Bogotá.
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Un joven
crítico que permaneció anónimo inició el mismo año la publicación de Gansos y
Ruiseñores, en la que analizó en forma incisiva la producción de los hombres de letras.
Alfredo Greñas (1859-1949), el más importante alumno de la escuela de grado de Antonio
Rodríguez, fundó en 1886 la imprenta El Progreso, donde imprimió un periódico semanal con el mismo nombre
25.
El 31 de agosto, por orden de Núñez, Greñas fue
encarcelado por dos meses y su imprenta clausurada. Este editor, grabador y caricaturista
fue uno de los más incansables críticos de la Regeneración y uno de los más
perseguidos en virtud del artículo K) de la nueva constitución, en el cual se estipuló:
"el gobierno queda facultado para prevenir y reprimir los abusos de la prensa".
Un tal señor Gónima
Gómez estableció el mismo año, en Bogotá, la biblioteca El Recreo, "con el objeto
de proporcionar a los amantes de la buena lectura libros franceses y españoles, de
autores selectos". Prestaba, igualmente, el servicio de copias "en buena
letra", hacía traducciones del francés y del inglés y vendía "buenos y
baratos útiles de escritorio"
26
. Tampoco faltaba algún maestro que, para complementar
sus ingresos, tuviera su propio negocio, como en el caso de don Aurelio Patiño,
"profesor de escuelas superiores", que enseñaba caligrafía y de paso hacía
diplomas de grado, inscripciones y avisos sobre vidrio en su almacén
El Pórtico, de la calle 3a. de Florián
27
.
A pesar del aislamiento
de los capitalinos con el resto del mundo, las librerías fueron los centros donde se
difundió la información literaria y filosófica proveniente del exterior, en forma
relativamente oportuna, al punto que "la facilidad de obtener libros ha despertado un
espíritu beneficiente de crítica, del cual estábamos desposeídos hasta hace pocos
años, o que era patrimonio de algunas personas doctas
solamente"
28.
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Julio
Añez
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José
Maria Samper
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Candelario
Obeso
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Las
novedades extranjeras estimularon la comparación de distintas escuelas literarias,
enriquecieron las charlas insustanciales de las veladas y contribuyeron a afianzar un
gusto europeizado que giró en torno a dos poetas: Núñez de Arce y Victor Hugo, también
conocido como "el poeta del siglo". Todo esto contribuyó a que los bogotanos se
sintieran orgullosos poseedores de una verdadera intelectualidad de metrópoli, de la que
sólo se apartaban "los imbéciles y los que tienen sed de oro"
29.
La mayor valoración social
del trabajo del espíritu no fue siempre acicate para una verdadera formación y
conocimiento de los avances científicos, y cumplió más bien un papel de prestigio y
diferenciación social. Alfred Hettner observó con agudeza al respecto: "en vía de
ejemplo ilustrativo de su grado de penetración en el movimiento científico permítaseme
mencionar que para ellos Flammarion y Julio Verne van a la cabeza de
los naturalistas"
30.
El entusiasmo por la
renaciente literatura llevó a proponer la creación de sociedades "de gentes de
letras", a semejanza de las que existían en Europa. No se trataba, decían los
partidarios, de corporaciones como la Academia Colombiana, ocupada en la filología y en
discursos de recepción, o de reunir entusiastas para componer versos y redactar algún
periódico. Buscaban mejorar la condición de los literatos, tanto en lo material como en
lo intelectual:
"Una corporación se
compone de bastantes miembros, casi siempre con influencias políticas y sociales; es la
más idónea para conseguir un buen resultado" y, más adelante agregaban: "que
allí se auxilie al literato pobre, se cuide al enfermo y se asegure el reposo decente al
que cayó de su trono a la locura o la impotencia. Que se remunere el trabajo intelectual
del que haya menester ganar la vida así; que se abran mercados a las obras inéditas y
que se lleve nuestra literatura a donde se aprecie y se pague bien". Las sociedades
de
gentes de letras pensaban
subsistir acudiendo a los ricos, con el expediente de que "el único medio que tienen
para salvar sus nombres del olvido calamitoso, es unirlos a la suerte
del talento"
31
. Que se sepa, ninguna de estas sociedades
funcionó y ningún rico quiso evitar el olvido patrocinándolas.
