La batalla de las versiones narrativas
TOMAS ELOY MARTINEZ
*
Ilustraciones: Jorge Cortés
LO IMAGINARIO Y LA HISTORIA EN LAS
NOVELAS DE LOS AÑOS 70
CUANDO
el poder imperial español
prohibió la imaginación, a mediados del siglo XVI, ciertas historias, crónicas y
relaciones de América se convirtieron en vehículos de lo imaginario. El poder no
admitía que los nuevos cristianos fueran capaces de discernir entre fábula y verdad, y
temía que las mentiras de las fábulas resquebrajaran el aún frágil edificio de la fe.
Sólo las verdades absolutas podían ser escritas y leídas, entendiendo por verdad la
historia en el sentido ciceroniano ("testigo de los tiempos, maestra de la
vida"), o las reflexiones y alabanzas que se ajustaban a la doctrina de la Santa
Madre Iglesia. La verdad, como el poder, eran emanaciones de Dios: una y otro se
confirmaban mutuamente.
Sin embargo, por los poros de la
crónica y la historia fue infiltrándose la imaginación, y ciertos ramalazos de esa
imaginación son ahora partes de la historia oficial: es decir, escrituras de la verdad,
realidades canónicas incorporadas al corpus de nuestro pasado. El no ser, el puede ser,
el debiera ser, quedaron allí congelados en un ya inquebrantable fue: aquello fue.
Las luchas entre la
escritura y el poder se han librado siempre en el campo de la historia. Es el poder el que
escribe la historia, afirma un viejo lugar común. Pero el poder sólo puede escribir la
historia cuando ejerce control sobre quien ejecuta la escritura, cuando tiene completa
majestad sobre su conciencia.
Ya el filósofo inglés
R. G. Collingwood había subrayado en 1936 que sólo lo que se escribe es histórico. Y
que aun lo escrito una vez, si no continúa escribiéndose infinitamente, pierde su valor
documental. Una nota al pie de página puede convertirse en un libro, o en muchos libros.
Y a la inversa, un acontecimiento magno de autenticidad segura, como la invención de la
rueda o el hallazgo del fuego, terminan siendo míticos, pues nadie los registró por
escrito.
Sólo lo que está
escrito permanece, sólo lo que está escrito es: cuando esta posibilidad queda al
descubierto, la novela advierte que tiene un arma poderosa entre las manos. Lo escrito,
fábula o historia, es la versión última (pero no la definitiva) de la realidad.
En el siglo XIX, aquejado
de cierta omnipotencia, el novelista se afanó por reconstruir minuciosamente toda brizna
de la realidad, por reemplazar a Dios en la creación del mundo. Mario Vargas Llosa,
epígono de la novela del siglo pasado, ha caracterizado en su prólogo a Tirante el
blanco a esa "estirpe de suplantadores de Dios que pretenden crear en sus novelas
una realidad total".
Y ha citado los ejemplos
de Fielding, Balzac, Dickens, Flaubert, Tolstói, Joyce, Faulkner. Podríamos añadir a
Galdós en nuestra lengua, y en nuestro ámbito cultural a Machado de Assis.
La apuesta de las novelas
que vamos a considerar es
todavía más osada: no se trata ya de recrear el mundo,
ni tan siquiera, como pretendía la llamada literatura comprometida, de transformarlo
revolucionariamente mediante la palabra. La apuesta reside en cambiar la memoria de los
hombres: en demostrar que todo lo que recordamos, y aun todo lo que somos, nunca es de una
sola manera. Que la verdad no es una ni mucho menos absoluta, sino frágil y con
innumerables facetas, como los ojos de la mosca.
|
|
|
|
|
|
Antes de observar de
cerca ese fenómeno, les propongo retroceder. Fue el poder el que advirtió primero (hablo
del poder político, del poder religioso) el extraño privilegio que la escritura tenía
de hacer y deshacer la memoria, es decir, la realidad del pasado. En los sermones
medievales, por ejemplo, se insistía en citar la autoridad de lo escripto para
acentuar la fe de un público iletrado que asignaba valor mágico a la palabra escrita.
Era frecuente y hasta digno de alabanza falsificar documentos y pruebas de milagros en
sustitución de documentos perdidos o en apoyo de creencias arraigadas. No había en la
Edad Media la menor incongruencia entre componer un poema devoto y propagar un fraude.
