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La
Constitución de 1886:
un acuerdo sobre
lo fundamental
GABRIEL MELO GUEVARA
EXISTE marcada tendencia a considerar la
Constitución como algo que de ninguna manera se puede alterar. Es un exceso. Suelen caer
en él ciertos jurisperitos especializados en repasar los textos con el único fin de
hacerles un análisis exegético. Montan su sabiduría jurídica
sobre esas actitudes. Y, como es lógico, sienten pavor a
los cambios, porque al variar las palabras se les derrumba la sabiduría que prestigiaron
con tanto cuidado.
Esa práctica resulta muy frecuente
cuando se trata de la Constitución, por su característica de ser ley de leyes y base de
la estructura de la organización jurídica colombiana. Alrededor de sus normas se crea un
sentimiento generalizado de respeto, que no existe en otras comunidades. Si no se encauza
bien, el aprecio que se le profesa se transforma en miedo a tocarla, y en verdadero
pánico a salirse de las formas convencionales establecidas para aproximarse a su
análisis.
Estamos celebrando cien
años de la Carta de 1886, lo cual no es poca cosa en la historia constitucional del
mundo. Difícilmente encontramos constituciones tan antiguas. La mutación continua es la
regla.
En muchos Estados
predomina la creencia de que la Constitución es algo accidental. La cambian de seguido,
en una permanente modificación de sus disposiciones, fomentando la inestabilidad en las
normas jurídicas.
Es lo que sucede en
Francia, para citar un caso, en donde las reglas del derecho positivo se mantienen,
mientras abundan las constituciones y sus reformas. Allí se ha establecido una especie de
separación radical entre los dos ámbitos, de manera que en la Carta están sentados unos
principios políticos que rotan muy rápidamente, mientras que las simples normas legales
se conservan a lo largo del tiempo y evolucionan con serenidad y pausa. El derecho civil,
por ejemplo, muestra una línea de continuidad desde el Código de Napoleón hasta
nuestros días y eso para no retrotraer el análisis a épocas anteriores- mientras
las constituciones se suceden unas a otras, a veces con la misma velocidad con que
cambiaban los "gabinetes de puerta giratoria" en tiempos de la tercera y la
cuarta repúblicas.
CONCEPTO DE UNIDAD
NACIONAL
En la Constitución
del 86 encontramos instituciones aglutinantes. Sí analizamos nuestra nación geográfica,
etnográfica y sociológicamente, hallamos una gran diversidad en todos los aspectos. Y ha
sido preciso buscar los denominadores comunes y recoger las fuerzas centrifugas, para
inyectarles un nuevo sentido y ponerlas a trabajar dentro de un concepto de unidad
nacional.
No es una misión
sencilla. Tuvimos que comenzarla desde cuando se pronunció el primer grito de
independencia. Y no siempre se ha cumplido siguiendo los procedimientos más adecuados.
En nuestra vida
constitucional hay una característica que se repite constantemente. La encontramos en
casi todas las páginas de nuestra historia, desde las primeras que se escribieron en
forma independiente. Es el vicio de estar mirando hacia afuera, con una especie de
complejo de inferioridad ante las instituciones extranjeras, buscando a ver cuáles de
ellas se pueden traer, para incrustarlas en la vida nacional. Ese es el pecado repetido en
muchas de las instituciones políticas.
Cuando comenzamos nuestra
existencia como nación soberana, se pensó que lo importante era escribir constituciones.
Para redactarlas se requerían unos principios inspiradores. ¿Cuáles? Los que nuestros
próceres habían aprendido en las aulas, todos importados, sin comprender que las ideas
esenciales son la base, pero después deben desarrollarse conforme a las realidades
circundantes.
APLICACION A LA REALIDAD
El constituyente debe poseer una
formación filosófica con cimientos muy
firmes, que asimila y vuelve parte integrante de su propio
ser. En seguida sale a
la vida real,
para encontrarles aplicación a esos principios generales.
En el proceso de formación de nuestro
constitucionalismo hubo lo primero, pero no lo segundo. Se miraron cuáles eran las tesis
mejor acomodadas a la manera de ser de otras naciones y fueron importadas, pero no se
aplicaron conforme a la realidad vivida por nuestro pueblo.
Por esto, muchas veces las instituciones
jurídicas resultaron completamente extrañas al ser nacional. Se formaron dos países.
Uno, que cada día se levantaba, trabajaba y anochecía en el trópico. Otro, el que se
imaginaban
quienes hacían las
constituciones, suponiendo que el pueblo colombiano debía ser igual al francés o al
inglés. Creían en la virtud mágica de unas leyes que por sí solas eran capaces de
conseguir lo que denominaban la felicidad de los ciudadanos, con expresión muy cara a los
tratadistas del siglo pasado.
