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El país cultural
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Los últimos tres meses
de 1986 serán el desenlace previsible de un año que tuvo más pasado que presente. Es
decir, en el cual los hitos culturales provinieron de la historia, y de allí vendrán e
irán los acontecimientos resaltables de este ocaso anual que casi siempre, y también
esta vez, han sido y serán el plato fuerte de un primer semestre ligero como entrada.
Explicación para aquello del pasado es el énfasis central que 1986 le marcó a 1886,
porque de allí, cien años atrás, saldría la Constitución
que aún nos rige, y en torno de ella gira la mitad de la
programación de todas las ciudades colombianas a donde el Banco de la República llevará
esta celebración que le fue encomendada. En julio se abrió la exposición Colombia 1886,
en la Biblioteca Luis Angel Arango, donde rastrear, recrear y poner en escena el
momento que dio lugar a la Constitución fue el objetivo de los meses de preparación de
la probablemente más visitada muestra durante los tres meses que duró. Bogotá resolvió
así el cúmulo de tareas escolares que el tema motiva, y el resto de ciudades
reconstruirá, mediante afiches y ciclos de conferencias, los elementos políticos,
sociales y económicos que constituyen el paralelo entre el 86 del siglo pasado y el de
éste.
Pero no sólo la Constitución nacional ha puesto sepia a la actividad cultural de este
año. El pasado también ha surgido revitalizado en los esfuerzos que distintas entidades
culturales han aunado en el rescate del patrimonio arquitectónico: reabrió sus puertas la
iglesia de San Agustín, de Bogotá, en restauración desde hace seis años, casi
borrada del mapa por los sucesos violentos de 1948 y que ahora recupera su decoración y
atmósfera. Idéntico rescate alcanzaron la Catedral de Tunja y,
en Bogotá,
el palacio Echeverri, sede ahora del ministerio de Gobierno por su proximidad a la
Casa de Nariño, y en el cual todo el lujo francés, que su dueño quiso imprimirle a
comienzos del siglo, ha sido reconstruido por artesanos de hoy que tomaron bien las
lecciones del pasado fastuoso y ocioso.
Sin embargo, la visión de una época más antigua la ofrece al público el Museo de
Arte Colonial, cuyo recinto, un monasterio del siglo XVII, había amenazado venirse
abajo, lo que mantuvo encerrada una valiosa colección de muebles e imágenes coloniales y
el espectáculo mismo de la construcción, contigua a la iglesia de San Ignacio. Como
botón de muestra de la primorosa ebanistería colonial americana, el Museo Colonial de
Bogotá añade a sus valiosas colecciones una de bargueños de la época, donde cajones y
decoración juegan
impensables
combinaciones.
Fue la Universidad Javeriana de Bogotá la anfitriona esta vez del congreso anual de la
Asociación Colombiana de Colombianistas Norteamenicanos, especialistas en historia y
literatura que tuvieron, en cuatro días de finales de junio, la oportunidad de presentar
sus investigaciones, entrar en contacto con profesores, escritores colombianos en un
diálogo que tuvo como protagonista a Manuel Mejía Vallejo, quien fue nombrado profesor
honorario de la universidad anfitriona. Ante 500 participantes inscritos, este intercambio
investigativo y cultural entre los Estados Unidos y Colombia, se dio por primera vez al
público porque los dos congresos anteriores (en la Universidad de Washington y en
Quirama, Medellín) fueron circunscritos a los especialistas. Quedó claro para la
reunión del año próximo en la Universidad de Cornell, Itaca, USA, que si a los
norteamericanos les hace falta la vivencia de Colombia en lo real para que su conocimiento
no sea mediatizado siempre por libros; a los colombianos, por el contrario, les hace falta
más estudio y menos vivencia. Es esa infraestructura de investigación y ese intercambio
cultural que ofrece Norteamérica, lo que puede tumbar los prejuicios neo-colonialistas.
Entre mayo y junio soplaron en Bogotá aires europeos en una exhibición de envergadura
desacostumbrada: lo más valioso de la famosa colección pictórica de la ciudad belga de Lieja,
había aterrizado para ponerse a disposición de filas de personas que sentían estar
en un museo europeo en su propia tierra. Desde el siglo XVIII venía creciendo esta
colección que llegaría hasta nosotros. Utrillo, Vasarely, Picasso, Chagall, Magritte,
Kokoschka, entre cincuenta más, servían para ilustrar las tendencias
del arte contemporáneo: impresionismo,
expresionismo, surrealismo, cubismo, modernismo, en una secuencia tan comprensible, que
las más abstractas y difíciles obras eran recibidas por todo tipo de público como una
evolución lógica.