Para Berceo, ambas eran vertientes de una sola obligación. Recuérdese que, hacia 1245,
estuvo (Berceo) involucrado en la falsificación del documento de los votos de San
Millán, con los que se logró hacer pagar a su monasterio (de San Millán) un tributo
anual por parte de todos los pueblos de Castilla y algunos de Navarra.
Desde el segundo decenio
del siglo XVI, y estimulado por los dictámenes de Juan Luis Vives, quien condenaba toda
forma de invención, el poder imperial advirtió las erosiones que lo imaginario podía
imponer a la homogeneidad de la fe cristiana. Cuatro años antes de su muerte, Carlos I
emitió desde el monasterio de Yuste un edicto que prohibía en América la lectura de
"libros de romances de materias profanas y fabulosas ansi como son libros de Amadís
y otros desta calidad de mentirosas ystorias". Ya se sabe que, a pesar de la
prohibición, la novela se abrió paso en las nuevas tierras. Las listas de embarque de
los galeones españoles dan cuenta del ingreso de libros de caballerías, Quijotes y
novelas pastoriles a través de los puertos de México, Perú y Nueva Granada. También se
sabe que América produjo sus propias novelas, si bien sometiendo la imaginación a los
códigos del ascetismo cristiano. Basten, como ejemplos, el Claribalte de Gonzalo
Fernández de Oviedo (1519); Siglo de Oro en las selvas de Erífile, fábula
pastoril que Bernardo de Balbuena publicó en 1608, y Los sirgueros de la Virgen (1620)
del mexicano Francisco Bramón, todas novelas anteriores a El periquillo sarniento.
Menos conocido es
que, saltando sobre las férreas armaduras de los géneros, algunos de los mejores
cronistas de Indias incorporaron lo imaginario a textos que se postulaban, desde sus
mismos títulos, como reflejos celosos de la realidad. No hablo ya de las apariciones del
apóstol Santiago en las batallas narradas por Bernal Díaz del Castillo y por el Inca
Garcilaso, porque tales licencias no eran inusuales. Me refiero a las curaciones
chamánicas, a las resurrecciones y a los árboles ardientes que confirieron fama de santo
a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, y que se consignan en su libro de Naufragios (1542) con
la advertencia de que todo ello fue escrito "con tanta certinidad"; me refiero
también, para citar sólo un ejemplo más, a las batallas de guerreros solitarios y
desarmados contra ejércitos infinitos, y a las versiones interminablemente confirmadas y
desmentidas por el capitán Felipe de Utre sobre el país del Dorado, hasta que por fin,
cuando lo tiene ante sus ojos, no sabe si es o no es ilusorio: todo lo cual se encuentra
en la admirable Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela (1723)
de José de Oviedo y Baños, canto del cisne del barroco americano.
Aun aferrándonos a las
leyes de los géneros, ¿cómo no admitir que estas crónicas están sembradas de saltos
hacia lo imaginario, de fermentos de novelas, de violaciones de la historia? Novela, ha
escrito Philippe Léjeune en Le pacte autobiographique, es sinónimo de ficción,
pero también de escritura literaria: voluntad de escritura ficticia, por oposición a la
chatura del documento, al grado cero del testimonio.
|
|
|
|
|
Esa apropiación de la
memoria suelta o perdida es ya, en los cronistas de Indias, un rasgo de modernidad que
reaparecerá en lo que podríamos llamar la novela histórica de los años setenta. Quien
da en la tecla de esa batalla entre poder y escritura es Gilles Deleuze en Proust et
les signes: el tiempo pasado o el perdido, dice Deleuze, es un tiempo de alguien,
tuyo, mío, del primero que apoya sobre él la marca de su memoria o la de su lenguaje. La
memoria no existe sin un sujeto que la posee, pero tampoco permanece sin un sujeto que la
escribe. Los cronistas de Indias percibieron el riesgo antes que nadie: toda escritura,
desde el momento en que es, ya es pasado. Recuérdese lo que hizo Bernal Díaz: corrigió,
en su versión de la historia, la versión previa de Francisco López de Gómara; compuso
un segundo juego de verdades. Hasta el momento en que Gómara cuenta los sucesos de
Indias, no mediaba entre la aventura de la conquista y la narración de esa aventura otro
lenguaje que el de la memoria; con Bernal Díaz, la narración queda mediatizada por las
historias que otros han escrito antes que él: Gómara en particular. Pero todo es
renovable, revisable, ajustable. También la historia fluye: hasta la historia de un
momento único sigue fluyendo, se resiste a ser siempre la misma.