Como fruto de los rosales
azotados, y mientras los delegatarios buscaban establecer un nuevo ordenamiento
constitucional para la nación, la bibliografía bogotana se enriqueció en 1886 con más
de medio centenar de títulos. Aparte de La lira nueva y de Tipos de Bogotá, antes
mencionados, vieron la luz, entre otros, la Gramática de la lengua latina de don
Miguel Antonio Caro; las Reglas gramaticales al alcance de todos, de Francisco de
Paula Cortés; los Rudimentos de historia y biografla de Cristóbal Colón, de
Eugenio Ortega; los Piratas de Cartagena, de Soledad Acosta de Samper; Filosofla
en cartera, una colección de reflexiones filosóficas de José María Samper; los Estudios
críticos de Rafael Merchán; las Lecciones de urbanidad, acomodadas a las
costumbres colombianas, de José Manuel Marroquín; y de Macedonio Gamba, La
república federal y la república unitaria
32.
SEGUNDA
PARTE
1
"Discurso del Sr. Dr. Rafael Núñez",
cartel publicado en Bucaramanga, por la imprenta de Philip Hakspiel, Hemeroteca Luis
López de Mesa. P V 20, pieza 141. (regresar1)
2 Rafael Núñez, "Exposición al
consejo de delegatarios", en Academia Colombiana de
Historia, Antecedentes de la constitución
colombiana, Bogotá, 1983. (regresar2)
3
Rafael Serrano, Vida, genio y estampa de Rafael
Núñez, Bogotá, 1973. pág. 92. (regresar3)
4
Poesías de Rafael Núñez, Paris,
1889, pág. XVII. (regresar4)
5 Serrano, op. cit.,
pág. 255. (regresar5)
6 Papel Periódico Ilustrado,
Bogotá.
24 de julio de 1885. (regresar6)
7
Serrano, op.
cit. (regresar7)
8 Poesías de Rafael Núñez. París,
1889. (regresar8)
9 Felipe Pérez, en Agustin
Codazzi y Manuel María Paz, Atlas geográfio de Colombia.
Par
í
s. 1889. (regresar9)
10
Ibid. (regresar10)
11 Miguel Cané, Notas de viaje.
Bogotá. 1903, pág. 152. (regresar11)
12
Ibíd. (regresar12)
13
La Siesta, Bogotá. 4 de mayo de 1886, págs. 26-28.
(regresar13)
14 Ib
í
d.
(regresar14)
15 La Siesta, Bogotá, 18
de mayo de 1886, pág. 47. (regresar15)
16
La lira nueva, Bogotá. 1886, pág. 261. (regresar16)
17
Francisco de Paula Carrasquilla, Tipos de Bogotá, Bogotá,
1886. (regresar17)
18
Ibíd., pág. 13. (regresar18)
19
Carmen Ortega. Diccionario de artistas en Colombia,
Bogotá, 1979. (regresar19)
20
Ibid.
(regresar20)
21
Ellos eran:
Imprenta
de Silvestre Y Cia: Boletín de Avisos, Anales Religiosos de Colombia, Revista
Bibliográfica. Papel Periódico Ilustrado, Registro Municipal. imprenta La Luz: La
Nación, Anales de Instrucción Pública. imprenta de Zaiamea
Hermanos: Diario
Oficial. Imprenta de Ignacio Borda: Las Noticias. imprenta El Progreso: El
Progreso.imprenta de Nicolás Pontón: El Recopilador. Fuente: Papel
Periódico Ilustrado, Bogotá, 1886-1888. (regresar21)
22
La Siesta. Bogotá, 22 de junio de 1886. (regresar22)
23
La Siesta. Bogotá, 20 de abril de 1886. (regresar23)
24 La Siesta, Bogotá. 13 de abril
de 1886. (regresar24)
25
Ortega, op.
cit. (regresar25)
26
La Siesta.
Bogotá, 25 de mayo de 1886. (regresar26)
27
Ibid. (regresar27)
28
La Siesta, Bogotá, 4 de mayo de 1886. (regresar28)
29
Ibid.
(regresar29)
30
Alfred
Hettner, Viajes por
los Andes colombianos (1882-1884),
Bogotá,
1
976, pág. 124. (regresar30)
31
La Siesta. Bogotá, 1o. de junio de 1866.
(regresar31)
32 Para una relación completa de los títulos aparecidos en Bogotá en 1886, véase: Papel Periódico Ilustrado, 20 de
septiembre y 15 y 28 de octubre. (regresar32)
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