Boletín Cultural y Bibliográfico. Número8,  Volumen XXIII , 1986
 

Fuentes de comunicación (y de incomunicación)


Antología de la poesía hispanoamericana
Juan Gustavo Cobo Borda (compilador)
Editorial Fondo de Cultura Económica,
México, 1985, 518 págs.

Proporcional a la utilidad de una antología literaria están las dificultades inherentes a este determinado programa selectivo. Desde el olvido involuntario de escritores o poetas (que a veces no lo es tanto) hasta la no inclusión definitiva de algunos a causa de un juicio estrictamente personal, la labor del antólogo por lo regular no deja satisfechos ni siquiera, muchas veces, a los mismos autores seleccionados. No se escapa de esta amarga condena el libro de Juan Gustavo Cobo Borda que reseñamos aquí. Desde su aparición hasta el momento los comentarios siguen siendo bastante encontrados, y eso a pesar de que Cobo incluye sólo poetas nacidos entre 1910 y 1939, centrándose principalmente en aquellos poetas cuya obra ha sido de una u otra manera aclamada o reconocida por el medio cultural latinoamericano. Valga el caso de Lezama Lima, Paz, Molina, Huerta, Westphalen, Mutis, Rojas, etc. La exclusión por el momento, según lo advierte en el prólogo, de las últimas generaciones le evita de hecho una confrontación más directa y candente con los poetas coetáneos suyos. Sin embargo, el coraje que requiere emprender una tarea como ésta debe encomiarse, y si estamos o no de acuerdo con los criterios expresados en la selección, eso ya es otra cosa. Probablemente tema para una reseña como ésta.
Si algo ha distinguido la labor literaria de Juan Gustavo Cobo a lo largo de los años es su pasión y amor por la poesía en particular y por la literatura y el arte en general. Ahora bien: esta actitud apasionada lo ha llevado a tomar posiciones muy controvertidas o a enfrentamientos con escritores, poetas o profesionales de la literatura, donde lo estrictamente literario y estético de los términos en discusión muchas veces no ha estado tan claro. Con un estilo un poco a lo enfant terrible, Cobo (junto a un grupo valioso de poetas, narradores y críticos) logró conmover algunos de los cimientos culturales colombianos en la década del setenta, continuando de una manera muy propia la labor que hacia los años cincuenta habían comenzado los poetas del grupo Mito y en el decenio del sesenta el nadaísmo. Ya fuera desde la redacción de la revista Eco o desde la plataforma editorial de Colcultura, la labor de Cobo, repetimos, se destaca positivamente durante todos estos años. Una necesidad de apertura y de afirmar una tradición mucho más amplia lo lleva luego a expandir su foco de atención crítica y buscar en el marco abierto de la literatura hispanoamericana la necesaria correspondencia a su trabajo creativo y crítico. De esta necesidad de una visión continental nace el libro que nos ocupa.
Sesenta y siete poetas hispanoamericanos conforman esta selección.
Ellos representan, con profundidad y belleza, a casi todos los países y regiones de Hispanoamérica, con la excepción de Paraguay y Centroamérica. De esta última, sólo Nicaragua y El Salvador se encuentran representados. Se podría aducir con respecto a esto que una antología no tiene que ser una nueva unión panamericana, lo cual es cierto, pero por lo menos un par de nombres fundamentales en la poesía centroamericana no están aquí incluidos. Hablamos de Otto René Castillo, de Guatemala, y Roberto Sosa, de Honduras. De una u otra manera estos poetas engloban un pensamiento poético centroamericano, tan válido como el que proclaman poetas como Carlos Martínez Rivas, en Nicaragua, o Roque Dalton, en El Salvador, estos sí incluidos en la antología. Es obvio que toda crítica lleva un alto porcentaje de lo personal, y lo dicho para Cobo podría ser dicho para cualquier otro, inclusive para quien escribe estas líneas, ya que si tuviera que hacer de antólogo varios de los poetas incluidos por Cobo habrían quedado fuera del libro. Sin embargo, echamos de menos a poetas como Juan Calzadilla, Rafael José Muñoz, Caupolicán Ovalles o Francisco Pérez Perdomo, de Venezuela; a Elvio Romero, del Paraguay; a Mario Benedetti, de Uruguay; a Raúl Gustavo Aguirre, Edgar Bayley, Carlos Latorre, Mario Trejo, Francisco Urondo, de Argentina; a Rogelio Echavarría, Fernando Arbeláez, Héctor Rojas Herazo, Eduardo Cote Lamus, de Colombia; éstos entre los que rápidamente se nos vienen a la memoria. La selección de Cobo es, pues, caprichosa y obedece a determinada proyección estética, y eso es lo que vamos a tratar de ver a continuación.