La gran sorpresa la
tuvieron nuestros legisladores y constituyentes, al estrellarse con la vida real. Esas
famosas teorías mágicas se derretían bajo el sol del trópico, quedaban ahogadas por
las lluvias del Chocó, se las llevaban mar adentro las olas de nuestras costas, o
entraban a la selva y jamás volvían a salir.
Nos encontramos,
entonces, con unas instituciones que habrían pasado muy bien el examen de cualquier
filósofo o ensayista europeo, pero que resultaban inapropiadas frente a los hechos
cotidianos de los pueblos que se suponía iban a hacer felices.
CONSTITUCIONES PARA
EUROPEOS
Las primeras
constituciones no se escribieron pensando en nuestra gente. Sus autores se encerraron a
discutir doctamente, sobre temas que nada tenían que ver con lo que estaba sucediendo
fuera del recinto en donde disertaban. No tenían en cuenta a los ciudadanos comunes y
corrientes. Ni siquiera pensaban en las necesidades de la guardia que los protegía, para
que no llegara una revolución y arrasara con la precaria legitimidad de esos momentos,
antes que se pudiera escribir completo el texto constitucional.
Estos constituyentes
procedían como si estuvieran presentando un examen ante sus profesores extranjeros.
Ponían los ojos en el mundo europeo de su época. Por eso las instituciones así creadas
no se aclimataron, y a lo largo del siglo pasado fue preciso hacer sucesivas
rectificaciones, para Lograr la conformidad entre la manera de ser del país y lo que
estaba escrito en las normas jurídicas.
Ese propósito no se
alcanzó en el primer período de la república. Y
si no hubiera sido por Bolívar,
Dios sabe cuánto tiempo más hubiéramos tardado en caer en cuenta de aquellas
equivocaciones.
En las constituciones que
vinieron después de la Batalla de Boyacá, notamos cierta preocupación por aproximarse a
la realidad circundante. Pero más que por el deseo de hacerlo, por el afán de
individualizarse frente a España. Se cometió el error de rechazar, simplemente por su
origen, mucho de lo que había venido asentándose durante la época colonial y estaba ya
incorporado a nuestro modo de ser. Así, pues, las constituciones se concibieron ante todo
como una declaración de principios que reafirmaba la independencia. Era el afán del
momento.
LA CONSTITUCION COMO
BANDERA PARTIDISTA
Cuando una tendencia
política obtenía el control del poder, no consideraba su triunfo completo si no
escribía su constitución, con una doble finalidad: la de ser la estructura de la
organización jurídica, y la de consagrar institucionalmente el credo de los vencedores.
Por eso
las constituciones en esta época no fueron vistas con sentido nacional, sino con una
imposición más o menos abierta. Los que no participan en la elaboración piensan que se
implantaron a la fuerza. Aparecen como una conquista de los ganadores, quienes, a su vez,
cuidan que quienes perdieron no logren cambiar nada.
No había un criterio
claro sobre el significado de un texto constitucional, que representa un acuerdo sobre la
esencia de la vida del país. Se le miraba como una bandera partidista. Por eso era
urgente conquistar la tierra en donde estaba asentada, para arriarla e izar la propia.
Debido a semejantes
concepciones, sobrevinieron los cambios bruscos. No hubo un avance progresivo, en donde
los principios originales se fueran perfeccionando. Se consideraba que el centralismo era
patrimonio de una corriente política, mientras que el federalismo era propiedad de sus
enemigos, sin posibilidades de reconciliación ni de buscar sensatos caminos intermedios.
CRITERIO DE VENGANZA
Cuando triunfó la
revolución con Mosquera, en 1861, la primera consecuencia fue la muerte de la
constitución anterior. ¿Por qué? ¿Era inadecuada a las necesidades del país? No.
Representaba la filosofía de un partido político derrotado en el campo de batalla. Y
había que sustituirla. Las constituciones elaboradas con esos criterios triunfalistas no
eran un acuerdo sobre lo fundamental. Ni siquiera sobre lo accidental. Significaban,
simplemente, la expresión del pensamiento de los triunfadores, que los perdedores
atacaban con denuedo.
Es curioso observar cómo
la confusión reinante hizo que el fracaso de la revolución de 1885 acarreara el
hundimiento de la Constitución de Rionegro.
Porque lo lógico en esas
circunstancias, cuando hay una revolución y el gobierno la vence, es pensar que las
instituciones existentes se mantengan. El ejecutivo triunfó conforme a las normas
jurídicas y políticas vigentes. Pero como todo estaba al revés, si la revolución
hubiera ganado se habrían mantenido esas instituciones, porque eran la bandera de los
revolucionarios, mientras que la victoria gubernamental era la derrota de esas
instituciones.
