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Cinismo
y
contradicción
El Divino
Gustavo Alvarez Gardeazabal
Plaza y Janés, Bogotá, 1986, 233 págs.
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No creo que siempre fuera
cínico el narrador vallecaucano Gustavo Alvarez Gardeazábal. Esas primeras novelas que
hoy día constituyen el llamado Ciclo de Tuluá (el que arranca con La tara del Papa, que
incluye Cóndores no entierran todos los días, La boba y el Buda y Dabeiba, y
que termina con El bazar de los idiotas), al distar de revelar una visión del
mundo ingenua, participan de un impulso reformador que lleva por lo menos un vestigio de
esperanzada inocencia. No es hasta los últimos de los años setenta, en El titiritero,
y comienzos de los ochenta, en Los míos, cuando presenciamos la elisión del
conocido grito de protesta con una nueva nota de cansancio. Tal vez este monstruo de la
corrupción individual y la petrificación institucional sea demasiado gigantesco, aun
para los esfuerzos hercúleos de este escritor de energías
inagotables. En Pepe Botellas, un tour de force de autoconciencia literaria
e ironía cosmopolita, Gardeazábal hace lo que nunca hizo antes: no sólo retrata el
triufo político de un demagogo de primer orden, criticando así tanto al oportunista como
al crédulo pueblo que es campo fértil para tales flores de charlatanería; crea también
un narrador envidioso y envilecido que mata al protagonista. Este asesinato permite luego
la publicación del libro que el lector tiene entre las manos. Parece, pues, que la única
solución al problema de la explotación de la ignorancia del público elector es la
explotación comercial del público lector (dentro de la ficción, se entiende). La
cosmovición profundamente amargada implícita en este desenlace pone el escenario para El
Divino.
El Divino es la historia de un encuentro. Relata el regreso de Mauricio Quintero, una
figura poderosa en el inframundo de las drogas, a su pueblo natal de Ricaurte, del que es
tanto el orgullo como el benefactor principal. Allí participa en su fiesta anual el honor
de El Divino, un retrato milagroso del Ecce Homo. Apodado "Piernas de Oro" (las
que se suman a tres) y el Rey Midas, cuando no "el divino Mauro" todas
alusiones a su riqueza material y a sus atributos físicos extraordinarios Quintero
vuelve a casa motivado principalmente por la nostalgia. Quiere pasarlo bien y regodearse
en la gloria de su poder recién adquirido. Y tal vez desea buscar una parte de sí mismo
(su libertad y la confianza de sus amigos, entre otros aspectos) que perdió al alcanzar
la celebridad y el pináculo del poder ilícito. Para algunos de los tradicionalistas de
Ricaurte, como la beata Brunilda Borja y el cocinero Cipriano, la aparición del capo
di mafia homosexual precipita una grave preocupación. Representa un indiscutible
decaimiento moral en la sociedad contemporánea. Los que se inclinan por otro ángulo,
como el indio ecuatoriano Héctor Aquiles, la consideran un pretexto para alegrarse, ya
que el mafioso trae abundantes oportunidades de provecho personal. Tanto el peluquero
amanerado Eurípides como la madura pero todavía concupiscente Ceres Borja ven en Mauro
la posibilidad de una desaforada parranda orgiástica. Y para el desgraciado hijo de
Cipriano su presencia significa el rechazo, la depresión y, últimamente, la muerte.
Aunque está poblada de numerosos personajes secundarios y terciarios que constituyen una
intricada telaraña de alianzas y resentimientos parroquiales, la obra en esencia
representa el encuentro antagónico entre la reliquia religiosa designada en el título y
su contraparte seglar, de letra minúscula.
