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Morder la
pasión
Poemas de amor
Darío Jaramillo Agudelo.
Fundación Simón y Lola Guberek
Bogotá, 1986. 90 Págs.
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Las reflexiones del poeta empiezan
y terminan en las palabras. Los poemas, al tiempo que existen por y en el lenguaje,
dispensan una significación adicional, relativa al cuestionamiento de los nombres que
acogieron. Este rasgo, común a los escritores de este siglo, no distingue entre poetas
que sacralizan el lenguaje y aquellos que asumen toda expresión como eventual victoria
frente al silencio. En un caso, conciencia de seguridad absoluta o relativa: poesía, tela
de araña, oleaje. En el otro, disminución o sometimiento: poesía, ráfagas, lumbre
inusitada y voraz.
Hablamos de actitudes opuestas que en la práctica escritura y voz se tornan
complementarias. Sin embargo, en la reunión de esa aparente disyuntiva se manifiesta una
pugna más íntima. Un libro como Poemas de amor, de Darío Jaramillo, agudiza al
extremo esta característica y posibilita el normal entrecruzamiento de intenciones.
¿Cuáles? Ya no es suficiente hablar de superficies temáticas y ranuras por las que
vemos el proyecto ordenador del lenguaje. En este libro tal proyecto se muestra
quiéralo o no el autor como el punto de emisión de las palabras y no su
natural convergencia. Algo similar se puede percibir, a otro nivel quizá, en los libros
anteriores de Jaramillo. Si las narraciones en verso predominan en Historias (1974),
lo que define a Tratado de retórica (1978) es el acercamiento de dichas y otras
anécdotas a un punto desde donde les resulta lícito proclamarse poesía. Pero la
intensificación y su límite se produce en el nuevo libro. Sus cuatro partes
participan por igual de ella, aunque pueden agruparse en dos parejas: Poemas de amor y
De la nostalgia alternan con Escenas de la vida diaria y Colección de
máscaras, y a la vez se reflejan mutuamente.
¿Cómo escribir sobre el amor? A esta pregunta le sigue otra: ¿quién nombra el amor?
Será la evocación por sobre la presencia, lo vivido ante la inmediatez de esa voz
interior que es decisiva en casi todos los poemas: "Tu voz aquí, a lo lejos,
que le da sentido a todo, /tu voz que es la música de mi alma,/ tu voz, sonido del alma,
conjuro, encantamiento"
(secuencia 6). Si no fuera por estas dos palabras que aluden a la magia, no apreciaríamos
el cruce de figuras: cuerpo amado y cuerpo de vocablos, piel y poema. Sólo así
puede volverse nítido aquel estado que se sitúa antes y después del lenguaje:
"Algún día te escribiré un poema que se limite a pasar los dedos por tu piel/ y
que convierta en palabras tu mirada" (secuencia 4). En última instancia, la voz
evoca el don de las palabras que hablan del amor más que el otro cuerpo en ausencia. Y
así comprendemos por qué asoma la derrota: "Poemas de circunstancias para
decir el amor! y también poemas trascendentales para decir el amor [...].
Acaso el silencio sea la única cordura del amor / y decirlo su locura más tonta"
(secuencia 11).
Por esa misma razón, De la nostalgia reemplaza a la pareja por la añoranza de
vivencias complementarías. Desengaño: en verdad se expresa un susurro de relaciones
verbales, y aquí conviene llamarla atención sobre las construcciones anafóricas y los
paralelismos, que son el sustento del libro y también su titubeo e inminente acoso. Las
enumeraciones sirven para excitar al lenguaje, pero pueden terminar ahogándolo con sus
propias armas: "Para decir que es nada lo que vas recordando,/ con las palabras matas
la parte de tu vida! que tú no quieres/ que contigo muera" (núm. 4). Por eso la
única posibilidad de salida a la sed de lenguaje, de la experiencia del pasado o del
reencuentro amoroso en el poema, será la dislocación del tiempo. El peligro, clarísimo:
"Es distinto este decir que aquel hechizo,/ me repito enredado en la guerra de
encontrar las palabras./ Ayer iluminación, hoy trampa, evasivo poema,/ rescoldo apenas
del vuelo del amor o el asombro ..." (núm. 6). Y el término medio, dudoso:
"En esta hora/ sin sol y sin presente,/ lejos de lo mejor de mí" (núm. 10). La
apertura consiste, pues, en actualizar el poder evocativo y el nominal,
fusionándolos: "Alelado bajo el sol, sobre la tapia,/ soy un niño de cinco años
narcotizado por la luz,/ suspendido fuera del tiempo, /
del tiempo que ahora es
cosa ajena, intermitencia del paisaje,/ sustancia del lejano horizonte de montañas
azules./ Descubro un éxtasis perfecto, matutino,/ hago parte del aire, soy brisa
inaugural, soy ala y vuelo,/ dejo de ser yo mismo felizmente fundido con la luz,/ nazco y
regreso" (núm. 5). Sólo en la ilusión de transparencia del tiempo que el poema
expresa, asistimos al encuentro de una voz, casi personaje, con su doble. Esto no
significa que los poemas, para prodigar su belleza, requieran ese escenario. En realidad
aluden a él de diversas maneras, incluso desde la dificultad de nombrarlo. El propósito
permanece a la vista en todo momento. En Escenas de la vida diaria, por ejemplo, la
comunicación llega a transformarse en mercancía cotidiana o "pedestre", siendo
irónico el punto de vista: "Discutimos sobre pequeñas cosas del día, cosas
efímeras,/ y compartimos gustos elementales como los techos altos o el sonido de la
fuente [...]
así se ama la gente civilizada,/ sin demasiadas efusiones, con
discreción, respetando el mundo ajeno" (Escenas de la vida diaria). O se
afianza en la afectividad compartida de la imaginación: "Mi hermano fabrica conmigo
fantasías de 17 pisos, con risas y palabras" (Testimonio acerca del hermano).
Pero es en la última sección, Colección de máscaras, donde esta característica
cobra una vitalidad que le otorga un sentido preciso a Poemas de amor. Los
protagonistas de ese grupo son escritores o filósofos que hablan en primera persona
principalmente. Casi todos refieren historias similares respecto a las palabras o al
obtuso silencio. En algunos casos la música o simplemente los ruidos son elementos de un
clima asfixiante que conduce a la parálisis de los personajes: "mintiéndonos
canciones que ahogaban cualquier posible palabra" (Donde Scott Fitzgerald habla de
la importancia de la música); "En aquellos días la radio sonaba delante del
ruido de la lluvia y lo demás era todo silencio,/ absoluto silencio, y él permanecía
casi siempre quieto,/ con los ojos abiertos, sin pensar,/ muerto de miedo" (Felisberto:
tiempo oscuro). Como buenos truqueros, ellos exponen sus conflictos a través de
poemas; es decir, emplean los canales que a la par niegan. De esta contradicción se
nutren las voces de un silencio mayor, a saber: lo dicho esconde su más cara
identidad en innumerables máscaras. Detrás de ellas sigue el murmullo de los versos que
acabamos de leer. Y luego el olvido que una memoria insiste en recordarnos. Heráclito es
inducido a compartir unas desconocidas palabras en un río sin agua, con voces inaudibles
que repiten nosotros, mientras tanto, lucidez y todo lo demás. Sólo para evitar que la
corriente de las horas nos arrastre sin lujo de detalles. Y decirle qué, hasta cuándo,
cascada de sorpresas.
Definitivamente, Darío Jaramillo se baña más de dos veces en esa pasión hecha remanso.
Y espejo.
EDGAR OHARA
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