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Fuentes
de comunicación (y de incomunicación)
Antología de la poesía hispanoamericana
Juan Gustavo Cobo Borda (compilador)
Editorial Fondo de Cultura Económica,
México, 1985, 518 págs.
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Proporcional a la
utilidad de una antología literaria están las dificultades inherentes a este determinado
programa selectivo. Desde el olvido involuntario de escritores o poetas (que a veces no lo
es tanto) hasta la no inclusión definitiva de algunos a causa de un juicio estrictamente
personal, la labor del antólogo por lo regular no deja satisfechos ni siquiera, muchas
veces, a los mismos autores seleccionados. No se escapa de esta amarga condena el libro de
Juan Gustavo Cobo Borda que reseñamos aquí. Desde su aparición hasta el momento los
comentarios siguen siendo bastante encontrados, y eso a pesar de que Cobo incluye sólo
poetas nacidos entre 1910 y 1939, centrándose principalmente en aquellos poetas cuya obra
ha sido de una u otra manera aclamada o reconocida por el medio cultural latinoamericano.
Valga el caso de Lezama Lima, Paz, Molina, Huerta, Westphalen, Mutis, Rojas, etc. La
exclusión por el momento, según lo advierte en el prólogo, de las últimas generaciones
le evita de hecho una confrontación más directa y candente con los poetas coetáneos
suyos. Sin embargo, el coraje que requiere emprender una tarea como ésta debe encomiarse,
y si estamos o no de acuerdo con los criterios expresados en la selección, eso ya es otra
cosa. Probablemente tema para una reseña como ésta.
Si algo ha distinguido la labor literaria de Juan Gustavo Cobo a lo largo de los años es
su pasión y amor por la poesía en particular y por la literatura y el arte en general.
Ahora bien: esta actitud apasionada lo ha llevado a tomar posiciones muy controvertidas o
a enfrentamientos con escritores, poetas o profesionales de la literatura, donde lo
estrictamente literario y estético de los términos en discusión muchas veces no ha
estado tan claro. Con un estilo un poco a lo enfant terrible, Cobo (junto a un
grupo valioso de poetas, narradores y críticos) logró conmover algunos de los cimientos
culturales colombianos en la década del setenta, continuando de una manera muy propia la
labor que hacia los años cincuenta habían comenzado los poetas del grupo Mito y en el
decenio del sesenta el nadaísmo. Ya fuera desde la redacción de la revista Eco o desde
la plataforma editorial de Colcultura, la labor de Cobo, repetimos, se destaca
positivamente durante todos estos años. Una necesidad de apertura y de afirmar una
tradición mucho más amplia lo lleva luego a expandir su foco de atención crítica y
buscar en el marco abierto de la literatura hispanoamericana la necesaria correspondencia
a su trabajo creativo y crítico. De esta necesidad de una visión continental nace el
libro que nos ocupa.
Sesenta y siete poetas hispanoamericanos conforman esta selección.
Ellos representan, con profundidad y belleza, a casi todos los países y regiones de
Hispanoamérica, con la excepción de Paraguay y Centroamérica. De esta última, sólo
Nicaragua y El Salvador se encuentran representados. Se podría aducir con respecto a esto
que una antología no tiene que ser una nueva unión panamericana, lo cual es cierto, pero
por lo menos un par de nombres fundamentales en la poesía centroamericana no están aquí
incluidos. Hablamos de Otto René Castillo, de Guatemala, y Roberto Sosa, de Honduras. De
una u otra manera estos poetas engloban un pensamiento poético centroamericano, tan
válido como el que proclaman poetas como Carlos Martínez Rivas, en Nicaragua, o Roque
Dalton, en El Salvador, estos sí incluidos en la antología. Es obvio que toda crítica
lleva un alto porcentaje de lo personal, y lo dicho para Cobo podría ser dicho para
cualquier otro, inclusive para quien escribe estas líneas, ya que si tuviera que hacer de
antólogo varios de los poetas incluidos por Cobo habrían quedado fuera del libro. Sin
embargo, echamos de menos a poetas como Juan Calzadilla, Rafael José Muñoz, Caupolicán
Ovalles o Francisco Pérez Perdomo, de Venezuela; a Elvio Romero, del Paraguay; a Mario
Benedetti, de Uruguay; a Raúl Gustavo Aguirre, Edgar Bayley, Carlos Latorre, Mario Trejo,
Francisco Urondo, de Argentina; a Rogelio Echavarría, Fernando Arbeláez, Héctor Rojas
Herazo, Eduardo Cote Lamus, de Colombia; éstos entre los que rápidamente se nos vienen a
la memoria. La selección de Cobo es, pues, caprichosa y obedece a determinada proyección
estética, y eso es lo que vamos a tratar de ver a continuación.
