Boletín Cultural y Bibliográfico. Número8,  Volumen XXIII , 1986
 

Tareas inconclusas


El culebrero
Jorge Villega s
Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura,
Procultura, 1986, 101 págs.

 

Bajo los auspicios de la Presidencia de la República, Procultura publica una serie de textos sobre diversos temas que van de la literatura a la antropología, y esta colección ostenta el maleable título de Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura. El culebrero es de los más recientes y no se ajusta, por fortuna, a los clisés y fórmulas rituales de ninguna de estas disciplinas. Sin embargo, quizás producto de la incertidumbre editorial que significa un nuevo mandato, acaso de la premura por competir con otras colecciones similares que ahora proliferan, El culebrero despierta la sospecha de no ser más que un volumen de paso, otra de esas selecciones fraguadas por la prisa. Cosa común en todos los muestrarios, en los cuales, para encontrar un punto de equilibrio entre divulgación y mercadeo, se recurre a la táctica de ofrecer un dulce por cada cuatro platos fuertes.
Es difícil hacer de esto un reproche, si ya en la introducción se nos previene: "Hay otras posibilidades que son susceptibles de un trabajo posterior. No debe olvidarse que la investigación en su totalidad abarca más de setecientas páginas de transcripción y material fotográfico". Más que una esperanza, esto es una disculpa. La investigación a que se alude fue efectuada por Jorge Villegas (1932-1977), quien a la hora de morir no había terminado de organizar el material recopilado mediante el método de grabar exhaustivas entrevistas con un voluble personaje, Francisco Correa, culebrero de oficio. Villegas alcanzó a desbrozar y transcribir "al lenguaje plástico" parte, no se nos dice cuánto, del testimonio oral del culebrero; y el libro casi todo consiste en proveer unos cuantos ejemplos de este trabajo de extraer y pulir, realizado con honradez digna de encomio. En la parte final hay una muestra de lo que se quedó en "su estado bruto". El material fotográfico brilla por su ausencia.
Recalcar que gran parte de la labor de Villegas queda por fuera ayuda a que la selección parezca exigua y arbitraria. Leer el libro lo demuestra. Con atractivos encabezamientos (Las Oraciones de Venta; Los Monstruos; La Salud, la Enfermedad y la Muerte), se supone, porque es de rigor, que ilustra, por una parte, el método investigativo y las aptitudes de Villegas para tratar el material; por otra, la vida y artes de Correa y su papel
social; y, cómo no, en general nuestras raíces culturales. Pero El culebrero no daría para tanto. Contiene apenas tres oraciones profesionales con las que el hombre promocionaba sus productos, luego algunos detalles biográficos, como es de esperarse, inteligentemente incoherentes, comenzando por sus primeros oficios en Medellín, para dar marcha atrás y registrar una penosa infancia, retomar el tema de sus rebusques en la ciudad, intercalar una pequeña anécdota sobre "los monstruos" (anomalías de la naturaleza que Correa exhibía por negocio), dispersarse al final con algo sobre sus vagabundeos y un empleo que tuvo en un hospital del Valle, y rematar con un diálogo vacío y reticente sobre un fallido intento de suicidio.
El especialista que busque lo que en las jergas del momento (no sólo el culebrero tiene sus oraciones) se denomina "andamiaje teórico" y "aproximaciones interpretativas", quedará un tanto desencantado con la publicación, aunque los más peritos sabrán suplirlos prontamente. Y el lector común, el que se arrimaría al corrillo del culebrero con la intención de escuchar sus conjuros y someterse al misterioso insulto de la serpiente, guardará la impresión de que la policía dispersó la rueda cuando ya se seguía lo mejor. No hay más remedio que esperar a que se edite en otra colección el trabajo completo. Por algo guardarían las fotografías.
Pero esto tiene una ventaja, y es que el libro se ve aligerado de los excesos que suelen asfixiar este tipo de trabajos, la mencionada jerga, las interpolaciones, apostillas y demás ornamentos de la autoridad, que aquí tendrían un relieve exagerado debido a lo modesto de la publicación. Esto es decir que El culebrera más que nada es legible. Las transcripciones realizadas por Villegas, en las que se limita a apartar estorbos, de verdad hacen literario el recuento oral; y hasta el momento nadie más ha metido la mano. A esto se suma la edición, en un formato amplio, tipos grandes y cómodos y sin los amasijos de líneas y de párrafos que se supone dan "densidad" a los escritos de las ciencias investigativas.
Es una lástima, por tanto, que se nos deje empezados. Las tres primeras oraciones se van como si las oyéramos. Lo que alcanzamos a leer sobre la vida del culebrero sirve para tentar todos los gustos: "Por ahí en Guayaquil me levanté una viejita que tenía como ochenta años. Ella doblaba tabaco y yo vendía periódicos. Me daba la dormida y cuando yo llegaba por la noche ella no sabía dónde ponerme de la felicidad. Me preparaba comida y descolgaba dos sillas mecedoras que mantenía con unas cuerdas en el techo de la pieza para sentarnos y mecernos" (pág. 65). El erudito y el fisgón querrán saber en qué para esta historia; y esto habla en favor de Villegas más que cualquier "marco estructural".
En cuanto al tema, siempre será atractivo; quizás porque despierta algo tan parecido a los remordimientos. De ahí que se hable de "reivindicaciones de la cultura popular". Francisco Correa era un campesino. No conocía una ciudad y acaso no había escuchado sus elogios. Del Medellín bulloso de los 30, del ajetreo comercial de una ciudad que ostenta su progreso, entre las espantosas maravillas, porque así le parecen, que son el tráfico, el cine, el calzado, lo que más lo impresiona es el espectáculo de un "propagandista": "En la plaza de Guayaquil vi un culebrero, vestido con pieles raras, que tenía enrollada una culebra y hablaba en voz alta, mientras toda la gente lo miraba asombrada... Me gustó tanto que juré que algún día sería culebrero" (pág. 55). Se dice en el prólogo que "somos nosotros mismos los protagonistas de este oficio de culebreros [...], es la suma de esfuerzos del indígena que llevamos por dentro por expresarse". Lo primero sería indiscutible, pero es posible otra versión de lo segundo. ¿No sería Correa más bien el campesino occidental que descubre, paradójicamente, el nuevo mundo en la ciudad que su cultura ha traído consigo? Su vocación es otra de las caras, vistas así las cosas, de nuestro secular e infructuoso esfuerzo por ser americanos, por ser precisamente esos indígenas que quedaron por fuera. Y es tal vez la forma más sincera, pues no oculta el hecho de
que usurpamos la tierra del milagro. Un deber íntimo, el de "coger pal monte", encontrar El Dorado, la tradición que dice que de una vez deberíamos presentarnos como falsos chamanes, reclama una exposición completa de este último trabajo de Villegas. Siempre es bueno saber qué no estamos haciendo.

CARLOS JOSE RESTREPO