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Un
primer intento de sistematización
Estado y minorías étnicas en
Colombia
Myriam Jimeno y Adolfo Triana Antoverza
Cuadernos del Jaguar y Fundación para las
Comunidades Colombianas, Bogotá, 1985
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Este libro recoge los
resultados más generales de un trabajo que sus autores, antropóloga y abogado,
realizarón durante ocho años, entre 1976 y 1983, aunque con interrupciones. Se sintetiza
en él dos investigaciones diferentes pero relacionadas: una sobre los programas y
acciones estatales en las zonas indígenas y sus efectos sobre las sociedades que en ellas
habitan, otra sobre el derecho y el aparato judicial en relación con la misma temática.
Según los autores, tal síntesis implicó dejar por fuera un gran volumen de información
factual obtenida directamente mediante el trabajo decampo y la asesoría judicial prestada
a los indígenas de Tolima y Cauca. Esto explica, al menos en parte, el carácter
globalizador de la publicación, así como cierta independencia y discontinuidad entre sus
partes y las frecuentes repeticiones de unas a otras. Así, el énfasis claramente
perceptible en afirmaciones generales más que en la riqueza de la vida de las
comunidades, con excepción del capítulo dedicado al resguardo de Puracé, obedece a una
opción conscientemente adoptada; aunque no se puede dejar de pensar que quizás habría
sido posible un camino intermedio en el cual elementos generales y fácticos se hubieran
entrelazado de manera más equilibrada y rica.
Para abrir el libro, la antropóloga Jimeno nos ofrece lo que podríamos llamar el marco
de referencia teórico que fundamenta toda la obra. Mil, entrelazando con agilidad los
planteamientos de Nicolás, Hechter, Hirsch, Offe, ODonell, Gramsci, Foucault y
otros autores, nos conduce a la tesis de que la política del Estado hacia los indígenas
no responde a una formulación explícita, ni
a una racionalidad mecánica, sino
que es resultado del "ejercicio del poder" en un espacio social en donde hay
"enfrentamiento, resistencia, articulación con lo indígena", así como
también "articulación y forcejeos con el poder privado local" y
sus desigualdades, aunque todo ello "unificado en últimas alrededor de la politica
de asimilación socio-cultural y sometimiento político de las minorías étnicas".
Este planteamiento, retomado y amplificado muchas veces a lo largo del libro, no deja de
producir resonancias inquietantes respecto del poder del Estado y del ejercicio de su
política destructiva sobre los indígenas, de la realidad de la explotación y la
dominación que la sociedad colombiana ejerce sobre ellas, produciendo a veces la
impresión de que a escala regional y local las cosas quizás no son tan nítidas, la
dominación y explotación no tan férreas, las políticas de asimilación e integración
no tan efectivas, y de que tal vez es posible evadirlas, desarticularlas, contrarrestarlas
con cierta facilidad en el nivel de su ejercicio inmediato, alli donde el Estado parece
estar amarrado y semiparalizado por sus propias limitaciones y contradicciones.
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También ésta puede ser
la razón por la cual, aunque se expresa claramente que, finalmente, la política hacia
los indígenas es la de integración o exterminio, el texto se detiene casi exclusivamente
sobre el primer aspecto, mencionando apenas al segundo; de este modo, el análisis de la
represión, del empleo sistemático de la violencia contra los indios no reviste
importancia para los autores.
No está de más recordar al respecto que, para los indígenas de algunos resguardos
paeces del Cauca, la acción estatal de hoy es percibida como una continuación de la
"guerra de exterminio" que se inició con los españoles y que dura todavía.
