Boletín Cultural y Bibliográfico. Número8,  Volumen XXIII , 1986
 

Democracia bipartidista: el caso colombiano


The dinamica of colombian two-party democracy:
and historical analysis

James Carl Powers
University Microfilm International, Ann Arbor,
Michigan, 1979, 350 págs.

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Esta disertación retorna un supuesto funcional de la teoría política, planteando que el sistema bipartidista demuestra una capacidad superior a la del sistema multipartidista para preservar el orden democrático (pág. IV). Luego de reconocer las vicisitudes que ha tenido esta proposición, convirtiéndose en una especie de "cuestión de fe", la disertación intenta determinar hasta dónde la sostiene o la refuta la historia del sistema de partidos colombiano. Hay que recordar cómo el análisis político desarrolla en torno al hecho partidista un enfoque del estudio general del poder, y que la visión sistémica se organiza con base en el objetivado marco de referencia de las democracias liberales. El método utiliza fundamentalmente los modelos eastonianos de insumos (demandas)-productos (decisiones) en la estructura, y consenso-conflicto en los procesos componentes del fenómeno político.
La disertación no discute entonces la categorización conocida de mono, bi, o multipartidismo como referencia unidimensional al objeto, factor este que convierte al esquema clasificatorio popularizado por Maurice Duverger en una variable peligrosa, por lo limitada, para intentar explicar o predecir la situación política de un Estado.
Por otra parte, incluso limitándose al panorama funcional, la disertación se circunscribe a justificar pragmáticamente y a evaluar el alcance terapeútico del sistema de partidos, llegando en su conclusión a advertir la necesidad de gran precaución por parte de los ingenieros políticos que prescriben el sistema bipartidista como cura parcial para los países subdesarrollados que sufren de los males de inestabilidad democrática. Al centrarse en ese propósito queda marginal o totalmente sin considerar otros impactos funcionales, como "la contribución de los sistemas de partidos a la viabilidad y funcionamiento efectivo de otras estructuras, incluyendo el sistema político en su totalidad", lo que para el caso colombiano significa interrogarse sobre qué permitiría, por ejemplo, afirmar que el bipartidismo pueda llegar a formar parte de los hábitos de esta sociedad.