Ya Nietzsche había
advertido que la historia sólo es efectiva en la medida en que introduce lo discontinuo
en nosotros, en que nos descongela de la verdad, en la medida en que nos revela
inestables, novelizables, criaturas por donde se cuela lo imprevisible. Así, la historia
es una ficción que permite vislumbrar (pero no ver) la verdad, una fulgurante violencia
narrativa que convierte la fuerza de lo escrito en fuerza de la naturaleza, el pasado en
futuro, la memoria en acontecimiento.
Es en ese leve, lento
proceso transfigurador de la palabra imaginaria en palabra histórica, y de la palabra
histórica en poder que obliga a la realidad a tomar conciencia de sí misma, donde
confluyen las crónicas de Indias y las grandes novelas contemporáneas de América
Latina.
Al señalar esa
confluencia no propongo una idea nueva. En cierto modo, ya el tema empezó a insinuarse en
el coloquio sobre historia y ficción organizado por la Universidad de Yale en marzo de
1979. En el prólogo al coloquio, Roberto González Echevarría señala:
los escritores modernos
han regresado a las fuentes coloniales para
investirlas con una calidad literaria e iniciadora [...] La narrativa
latinoamericana ha buscado con frecuencia sus orígenes, ha creado
sus orígenes a partir de las crónicas (de Indias)
[...]
A partir de la vanguardia, la novela va a
asumir una forma radicalmente
crítica ante la historia y ante cómo narrarla. En vez de la postura
"científica"
de la novela del XIX, que supone un observador privilegiado que mira desde
fuera el mundo que describe con un instrumental científico e ideológico
neutro, más allá de todo cuestionamiento, la novela más próxima ahora a
la filosofla y al mito pondrá en tela de juicio precisamente las vehículos de
pensamiento y observación y verá la historia presente en el mismo plano que
la pretérita. (Historia y ficción en la narrativa hispanoamericana, Caracas, Monte
Avila Editores, 1984, págs. 10-11).
Retengamos dos aspectos
de la postulación de González Echevarría. Por un lado, alude a un abandono de la
postura científica del realismo del siglo pasado, según la cual el novelista es un
observador privilegiado que mira el mundo desde fuera, en actitud de aparente y esforzada
neutralidad. Esa neutralidad es la atalaya donde se sitúa deliberadamente Mario Vargas
Llosa para componer La guerra del fin del mundo, imponiendo a cada bando en pugna y
a cada personaje un sistema de claroscuros, pero el plan entero de la novela está
sostenido por un rechazo del fanatismo y un horror ante los dogmas, lo cual es, en sí,
una toma de partido ideológica, una renuncia a la neutralidad.
Pero, como se sabe, no
hay texto sin ideología. Ya Terry Eagleton, en su Criticism and Ideo logy (Londres,
NLB, 1976, págs. 72-75), subraya que ni el texto literario con su ilusión de libertad ni
el texto historiográfico con su ilusión de objetividad dejan de ser gobernados por esa
presión ideológica que sobre ellos ejerce cada meridiano de la realidad (una realidad
que, pues sucede en el tiempo, es fatalmente histórica).
La otra
observación de González Echevarría es correcta: al acercarse a la historia, la novela
latinoamericana se acerca también a la filosofía y al mito, y usa, como los cronistas de
Indias, toda la panoplia del conocimiento para reconocer su realidad. A unos y a otros no
les importa ya que tales conocimientos sean los de la tradición nacional. Se apropian de
ellos, de donde quiera provengan. Reflexionemos un poco más sobre la idea de González
Echevarría:
Así como el propio
Colón ilustra cada etapa de sus viajes con referencias a la Biblia y a los mitos griegos,
y Garcilaso o Huamán Poma se lanzan al rescate de los relatos indígenas, y Oviedo y
Baños refuerza la "veracidad" de su historia apoyándose sobre mitos sajones,
Lezama Lima proclamará cuatro siglos después su derecho a abrevar en las fuentes
escriturales chinas y Borges se apropiará de toda la cultura del universo en cada texto.
