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Retorno
a la investigación social
Retorno a la tierra
(Historia doble de la Costa, t. IV)
Orlando Fals Borda
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1986,
234 págs.
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Orlando Fals Borda señaló en el primer
volumen de Historia doble de la Costa dos conceptos claves: la región (como unidad
espacial y cultural) y la cultura anfibia propia de la depresión momposina y encarnada en
el mito del hombre-caimán. En el segundo volumen, alrededor de la figura del presidente
Nieto, se expone la temática sobre el ethos costeño y su aparente resistencia a
la violencia y al poder encarnada en un caudilloanticaudillo. El tercer volumen trabaja
las estrategias de resistencia de los campesinos costeños. Estrategias que van desde el aguante
y el dejao, hasta la protesta organizada e incluso violenta. Ese tercer volumen
es el preámbulo del que ahora reseñamos.
Retomo a la tierra comienza con el proceso de reconstitución del resguardo de San
Andrés de Sotavento, proceso que para Fals Borda constituye un símbolo más del retorno
costeño a la madre tierra, a las raíces de su cultura. Enseguida se remonta a la
historia de la colonización de las sabanas de Bolívar y el Sinú. Allí aparece la
conquistadora, doña Francisca Baptista de Bohórquez, que sería la versión española de
las antiguas cacicas del pueblo zenú. Las reformas borbónicas exigieron la
reorganización espacial de las colonias americanas, que cumplió para la costa
atlántica, a fines del siglo XVIII, el teniente Antonio de La Torre Miranda. A la
economía campesina que dicha reorganización dejó, se le impuso en el siglo XIX la
expansión capitalista. El proceso de transformación hacia la modernidad fue dejando en
la costa las secuelas de pobreza, creciente proletarización, desequilibrio ecológico,
pérdida de valores culturales, etc. Para los años veinte del siglo actual, una serie de
núcleos artesanales y obreros impulsaron la concientización socialista de la región, lo
que dio nuevos ánimos a la resistencia campesina por medio de Baluartes, cooperativas y
ligas campesinas. Posteriormente vendría la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos
(Anuc), que, con todos los puntos críticos que ella pudo implicar, significó un gran
aliento para el campesinado costeño en sus luchas por la tierra. El profesor Fals Borda
termina el libro con un interesante capítulo en donde plasma su crítica al modelo
desarrollista impuesto desde los centros imperialistas, y plantea su propuesta
alternativa. Ella se podría sintetizar en una búsqueda de mayor autonomía regional
(incluso mediante mecanismos como corporaciones regionales ecológicas y la
reorganización departamental), una apelación al pueblo como constituyente primario para
que se constituya en un poder que genere antipoder, y un afianzamiento de la forma de
producción campesina.
Este volumen, como en general la Historia doble de la Costa, ha representado un
importante paso en la investigación social del país. Con la sola búsqueda imaginativa
de fuentes, como la que efectúa Fals Borda, la obra estaría más que justificada en
nuestro medio académico. Fals silencia a muchos historiadores que se quejaban de la
ausencia de fuentes para la reconstrucción de los movimientos sociales. Por otro lado, la
reconstrucción de la historia de una región es un trabajo casi único. Historia doble
de la costa constituye, junto con las investigaciones que se adelantan en el Valle del
Cauca y Antioquia, el mejor ejemplo hasta ahora de una historia regional.
Otro aspecto digno de resaltar en esta obra es la superación teórica del rígido esquema
base-superestructura en el estudio de una realidad social regional. En Historia doble
de la Costa no solamente se atiende a la evolución política o económica de la
región, sino que en sus páginas lo cultural e ideológico encuentran también su sitio
en forma articulada.
Por la misma vena tengo que confesar que lo que más me impacté del trabajo de Fals Borda
fue la novedosa propuesta para el estudio de la historia de las clases subalternas en las
distintas formaciones sociales. No obstante que el análisis se nuclea alrededor de la
costeñidad no exenta de exageraciones y regionalismos, el autor nos introduce
en una nueva visión de las clases subalternas: éstas no han sido pasivas en la historia,
a pesar de la apariencia, agudizada por el prejuicio mesiánico de los intelectuales. Por
el contrario, las clases subalternas han mantenido una permanente actividad, a veces en la
forma de resistencia defensiva, que da la impresión de pasividad, y no pocas veces en la
forma de una resistencia ofensiva. Como ya se ha dicho, con esta obra se fortalece en
Colombia una corriente historiográfica que dice: ¡BASTA YA DE SEGUIR CULPANDO A LOS
VENCIDOS!
