Boletín Cultural y Bibliográfico. Número8,  Volumen XXIII , 1986
 

Excepción a la regla


El federalismo en Antioquia: 1850-1880
Aspectos pol
íticos

Luis Javier Ortiz Mesa
Universidad Nacional dc Colombia, seccional
de Medell
í n, 1985, 119 págs.

La corriente de la historia regional ha venido arrojando frutos que, como éste, demuestran la importancia de fraccionar la investigación del devenir nacional a lo acontecido en los territorios que componían la república en sus primeros años. Este impulso es, por lo demás, una consecuencia directa de la primera etapa de lo que en su momento se llamó "la nueva historia", cuyos logros más ostensibles y publicitados hacían generalizaciones sobre lo nacional desde un ángulo en el que la urgencia de encontrar líneas explicativas globales hacía desdeñar la importancia de hechos que contradecían, o al menos ponían en dificultades, la argumentación central de sus autores.
Así, por ejemplo, Alvaro Tirado Mejía, en sus trabajos sobre la historia del bipartidismo aparecidos en el Manual de historia de Colcultura, o en Colombia hoy, hace hincapié en la hegemonía liberal que vivió el gobierno central entre 1849 y 1885, con los intervalos conservadores de Manuel M. Mallarino y Mariano Ospina Rodríguez entre 1855 y 1861. Así mismo, otros autores, como Gerardo Molina, se han concentrado exclusivamente en las reformas adelantadas por los gobiernos liberales del medio siglo, sin anotar las dificultades que éstas encontraron en ciertas provincias, en las que se gobernó bajo patrones ideológicos muy diferentes.
Dividido en tres capítulos, que comienzan con un detallado y ameno estudio de la revolución conservadora en Antioquia en 1851 —en la que los conservadores movilizaron muchos copartidarios y establecieron un régimen que a duras penas pasó del despertar revolucionario a la derrota en Abejorral y Rionegro—; seguido por un ilustrado análisis de la forma como los conservadores, una vez reconquistado el poder en 1853, se dedicaron a establecer un mecanismo abusivo (o hegemónico, que suena más elegante) de permanencia en el poder mediante las elecciones (completamente controladas); el libro del profesor Luis Javier Ortiz termina con una clasificación de los aspectos políticos y administrativos que distanciaban definitivamente a liberales y conservadores durante el periodo estudiado que, como se verá luego, a la vez plantea y deja por fuera los problemas más polémicos de la obra. Finalmente, la publicación termina con un anexo que lleva el número 7 (?) y que no se menciona en el índice general de la obra.
Alrededor de la historia política del siglo pasado podría decirse que la dificultad reside no tanto en soslayar la importancia de las excepciones regionales a la regla nacional, sino en darle una explicación debida a estas situaciones atípicas. En ese sentido es que me interesa mirar el trabajo de
Luis Javier Ortiz, profesor de la carrera de historia de la seccional de Medellín de la Universidad Nacional.
Se trata, sin lugar a dudas, de una obra en la que los hechos están bien historiados. Sin embargo, al lector más suspicaz le queda flotando la pregunta: ¿Qué condiciones posibilitaron que el Estado de Antioquia fuera contra corriente de la tendencia nacional entre 1849-1880, como para sostener en el poder al grupo de conservadores que en el ámbito regional impusieron una hegemonía absolutamente contraria? A esto podría responderse de manera circular afirmando que el federalismo en Colombia durante el siglo XIX obedeció a la necesidad de encontrar arreglos regionales para la constitución de bloques de poder de las elites locales, que no alcanzaban a formular un proyecto de dominación a escala nacional, como se encuentra, por ejemplo, en el libro de Francisco Leal Buitrago Estado y política en Colombia (caps. II y III). Pero aun así queda sin despejar el interrogante de las causas de las diferencias regionales.
En este sentido, aunque el libro del profesor Ortiz Mesa arroja luz y adelanta terreno en la búsqueda de esas explicaciones, deja un sabor de frustración al no aprovechar el esclarecimiento del contexto regional para enfrentarse a la cuestión más general de proponer tesis sobre la singularidad de la historia política antioqueña. Por ejemplo, ¿qué hacía que un Estado que salió perdedor en las guerras civíles de 1851, 1861 y 1876 sea como dara momentáneamente a los dictados de los triunfadores de la guerra, para reconstituir al poco tiempo, los mecanismos de dominación local de un modo que chocaba frontalmente contra dichas imposiciones? Porque así como se habla de la hegemonía liberal del gobierno central a mediados del siglo pasado, podríamos hacer cuentas de los años transcurridos bajo una no menos férrea y eficaz hegemonía conservadora en Antioquia entre 1853 y 1862, así como entre 1864 y 1877.
El autor da la impresión de encontrar un elemento que tendría gran importancia como factor de cohesión del proyecto conservador en las leyes
contra la vagancia dictadas durante estos períodos, y le dedica buena parte del último capítulo a este tema. Sin embargo, la sugerencia de que dichas leyes habrían estado orientadas a crear una especie de "esclavos blancos", al emplear esa desafortunada conceptualización de Alvaro Restrepo Euse en su Historia de Antioquia, publicada en 1900, impregna él tratamiento del tema de una dosis de desconfianza y exageración.
Desde luego que la aplicación de "penas de concierto" bajo la vigilancia de patrones particulares o estatales implicaba una forma de apropiación del trabajo cuyos efectos sobre la colonización de nuevas zonas para el cultivo del café y la ganadería, o para la realización de las obras públicas que requería el Estado, aceleraba la acumulación de capital de las elites antioqueñas; pero de ahí a concederle seriedad a las palabras de Restrepo Euse cuando afirma que: "Con esta especie de colonos gratuitos, que semejaban esclavos blancos, fueron descuajadas las selvas del río Cauca, y millares de cadáveres fertilizaron este suelo que forma hoy la mejor riqueza de Antioquia", hay mucho trecho. Esta posición es mitigada por la referencia a Roger Brew, quien sostiene, en palabras del autor: "Quienes impulsaron la colonización, en su mayoría propietarios de tierras y comerciantes de la región antioqueña, se proveyeron de mano de obra incluso (el subrayado es mío) a través de las leyes contra la vagancia, de gran aplicación en las décadas del 30 al 70 del siglo XIX" (pág. 89).

