Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 9,  Volumen XXIII , 1986

 

Un guardián de las palabras


Llama de amor viva
Fernando Charry Lara
Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura,
Bogotá, 1986

Con el romanticismo, la escritura poética se erotizó. Cualquier reflexión sobre la poesía esconde un acoplamiento de cuerpos; cualquier poema sobre el fragor amoroso revela una extensa porción de apareamiento verbal. Así, las palabras dispuestas en la página semejan también los gestos que adopta el deseo vuelto lenguaje. La ecuación romántica entre la sinceridad del yo y el valor del poema fue adoptando, con el surrealismo, esos aires ligados a una trascendencia excluyente. El magnetismo sensual de la escritura cobra la forma de una lucha total con la muerte. Hay en la práctica surrealista una ansiedad, una angustia pavorosa que se plasman en el reguero de imágenes; y ya se ha convertido en perogrullada afirmar que la teoría poética surrealista resulta más atractiva que la mayoría de los poemas escritos. Sin embargo, esto no desvirtúa el carácter ritual de la poesía y su lado mágico (de técnica y control, sí: la escritura automática es, en fin de cuentas, una manera, como otras, de escribir poesía) para lidiar con aquella farándula llamada "la fuerza oculta de la naturaleza".
Es en este contexto en que debemos leer la poesía de Fernando Charry Lara reunida con un título bastante comprometedor: Llama de amor viva. Pero la osadía no decepciona en estos poemas. Y merece algunas salvedades: su escepticismo frente a la escritura automática —bien justificado— no le viene sólo de Jorge Guillén sino del propio san Juan de la Cruz, que conocía como pocos el strip-tease de las palabras y se sabía de paporreta la forma de conquistarlas. No es gratuito, por ello, que la composición poética de Charry Lara tenga paralelos con la de los Contemporáneos, de México, y me atrevería a decir que
con Ali Chumacero. De la noche y sus nocturnos, con harta sombra y mucha niebla pero en ristre la linterna de la exacta palabra, nos llega una voz "como una estrella que busca su paisaje" (Al mar la sombra mía). Felizmente el paisaje en la poesía de Charry Lara es la escritura que se transforma, como la pasión, en un acto único: "Amargo, sí, errante silencio en que no queda/ Sino el poema en la noche! Como recuerdo herido por el filo de un beso" (El verso llega de la noche).
El poeta colombiano ha ido limando los excesos del mejor Neruda y de Aleixandre para concebir el ejercicio poético como una respuesta eventual, mas nunca alternativa, de la vida. Hay una búsqueda de voces en esta noche y sólo del ocio nace una probable quietud: "Pero me dejas en suspenso, extraña,/ Sólo palpitación, sólo deseo,/ Hallazgo imprevisto de mi destino ignorado" (Fantasma). Ese instante presentido y apenas si hecho lenguaje, conduce al poeta a una precisa y preciosa relación con el silencio. Al borrarse las fronteras de la persona poética se cumple la escena que ha ido consumiendo los instantes: "Tal mano sobre cabellera dormida/ Una extensión recorre/ De imágenes deshechas en la arena/ Y es como aquel a quien en púrpura enciende/ Vuelta su palabra/ Lluvia de sol o llamarada" (Palabra suya).
Por eso será que muy pocos personajes pueblan este territorio. Salvo el poema al hermano u otro que recrear el regreso de los restos de Rivera a Bogotá (desde el punto de vista de un observador inocente y literario al mismo tiempo) los seres de Charry Lara existen como sorpresivos encuentros de voces. O repeticiones de una sabia experiencia que hace feliz al amante, y viceversa: "Acaso quedes con un nombre/ Al pie de las palabras que trazas" ( El que aún eres). La poesía es, entonces, un festín prodigioso pero esporádico. El poeta no es sólo un médium sino el portador de un conocimiento que es la distancia entre el silencio y la palabra. En el caso de Charry Lara, dicha conciencia es cada vez más aguda, afilada, cautelosa: da en el blanco de la página y goza.

EDGAR O’HARA