Y no sólo lo visual nos llegaba del pasado. También poetas salieron a flote mediante la
reconstrucción y puesta en servicio de sus aposentos. La casa donde murió José
Asunción Silva, en aquel episodio romántico del corazón dibujado y el disparo,
será ahora sede de recitales y biblioteca para consulta de sus colegas de estos tiempos.
Como Silva, también el lírico y fabulista Rafael Pombo residió en el viejo
barrio La Candelaria de Bogotá y también servirá de anfitrión para programaciones
literarias a partir de este segundo semestre retrospectivo 86.
También los poetas contemporáneos habían obtenido reconocimiento con el Premio
Nacional de Poesía, que anualmente concede la Universidad de Antioquia y que se
divide entre los veteranos y los que comienzan. Así, el cartagenero Jorge Artel recibió
el de reconocimiento. Sin embargo, el primer premio para los nuevos fue declarado desierto
lo cual nunca antes había sucedido, mientras el segundo, en concepto de los
jurados Darío Ruíz, Fernando Charry Lara y Giovanni Quessep, lo mereció Fernando
Herrera. Ese mismo centro docente había recogido del pasado una de las revistas
universitarias con mayor tradición. Los números 202, 203, 204 vieron la luz con
artículos de intelectuales y científicos que tenían de nuevo en la "Revista de la
Universidad de Antioquia" lugar para su trabajo. El número 205 corresponde a
septiembre y da cabida, sobre todo, a la literatura, la política y la historia.
En las universidades, este año, se impulsó la actividad editorial. La Universidad
Nacional alcanzó a sacar de imprentados colecciones de libros, a precios módicos, con
rigurosa selección de títulos, lo cual renueva la presencia cultural de aquellos
centros, que habían permanecido en la retaguardia del quehacer de la difusión
intelectual.
La mejor oportunidad de constatar esta nueva época de oro de las publicaciones sin ánimo
de lucro será la Feria Nacional de Publicaciones Universitarias y Culturales que
durante una semana ocupará la plazuela de San Ignacio, en Medellín, entre el 20 y el 25
de octubre. Esta feria se la inventó la Corporación Cultural Interuniversitaria, que une
a doce centros de ese departamento, para exhibir y vender todas las publicaciones
colombianas de entidades culturales y universitarias, cincuenta de las cuales ya se hallan
inscritas. De todo esto quedará un catálogo para que lectores e investigadores conozcan
títulos, autores, precios y distribuidores.
Como un merecido y tardío reconocimiento al escultor Marco Tobón Mejía, nacido
en Santa Rosa de Osos en 1876 y muerto en París 57 años después, por primera vez en mi
el país se reúnen, en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, con la curaduría de Miriam
Acevedo, sesenta obras entre esculturas, relieves e ilustración de sus monumentos
públicos en el país. Desde La Habana y París, los dos sitios donde residió, se le
siguió el rastro, y las colecciones privadas permitieron esta exhibición, que el
público verá hasta el 28 de septiembre y cuyo único antecedente fue una muestra en
Medellín, en 1930, cuando el artista estaba vivo.
Por su parte, el presente tiene tomado un recinto de historia. Se trata del Trigésimo
Salón Anual de Artistas Colombianos, abierto al país en el Museo Nacional de Bogotá
hasta el 28 de septiembre. Por primera vez en esta treintena de balances sobre las artes
plásticas, se invitó a un total de 263 artistas, dando cabida a consagrados y noveles,
profesores, críticos y experimentales salidos de una convocatoria pública
preseleccionada por seis comisiones regionales. Esta profusa variedad de tendencias,
propuestas y conceptos, contó con la organización museográfica del arquitecto Alberto
Sierra para darle, por salas y pasillos, cohesión a regiones y estilos; a lo más
vanguardista; el paisaje; la transvanguardia y la técnica mixta hasta su peor expresión,
lo volumétrico, de lo abstracto a lo satírico, y un segundo piso
que parecieran ser los elegidos, no sólo por la belleza de
la sala sino por el buen logro de los planteamientos plásticos. Los premios se
incrementaron hasta alcanzar el millón de pesos los dos primeros, y quinientos mil los
cuatro siguientes, lo cual es nuevo dentro del certamen. Lo que, en cambio, siempre sucede
es el desconcierto ante el fallo del jurado, formado en su mayoría por residentes en el
exterior: Shifra Goldman, historiadora y crítica de arte estadounidense; Pierre
Courcelles, crítico y curador francés; el curador colombiano residente en Francia Jorge
Gómez y Cáceres; el artista Enrique Grau y el crítico Germán Rubiano, ambos
colombianos.