El primer capítulo se cierra con el tema de las misiones, católicas principalmente, y de
su papel en relación con los indígenas, explicado éste por las necesidades derivadas de
las limitaciones e incapacidades del Estado para desempeñarlo por sí mismo durante todo
un periodo histórico. El concepto de "padre, patrón" de Tavianis titula este
aparte, pero el desarrollo del mismo no justifica completamente su empleo, pues su
principal característica no es propiamente el análisis sino una rica información de
fuentes secundarias sobre aspectos diversos de la actividad misionera, recogida en cuadros
infortunadamente no tan completos como sería deseable y entre los cuales hay algunas
incongruencias, debidas probablemente al empleo de fuentes muy distintas.
Más adelante, la autora retorna el tema de las misiones, referido ahora a la región
páez de Tierradentro. El título "Las armas de lo sagrado" (según expresión
de Balandier), resulta muy acertado, pues allí fueron realmente los misioneros quienes
adelantaron las tareas de la conquista. Gran caudal de datos secundarios y unos bastante
buenos mapas acompañan la exposición que nos va mostrando la acción de los soldados de
Cristo, en la práctica agentes estatales, distinguiendo varias épocas: el siglo XVI, los
siglos XVII, XVIII y XIX, la República, Quintín Lame, la Violencia y el Frente Nacional.
La idea corriente deque el trabajo misionero se limita a la evangelización y a la
educación es desvirtuada, señalando que se trata de la acción global de ocupación de
un territorio y el sometimiento de su población. Colonización, apertura de vías de
comunicación, fundación de pueblos, apropiación y utilización de autoridades
indígenas, explotación de recursos naturales, ejercicio de la violencia son algunas de
las muchas formas utilizadas por los misioneros para dominar a los paeces.
Y, frente a ello, la indeclinable resistencia indígena, la "lucha por la
persistencia étnica" a lo largo de siglos. Cabe destacar aquí el análisis, por
desgracia demasiado breve, de los mecanismos de reinterpretación cultural con
que
los indios enfrentan el asalto a sus formas de vida. El caso de Juan Tarna de la Estrella,
a la vez hombre y mito, y el de los movimientos mesiánicos que de tiempo en tiempo
sacuden a Tierradentro, ilustran este tipo de resistencia, mostrando que se trata de
procesos de destrucción y reconstrucción sociocultural y no de procesos lineales de
desintegración indígena, los cuales habrían de conducir fatalmente a su desaparición.
Al final del capítulo, empero, queda la sensación de que hizo falta redondear el
análisis, mostrar a fondo cuál es en realidad la verdadera relación entre las misiones
y el Estado, cómo responde a ella cada una de las modalidades del trabajo misionero y
qué implicaciones tiene, hacia el futuro, la actual reducción de su cobertura.
En el capítulo segundo los dos autores se unen para entregar con todo detalle un recuento
de las acciones estatales respecto a los indígenas, realizadas éstas a través de
diferentes organismos, según el momento. La División de Asuntos Indígenas, el Incora y
Planeación Nacional aparecen como los principales "aparatos institucionales" en
este campo. La estrecha vinculación de uno de los autores, en el pasado, con tales
instituciones permite la obtención de una información amplísima, la cual es sintetizada
en los diferentes cuadros, como ya había ocurrido con la referida a las misiones
católicas.
La pírrica realidad de los programas oficiales para los indios aparece al desnudo: sus
ínfimos presupuestos comparados con los de aquellos programas que, como la colonización,
afectan gravemente a las poblaciones indígenas, y su intención asimiladora e
integracionista, pese a sus demagógicas declaraciones de respeto hacia ellas y sus formas
de vida.
En dos capítulos, IV y V, el abogado Triana hace una magnífica exposición teórica
sobre las relaciones entre el Estado y el derecho y cómo se ha desarrollado éste frente
a los indígenas a lo largo de nuestra historia, para estudiar luego de qué manera la ley
nacional se enfrenta a las comunidades indígenas, diferenciando dos niveles: el derecho
central y la denominada "ley local". Aunque tampoco aquí se esclarece a
cabalidad la relación Estado-misiones, pese al amplio análisis del régimen
concordatario.