Como proceso consciente, esa reclamación americana de todo el patrimonio cultural, ese
adiós al aislamiento nacionalista, ese punto final a los empobrecimientos del criollismo,
se expresará en grandes novelas de los años sesenta: es el caso de Rayuela, de Paradiso
y de Cien años de soledad. Y se confirmará en narraciones del decenio
siguiente, tales como Terra nostra de Carlos Fuentes, Yo el Supremo de
Augusto Roa Bastos, El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, El
recurso del método de Alejo Carpentier y La guerra del fin del mundo de Vargas
Llosa.
Sobre todo
en éste y en García Márquez la atención a lo mítico está siempre supeditada a la
pasión de narrar: lo mítico es tal sólo porque es narrado, porque es zona de cruce
entre la realidad y la historia, zona de encuentro entre autor y lector. Mito y reflexión
filosófica son excrecencias de esa operación que es narrar, contar, construir un mundo
capaz no ya de transformar la realidad futura sino, lo que acaso sea más decisivo, de
modificar la memoria del pasado.
En setiembre de 1978, en
un ensayo publicado por un suplemento literario de Caracas, postulé que la línea mayor
de la novela hispanoamericana estaba abriéndose hacia el discurso histórico. Siguiendo
las ideas de Jean Pierre Faye en su Théorie du récit observaba yo una lucha de
versiones narrativas (mejor dicho: una lucha por la escritura de la verdad) entre el poder
político, que en aquellos tiempos era un solo haz con el poder militar, y algunos de
nuestros novelistas mayores.
A una historia escrita
por el poder y desde el poder (una historia complaciente con los triunfadores de cualquier
época, congelada por el servilismo), los novelistas oponían una historia infinitamente
reescribible, viva, dinámica: el reverso de esas investigaciones definitivas de
las que tanto hablan los avisos publicitarios de las editoriales. Ya se sabe: Lincoln, al
fin la biografía definitiva; o bien: la esperada traducción definitiva de la Comedia de
Dante.
Sostenía yo en aquel
ensayo que la atención de los novelistas al discurso histórico implicaba un salto mortal
con relación a lo que podríamos llamar "la poética de los 60" (que era, como
sabemos, una poética basada sobre la soberanía de la palabra). Y citaba, en mi apoyo, el
tránsito de Julio Cortázar desde Rayuela y 62, Modelo para armar a Libro
de Manuel; el de Roa Bastos desde los frisos a distancia de Hijo de hombre a la
reflexión totalizadora sobre la historia paraguaya de Yo el Supremo, el de Fuentes
desde las meditaciones ontológicas de Cambio de piel a ese abrazo mortal con la
historia que es Terra nostra, y aun la imprevisible travesía de Manuel Puig desde
los mundos domésticos de La traición de Rita Hayworth y Boquitaspintadas a
los conflictos con su país y con su tiempo que expresan los personajes de El beso de
la mujer araña.
Mis propuestas fueron refutadas por Angel
Rama en un coloquio sobre la novela latinoamericana organizado al año siguiente por el
Wilson Center. Afirmaba Rama:
"Serían los
mismos ejercitantes del boom los que habrían operado
esa transformación (esa apertura de la novela hacia la historia), pero
el examen de todo lo que han producido después de esa fecha (1973)
no abona la tesis: los novelistas históricos siguieron su línea (García
Márquez, Alejo Carpentier, Mario Vargas Llosa) con la sólo parcial
incorporación de Julio Cortázar (Libro de
Manuel) y con una admirable
aportación de otro novelista histórico que siempre había sido relegado
del boom, Augusto Roa Bastos, quien da a conocer Yo
el Supremo;
pero al contrario, los restantes intensiflcan su alejamiento, no sólo en
la producción de Cabrera Infante, Sarduy, Donoso, Puig, Sábato, sino
en aquellos narradores que se iniciaron en el discurso histórico (Onetti
o Fuentes), que llegan a proponer la explícita cancelación de ese discurso
(Terra nostra)".