Quizás buena parte de la explicación a las leyes contra la vagancia y la hegemonía conservadora en Antioquia durante el periodo del federalismo, resida en el poder y la importancia de la familia. En ese sentido estaríamos a la espera de uno de esos antioqueños guapos y emprendedores que se proponga hacer un análisis de la familia antioqueña en el siglo XIX: fértil, prolija, religiosa, laboriosa, unida, andariega, tradicionalista, cerrada y conservadora; o simplemente mistificada.
En ese sentido el libro de Luis Javier Ortiz resulta ser un buen camino de penetración para elaborar un
directorio de esos Pedro Antonio Restrepo, Rafael María Giraldo, José María Gómez Hoyos, Pedro J. Berrío, Recaredo de Villa, Julián Vásquez, Juan Crisóstomo Uribe, José María Martínez Pardo, Félix de Villa, Marceliano Vélez y tantos otros sobre los cuales deberíamos saber qué hacían, a qué se dedicaban, de dónde derivaban su sustento o cómo habían obtenido sus fortunas cuando no estaban dedicados al honrado arte de la guerra, la conspiración y la política. La participación de cada uno de estos y otros protagonistas de la hegemonía conservadora da la impresión de que el partido conservador en Antioquia ya funcionaba con unas claras organizaciones en las poblaciones, municipios y departamentos del Estado, de modo que los lazos que unían a cada uno de estos niveles de la organización partidista se movían muy eficientemente para perpetuarla dominación o para prepararse para la guerra: conseguir bestias, aperos y hombres; reunir pólvora y piedra de chispa; acopiar lanzas, escopetas y fusiles. En otras palabras, el partido conservador funcionaba como un mecanismo electoral que cumplía con los rituales de la democracia: realizar elecciones, garantizar el funcionamiento de un poder legislativo, organizar la policía y las rentas del Estado; todo ello dejando por fuera a los liberales. Sin embargo, perdía las guerras. Por eso cabría preguntarse por qué tuvo tan poca utilidad para los liberales antioqueños que el gobierno central los apoyara y les diera el triunfo en las guerras de 1851, 1861 y 1877... puesto que la penetración de la ideología conservadora, apoyada y reforzada por la Iglesia y los aguerridos curas párrocos de la época, sumadas a la estructura y característica de la familia antioqueña, volvían a colocar al conservatismo en el poder.
En conclusión, el libro de Luis Javier Ortiz es, a la vez, pionero y abreboca; rescata gran cantidad de información, de la cual necesitábamos los antioqueños y todos los demás interesados en descubrir un pasado político un tanto difuso o pasado por alto en otras obras (F. Safford, Significación de los antioqueños en el desarrollo económico Colombiano, donde se sostiene que los antioqueños no estuvieron muy interesados en la política durante el siglo XIX). Sus fuentes van desde la prensa liberal y conservadora de la época, hasta los registros electorales y oficiales. Además, cuenta con un completo apoyo de las fuentes secundarias más autorizadas. Tal vez lo más importante sea su valor didáctico, aunque desafortunadamente éste tenga que sufrir las ya atávicas limitaciones de una política editorial y comercial sin formulación central y cultural alguna.

JORGE ALBERTO RESTREPO R.