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El objetivo, entonces, se reduce a un estudio político comparado, tomando la historia de los dos partidos tradicionales colombianos, delimitada desde su gestación hasta 1953, esto en razón a que "el acuerdo bipartidista para compartir el poder político retardó la reanudación de la competición bipartidista hasta 1974" (pág. 4). Gravitando tal historia de relaciones entre partidos, se consideran tres aspectos fundamentalmente: la relación entre ese sistema de partidos y el sistema electoral (factor determinante), hasta qué punto el sistema bipartidista hizo o no estable la democracia colombiana, y el surgimiento y declinación de las opciones tercerpartidistas, faccionalistas y coalicionistas.
En conjunto este sesgo metodológico plantea serios interrogantes, ya que por una parte intenta compaginar historia política con política comparada, lo que no resulta necesariamente en historia política comparada, siendo la dificultad para ello compaginar la visión sistémica (diacrónica) con la metodología de la historia. Además, al tomar como idea básica el modelo consenso-conflicto, incurre en un epicentrismo semejante al de algunos estudios sobre personajes de la historia política nacional, en los que el método deja anónimos multiples procesos paralelos (subterráneos o no), reduciendo significativamente la fuerza explicativa del estudio.
Pero pedir algo distinto es desconocer las parcelaciones propias de los métodos de historiógrafos y politólogos norteamericanos, para quienes, como James Power lo reconoce, "la democracia bipartidista siempre ha disfrutado de un estatus especial" (pág. 1). Además, ante la escasez de democracias bipartidistas (se cita a Robert Dahl y su hallazgo de ocho casos en 1966 [pág. 28]), el estudio de Colombia adquiere significación, por cuanto permite establecer bajo qué condiciones la efectividad del sistema bipartidista para manejar el conflicto es limitada.
Resumiendo el planteamiento comparativo de este análisis, busca sopesar cómo en Colombia la competición partidista se convirtió en un medio para la expresión de las demandas en conflicto y por esta razón los partidos desempeñaron un papel importante en la moderación y resolución del conflicto. En el capítulo 1, donde se presenta el enfoque, se aclaran los dos elementos relevantes del modelo: el primero es la condicionalidad que conlleva el estilo de los participantes en el conflicto, y el segundo la conversión del partido político en la más efectiva institución que actúa como mecanismo capaz de confinar el conflicto a niveles moderados. Consecuente con esta tipificación, la exposición organizada en dos partes (1820-1900 y 1900-1953) aborda el papel del partido y el estilo, de los participantes respectivamente: "analiza el esfuerzo de algunos líderes colombianos por alterar esta dinámica con la esperanza de terminar el ciclo de violencia e intolerancia partidista que ha venido a ser una parte establecida del proceso político del país" (pág. 3). Con relación a los partidos, los ejemplos del caso colombiano ilustran cómo se repiten intentos de moderación de demandas, agregación de demandas y la puesta en práctica de medidas políticas. Hubo moderación de demandas cuando Laureano Gómez y otros líderes conservadores comenzaron a reincorporar a los jóvenes derechistas dentro del partido conservador, con el ofrecimiento de incluir el punto del corporativismo en el nuevo programa de 1939. Hubo agregación de demandas cuando "para mantener la unidad del partido una cortina de silencio fue colocada sobre las principales diferencias separadoras de gólgotas y draconianos", como Power explica refinendose al "vacío y banal" programa de Ezequiel Rojas en 1848 (pág. 63). También ocurrió con la convención liberal de 1922 en la que Benjamín Herrera alcanzó finalmente una influencia para minar el naciente partido socialista, a través de "propósitos políticos que eran respuestas parciales a las demandas de los obreros" (pág. 184). La puesta en práctica de medidas políticas reflejaría el éxito del partido liberal durante los años treinta. En relación con el estilo es notoria la caracterización de los principales líderes políticos colombianos de este siglo según su moderación (un López Pumarejo, un Herrera, un Santos, un Ospina Pérez) o inmoderación (un Reyes, un Uribe Uribe, un Gaitán, un Aizate Avendafto) entendiendo esta calificación como "ciertas disposiciones de los participantes en la disputa" (Lapalombara, J., Politics within nations, Prentice Hall N. J., 1974, (págs. 541-543).
Sin embargo, el modelo se queda corto, ya que en la historia colombiana se halla una asociación anormal entre democracia bipartidista y violencia política, o, en otras palabras, un fracaso de la democracia bipartidista en mantener la estabilidad democrática, lo que lleva a tomar en cuenta factores distintos de las diferencias ideológicas (concebidas como núcleo del conflicto) para explicar tal asociación.
Volviendo al modelo antes mencionado, el caso colombiano permite arribar a las siguientes conclusiones:
1. Con relación al origen de los terceros partidos, se confirma la hipótesis de que los sistemas bipartidistas son expertos en prevenir la adquisición (para aquellos) de apoyo electoral significativo (v.g., movimiento republicano, partido comunista, Unir, comando nacional). Se hallan tres razones principales para la continuidad de esta hegemonía bipartidista: fuertes lealtades tradicionales de partido, existentes a lo largo del país y resultado de la violencia interiorizada; derivada de la anterior, la verificación práctica de que los dos partidos tradicionales han sido los únicos contendores posibilitados realmente para ganar el poder, y un apoyo electoral producto de estructuras clientelistas, especialmente en zonas rurales, estructura decimónónica que ha encontrado patrones de apoyo, incluso violentos, cuando los terceros partidos han intentado reproducirla.
2. Con referencia a la relación bipartidismo excluyente-estabilidad política, la verificación de que lo primero no ha contribuido a la segunda. La cooptación de los terceros partidos ha sido sólo parcialmente exitosa (v.g., partidos tradicionales entre 1930-1953).
3. Con relación a la agregación de demandas como mecanismo de resolución de los conflictos y mantenimiento de la estabilidad política, se establece su fracaso, mediado por el intenso faccionalismo que ha caracterizado el sistema político colombiano. El fracaso ha sido el producto de la naturaleza clientelista de la relación votante-partido (especialmente en zonas rurales) que falsea la aseveración referente a la racionalidad del votante, es decir, su actuación centrada en las orientaciones y no en los "favores", y como factor complementario la permanente presencia del fraude y la intimidación en el sistema electoral.
4. Finalmente respecto a las relaciones entre los dos partidos y la masa flotante, localizada en el centro del espectro ideológico que llevaría a la moderación del estilo del conflicto al hacer semejantes los programas, la conclusión señala lo dudoso en creer que la polarización política (condición frecuente en el caso colombiano) fuera producto de conflicto ideológico. Por una parte, ni las propuestas socialdemocráticas de los Nuevos (liberales de la década del 20), ni las posiciones antidemocráticas de los jóvenes derechistas conservadores en 1935, ni el tradicionalismo elitista de Laureano Gómez correspondieron temporalmente con los más álgidos períodos de violencia partidista. Al contrario, las persecuciones ocurrieron al iniciarse gobiernos bipartidistas o de coalición dirigidos por jefes políticos reformistas (Alfonso López en 1934) o moderados (Ospina Pérez en 1946). Por otra parte, contra lo que pudiera esperarse, las divergencias ideológicas más acentuadas se dieron dentro de cada partido antes que entre ambos. Leves diferencias en los programas de 1850, y luego virtual identidad en los puntos de vista de liberales y conservadores moderados. Tampoco fue geográficamente comparable el ámbito de mayores diferencias ideológicas (las ciudades), con el de violencia política (el campo).
Luego, en síntesis, se concluye, con relación a Colombia, que las diferencias ideológicas cumplen solamente un papel secundario en el desencadenamiento de la conjunción trágica, y que otras causas más significativas, (lealtades y odios interiorizados, estructura clientelista, atmósfera de estancamiento económico rural, liderazgo político personalista, utilitario de estos factores con fines de poder y prestigio individual) condujeron a la inestabilidad política, ante la cual el sistema bipartidista lo que hizo fue estimular el desorden, intensificando conflictos que eran en sí mismos relativamente menores. La implicación de estos hallazgos en términos de "ingeniería política" es desaconsejar la presencia de un sistema bipartidista en un país subdesarrollado, ya que, como este caso lo ejemplifica, en realidad hace fracasar el desenvolvimiento de una democracia estable.
Queda a juicio del lector actualizar de 1974 a 1986 esta perspectiva de estudio comparado de los sistemas bipartidistas...

ERNESTO RAMIREZ