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Un libro necesario
Poesía
y poetas colombianos
Fernando Charry Lara
Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura,
Bogotá,
1985
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Esta selección de poetas colombianos preparada por Fernando Charry Lara
constituye un ejemplo de lo que es una antología de primer orden. Dividido en dos partes,
el libro nos presenta antes de los poemas una serie de aproximaciones a cada poeta. La
lectura de los poemas, por lo tanto, es guiada y se sitúa en ese margen que respeta al
lector casual y al más avispado. Esta es ya una meritoria estocada.
Todo apunta a la unidad en el volumen. La introducción sobre José Asunción Silva
piedra de toque es seguida por cuatro capítulos (un total de veinticuatro
poetas: modernistas, Los Nuevos, Piedra y Cielo y Mito. Digamos que los dos primeros
grupos de poetas ofrecen rasgos comunes mientras que los siguientes toman sus distancias
frente a ellos. Como el propio Charry Lara admite, el peso del modernismo en sus
acepciones parnasiana y simbolista ha sido muy fuerte en la tradición poética
colombiana. Como también los rezagos de una solemnidad ligada a la oratoria. En cambio,
la aventura vanguardista parece un bicho raro y debilucho entre tanto vozarrón de
púlpito o estrado. La impresión de continuidad que transmite la lectura se debe a que la
selección se detiene en los años 50, excluyendo por ello al nadaísmo y a poetas
independientes que le habrían dado al libro una visión panorámica y heterogénea. Esto,
por cierto, no pretende ser un reclamo. Lo novedoso aquí son las posibles lecturas: una
lineal, del conjunto; otra de los poemas; y una de la crítica de Charry Lara. Para un
lector ajeno a la poesía colombiana, este libro le depara varias sugerencias y le permite
echar una mirada contrastante. Me detendré, pues, en algunos aspectos que reclaman mi
atención. El camino será largo y espero no volverlo pesado.
Hay en muchos de estos poetas, como si de una línea se tratase, una atadura al
"paisaje". En el fondo es, en cierto sentido, la misma atadura a un lenguaje de
cuño romántico/modernista. Este legado es detectable en tres clásicos de la narrativa
colombiana: de María, pasando por La vorágine, hasta Cien años de
soledad. No en balde, en varios momentos, Charry Lara emplea dichos referentes
(romanticismo/ modernismo) para referirse a poetas de los dos primeros grupos. Y no
olvidemos que El otoño del patriarca se construye sobre versos de Darío,
dictador, a su manera, del lenguaje modernista. La cuestión es cómo la supervivencia del
"paisaje" en tantos poetas supone un lenguaje cuyo eje es la contención en
el decir. Charry Lara explora muy bien este fenómeno asociándolo al interés (o a la
manía) de ciertos políticos colombianos por sobresalir en el campo literario (y a la
inversa, también). Explica: "Las circunstancias de que muchos de los personajes de
nuestra vida política hayan compartido su actividad con lo literario y de que, además, a
un periodismo elocuente se le llegase a creer modelo de escritura, gestaron en el país,
durante largo tiempo, el engaño de que la
grandilocuencia y el énfasis tienen que ver con la poesía" (pág. 20). De ahí que,
según el autor, a partir de la obra de Eduardo Carranza "la poesía colombiana
comenzó a perder desde entonces, en sus mejores momentos, una cierta opulencia oratoria a
la que tanto contribuyeron los ejemplos neoclásicos, románticos y parnasianos"
(pág. 113). Por eso hay una llamada de atención sobre el hecho de que ya en Silva
asomaban las virtudes que, con los piedracielistas, ampliaron las fronteras de la
tradición. Esto, sin duda, se une a un fenómeno político y social: la existencia de una
alta burguesía ilustrada y nacionalista que se convirtió en Colombia
artísticamente hablando en modelo de cordura y ecuanimidad. No pretendo
entrar en el bosque sociológico, pero sin duda esta disciplina nos ayudaría a entender
por qué la solemnidad en el decir se une a la consagración de aquello que
comúnmente entendemos como lo nacional Es la demarcación, tan ilustrativa en los
casos de los modernistas y Los Nuevos, entre localismo y cosmopolitismo. O discurso
"nacional" frente a la "universalidad" de la creación. Ausente el
indigenismo que copé en las décadas del 20 al 40 gran parte de las escrituras de la