Uno de los problemas de Cobo es que, a pesar de todos los esfuerzos de individuación, todavía no se ha podido desprender, en parte, de la voz patriarcal y autoritaria de Octavio Paz, dicho esto sin afán de ofender ni restar valor personal a su obra. Sin embargo, algunos de los vicios inherentes a una posición estética y personal que ha asperjado el maestro Paz por América Latina están presentes muchas veces en la actitud de Cobo. Un estilo lúcido, espejeante, entre ensayístico y crítico que se da el lujo de utilizar los ganchos asertivos y didácticos de la academia universitaria para luego despreciarlos con una posición irreverente y personal; una sujeción arquetípica a un personaje literario que condiciona actitudes y visiones (en el caso de Paz podríamos pensar en André Breton); la necesidad de refugiarse en ciertos altares del poder, dando origen a la formación de camarillas o grupos cerrados de amigos, etc.
Ya desde el comienzo del prólogo, Cobo nos coloca dentro de la órbita de Paz, y lastimosamente comprendemos que no será fácil de ahora en adelante desprendernos de este eje de poder y de análisis. Por ejemplo, los niveles semánticos que suscita el inteligente concepto de tradición de la ruptura, aplicado dialécticamente al movimiento hacia adelante y hacia atrás de los procesos literarios, no implican que ésta sea una verdad inmutable, ya que la línea directa y "tradicional" de la ruptura de la tradición sigue tan vigente como siempre. Es decir, que el juego sintáctico amplía y enriquece la visión pero no necesariamente la profundiza. El problema es, pues, de estilo, no de comprensión; y es esto, cuestión de estilo, lo que hace atractivo a Paz, aunado a su capacidad de haber sido un magnífico lector de la literatura universal contemporánea en un mundo de apresurados lectores y semiletrados creadores. Paz, como todo hombre de letras, es discutible y debe ser discutido, su voz no debe ser bíblica, a pesar de que cada vez se acerque más a la tierra prometida.
Es cierto que Paz, ya no como ensayista sino como poeta, es una de las figuras más importantes de la literatura hispanoamericana actual y que frente a su dimensión poética la voz de José Lezama Lima, ese viejo brujo de La Habana, contrasta en movimiento barroco. Sin embargo, tratar de ver las directrices de la poesía hispanoamericana dentro de este marco poético, como es la tendencia del crítico Guillermo Sucre en su libro La máscara, la transparencia, nos parece que cierra apresuradamente toda respiración al hecho poético latinoamericano. Afortunadamente Cobo evita meterse dentro de estas coordenadas críticas y trata de establecer con criterio de apertura las diversas corrientes que han nutrido la poesía latinoamericana. Desde la poesía pura, que destilaba en la palabra gotas de limpia belleza formal y conceptual, hasta los miasmas de las alcantarillas de las grandes ciudades que intentan romper nuestro sistema olfativo y gustativo, el ejercicio de la poesía en América Latina, tierra de opresores internos y externos, ha sido el territorio espiritual de una lucha por la libertad. La tendencia de esta Antología es establecer los puentes de comunicación (y de incomunicación) de esas búsquedas diversas, y en esto es admirable la labor de Cobo. Sin embargo, el esfuerzo se queda a mitad de camino, dando la impresión de que faltara ese salto al vacío que posibilitaría la inclusión de nombres un poco en desentono con el criterio estético oficial poético hispanoamericano.
Ahora bien: dentro de la ubicación crítica que Cobo hace de los poetas vale destacar su visión englobante del ejercicio de la poesía en América Latina desde los albores liberadores de Darío. No obstante, nos confunde un tanto su insistencia en la generación del 27 española y la importancia que ésta tuvo en los poetas contemporáneos o inmediatamente posteriores a ella. Sin negar cuán valiosa fue para los poetas latinoamericanos esta presencia poética española, es peligroso, a nuestro juicio "colombianizar" tan drásticamente todo el panorama hispanoamericano. Quiero decir que si la generación del 27 fue decisiva para los poetas colombianos (y para algunos mexicanos) que empezaron a publicar su obra a fines del 30
y en la década del 40, no lo es en tal medida en otros países latinoamericanos. No vemos esa decisiva presencia, y perdónesenos la ignorancia, en los poetas peruanos, chilenos, argentinos, e inclusive algunos mexicanos de la época. Claro que todos aprovecharon la magnífica lección de los poetas españoles, repito, pero no creo que acomodaran colectivamente su estro poético en esa dirección determinada. La ruptura establecida por Darío y el antihispanismo muy a lo siglo XIX todavía imperaban en algunas capitales de esos años.
No por redundante está por demás decir que la Antología de Cobo se convierte desde ahora en un libro de obligatoria consulta sobre poesía latinoamericana. A un valor más alto no puede aspirar una antología literaria, ya que su objetivo es cumplir con esta función específica. Más aún, la Antología de Cobo mueve inmediatamente a la reflexión, al análisis y, ¿por qué no?, a la polémica constructiva. Alta misión la del poeta:
  generar fuerzas que nos permitan el ejercicio directo de la libertad y la vivencia de la belleza transformada en palabras.

ARMANDO ROMERO