Si bien más adelante,
dentro de aquella misma respuesta, admitía Rama que estábamos presenciando un salto
mortal, sí, pero en la generación que él mismo dio en llamar "de los
novísimos", había en aquel cambio de ideas un fundamental malentendido. Yo
advertía que en los grandes novelistas de los años sesenta se operaba un desplazamiento
de los centros de interés temático, pero no afirmaba (ni tan siquiera sugería) que tal
desplazamiento se agotaba en ellos. Sobre los autores recién llegados, pues, estábamos
de acuerdo.
|
|
|
|
|
Poco después de
aquel coloquio del Wilson Center, en el mismo año de 1979, el oleaje de novelas que
reflexionaban sobre la historia y que, desde ángulos distintos, proponían un duelo de
versiones narrativas, comenzaron a afluir sobre el continente. No quiero trazar aquí
listas abusivas ni reanudar una tan póstuma como estéril discusión sobre si Terra
nostra clausura el discurso histórico o abre una vertiente nueva para ese discurso.
Sólo quiero citar algunos signos del portentoso aluvión, que incluye desde las últimas
obras de Cabrera Infante, Heberto Padilla, Reinaldo Arenas, Arturo Uslar Pietri, Miguel
Otero Silva, el Gringo viejo de Fuentes, Casa de campo de José Donoso,
el imprevisto Colibrí de Sarduy, Palinuro de México de Fernando del
Paso, La novela de Perón, hasta el majestuoso retrato del pasado en las ciudades
portuarias del río Magdalena, trazado por Gabriel García Márquez en El amor en los
tiempos del cólera. Y Ernesto Sábato, que ya en 1979 había anunciado su retiro
definitivo de la escritura (por cansancio y ceguera), aceptó, sin embargo, presidir en
Buenos Aires una comisión investigadora que produjo, bajo su responsabilidad, la más
infernal narración histórica de esta década: el volumen de testimonios titulado Nunca
más.
Algo más
algo importante está cambiando también. Los personajes históricos han
comenzado a surgir en las ficciones, no ya como soportes de veracidad para acentuar el
papel protagónico de las masas, tal como quería Lukács, sino como representaciones del
país y metáforas del destino nacional. El pasado es ahora una narratio donde
historia y novela se funden, donde historia y novela van emitiéndose sin distinción de
voces. Patiño, el Supremo y Manuel Belgrano actúan en un mismo campo de verosimilitud en
Yo el Supremo, Ambrose Bierce y Pancho Villa seres reales viven
destinos de imaginación, en Gringo viejo, Antonio Consejero y el Beatito entablan en La
guerra del fin del mundo un duelo sordo con barones y dueños de periódicos que no
existieron en verdad. Al impregnarlo todo de ficción, la novela fuerza a la historia a
moverse en un territorio que no es el propio. No se trata aquí de ese juego de
identidades tan claramente delimitado que asoma en obras como Ragtime de Doctorow
o El hotel blanco de Thomas, en el cual el lector sabe siempre a qué atenerse:
dónde está lo histórico y dónde lo que no lo es.
Nada de eso. Aquí
hay una subversión estructural. La nueva novela latinoamericana propone la esencial
ambigüedad de todo acontecimiento real, la posibilidad de que la historia se desmienta
infatigablemente a sí misma. Es, como ya he dicho, un duelo de versiones narrativas, una
apuesta decisiva sobre quién prevalecerá (como verdad histórica) en la memoria del
lector: el doctor Francia de los documentos o el Supremo de Roa Bastos.
|
|
|
|
|
|
Tal apuesta parte de
un audaz viaje de reconocimiento sobre el hecho histórico. Veamos cómo es ese viaje. La
historia se hace con palabras, como la ficción. Las armas del duelo son, pues,
idénticas. Y tanto en la historia como en la ficción toda palabra alude a la
realidad pero no es la realidad. Ficción e historia, entonces, pueden
considerarse metáforas de la realidad: una, la historia, luchando por afirmar su
principio de verdad; la otra, por imponer su principio de ilusión. En las dos es preciso
elegir, reconstruir, imaginar. Habrá quien acoja con escepticismo el verbo imaginar
cuando se posa sobre la historia. Imaginar.