región andina (Ecuador, Perú, Bolivia), la transacción de los escritores colombianos
con el medio se dio en otros términos. De ahí también que en varios momentos Charry
Lara insista en la prolongada estadía de un lenguaje que mezcla y explaya los rasgos
provenientes del siglo anterior. Por eso es tan complicado situar a De Greiff. O por la
misma razón se sigue hablando en términos de lo nacional o lo americano
en los casos de Aurelio Arturo y Carranza:
"Una entrañable voz americana, una voz llena de sueños humanos, una voz alerta a
nuestro paisaje y a nuestras cosas" (pág. 95); "La emoción del suelo
propio invade con ardor terrenal estos poemas" (pág. 105). Y no es desatinado
sospechar que la polémica de 1940 entre Lozano y Lozano y los jóvenes de Piedra y Cielo
esconde otra de carácter menos literario. Al comienzo de la segunda guerra mundial y en
el umbral de la industrialización de los centros más cosmopolitas de América del Sur,
aquella polémica de gustos literarios puede proponerse como metáfora de la pugna entre
una aristocracia ilustrada, tradicional y afincada en el campo, y una burguesía que busca
"democratizar" el lenguaje poético. A través del libro esto se puede rastrear
en las distintas relaciones de los intelectuales con el poder político; o, para usar
otros marcos, entre el orador público y la comunicación privada del poeta. Y no sólo
eso. Cada vez que Charry Lara se refiere, directa o indirectamente, a otras críticas o
modos de concebir la poesía, asistimos a una nueva puesta en escena de la polémica: la
del poeta Charry Lara (que emplea la primera persona del plural cuando entra en el
capítulo final) con algunos críticos precedentes e incluso contemporáneos. Este es un
aspecto que, siendo apasionante, no podremos tocar por razones de espacio. Pero es algo
que surge de inmediato: los acercamientos de Charry Lara a todos los poetas implican
también una toma de posición ante otra crítica literaria.
La inclusión de traducciones como parte del material poético es un acierto indudable.
Las preferencias de los poetas se imponen como una marca de época. El caso de Zalamea y
la poesía de Perse o la traducción de Rojas del Cementerio marino dan cuenta de
esa sujeción que, en otro nivel, podría convertirse en morosidad. Por ejemplo: un lector
no inmerso en el contexto colombiano (que ignora los atenuantes, digamos) podría
concluir que la mayoría de estos poetas no desafían el código. Y es cierto. Muchos
poemas de los primeros capítulos podrían figurar en esos programas radiales que, como
pasaje al sueño, combinan canciones como Vereda tropical con lecturas de sonetos
que hacen lagrimear a tías y abuelas. Pero con los dos grupos restantes y salvo las
excepciones del caso es posible afirmar que tampoco hay rupturas tajantes con los
lenguajes previos. Las distancias tomadas, por así decirlo, son largarse de la casa
paterna para terminar viviendo con los primos un par de cuadras más allá. Y lo más
curioso es que, saliéndonos del libro, podríamos decir que ni los nadaístas pudieron
violar un lenguaje que los abrumaba tanto como la década dcl 50; más bien lo
embadurnaron de un vitalismo extremo. Ya lo dice Charry Lara respecto a Vidales: la
vanguardia en Colombia fue casi un chiste. A eso me refería líneas arriba cuando
escribí la palabra contención. Y añado: prolongada contención. Ahora bien:
estos rasgos no impiden las grandes creaciones dentro de la norma. No es, entonces, un
factor negativo en sí. Es algo que sorprende a un lector foráneo.
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Entremos, pues, en la
crítica de Charry Lara y veamos cómo, en ese diálogo siempre renovado con la
tradición, aquélla acepta o adopta pautas similares para proponer su lectura de la
poesía colombiana. Su prosa, directa y sin recovecos, proviene de los altos picos de ese
lenguaje. No en vano es él un poeta que también pertenece a las excepciones de la norma:
uno de los más autocríticos. (Y el no haberse incluido en el libro dice mucho de su
ética: para sacarse el sombrero). Sin embargo, me interesa hacer resaltar el campo de
referentes que emplea Charry Lara para evaluar a los poetas. En este sentido tiene
relevancia la lucha con determinados conceptos. Y adelanto que no es mi pretensión
calificar ni ponerle un rótulo a la crítica que practica Charry Lara. Creo que en sus
propios términos presenta una visión coherente y calibrada, digna del mayor respeto.