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De los 204 que
participaban en el Trigésimo Salón, once lo hacían fuera de concurso. Se buscó premiar
la creatividad por encima de cualquier otra consideración. Así fue escogido como primero
el pintor y dibujante consagrado, profesor en Estados Unidos, Leonel Góngora, hasta el
momento por fuera del "establecimiento pictórico", dado su tratamiento casi
cruel del desnudo femenino. Gustavo Zalamea, el segundo, pertenece a una generación más
joven; premian su paso del grabado y el dibujo a la pintura. Alicia Viteri, Víctor
Laignelet, Angel Loochkartt y Miguel Angel Rojas son, en ese orden, los demás
galardonados, en su mayoría de regreso a los buenos oficios de la pintura. Muchos otros
más fueron mencionados, pero no todos los que son.
El último trimestre en la capital volverá al pasado en materia de exposiciones: la Luis
Angel Arango mostrará la primicia de una gran investigación que se adelanta en todo el
país en dos sentidos: el de la caricatura y el de los archivos fotográficos sobre las
ciudades. De noviembre a febrero se hará la primera de una serie de muestras sobre
canicatura, fruto de la
investigación
de la artista Beatriz González en equipo con Claudia Mendoza y las familias de los
respectivos caricaturistas. De dos tendencias políticas opuestas, Hernán Merino y José
María Pepe Gómez, hermano de Laureano Gómez. Merino creó un prototipo del
pueblo, José Dolores, y fue perseguido. Pepe Gómez, conservador, critica el militarismo
y el imperialismo más que si fuera liberal, y sus caricaturas tienen la antigua factura
de la xilografía.
Durante el mismo final de año y en la misma sala Luis Angel Arango, se recuperará la
memoria visual de algo apartado como Pasto, a través de recónditos fotógrafos,
descubiertos en esta reconquista de la memoria cultural emprendida por el país en el
último cuatrienio, en épocas que van desde el siglo pasado hasta la primera mitad de
éste. Personajes, situaciones, costumbres y arquitectura, en esta muestra que había
visto primero Pasto mismo, en su 4480 aniversario.
La descentralización ha continuado este año con la apertura del Museo del Oro
Quimbaya en Armenia.
Fue en la costa caribe, en Cartagena, en el mes de junio, donde quedó confirmado el auge
que alcanzó durante este año, la hace años naciente cinematografía nacional. El
Festival de Cine anual, en junio, contó esta vez con la presencia masiva de
películas realizadas con préstamos del Fondo de Fomento Cinematográfico, entre las
cuales Tiempo de morir, Visa USA, La boda del acordeonista, A la salida nos vemos,
Pisingaña, El tren de los pioneros, San Antoñito, estarán a partir de septiembre en
los cinematógrafos comerciales, y que prometen lo que hasta el momento le ha sido esquivo
al cine colombiano: mucho
público.
Pero si el meridiano del cine es Cartagena y la línea la da el Festival de Cine, Manizales
conjuró este año el temor al volcán del Ruiz para congregar en agosto a cuatro
grupos de teatro hispanoamericanos y dos colombianos, dentro de la muestra oficial, y a
más de diez universitarios y privados por fuera de ella, para lograr un verdadero
milagro: dejar un Festival en superávit, cuando se había heredado del anterior un
déficit de nueve
millones de pesos,
aunque el público fue esta vez más escaso. No obstante esto, la repentina ausencia de
dos grupos esperados: el TPB de Bogotá y el Taller de Artes de Medellín, y la poca
participación del teatro callejero, que la ciudad tanto disfruta, se cerró con el firme
propósito de mantenerlo anual, internacional y con un certamen paralelo que agrupe a la
crítica de teatro, tan esquiva como pobre en el país anfitrión.