Es de destacar lo referente a las relaciones entre el derecho central y las comunidades
indígenas. La exposición se basa en una tesis muy poco ortodoxa y que ha sido
frecuentemente impugnada, especialmente por los sectores de izquierda: "La
conservación del territorio por parte de un grupo indígena, garantiza la permanencia y
posibilidad de resistencia de estructuras internas y mecanismos de autonomía y
diferenciación con las estructuras intermedias y centrales de la nación. [...] La
existencia de estructuras administrativas a nivel de comunidad implica, a su vez, un poder
interno y un derecho".
Pero, al llegar aquí, se detiene y vacila en calificar de derecho a las prescripciones,
prohibiciones y coerciones de los indígenas, agregando que usa tal categoría por
analogía y en "forma un poco antitécnica", cosa que sería válida si se
tomaran las sociedades indígenas en sí, pero no si se las ve en su relación con la
nación colombiana, de lo cual precisamente trata esta parte del texto. En el Cauca, por
lo menos en algunos sectores del movimiento indígena, cuando se habla de "tener
derechos", del "derecho mayor a la tierra", del "derecho a vivir con
su costumbre", etc., lo que se hace es reivindicar autonomía frente a la sociedad
colombiana y al derecho central, indicando que las comunidades comienzan a moverse en el
campo del derecho, a reinterpretar esta categoría de la sociedad occidental y a expresar
sus reivindicaciones en términos de ella.
Así mismo, el autor califica a las sociedades indígenas como "no
jerarquizadas", cosa a todas luces falsa, aun si se tratara de su condición
precolombina, como lo ha mostrado ya la antropología. Su visión jurídicopoliticista de
la realidad se manifiesta en algunas apreciaciones a todo lo largo de estos capítulos.
Ejemplo claro de ello es la afirmación de que, en el Cauca, la ruptura del terraje se da
"como consecuencia de la política del Cric", pasando por alto que en realidad
se debió a la lucha de las comunidades y que aun el propio Cric nace como un resultado y
como una herramienta en la lucha contra el terraje, la cual se ha adelantado, en algunos
sectores, por fuera del Cric y, en ocasiones, hasta contra sus políticas del momento,
como es el caso de Jambaló.
También pueden ser cuestionados algunos aspectos teóricos del libro, como la
consideración del capital monopolista en crecimiento, como la base del Frente Nacional,
idea acríticamente tomada de Moncayo, o como el estudio de los Estados nacionales
americanos, cuya especificidad frente a los europeos no aparece muy clara, dejando la duda
de si su origen se encuentra efectivamente en el desarrollo de las naciones americanas y no,
al menos en gran medida, en las circunstancias y necesidades derivadas de las guerras
anticoloniales libradas contra España y en los intereses de otros estados colonialistas,
como Inglaterra.
No deja de ser preocupante la definición teórica de la obra frente a los indígenas,
pues, si bien el concepto de minorías étnicas es el más utilizado para referirse a
ellas, igualmente se emplean otros no siempre concordantes con el primero: grupos
indígenas, etnias, sociedades indígenas, comunidades indias, etnias indígenas y otros.
Quizás por ello se insinúa, a veces muy claramente, el carácter marginal de los
indígenas desde el punto de vista nacional, sin tener en cuenta su peso e importancia
regionales, o se dan vacíos en el análisis, como ocurre con los cabildos indígenas,
pues si se detalla y se subraya su caída bajo el control de las autoridades
"blancas" y de los misioneros, casi se silencia el proceso reciente y amplio de
su recuperación para los intereses y luchas de las comunidades, o se hacen afirmaciones
no muy justificadas, como la que se refiere al "espíritu guerrero de los
paeces".
De todas maneras, el texto que comentamos se constituye en el primer estudio sistemático
sobre el tema en nuestro medio y, por lo tanto, en obligada referencia para todos los
interesados en la suerte de los indígenas que habitan en territorios reclamados como
suyos por la sociedad colombiana.
LUIS GUILLERMO VASCO U.
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