La obra en conjunto, y específicamente el cuarto volumen, ofrece elementos críticos que
quiero analizar, no con ánimo destructivo, pues creo en la validez de dicho trabajo, sino
con ánimo de diálogo y complementación.
El primer punto crítico tiene que ver con el tema del desarrollo. El profesor Fals Borda
enuncia la existencia de un desarrollo diferencial en la costa atlántica. Por un lado
está el "desarrollo" en términos clásicos, que el autor claramente denuncia.
Es un desarrollo que no ha dejado sino pobreza, atraso, superexplotación de la mano de
obra, destrucción de los recursos naturales... Es un desarrollo que ha minado
parcialmente, pues la gente ha resistido alternativas populares a ese desarrollo.
Esto último es el otro polo del problema del desarrollo, al cual Fals Borda le dedica no
pocas páginas. En concreto nos referimos a lo que el autor designa como modo de
producción parcelario aquí no entro a discutir la propiedad teórica de
designar esa forma económica como modo de producción, que resume una alternativa
al desarrollo impuesto desde los centros imperialistas. Fals simpatiza explícitamente con
esta alternativa, que es la síntesis de la resistencia campesina a la penetración
capitalista, del desarrollo equilibrado de recursos humanos y naturales y del ethos costeño
que combina la fiesta y el trabajo. La alternativa campesinista de desarrollo se plantea
incluso como más eficiente, en el plano técnico, para ciertos productos.
Sin embargo, y aquí viene lo discutible, en el capítulo noveno el autor no insiste en
algo que ha señalado a lo largo de los cuatro volúmenes: que la economía
parcelaria convivióde alguna forma articulada a pesar de la resistencia con
la economía colonial de la hacienda, y convive ahora con el capitalismo mediante
mecanismos como los circuitos comerciales, por ejemplo. Por otra parte, no se debe olvidar
que la experiencia estadounidense ha mostrado que esa economía parcelaria arrastra
elementos de competencia y mercado, de los cuales puede derivarse un pujante capitalismo:
es lo que se ha llamado la "vía americana" de desarrollo capitalista del campo.
En este sentido conviene interrogarse sobre si la economía parcelaria es una alternativa
total frente al capitalismo y a su discurso desarrollista. Esto nos lleva al segundo punto
crítico que quisiera señalar, y que gira alrededor del "retorno a la tierra
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Ciertamente, el profesor Fals Borda ha
descubierto la importancia que para el campesino, costeño en este caso, tiene el
aferrarse a la tierra como madre, fuente de identidad cultural y "retaguardia",
podríamos decir, en la resistencia. Pero algo va de la justa reivindicación campesina de
la tierra, a proponer cierta ruralización de toda la sociedad. Aquí estoy exagerando el
texto de Fals, pues, en realidad, esa no es su propuesta. Creo, sin embargo, conveniente
llamar la atención sobre las implicaciones de fondo de la propuesta campesinista del
autor. ¿De qué otra manera ha de entenderse, por ejemplo, la recomendación que se
formula en el libro a los dirigentes políticos, cívicos y eclesiásticos de releer las
tradiciones cristianas comunitarias y de aprender de las tradiciones populares que
enseñan que "todos los seres humanos deben tener acceso a la tierra, como al aire y
la luz. En otra forma se construyen sociedades desequilibradas, corruptas, injustas y
opresivas que engendran hambrunas, violencia y terror?" (pág. 208).
Hay momentos en que Fals rechaza decididamente ciertas expresiones de lo moderno,
denunciando lo que ellas tienen de extranjerizantes, de penetración cultural, de
creadoras de miseria y desequilibrio. ¡Pero esto no nos debe llevar al retorno romántico
a un pasado (pasado, a pesar de algunas indudables pervivencias). El capitalismo, y desde
antes "el hecho colonial", ya desembarcó en América Latina. Lo europeo es
parte de nuestra realidad mestiza o, en el caso costeño, triétnica. Es imposible un
retorno a lo puro.
