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El
diablo de Riosucio no es el demonio católico
Cantares al Diablo. Aproximación
histórica al
carnaval de Riosucio
Héctor Jaime Montoya Hoyos y otros
(compiladores)
Consejo de Gobierno Departamental y otros,
Manizales, 1985, 131 págs.
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Este libro se presenta como un empeño
gubernamental con un objetivo definido: el intento de registrar la memoría colectiva de
un pueblo para rescatar sus raíces culturales. Así textualmente lo declaran sus seis
compiladores. La publicación refleja cierta angustia en torno a la carencia de
explicaciones satisfactorias sobre el ciclo de leyendas del diablo como figura que con el
tiempo se ha tornado estelar en las fiestas de Riosucio. La angustia es apenas natural en
una sociedad como la caldense, donde la práctica católica ha denunciado al demonio como
ente maligno.
En 1974 Otto Morales Benítez se encargó de reclamar para su pueblo el derecho de
conocer, como diría él, de dónde diablos es que viene su Diablo, a quien él intuye
"metido en la raíz de nuestras vidas". Con acierto aunque dando tumbos, Morales
Benítez, en su llamado, que constituye una de las numerosas contribuciones en el libro,
bien dice que ese diablo no es el diablo católico, destructor y poco inteligente, que se
disfraza de perra para entrar en los conventos". Y tiene razón, porque ese diablo,
al cual él mismo señala como el centro del mundo emocional de la gente de Riosucio,
emergió del grupo de diablitos danzantes, divertidos y simpáticos que repartían
vejigazos a diestra y siniestra en las fiestas antiguas del carnaval riosuceño, muy
semejantes a los diablitos que se han encontrado en diversos lugares de América a donde
llegaron los africanos como esclavos. No obstante, al escritor Javier Ocampo López, en su
libro de 1983 El folclor y los bailes típicos colombianos, le pareció que los de
Riosucio tenían antecedentes indígenas. En el libro Cantares al diablo, fugazmente
se menciona el origen mestizo de la fiesta, mientras que en el canto del poeta José
Trejos, entonado en 1925, se define al diablo de Riosucio como el demonio católico. Para
el autor de ese canto, es Satán, memoria cultural de deidades tempranas de la mítica
occidental como Neptuno, Vulcano, Eros, Cupido y Apolo.
Aquí, hay que reconocer que tanto al mencionado poeta como muchos de quienes se han
interesado en las fiestas de Riosucio seguramente no conocieron o
han desconocido
la dinámica de la historia social y económica del negro en el ámbito de la minería en
esa región. Quiebralomo, que era un real de minas de oro con dueños blancos y
trabajadores negros y mulatos, y La Montaña, que constituía una parcialidad con indios y
mestizos, son el origen de Riosucio. Si bien en La Montaña los indios ejecutaban el Baile
de la Chicha y se enmascaraban para sus juegos, no sabemos con precisión cuáles eran las
expresiones de los negros y de los mulatos en Quiebralomo.
De cualquier modo, el diablo de Riosucio no es el Satán católico. Es cierto que los
navíos europeos llegaron con conquistadores, esclavos africanos, inquisidores y también
con demonios de perfiles medievales y rancios acentos del viejo mundo. Pero también de
las naves españolas se apearon deidades provenientes de culturas africanas que,
habiéndose incrustado inicialmente en las cofradías sevillanas a raíz de su esclavitud
temprana en España, habían logrado entrar desde el siglo XVI en las fiestas del Corpus
Christi. Y con éstas viajaron a América, no sólo como expresión teatral y festiva,
sino como parte del equipaje religioso oculto que trajeron los africanos.
En las cofradías de negros en Sevilla, los esclavos y sus dioses en exilio celebraban los
ritos de hablar los unos con los otros, como en Africa. Además, lo hacían por intermedio
del tambor. Allá también se rendía culto a los antepasados muertos. Y con esas
representaciones fantasmales que lucían como negros o con carátulas litúrgicas
de su propia religión, salieron a danzar en la fiesta eucarística católica. A esas
representaciones empezó a conocérselas como las de los diablitos negros.
Pues bien: en el ámbito de los estudios afroamericanos, serias pesquisas sobre diablos en
América los han descubierto metidos en el disfraz de los demonios católicos, pero con su
propia pantomima y mimo ritual. Aparecen en muchos de los lugares, a donde fueron llevados
los esclavos africanos y sus descendientes, primero en fiestas de Corpus Christi, en las del
6 de enero y en muchas otras.
En esas indagaciones se han ocupado estudiosos como Fernando Ortiz, quien desde 1906, con
su trabajo Los negros brujos, empezó a referirse al diablo afroamericano en sus
análisis de comportamiento del negro cubano. A él le siguieron otros, como Roger
Bastide, quien en 1967 menciona muchos diablitos semejantes a los de Riosucio, en su libro
sobre Las Américas negras. Ricardo Alegría, en 1954, los describe en su
publicación Lafiesta de Santiago apóstol en la aldea de Loíza, en Puerto Rico,
dando vejigazos como los de Riosucio, acomienzos del siglo XX.
Pero
también están los diablitos de Yare, en Venezuela, citados por Angelina PollakEltz, en
1983, o los de Lima, en el Son de los Diablos, danzando el domingo después de la pascua
de resurrección.
En Colombia esos diablitos han aparecido gozosos en fiestas de Corpus Christi y de
carnaval en Ciénaga, Mompox, Valledupar y Barranquilla. Con todo, el libro Cantares al
Diablo no alude a ninguna de estas tradiciones o de esos estudios. Avergonzarse de la
cultura negra es, a todas luces, más corriente que avergonzarse de la cultura aborigen.
Resulta más fácil actualmente aceptar la ascendencia india que la negra, especialmente
en determinadas regiones del país. Ello, naturalmente, retrae los esfuerzos de
afirmación cultural regional, particularmente cuando estos reclamos se basan en el realce
de valores auténticos.
En el estado actual de los estudios de la cultura en América, Cantares al Diablo podría
considerarse como una publicación fuera del tiempo, inexplicablemente desconectada de las
fuentes del conocimiento contemporáneo y de cualquier corriente de explicación o de
divulgación de hechos similares en Colombia. No obstante, tiene la cualidad de reunir con
ingenuidad materiales que serán útiles para el análisis local de una fiesta
carnavalesca y del singular proceso que en Riosucio eligió al diablo como una figura
simbólica de la identidad cultural del departamento de Caldas.
Claro que los compiladores explican que, en su empeño de registro de la memoria
colectiva, la metodología empleada fue empírica, "dentro de la técnica de la
historia oral". Sin embargo, aclaran que se trataba de rescatar las raíces de una
celebración representativa "de lo más importante de la cultura regional
caldense". Tenían entonces conciencia de la importancia de su empresa. No obstante,
para rescatar raíces hay que llegar hasta ellas con algo más que patriotismo y
empirismo. Dentro de ese propósito, Cantares al Diablo y sus compiladores se
fueron apenas por las ramas.
NINA S. DE FRIEDEMANN
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