Gracias a esa precisión es que detectamos la continua tarea de nombrar esa realidad que
excluye de plano todo contrato con cualquier entidad que no sea el lenguaje. En este
trance, la crítica de Charry Lara se funda en su poética y, como tal, responde al
tira y afloja de las palabras, ese ir y venir de cuyo roce puede preciarse la poesía. De
la prosa de Charry Lara puede decirse lo que él afirma al escribir sobre Gaitán Durán:
"Unicamente a través de la palabra vemos cómo somos en el momento en que nos
consumimos en la tensión erótica" (pág. 134). Una prosa que no cesa de indagar por
su autonomía. Pero dicha independencia tiene un precio. Hablando de los poetas
piedracielistas, Charry Lara advierte el peligro que conlleva el uso de ciertos vocablos:
"El acento más personal que entre ellos se distingue es, sin duda, el de Carranza.
Los poemas suyos, en su delicadeza, en su vivacidad, en su ternura (fatalmente debe
recurrirse a estos términos), tiene, aparte de singular belleza, rostro
inconfundible" (pág. 109). Muy bien. Sólo reparemos en que en este mismo fragmento
el autor habla de acento. Y ahora reproduzcamos el cercado del terreno. Primero,
por oposición. Charry Lara expone lo que para él no es poesía: "Agréguese a ello
el prestigio de que ha gozado el lamento sentimental y, por momentos, el verso a base de
ideas, de intenciones o de mensajes, como si en
poesía fuese posible el pensamiento sin emoción, y se tendrá completo el paradigma de
lo que no es, de lo que no puede ser un poema" (pág. 21); "Con los poetas de
Piedra y Cielo se dio término en Colombia a una poesía de ideas,
de manías eruditas y de peculiares remisiones al mundo grecolatino [...] Porque jamás la
razón podrá explicar la poesía" (pág. 91). Tenemos la clave de lo que no es
poesía. ¿Cómo la define entonces el autor? Apoyándose en la magia, pero sin explicar
que toda magia implica una técnica; al parecer, Charry Lara la asocia con una faz
misteriosa". El paradigma será Silva, quien "emparentaba la lucha de cada
palabra con el descubrimiento de un mundo mágico" (pág.21). O se desplaza a los
poemas de Barba-Jacob, cuya importancia "no radica en los temas ni en la novedad de
las técnicas, sino principalmente en la magia verbal con que supo presentarlos"
(pág. 31). Para luego volver a Silva, "quien descubrió, junto con el mundo de las
sensaciones, la magia de un nuevo lenguaje" (pág. 106). Como Charry Lara no es un
esotérico, nos da más adelante las fórmulas para evitar los excesos de la imagen. La
mira está puesta en Aurelio Arturo: "Su actitud ante la metáfora es de reserva: no
la imagen por sí misma, creadora de mundos poéticos propios, creadora de toda posible
poesía, como dio en concebírsela en obras de tan innegable validez como las del mejor
superrealismo o la de Vicente Huidobro, pero cuyo ejemplo, seguido por otros, se agota a
veces en medio de una acrobacia falaz, hasta caer decididamente en lo no
significante" (pág. 95). A esta certeza en el medido empleo de las imágenes
(tengamos presente la debilidad del vanguardismo en Colombia) se le suma la
"experiencia intelectual" (pág. 43) como fuente poética, siempre con ayuda del
"genio"
(pág. 40) y del "talento" (pág. 42). Si alguien ha resistido la lectura de
este patrullaje critico de la crítica, tal vez preguntará: ¿en dónde diablos está el
vacilón? No poseo una respuesta exacta, así como el lenguaje de Charry Lara persigue los
nombres exactos que resolverían una incógnita situada siempre más allá o más acá del
poema. Sobre todo cuando se mete de cabeza en el problema y apuesta lo suyo:
[...] el otro lado invisible de los seres y
las cosas que aspiramos siempre a descubrir en la poesía. Es esa nuestra opinión"
(pág. 79); "Queríamos conciliar la vigilia y el sueño, la
conciencia y
el delirio. La exactitud debería valer tanto como el misterio" (pág. 121). En la
búsqueda de una medida poética se congregan algunos conceptos que, si bien no lo
pretenden, oscurecen a veces un sendero ya limpio.