Apartes del libro sugieren la tesis de que las cosas iban bien en la costa (con problemas
como el machismo, la pervivencia de un autoritarismo, una economía señorial, etc.) hasta
la llegada del capitalismo, momento a partir del cual se iniciarla un perrateo" de la
economía y la cultura. "El ambiente arcádico dice el autor textualmente
de las sabanas y del pueblo de Sincelejo se fue perdiendo poco a poco" (pág.
100). La tesis se complementa con la indicación de que ahora hay signos de recuperación,
de que los hormigueros se han vuelto a reconstruir. La tesis, obviamente simplificada
aquí, suena demasiado lineal para ser cierta. No se puede negar que hay un retorno a la
tierra y a las tradiciones. Reconocer esto constituye un gran paso que rompe otro esquema
lineal corriente en el medio académico: la inexorable tendencia a la proletarización de
la mano de obra. Ahora bien: el reconocer una recampesinización no puede llevar a
exagerar un retorno a algo que ya desapareció con el paso de los años.
En este punto valdría la pena mencionar un problema implícito en la bibliografía sobre
el tema: las relaciones entre la resistencia precapitalista a la proletarización (en
artesanos y campesinos) y la resistencia proletaria como tal. La primera estaría más
anclada en lo tradicional, como lo describe Fals Borda, y correspondería a una lógica
que el historiador inglés E.P. Thompson llama "la economía moral de los
pobres". La resistencia obrera se inscribe en el contexto capitalista, que sin negar
tradiciones precapitalistas remite a formas "modernas". Tal vez estudiar casos
como el de Barrancabermeja, que es parte del Magdalena medio y se halla vinculada
culturalmente a la costa, permitiría dilucidar la relación entre estas diversas formas
de resistencia.
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En todo caso, hay un problema que subyace
en la propuesta de "retorno a la tierra" del profesor Fals Borda, y que tiene
que ver con nuestro tercer punto crítico: cierto maniqueísmo cultural o, para decirlo de
otro modo, un sueño romático de retorno a lo puro. El profesor Fals opone continuamente
elementos de lo que se llamaría una cultura dominante (extranjerizante, masiva,
alienante, eurocentrista, etc.) a otros pertenecientes a la cultura popular (entendiendo
por ésta la tradicional, la auténtica, la pura). Mientras el festival de la chicha u
otras actividades surgidas por iniciativa del pueblo, merecen el caluroso aplauso del
autor, celebraciones como el festival vallenato son criticadas por haber sido creación de
las oligarquías. Sin embargo, el mismo Fals proporciona elementos que permiten ver que ni
unos ni otros son "puros" (populares totalmente o dominantes totalmente), y que,
por el contrario, constituyen escenarios en donde se lucha por la hegemonía. En el
festival vallenato hay elementos contestatarios, tal vez subordinados a los dominantes;
así como en el festival de la chicha lo popular se articula a prácticas dominantes
(machismo, autoritarismo, por ejemplo). El caso de de las corralejas, ampliamente tratado
por el autor, es ilustrativo en este punto. Ciertamente, la explicación de que las
corralejas eran más integradas al mundo rural al principio y ahora se han perrateado no
es suficiente. Ambos elementos estaban desde el principio, con distinto énfasis
probablemente. La realidad es más compleja de como la concebimos los investigadores. Así
como no se puede admitir que la cultura dominante arrase con todas las formas de
contracultura, tampoco se puede pensar en una cultura popular "puramente"
alternativa. Esto último no es invención mía: en las páginas de Historia
doble de la Costa se encuentran abundantes ejemplos de la ambivalencia de las
expresiones culturales. Sin embargo, el autor las olvida en el momento de formular la
propuesta (capítulo noveno).