Y sin embargo, es uno
de los mayores historiadores de este siglo, Lucien Fevbre, quien lo aplicó en tal sentido
cuando retomó su cátedra del College de France, en 1952. "La imaginación
dijo Fevbre debe soplar dondequiera para que nada del trabajo humano pueda
perderse. Elaborar un hecho es construirlo. Interpretar un documento es volver a
escribirlo y a imaginarlo".
Si es así, si el
territorio de confluencia es tan vasto, ¿en qué lugar, entonces, se produce el
desencuentro entre ficción e historia? Se produce en el mismo principio, en el punto en
que ambas eligen su camino. Y es allí donde advertimos que, si bien las herramientas son
similares, si bien hay una misma langue de abordaje en el sentido que Jakobson daba al
término, la parole difiere. Y eso lo tiñe todo.
El historiador se mueve
en el pasado con un objetivo preciso: sale en busca de lo que quiere encontrar. El
novelista, en cambio, rara vez sabe en busca de qué va; y cuando parte con una idea fija,
suele abandonarla en la mitad de la travesía.
¿Por qué? Porque al
imposible principio de verdad de la historia (y digo imposible porque la verdad no es
única y, por lo tanto, no puede ser apresada:
la verdad siempre se nos
escurre, como el mercurio), el novelista opone no sólo el principio de ilusión sino
también el principio de conocimiento: puesto que la verdad es inalcanzable, intentemos al
menos ver todas sus caras.
Para Rama, como hemos
visto, Terra nostra significaba el cierre del ciclo histórico. Y eso es así, siempre que
por novela histórica entendamos el aluvión de textos tributarios de Walter Scott, desde
la Amalia de José Mármol y el Enriquillo de Manuel de Jesús Galván hasta Ismael o
Lanza y sable de Eduardo Acevedo Díaz y las sagas de Manuel Gálvez.
Pero lo que Terra nostra
propuso era, en verdad, la apertura de un ciclo nuevo: no ya la imaginación
moviéndose con un telón histórico en el fondo, sino enfrentándose a la historia en un
duelo de versiones narrativas, afirmando la imposibilidad absoluta de la verdad frente a
la posibilidad infinita del conocimiento. Si bien ese aporte tenía en Borges al
inevitable precursor, la poética del duelo se expresaba por primera vez (y casi al mismo
tiempo) en Terra nostra y en Yo el Supremo.
|
|
|
|
|
Los personajes reales
actuando como dei ex machina de lo imaginario en Tlón, Uqbar, Orbis Tertius,
o los personajes imaginarios confirmando que la historia sucede no una sino muchas veces,
como en El simulacro, anticipaban hasta qué punto Borges había intuido la
importancia de ese duelo. Cuando Fuentes lo expresa en Terra nostra, el campo de
batalla es la misma corte imperial que había cerrado las puertas de la imaginación en
América. Recuérdese la escena: el Señor (apelativo que encubre apenas a Felipe II)
dicta a Guzmán, su secretario, una suerte de confesión o testamento:
Escribe, Guzmán, escribe, lo
escrito permanece, lo escrito es verdad en sí porque no se le puede someter a la prueba
de la verdad ni a comprobación alguna [...]
Lo escrito es lo histórico, entonces,
aunque no sea lo verdadero. Dice luego el Señor:
[...] ¿en qué se
funda un gobierno sino en la unidad del poder?,
y semejante poder unitario, ¿en qué se funda sino en el privilegio
de poseer el texto único, escrito, norma incambiable que supera
y se impone a la confusa proliferación de la costumbre?
Así, la posesión de la
historia es signo inequívoco del sitio donde está el poder. El poder no está sólo del
lado de quien produce la historia oficial, sino y sobre todo del lado de quien
la dicta o la escribe.
Cuando Augusto Roa Bastos
expone la misma poética del duelo narrativo en Yo el Supremo, mediante el mismo
recurso (un texto dictado por el Señor, Gaspar Rodríguez de Francia en este caso, a su
secretario Patiño), el campo de batalla es América y, por eso mismo, la imaginación
puede reivindicar allí su pleno valor subversivo, su principio de conocimiento, frente a
los dogmas oficiales de la historia. "Olvida tu memoria", dice el Supremo.
Escribir no significa
convertir lo real en palabras sino hacer que la palabra sea real.
