Boletín Cultural y Bibliográfico. Número8,  Volumen XXIII , 1986
 

Armero en el espacio del instant boo-kin


Avalancha sobre Armero
Javier Darío Restrepo
El Ancora Editores, Bogotá, 1986, 142 págs.

 

Avalancha sobre Armero, de Javier Darío Restrepo, es muestra de periodismo serio, investigativo, con una muy decorosa calidad en la construcción del relato y con momentos de cierta intensidad narrativa. En sus objetivos y en su concreción apunta ante todo a ser periodismo de denuncia, y, por ello, quizá llegue a constituirse en el mejor documento sobre esta "imprevisión trágica".
Alguien podría calificarlo también como oportunista incursión en el recién descubierto filón de los instant books, como ha sido llamada esta nueva modalidad editorial que aprovecha el suceso que luego de tres o cuatro meses aún posee valencia periodística o resuena con ecos perturbadores sobre la actualidad. Si la etiqueta tiene intención peyorativa, poco puede alcanzar al periodismo que es, de suyo, tarea oportunista. Los instant books serán bienvenidos; si prosperan, es de esperar que se conviertan en un mejor espacio que el efímero, limitadísimo y lleno de avatares extraperiodísticos de las páginas de los diarios, en donde cada día —experto credite— se cede terreno ante las demandas del asesor publicitario. Resultarían, sin duda, el medio adecuado para volver a los viejos desafíos del reportaje de hondo calado, para retornar a un periodismo menos filisteo.
Lo actual, lo extraordinario son asuntos esencialmente periodísticos. El hecho contaminado moralmente es fuente inapreciable para el reportero. Lo que tiene fuerza narrativa potencial sirve invaluablemente para la elaboración del reportaje o de la crónica. (Lo narrativo no es territorio exclusivo de la ficción; por lo demás, se puede aprender calladamente del artificio en el relato literario). En Armero, J. D. Restrepo se topó con todo ello. "Allí estábamos —cuenta—, cumpliendo ese oficio,
igual que todos los días, pero esta vez con una enorme diferencia: la historia acababa de escribir una trágica y estremecedora página, la más terrible en siglo y medio de nuestra vida como nación. Era, pues, imprescindible recoger el hecho, abarcarlo en su enorme y sombría extensión, escuchar miles de voces, contemplar incontables rostros, adentrarse en un descomunal drama, descubrir qué más había, más allá de lo obvio y elemental". Se trataba, además, de un hecho con antecedentes seculares y con lección histórica incluida.
Como gran reportaje interpretativo, como denuncia, que son sus dos cualidades más notables, el trabajo ha resultado impecable. Riguroso en el cotejamiento y en la transcripción de las fuentes. Imparcial en los enjuiciamientos. Franco y directo al señalar las negligencias y las ineptitudes del Estado, responsable en buena parte de esta imprevisión trágica. Es denuncia con un firme sustento, pues cumple con los tres tiempos fundamentales del periodismo interpretativo: acopio exhaustivo de información, evaluación concienzuda de ésta, enunciación idónea del relato. En parte lo consigue con su testimonio, y en parte con el testimonio de otros colegas que estuvieron allá. "Para escribir este recuento de la tragedia de Armero tuve que leer y releer centenares de crónicas, comentarios y noticias; tuve que recordar y repasar relatos de radio y televisión y debo testimoniar que tuve mucho que aprender de otros periodistas. Su trabajo me permitió ver más allá de lo que mis limitaciones...", escribe en el proemio. Su acierto ha sido dar ordenación precisa, medida, a todas estas voces. Y encontrar un tono y unas fórmulas simples, sencillas, al modo de un periodismo tranquilo, sin alardes. Cada capítulo da curso a una idea, a una secuencia en la cronología del suceso; un amplio arco que comprende desde la remota voz de fray Pedro Simón, con su relato del alud en el año de gracia de 1595, hasta las últimas vicisitudes de los damnificados y los laberintos oficiales que entrabaron (y siguen obstaculizando) la puesta en marcha de los programas de rehabilitación.
Restrepo es muy efectivo al establecer las implicaciones inmediatas del hecho: "La tragedia de Armero no terminó con la avalancha de lodo. La catástrofe ha dejado al descubierto que una burocracia molondra y sin corazón resulta más cruel y devastadora que el fenómeno natural". Y así su obra se propone como pequeño apólogo ante una amenaza que persiste: "Los libros son como botellas de náufragos con mensajes que se lanzan al mar de los años con la ilusión de que allá lejos, dentro de un siglo o más, alguien las recogerá...", dice bella (¿y mesiánicamente?).

Después de esta lección de periodismo ágil y contundente, buscar reparos de orden formal resulta un poco chocante. Con todo, la obra suscita algunos que tal vez no importen al lector ni al preceptista periodístico ni al propio autor. Nadie tiene, además, derecho a pedir a éste lo que no se proponía: rigor narrativo a todo trance, cualidad que no exige el periodismo ortodoxo. Ni Restrepo es un enfant terrible de la prensa colombiana. Terminemos, pues, con una pregunta retórica: ¿Qué debe prevalecer en el relato periodístico: la precisión documental o la calidad expositiva de la anécdota? ¿Qué destrezas debe desplegar el periodista: la investigativa o la del arte del relato?... Desde luego que ambas serían deseables. Pero ocurre que el desbalance entre una y otra es la nota común (¿el defecto constante?) en el manejo del género.
Restrepo no carece de dotes en el campo narrativo. Cada episodio ha sido tratado con esmero, con justa ubicación espaciotemporal, sin dejar cabos sueltos, con cierta búsqueda instintiva de la puesta en escena, con su cierre o con su incógnita o con sus puntos suspensivos para reasumirlo más tarde; y, en conjunto, todos los segmentos ensamblados dentro de
una comprensible ordenación lógico-cronológica. Pero todo ello con gran timidez. La anécdota tiene para él una justificación y una finalidad ilustrativas o, como enseñan las preceptivas, una función puramente decorativa. La anécdota aquí no es potencia narrativa. ("El periodista no es ningún poeta. Su deber es describir, conquistar, convencer. El lenguaje y la forma están subordinados a ello", advierte Emil Dovifat en su cátedra de redacción).
En aras del peso testimonial o del documento histórico se ha preferido la exhaustividad del dato, y el efecto acumulativo y el uso ejemplarizante de la anécdota. Se ha abandonado así la posibilidad de construir un fresco quizá sin el vigor defoeiano (guardadas sean las distancias, Daniel Defoe, el primer periodista-narrador, enfrentó con pluma maestra la devastación de otro pueblo: el Londres de 1665, consumido por una epidemia de peste bubónica; cfr. El año de la peste), pero sí tal vez con el encanto primitivista del fraile Pedro Simón, que así contaba en 1595 otro nefasto deshielo del nevado del Ruiz: "No cesó de llover de esta ceniza toda la noche de suerte que a la mañana estaba la tierra cubierta de más de una cuarta de piedra pómez y ceniza [...] Los ríos y quebradas corrían espesos, de suerte que los peces huían de una parte y otra sin saber a dónde y muchos de ellos saltaban a tierra buscando socorro contra el raudal de ceniza [...]

RAUL JOSE DIAZ