Uno de ellos es el acento, término empleado por Charry Lara para ahondar el
sentido de palabras como "originalidad" (págs. 60, 93, 129, 146).
"singularidad" (pág. 113) e incluso una más cercana: "tono" (págs.
71, 97, 138). El acento indica, según los diccionarios, una pronunciación particular.
Aquí el autor, refiriéndose a la escritura, lo emplea en muchas ocasiones, lo cual
tiende a ampliar su significado. Así, pues, el tipo de crítica de Charry Lara se nutre
de un lenguaje que no contempla desde fuera el material que analiza. El regocijo por la
palabra lo detectamos a la vez en la propia expresión del critico, es decir, en una
exposición que se define al interior de las mismas poéticas, compartiendo con
ellas una sola materia. Otra crítica hubiera insistido en el estilo como rasgo
diferencial. Charry Lara no emplea esa palabra, pero al parecer sigue esa línea. Veamos
unos ejemplos. Con León de Greiff: "Su acento es intransferible" (pág. 60);
"[...]
señalar a Variaciones alrededor de nada (1936) como aquel en
que el acento del poeta se manifestó más intenso, acendrado, ardoroso" (pág. 63).
Con Aurelio Arturo: "El acento de su poesía se admiró desde el primer momento por
la rara combinación que logra del misterioso entresueño y melodía secreta" (pág.
93). Con Eduardo Carranza: "[...] un hallazgo de finisimos acentos, una búsqueda de
la manera de llegar a libertarse de tonos de oquedad y altisonancia que, después de un
modernismo excesivamente prolongado, quisieron también superar otros intentos de poner al
día nuestro lenguaje poético" (pág. 113). Y Gaitán Durán: "El poeta quiso
objetivar su acento: no son sus personales angustias las que le obsesionan sino aquellas
en que interviene el sino de la colectividad" (pág. 131). Como puede verse, habla de
poetas cuyo prestigio está fuera de duda.
La otra palabra que utiliza es revelación, justamente cuando el acento no
es del todo fiel para abordar lo poético. Y, claro, este concepto opera en el centro de
otros vocablos como "atmósfera" (págs. 65,93) y "desarrollo" (pág.
125). El autor, consciente de la elasticidad,
digamos, de estos términos y honesto consigo mismo y con el lector, trata siempre de
revisar el sentido en que emplea su terminología. Sólo que con revelación el
problema es, obviamente, mayor: "Si lográramos vivir a nuestro modo aquel momento,
por suerte Secreto
inalcanzable, estaríamos en camino de la revelación
poética" (pág. 123). Ya de por sí es complicada la palabra por pertenecer a una
esfera no mensurable. A pesar de ello o quizás debido a ello Charry Lara la
trae a colación para nuevamente poner de relieve a los poetas que considera principales.
En la obra de Álvaro Mutis, el autor distingue todas estas razones de peso:
"originalidad", "virtud", "contribución al desarrollo de la
moderna poesía hispanoamericana". ¿Cómo caracterizar o calificar sus logros, o
ambas cosas a la vez? Mediante la convicción de que "algo oculto constituye el
origen mismo de la germinación poética" (pág. 127). Y más adelante: "[...]
la experiencia poética es la revelación de nuestras más concretas raíces
olvidadas" (pág. 128). Admiremos la forma como el poeta Charry Lara manipula el
lenguaje, yendo de lo abstracto (revelación) a lo concreto (raíces) en su intento de
emitir un juicio de valor. Pasajes como éste abundan en el libro y convierten la crítica
de Charry Lara en una magnífica operación poética. En principio uno está de acuerdo en
que fulano, zutano y mengano son los mejores poetas, pero ¿cómo demostrarlo? Algo
similar ocurre cuando toca a Gaitán Durán, cuya poesía es capaz de "sumergirse y
ahondar en el misterio humano" (pág. 132). Para efectos del juego de luces entre lo
masticable y lo suprasensible, hallamos en esta ocasión que el propio poeta tendrá que
librárselas con sus versos: "La tensión del poeta ante la palabra se origina por la
necesidad ineludible de
que su
revelación llegue en términos de exactitud y de emoción"(pág. 138).
El camino concluye. Y ha estado
bien
chévere. Después de leer Poesía
y poetas colombianos siento que mi
pasión de lector ha sido gratificada.
Y Fernando Charry Lara es el mayor
responsable. Mis respetos, señor.
EDGAR OHARA
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