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El resultado de esta
confrontación entre el viejo orden oligárquico, con su influencia comprada, su dominio
de la cultura y su solemne orgullo, y esta fuerza insólita sin pedigrí ni respeto por
las apariencias (pero igualmente diestra en el manejo del poder), se manifiesta en las
citas siguientes: "Los valores y los principios ya no existen en este mundo sino para
ser usados cuando se requieren o para ser olvidados cuando se necesita" (pág. 203);
y "Nosotros estamos salvados es [sic] porque hemos aprendido a manejar y administrar
la corrupción. El día que la dejemos desbocar o la suprimamos del todo, ese día nos
jodemos"
(pág. 220). O sea, dentro de un contexto de corrupción que ya se da por inevitable (los
ejemplos que se presentan en la novela abarcan las relaciones matrimoniales y raciales,
las elecciones, la policía y el ejército), no hay posibilidad de escoger entre el bien y
el mal, ni siquiera en términos relativos. Lo único que queda es la ciencia
maquiavélica de la supervivencia política. Escoge tu partido, hermano, y escoge bien, ya
que la época de los mártires glorificados sólo queda en los panfletos religiosos. Y
huelga decir que no estamos hablando de la Violencia convencional entre conservadores y
liberales, donde las líneas divisorias están más o menos claras. Los equipos mafiosos
no juegan según las reglas aceptadas. Infiltran, corroen y subvierten la tela de la
sociedad, fomentando la guerrilla, el terror y los secuestros, mirando la ética del
trabajo productivo y polarizando a la población. Los cambios que promete el régimen del
narcotraficante carismático representados por el ventarrón omnipresente en el
trasfondo de cada escena incluyen un poco menos de hipocresía (no pretenden ofrecer
salvación más allá de este mundo), un aprecio abierto para todas las formas de la
voluptuosidad y cierta seguridad para los protegidos (pero sólo mientras se mantenga en
su posición de liderazgo). Pero de reforma básica, igualitaria y democrática, nada. La
incorporación de este nuevo ingrediente en la olla podrida nacional se caracteriza como
una distinción que no aporta diferencia alguna.
Más que el divino Mauro mismo, el personaje que mejor encarna las contradicciones que
conducen a tal estado de cinismo es Ceres Borja, la más hierática y lujuriosa de las
cinco hermanas solteronas. Tan orgullosa de haber probado todos los jóvenes del pueblo,
desde el fin de la segunda guerra mundial, como de ser la lectora más asidua del pueblo,
esta confesada bruja ni siquiera permite que su hermana la tutee. Cuando se le pregunta
por qué las Borjas ocupan un lugar privilegiado en la ritualística procesión de El
Divino, la respuesta constante de Ceres es que "las Borjas somos así", como si
hubiera una esencia trascendental que distinguiera esta familia oligárquica del resto de
la humanidad. No es tan altanera, sin embargo, como para no entender la necesidad de
cooperar con las fuerzas del rey de los traficantes; incluso participa en el encubrimiento
de la naturaleza verdadera del asesinato del hijo de Cipriano. Si tiene que asimilar a los
intrusos para mantenerse en su posición ventajosa, está dispuesta a hacerlo. Así ha
ocurrido ya con Mauro, y vuelve a ocurrir con el cholo Héctor Aquiles delante de los ojos
del lector. Ceres es, entonces, el ser nacional, la síntesis que resulta del choque entre
la herencia colonial (la Iglesia, los latifundios y la alta cultura, en liga invisible hoy
día con las multinacionales) y la riqueza instantánea que amenaza desestabilizar esa
estructura tradicional.
Si las intrigas sexuales y políticas de Ceres evocan la imagen de su supuesta antepasada
Lucrecia Borgia, su avidez como lectora alude a otro tocayo, Jorge Luis Borges, cuyos
versos figuran en el epígrafe de la novela. Tal vez más conocido como escéptico que
como cínico, Borges en este caso canta que "Lo supo en aquel momento! en que
¡centraba la herida! Se dijo no tuve miedo! cuando lo dejó la vida". La
conexión inmediata entre la valentía de la muerte en el poema y las dos muertes en la
novela (las del hijo de Cipriano y de Cristo) se invalida por ser ala vez demasiado obvia
e insuficientemente sobria. Más fiel al espíritu de El Divino es la explicación
de que el que muere miedoso y el que no, muertos están. Lo que puede tomarse por una
dignificación del sacrificio de un efebo contemporáneo realmente señala la vanidad del
martirio en si, por inevitable que sea.