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Uno de los problemas de
Cobo es que, a pesar de todos los esfuerzos de individuación, todavía no se ha podido
desprender, en parte, de la voz patriarcal y autoritaria de Octavio Paz, dicho esto sin
afán de ofender ni restar valor personal a su obra. Sin embargo, algunos de los vicios
inherentes a una posición estética y personal que ha asperjado el maestro Paz por
América Latina están presentes muchas veces en la actitud de Cobo. Un estilo lúcido,
espejeante, entre ensayístico y crítico que se da el lujo de utilizar los ganchos
asertivos y didácticos de la academia universitaria para luego despreciarlos con una
posición irreverente y personal; una sujeción arquetípica a un personaje literario que
condiciona actitudes y visiones (en el caso de Paz podríamos pensar en André Breton); la
necesidad de refugiarse en ciertos altares del poder, dando origen a la formación de
camarillas o grupos cerrados de amigos, etc.
Ya desde el comienzo del prólogo, Cobo nos coloca dentro de la órbita de Paz, y
lastimosamente comprendemos que no será fácil de ahora en adelante desprendernos de este
eje de poder y de análisis. Por ejemplo, los niveles semánticos que suscita el
inteligente concepto de tradición de la ruptura, aplicado dialécticamente al movimiento
hacia adelante y hacia atrás de los procesos literarios, no implican que ésta sea una
verdad inmutable, ya que la línea directa y "tradicional" de la ruptura de la
tradición sigue tan vigente como siempre. Es decir, que el juego sintáctico amplía y
enriquece la visión pero no necesariamente la profundiza. El problema es, pues, de
estilo, no de comprensión; y es esto, cuestión de estilo, lo que hace atractivo a Paz,
aunado a su capacidad de haber sido un magnífico lector de la literatura universal
contemporánea en un mundo de apresurados lectores y semiletrados creadores. Paz, como
todo hombre de letras, es discutible y debe ser discutido, su voz no debe ser bíblica, a
pesar de que cada vez se acerque más a la tierra prometida.
Es cierto que Paz, ya no como ensayista sino como poeta, es una de las figuras más
importantes de la literatura hispanoamericana actual y que frente a su dimensión poética
la voz de José Lezama Lima, ese viejo brujo de La Habana, contrasta en movimiento
barroco. Sin embargo, tratar de ver las directrices de la poesía hispanoamericana dentro
de este marco poético, como es la tendencia del crítico Guillermo Sucre en su libro La
máscara, la transparencia, nos parece que cierra apresuradamente toda respiración al
hecho poético latinoamericano. Afortunadamente Cobo evita meterse dentro de estas
coordenadas críticas y trata de establecer con criterio de apertura las diversas
corrientes que han nutrido la poesía latinoamericana. Desde la poesía pura, que
destilaba en la palabra gotas de limpia belleza formal y conceptual, hasta los miasmas de
las alcantarillas de las grandes ciudades que intentan romper nuestro sistema olfativo y
gustativo, el ejercicio de la poesía en América Latina, tierra de opresores internos y
externos, ha sido el territorio espiritual de una lucha por la libertad. La tendencia de
esta Antología es establecer los puentes de comunicación (y de incomunicación)
de esas búsquedas diversas, y en esto es admirable la labor de Cobo. Sin embargo, el
esfuerzo se queda a mitad de camino, dando la impresión de que faltara ese salto al
vacío que posibilitaría la inclusión de nombres un poco en desentono con el criterio
estético oficial poético hispanoamericano.
Ahora bien: dentro de la ubicación crítica que Cobo hace de los poetas vale destacar su
visión englobante del ejercicio de la poesía en América Latina desde los albores
liberadores de Darío. No obstante, nos confunde un tanto su insistencia en la generación
del 27 española y la importancia que ésta tuvo en los poetas contemporáneos o
inmediatamente posteriores a ella. Sin negar cuán valiosa fue para los poetas
latinoamericanos esta presencia poética española, es peligroso, a nuestro juicio
"colombianizar" tan drásticamente todo el panorama hispanoamericano. Quiero
decir que si la generación del 27 fue decisiva para los poetas colombianos (y para
algunos mexicanos) que empezaron a publicar su obra a fines del 30
y en la década del 40, no lo es en tal medida en otros
países latinoamericanos. No vemos esa decisiva presencia, y perdónesenos la ignorancia,
en los poetas peruanos, chilenos, argentinos, e inclusive algunos mexicanos de la época.
Claro que todos aprovecharon la magnífica lección de los poetas españoles, repito, pero
no creo que acomodaran colectivamente su estro poético en esa dirección determinada. La
ruptura establecida por Darío y el antihispanismo muy a lo siglo XIX todavía imperaban
en algunas capitales de esos años.
No por redundante está por demás decir que la Antología de Cobo se convierte
desde ahora en un libro de obligatoria consulta sobre poesía latinoamericana. A un valor
más alto no puede aspirar una antología literaria, ya que su objetivo es cumplir con
esta función específica. Más aún, la Antología de Cobo mueve inmediatamente a
la reflexión, al análisis y, ¿por qué no?, a la polémica constructiva. Alta misión
la del poeta: generar fuerzas
que nos permitan el ejercicio directo de la libertad y la vivencia de la belleza
transformada en palabras.
ARMANDO ROMERO
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