EL ACIERTO INICIAL
Rafael Núñez había
planteado desde tiempo atrás las líneas generales de una gran reforma política. En el
85 pudo impulsarla. Y vino el primer acierto en el proceso deformación de la Carta del
86. Se empezó ayer la nueva Constitución como un acuerdo que debía estar por encima de
las pretensiones puramente partidistas. Comenzó a dibujarse la perspectiva de un acuerdo
sobre lo fundamental.
Núñez lo comprendió
cuando buscó los puntos de coincidencia. Y le fue fácil encontrarlos, porque acertó en
el procedimiento. A veces se piensa que las coincidencias sólo se logran mediante el
diálogo solemne. Entonces, los representantes de cada parte se sientan a dialogar. De
allí surgen los compromisos formales; y los desacuerdos, a los que unas veces se les
llama por su nombre y otras se les denomina, descaradamente, "acuerdos".
Pero hay una manera
más sencilla de coincidir sobre lo fundamental: analizar serenamente la realidad. Cuando
se extraen de ella los elementos comunes, se consigue el más importante de los consensos,
porque como son verdades sentidas por la gente, cuando ésta las ve traducidas en
fórmulas jurídicas, de inmediato les brinda su respaldo.
Así se hizo en 1886, con
un consejo de delegatarios formado por los conservadores, que habían acompañado a
Núñez, y por un importante sector del liberalismo, denominado independiente.
Varias constituciones
anteriores incurrieron en el error de no concertar. La Convención de Rionegro, ejemplo
clásico, exageró ese defecto. Estaba inquieta por la presencia de Tomás Cipriano de
Mosquera. Quería librarse de él, impedir que el caudillo triunfante en la revolución
dominara el panorama nacional. Como ya lo estaba haciendo, entre otras cosas.
En todo momento se nota
la preocupación de los convencionistas por cerrarle el paso a Mosquera. Muchas de las
disposiciones adoptadas entonces tienen esa explicación.
Con tales premisas, la
Constitución de Rionegro tenía que ser fuente de múltiples complicaciones, porque sus
finalidades no eran positivas. Pero tampoco logró estos propósitos. Y como las ataduras
jurídicas no fueron suficientes, poco después tuvieron que amarrar físicamente al
general.
RECONOCIMIENTO DE
ERRORES
En el 86 estaba
fresca la lección de Rionegro. Se habían cometido equivocaciones, que el mismo Núñez
reconoció. Fue un aprendizaje costoso en términos personales y costoso también para el
país. Pero resulté fructífero, porque este gobernante presenta una característica no
común en los hombres públicos: aprendió de sus propios errores. Núñez los cometió.
Pero sacó enseñanzas de ellos, a diferencia de muchas figuras de nuestra historia, que
se equivocan sin sacar jamás lección provechosa.
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La Constitución del 86
se elaboró para construir unas instituciones acordes con la manera de ser del país. Se
hizo para algo y no contra algo. No hay el afán de cerrarle el paso al Olimpo Radical, ni
de tomar represalias contra quienes no habían estado en desacuerdo con el gobierno. El
consejo de delegatarios tuvo ese acierto inicial, que se refleja a lo largo de sus
deliberaciones. No había ningún fantasma, como el del gran general, rondando por ahí. Y
eso permitió concentrar las energías en la tarea de reconstrucción nacional.
UNA CONSTITUCION
AMPLIA, FLEXIBLE Y REALISTA
Resulté una
constitución con centralización política y descentralización administrativa, aunque la
práctica posterior la haya inclinado de hecho a un mal centralismo. Nos encuadra en una
democracia de corte presidencial, pero con la independencia de los organismos encargados
de ejercer las otras funciones del poder público, y con un sano criterio respecto al
reconocimiento de los derechos civiles y las garantías sociales.
Los radicales, como era
obvio, la tacharon de monárquica, y algunos amigos de la Regeneración la consideraron
demasiado centralista. Son memorables las duras frases salidas del Olimpo, y las críticas
nada blandas de personas como don Sergio Arboleda, quien gráficamente resumió sus
objeciones diciendo que la Constitución había quedado como un renacuajo, con una cabeza
gigantesca y un cuerpecito muy pequeño.
Pero el país la recibió
bien. Sintió que estaba hecha pensando en los colombianos.
LAS PRIMERAS REFORMAS
La guerra de los Mil
Días puso a prueba la vigencia de la Carta. Constituyó uno de los últimos rezagos
bélicos, precipitado por la fuerza de la inercia.