Hay que reconocer que Fals Borda hace una revaluación de la cultura popular. Ésta no es
simplemente un depósito lleno de formas dominantes, como lo pensó la izquierda
colombiana hasta hace poco. Por el contrario, la cultura popular costeña, que nos
describe el profesor Fals Borda, es una cultura rica, llena de inventiva, en permanente
recreación y con diversas formas de resistencia a la cultura dominante. Sin embargo, en
aras de exaltar justamente la cultura popular, se puede caer en otro extremo igualmente
criticable: lo popular como espacio exclusivo del discurso contestatario. Si ello fuera
así, ¿cómo se explicaría que expresiones culturales críticas como la Nueva Troya
cubana o Joan Manuel Serrat, para no hablar de ciertos conciertos de rock se den en
escenarios tradicionalmente considerados burgueses? Hay que pensar en lo cultural como
escenario de permanente disputa entre la tendencia hegemónica de las clases dominantes y
la resistencia popular. Esa fue la médula de la reflexión gramsciana ante el ascenso del
fascismo sobre las hogueras aún ardientes de formidables movilizaciones proletarias. Se
trata, entonces, de ampliar el espectro de los conflictos de clase a un espacio
tradicionalmente considerado como dominado: la cultura. En este esfuerzo participa,
indudablemente, Fals Borda, ilustrando brillantemente un caso regional. El problema reside
en propiciar una tendencia maniquea que sepan artificialmente el campo de los buenos de
los malos, cuando toda realidad social es contradictoria y encierra elementos de poder y
antipoder, de dominación y alternativa, de discurso y contradiscurso.
Cabe dar otro paso en el análisis de lo cultural: entre culturas opuestas no siempre
existe antagonismo, sino que en algunos casos se nutren mutuamente. Puede sonar
paradójico que, después de insistir en la lucha de clases en el plano cultural, se hable
de complementación entre expresiones opuestas. La hipótesis de M. Bajtin, expuesta por
Carlo Ginzburg en su magnífico libro El queso y los gusanos la
historia de un momento italiano del siglo XVI
condenado por la Inquisición,
es conveniente plantearla aquí: la existencia de momentos históricos de
"circularidad cultural". Entre cultura popular o plebeya y cultura dominante o
de elite hay períodos de circularidad. El mismo Fals lo postula implícitamente en su
análisis de la articulación de saberes empírico-popular y académico a
propósito de la investigación-acción participante (Iap). A nuestro criterio falta
insistir más en esto en la obra de Fals Borda. Tal vez la circularidad cultural no sea
hoy tan común como lo fue en la Italia del siglo XVI descrita por Ginzburg, pero por lo
menos considerar hipotéticamente su existencia hace más flexible, y menos maniqueo, el
análisis de las expresiones culturales. Ello permitiría entender, por ejemplo, por qué
el discurso desarrollista se puede articular a ciertas prácticas populares, lo cual no
niega su impacto negativo para el país.
Desde esta hipótesis de "circulandad cultural" se entiende la articulación de
saberes que propicia la Iap. Sin embargo, la misma Iap parece plantear algunos aspectos
controvertibles. En primera instancia, cierta "aniquilación" del investigador,
depositario del saber científico que generaría poder, "aniquilación" que se
planteaba implícitamente en la propuesta de investigación militante (cuando se debían
asumir los intereses del sector social investigado), adelantada por el grupo La Rosca en
los años setenta. Es igualmente discutible el sueño del retorno a lo puro que está
implícito en la temática alrededor de un saber "propio", auténtico,
nuestro... En últimas, las inquietudes en torno a la Iap parten de la pregunta que el
mismo Fals Borda plantea: ¿cómo generar un diálogo de saberes que no reproduzca formas
de poder?
A pesar de que algunas de mis reflexiones suenen duras y simplifiquen el planteamiento del
profesor Fals Borda, la intención en estas notas es contribuir a una obra que no dudo en
calificar como crucial para la investigación social en Colombia. El solo hecho de
propiciar reflexiones como las que he hecho y las que se han hecho en distintos escenarios
desde el lanzamiento del Retorno a la tierra, demuestra la importancia del trabajo
de Fals Borda. Afortunadamente, hoy podemos contar con esa magnífica investigación
regional llamada Historia doble de la Costa.
MAURICIO ARCHILA
NEIRA
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