Lo irreal sólo está en el mal uso de la palabra, en el mal uso de la escritura [...]
La palabra sólo puede
ser real, entonces, cuando es capaz de desprenderse de todos esos pólipos de significado,
de esas "viscosidades" con que la tiñeron el mundo, la historia y la cultura
preexistente. La palabra sólo es real cuando, como diría Barthes, es capaz de inexpresar
lo tantas veces expresado, y devolver al lenguaje su inocencia primigenia, su exactitud
esencial. La palabra sólo es real, podríamos corregir, cuando además de los antiguos y
ya gastados sentidos están presentes en ella los sentidos nuevos, cuando se abre al
mundo, cuando la historia entra y sale de ella como un viento saludable.
Seis años después de Yo
el Supremo, en La guerra del fin del mundo, Mario Vargas Llosa referirá, a
través de personajes que reproducen puntualmente las situaciones anteriores (un Señor,
el barón de Cañabrava; un amanuense, el Periodista Miope: aunque allí no hay un poder
que dicta y otro que copia, sino uno que marca la huella de su peso sobre la historia y
otro que interpreta la historia), referirá repito cuál es la nueva
estrategia que el poder político asume ante el poder de la palabra para neutralizarla. No
se trata ya de prohibir la escritura y lectura de las fábulas, ni de incinerar lo
escrito, sino de algo más astuto y más terrible. La estrategia es la indiferencia, la
ceguera, la sordera. El poder no lee y, por lo tanto, la escritura no puede afectarlo: la
escritura no lo alcanza, no lo toca. Es lo que masculla el barón de Cañabrava luego de
despedir al periodista miope: "No lo recibiré ni lo escucharé más. Y si escribe
ese libro sobre Canudos, tampoco lo leeré". (De la misma estirpe es el comentario
que suelo oír cuando algún dogmático discípulo de Perón se ve obligado a dialogar en
público sobre mi último libro: "No leo novelas. Los políticos no podemos perder el
tiempo en imaginaciones").
Afirmada como acto de
cuestionamiento contra la verdad absoluta y como acto de conocimiento ante el carácter
múltiple y diverso de la verdad, la novela latinoamericana no difiere demasiado (en esas
características) de la historia. Preciso es trazar aquí una línea de diferenciación
entre la historia oficial, el dogma del poder, los textos trasegados por amanuenses
serviles, y la historia que también se propone como principio de conocimiento, la
historia de Lucien Febvre y de Fernand Braudel, por citar sólo dos ejemplos admirables.
Ambas, historia y novela, salen a la caza de la realidad por diferentes caminos, como
hemos visto, pero ambas coinciden en una certeza: no hay punto de llegada, la búsqueda es
infinita, puesto que llegar es detenerse, callar, hundirse en el abismo (o la cárcel) de
los dogmas, en tanto que la verdad es diversa, mudable, perpetuamente reescribíble. Quien
expresa con lucidez esa idea es Lucien Febvre en su Examen de conciencia:
"La historia que se nos enseñaba a escribir dice no procuraba, en
verdad, sino el endiosamiento del presente con la ayuda del pasado. Pero los historiadores
se negaban a verlo, y a decirlo". La historia oficial, que se proclama custodia de la
verdad, silencia toda verdad que no se corresponda con sus dogmas; la historia oficial que
se propone como adversaria de la mentira, al omitir y al callar, miente.
|
|
|
|
|
|
Pero la historia, por
comprensiva y vasta que sea, por más avidez de conocimiento que haya en su búsqueda, no
puede permitirse las dudas ni las ambigüedades que se permite la ficción: los hechos
están allí, sucedieron, y si bien puede haber otros, esos nuevos hechos no desmienten
los anteriores sino que los complementan. La historia opera por adición.
La ficción se mueve, en
cambio, dentro de un territorio de constantes asombros. Todo lo que ahora es así podría
ser distinto al volver la página, o distinto cuando vuelva a ser leído dentro de algún
tiempo, tal como lo sugería memorablemente Pierre Ménard. La ficción entonces (o para
ser más preciso, la novela), se mueve en un campo de interminables descubrimientos,
conocimientos, reconocimientos. Eso no significa que, al avanzar, el narrador vaya
liberándose de las marcas de la tradición ni que respire un oxígeno más puro que el
del poder. La escritura no es libre; o mejor dicho, como afirmaba Barthes, "la
escritura, como libertad, sólo es un momento", sólo resplandece un momento en esa
ilusión de libertad. Pero antes en el Renacimiento o en el siglo XIX no
tenía conciencia de que ésas eran las reglas del juego, y ahora sí. Y en pocas
literaturas esa conciencia de las reglas del juego es tan intensa como en la de América
Latina.