Luego vino el proceso de
nacionalización de su texto, con la reforma de 1910. En ella participó el partido
liberal, incluyendo aquellos sectores que habían sido más reacios a aceptar las normas
de 1886. Y las reformas de las instituciones introducidas por quienes no estaban
originalmente de acuerdo con ellas, es la ratificación plena de su carácter nacional.
Esto se repite en el año 1936, aunque ahí volvemos a caer en el vicio de copiar ideas
extranjeras.
Al releer las actas del
consejo de delegatarios, notamos la ausencia de complejos respecto a lo que dirán los
pontífices de la ciencia juridica de otras latitudes. Ese fue un gran acierto.
En los antecedentes de la
reforma del 36, es ostensible el intento de importar las teorías que estaban de moda en
aquel instante. Por esa puerta entró a la Constitución el Solidarismo, en su versión
explicada por León Duguit.
Este gran pecado de 1936
no ha sido suficientemente registrado por los historiadores de nuestra vida
constitucional, por una razón: el Solidarismo fue una estrella fugaz en el firmamento de
los pensadores políticos. Al desaparecer, la gente inclusive olvidó que habla influido
en las normas de esa importante reforma.
DE RATIFICAClON EN
RATIFICAClON
Pero el haber sido
introducidas las modificaciones por un Congreso homogéneo, formado por miembros de un
partido distinto del que había venido aplicando la Constitución durante los años
anteriores, fue a la vez una ratificación y una renovación.
Esto vuelve a ocurrir en
1945. En esa oportunidad, por obra de un Congreso con participación de representantes de
nuestros dos grandes partidos tradicionales. Allí se introducen nuevas reformas, en donde
no hay el afán de copiar modelos extraños sino, más bien, de hacer más funcionales los
mecanismos que la experiencia había demostrado carentes de la agilidad necesaria para
tomar decisiones.
Después viene la gran
consagración de la Carta del año 86 con el plebiscito de 1957, cuando salimos de un
régimen de Jacto y fue preciso encontrar el modo de revivir las instituciones. Con ese
antecedente se habría podido producir un rompimiento revolucionario y salir hacia algo
completamente nuevo, empezar una vida institucional con principios distintos. Pero, en esa
coyuntura crucial, los colombianos se congregaron alrededor de las disposiciones de 1886.
Y así lo dijeron en el plebiscito del primero de diciembre de 1957, por una abrumadora
mayoría.
Fue una prueba
multitudinaria de amor por las instituciones.
EL ROBUSTECIMIENTO DEL
EJECUTIVO
En la reforma de
1968, volvió a caerse en el vicio de copiar modas ajenas, particularmente francesas. En
aquellos años, tras haber sufrido unas profundas transformaciones en su vida política,
mientras se disolvía su imperio colonial, Francia abandonó el régimen parlamentario. La
había conducido a una riesgosísima inestabilidad, de la cual se salvó por la existencia
de un eficiente servicio civil, y porque el general De Gaulle decidió desempeñar su
papel de hombre providencial. Y le salió bien.
Los inspiradores de la
reforma de 1968 aceptaron, entera, la tesis del robustecimiento del ejecutivo, sin tener
en cuenta que los puntos de partida eran completamente distintos en cada país. Los
franceses requerían fortalecer el ejecutivo porque éste era endeble, y debían corregir
los excesos de un parlamentarismo exagerado, que mantenía a Francia al vaivén de unas
mayorías conformadas en la Asamblea Nacional por la mañana y desbaratadas por la noche.
¿Nosotros de dónde
partíamos? De una Constitución de claro sabor presidencialista, con un ejecutivo ya muy
fuerte. En ese sentido íbamos bien adelante de los franceses. Y se exageró aun mas.
UN MARCO QUE NADIE
DISCUTE
Después de ese proceso
centenario, llegamos a perfeccionar un acuerdo sobre lo fundamental. Es algo sencillo de
decir pero muy difícil de conseguir en la vida de una nación. Hoy disfrutamos de un
marco institucional que todo el mundo acepta, cuya legitimidad nadie discute y del cual
nadie se sale. Dentro de él, existe plena libertad para moverse y la garantía estatal
para hacerlo.
Tenemos un activo
institucional de valor inapreciable. Cada niño que nace en Colombia llega al mundo con un
patrimonio institucional. Estamos obligados a
preservárselo.
En nuestra Constitución
se ha cambiado lo que en su respectivo momento el país quiso modificar para mantenerla
actualizada, sin necesidad de pensar que para realizar el cambio es preciso arrasar con lo
existente, convertirlo en ruinas y después construir sobre éstas.
En los cien años de la
Constitución se decantaron muchísimos conceptos. El más importante es que sus normas
son el acuerdo de los colombianos sobre lo fundamental de su vida común.
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