Ante un trasfondo temático tan malsano, lo que se nos ofrece a la manera de antídoto
recreativo es una elaborada técnica narrativa. Además de muchos capítulos en forma de
diálogo ameno y cotidiano (lo cual no tiene antecedente alguno en la novelística del
autor), Gardeazábal ha utilizado el monólogo para lograr una amplia variedad de fines.
Bien sea por los soliloquios videntes que celebra Ceres ante su espejo (que a veces es un
libro de apuntes), las calumniosas entregas en el diario de Brunilda, los reconcentrados
cálculos biorrítmicos de Ebelina o las fervientes oraciones de Cipriano; el monólogo
constantemente hace el papel doble de proporcionar una multiplicidad de perspectivas
espaciales sobre un mismo fenómeno y de prestar diversidad estilística al texto. En esta
conexión, el experimento con la yuxtaposición de la retórica de la beatitud con la de
la concupiscencia resulta particularmente eficaz.
En conjunción íntima con la lubricidad de sus contenidos, la novela traza la estructura
de una extensa danza coital. Es una Bildungsroman centrípeta que gira y se
retuerce, succionando hacia su centro personajes de lejanos tiempos y espacios, hasta
alcanzar su clímax, que es doblemente inscrito por la coincidencia de la eyaculación y
el homicidio. La imposición de una forma circular se refuerza con la descripción del
rostro del Ecce Homo nuevo el asesinado hijo de Cipriano, quien tiene que beber su
propia sangre! semen. Retrato de un circuito cerrado parecido al de la eterna
serpiente del mito del Uruboros, la que muerde su propia cola, este introito anuncia
el cumplimiento! comienzo de otro ciclo de seducción y violencia.
La repetición y el desdoblamiento, una vez admitidos, abundan en muchos niveles
textuales. Si Mauro provee la respuesta contemporánea al retrato venerado, Ceres es una
contestación hembra y heterosexual al mismo Mauro. Todos los personajes, en efecto,
habitan una dimensión mítica en que repiten las agonías de figuras arquetípicas. La
relación con el mito queda, desde luego, atenuada, ya que estos personajes homónimos de
dioses clásicos y figuras históricas participan muy poco de lo celestial o de lo
heroico. Grandilocuencia y majestad épicas aquí se supeditan a habladurías de tertulia
sobre quién mancha las sábanas de quién más. El subtexto mítico, como objeto de
parodia y travestismo, sufre por lo tanto una inversión carnavalesca. Un ejemplo
destacado de intertextualidad se encuentra en las brisas turbulentas, Leitmotiv en El
Divino que ya señalamos como los vientos del cambio inminente. Su forma de vorágine,
el evocar la imagen lapidaria de la gran novela de Rivera, duplica la figura de embudo de
la estructura narrativa y el movimiento general desde fuera hacia dentro de este texto. Es
en muchos sentidos un texto muy refinado desde un punto de vista estrictamente estético.
Pero no ha habido cuestión sobre el virtuosismo técnico de Gardeazábal desde que lo
probó con El titiritero y, de manera aun más espectacular, con Pepe Botellas. Estos
recursos pueden deslumbrarnos o distraernos de ciertos problemas existenciales que la
novela evoca y luego deja pendientes. Pero cuando recuperamos nuestro aplomo todavía
quedan sin resolución. Por un lado la novela pretende proyectar una vision global
los episodios en el ultramar extienden el enfoque mucho más allá de la región de
la acción central pero por otro lado la belleza superficial del divino Mauro (la
cual debe encariñarlo con el lector) enmascara un imperio que se basa en la esclavitud de
incontables jóvenes de los países desarrollados. La falsedad de esa
"solución" al problema del estancamiento nacional y la correspondiente
estrechez de visión de la obra, se ven a las claras cuando se escudriña la figura
idealizada del jefe de los toxicómanos. Nadie se mantiene tan bello abusando de su cuerpo
(y no me refiero aquí al sexo) como lo hace Mauro. Esta última inconsistencia una
falta fundamental de verosimilitud con el corazón mismo de El Divino es lo
que Gustavo Alvarez Gardeazábal no puede o, en su reciente y mal ajustado cinismo, no
quiere ver.
JONATHAN TITTLER
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