Es como si el poder y los
dogmas de la historia hubiesen creado sus anticuerpos. Hace tres o cuatro siglos, los
cronistas de Indias infiltraban la imaginación de contrabando en sus textos
pretendidamente históricos: la imaginación, como el agua en los desniveles, buscaba sus
poros de salida. Había un señor que dictaba y un amanuense que escribía; en los breves
relámpagos de distracción del señor, el amanuense dejaba caer sobre los textos el fuego
de sus sueños. No se trataba de un acto de servilismo sino de servicio, ajustado a la
cultura de la época. Era un pacto, una ceremonia de mutuo consentimiento.
Lo que el poder
latinoamericano de los años setenta propone, en cambio, es una sumisión a su violencia.
Quien no escribe coincidiendo por completo con el discurso del poder, está contra el
poder. Para la escritura no quedan sino tres salidas: el silencio, es decir, la negación
de su razón de ser; el exilio, es decir, la privación de su diálogo con el lector
natural, que es otra de sus razones de ser; o la aceptación de la muerte.
|
|
|
|
|
A partir de esa
adversidad que la obliga a jugarse a nada o todo, la novela elabora una estrategia de
enfrentamiento directo: empieza a contar lo histórico de acuerdo con sus propias leyes,
se atreve a imponer a los personajes el nombre propio de la realidad, atribuye a la
historia y a la imaginación una misma jerarquía dentro del texto narrativo, y se opone a
los dogmas del poder advirtiendo que no hay dogma, que no puede haberlo, que una verdad
puede ser muchas veces contada bajo luces distintas y aun opuestas pero todas verdaderas.
Cada lector podrá, entonces, reescribir para sí la historia, en un acto de apropiación
legítimo y además necesario. Es lo que Roa Bastos empezaba a insinuar en el discurso del
Supremo:
Escribir es despegar la palabra de
uno mismo. Cargar esa palabra que se va despegando de uno con todo lo de uno hasta ser lo
de otro. Lo totalmente ajeno.
Y es también lo que el poder imperial
sugiere, por boca del Señor, en Terra nostra, de Fuentes:
¿Tú nunca dudas,
Guzmán, a ti nunca se te acerca un demonio
que te dice, no fue así, no fue sólo así, pudo ser así pero también
de mil maneras diferentes, depende de quién lo cuenta, depende
de quién lo vio y cómo lo vio?
Es, si se me permite la osadía, lo que
con mayor torpeza puse yo en boca de Perón, como preguntas y como respuestas que se abren
hacia lo infinito, hacia la interminable corrección. La pregunta:
Observen [a la
mosca] indica el General. Vean esos ojos.
Ocupan casi toda la cabeza. Son ojos muy extrafios, de cuatro
mil facetas. Cada uno de esos ojos ve cuatro mil pedazos diferentes
de la realidad. A mi abuela Dominga le impresionaban mucho. Juan,
me decía: ¿qué ve una mosca? ¿Ve cuatro mil verdades, o una
verdad partida en cuatro mil pedazos? Y yo nunca sabía qué contestarle.
La respuesta:
En mis archivos he
conservado todas las explicaciones de
la realidad: las que se veían en positivo y también las que se
veían en negativo, porque tarde o temprano me servirían unas u
otras [...] No puedo andar midiendo las cosas con la vara de un
solo dogma.
No se les habrá escapado
a ustedes que, en todos estos ejemplos, la imaginación (la novela) logra que sea el poder
el que acepte la imposibilidad del dogma, el valor relativo de toda verdad. En todos ellos
hay, también, un juego de preguntas y respuestas: el poder se pregunta y se responde a
sí mismo. Tal vez no sea casual que, también en todos los casos, las preguntas estén
colocadas después de todas las respuestas.
*
Profesor de la Universidad de Maryland (Estados Unidos). (regresar*)
|