Manizales tendrá dos motivos más de demostrar en este último trimestre su vitalidad: el
maestro Guillermo Botero,
el más representativo artista de los que viven
allí, terminará en noviembre próximo un gran mural de cerámica
con
esmaltes de colores de 8 x 2,50 metros, para la plaza de Bolívar, con el tema del 20 de
julio y la oposición de personajes, que la ciudad ha venido esperando los últimos dos
años, que han sido de elaboración en el taller del artista. Así mismo la caricatura,
investigada por el Fondo Cultural Cafetero, mostrará en noviembre una recopilación
del manizalita Alberto Arango Uribe.
Durante un mes hasta el 13 de septiembre, tuvo lugar la Primera Bienal de Videoarte en
Medellín, convocada por el Museo de Arte Moderno de esa ciudad, que había sido conocida
por sus bienales, interrumpidas en 1981. Esta vez se agrupan producciones de Europa y
América en 132 videos que suman sesenta horas de proyección, más coloquios,
conferencias y talleres, para una ciudad que ya había sorprendido al país con su Primer
Coloquio de Arte no Objetual, por aquel mismo año de la última bienal. Este medio del
video, en auge en un departamento que vio por primera vez un canal regional en Colombia,
es la razón del acontecimiento. Este mismo Museo de Arte Moderno realiza en noviembre
próximo el Sexto Salón Arturo Rabinovich,
a donde los estudiantes de arte
pueden enviar sus obras, para ser exhibidas y premiadas.
Las universidades de Antioquia han preparado, para el mes de septiembre también, en
diversos escenarios, un primer Festival de Teatro Interuniversitario,
donde
podrán valorarse las tendencias de esta modalidad que tantas innovaciones ha introducido
al teatro nacional. Por su parte, el Museo de Antioquia realiza a partir de octubre otro
salón para jóvenes, el Vigésimoséptimo Salón de Arte Joven,
para
mostrar y premiar obras de estudiantes y profesionales, lo cual coincidirá con un encuentro
internacional de críticos promovido por el mismo museo en Argentina, Venezuela,
España y Colombia.
Cali, en sus 450 años, puso toda su atención en dos objetivos culturales. Uno, el
rescate de los festivales de arte
que fueron allí, en los años 60,
convocatoria a lo más diciente de la cultura nacional. En junio de 1986 lograron revivir
esta reunión de quince días de literatura, cine, teatro, pintura y manifestaciones
musicales populares. En cuanto al otro objetivo, sigue apuntando aún en este segundo
semestre, cuando se completarán los estudios de todo orden para el canal cultural de
televisión Tele-Valle.
Los llanos orientales ahora se coordinan con el resto del país a través de un
organismo de comunicación y colaboración cultural, llamado Juntas Regionales de
Cultura,
cuyo propósito de rescatar la diversidad del país, sus
especificidades, comienza a reflejarse en programas descentralizados y efectivos de
búsqueda del verdadero patrimonio cultural regional. Es en los llanos en donde este
segundo semestre muestra mayor vitalidad en sus realizaciones.
En octubre comenzarán las emisiones de prueba de la primera emisora cultural de los
territorios nacionales creada con aportes de la comisaría del Guainía y del Fondo
Educativo Regional. La Voz del Guainía,
con 10 kilovatios en una
antena de 107 metros, asegura un cubrimiento casi total de los llanos orientales, con un
estilo de radio participativa, educativa y cultural como la pidieron los futuros oyentes
encuestados a lo largo del río Guaviare. La programación y los cuatro profesionales que
en ella trabajarán se están preparando hace ocho meses. Se transmitirá entre las seis
de la mañana y las ocho de la noche. La dirección estará a cargo de
Mauricio Cadavid, director de extensión cultural
en la comisaría.
La intendencia de Arauca inauguró en septiembre el Centro Cultural,
que
financiado con las regalías del petróleo pudo materializarse en dos pisos con auditorio,
teatro, museo, biblioteca y aulas para el aprendizaje del folclor actividades éstas
que venían realizándose en el parque, una academia musical y la misma casa de la
cultura. La asesoría para la programación del Centro Cultural la hará la junta regional
y buscará aglutinar los grupos musicales y de danza de los territorios nacionales.
Otros de los programas son: en Puerto López (Meta) una casa cultural, ya en
funcionamiento; un encuentro cultural de grupos indígenas del Vaupés,
en
Mitú en octubre próximo, y en Puerto Carreño, en septiembre, un festival llanero.
Así, esquemáticamente, queda trazado un mapa cultural del país, para este año,
donde el patrimonio cultural se situó en el lugar exigido, el pasado pobló el presente y
éste comenzó a introducirse imperceptiblemente en el futuro.
ANA MARIA CANO
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