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Maravillosas
aventuras de la dialéctica
Le guerra civil de 1885.
Nuñez y la derrota del radicalismo
Gonzalo España
Bogotá, El Áncora Editores, 1985,
199 págs.
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Este libro ofrece una
narración detallada, la única escrita hasta ahora, de la guerra de 1885. Fue aquélla
una contienda de amplia significación política, pues permitió a Núñez romper el nudo
gordiano de la Constitución de 1863, que exigía para su reforma el apoyo de la mayoría
de los senadores de todos y cada uno de los nueve estados que conformaban los Estados
Unidos de Colombia. Aunque el grupo independiente alcanzaba ocasionalmente la mayoría del
parlamento, los radicales podían siempre bloquear el cambio sustancial de una
constitución a la que se aferraban. Sin embargo, en vez de apoyarse indefinidamente en
ese poder de veto o de aceptar las modificaciones que requería la carta constitucional,
cuyos defectos todo el mundo reconocía, y cuyas virtudes se olvidaban ante la tozuda
defensa integral que hacían de ella los radicales alternativas que, a posteriori,
parecen más sabias y prudentes, éstos se lanzaron a una guerra para la cual no
estaban preparados y cuando carecían de amplio apoyo nacional.
La guerra, como ocurre con frecuencia con las revoluciones que no escogen bien su momento
y su enemigo, dio a Núñez la ocasión que esperaba, el país recibió una nueva
constitución y los conservadores quedaron rápidamente con todo el poder. Por ello, los
liberales interpretaron este proceso como marcado ante todo por la traición del
Presidente, su doblez y su deslealtad, al abandonar a los liberales y abrir el campo a la
hegemonía conservadora. De Antonio José Restrepo a Carlos Lozano y Lozano es posible
seguir esta vertiente, que se prolonga en la obra del antiguo secretario del partido
comunista colombiano Ignacio Torres Giraldo. En la década del 40 Indalecio Liévano
Aguirre dividió a los historiadores liberales, al presentar una visión muy favorable del
jefe regenerador: fueron los radicales, enloquecidos, quienes forzaron la alianza de
Núñez con los conservadores. Además, la Regeneración hizo lo que el país requería:
la unidad política, el fortalecimiento del gobierno central, la paz con la Iglesia.
Gonzalo España vuelve, en muchos aspectos, a la tesis radical, aunque aceptando, con
Liévano, la necesidad de las reformas regeneradoras. Los esfuerzos dialécticos para
poner de acuerdo ambas líneas de pensamiento son admirables pero frustrados. Según
España, los radicales expresaban la democracia y el progreso, frente a Núñez, los
independientes y los conservadores, que encarnaban la reacción feudal. Aunque el lenguaje
es más sociológico y menos emotivo que el de Torres Giraldo, los juicios son similares e
igualmente moralistas: la Regeneración instauró "la más abyecta de las dictaduras
de un poder terrateniente y clerical", Núñez era "un astuto jugador y sin
principios", caracterizado por la "degradación moral y el espíritu
felón". En términos sociales, parece que los radicales representaban a los
comerciantes y a los terratenientes exportadores, mientras independientes y conservadores
eran los portavoces del clero y los terratenientes feudales. Con el triunfo militar, se
logró "la exclusión definitiva de la clase de los comerciantes del mando de la
república. Un omnímodo régimen terrateniente- clerical se apoderé de todos los hilos
de la república". Sin embargo, a partir de este punto España se separa de la
interpretación radical y sostiene que, aunque los comerciantes constituían la clase
progresista y aunque los radicales expresaban los intereses políticos de los
comerciantes, de la mayoría de los propietarios y del pueblo mismo, la política que
sostenían la defensa del federalismo-, era regresiva: "la unidad estatal y la
unificación nacional eran una exigencia inaplazable de la base material existente,
constreñida por el marco federal rionegrino". Puede advertirse la fuerza de ese
extraño actor histórico, "la base material", cuando, en vista de que las
fuerzas progresistas apoyan una política reaccionaria, consigue imponerse por medio de
los reaccionarios regeneradores, que lograron "la substitución de la ominosa
soberanía de los Estados por un podes central indiscutible, el reemplazo de las milicias
domésticas por un ejército de mando único y el establecimiento de un código nacional
en materia económica y jurídica, en lugar de la legislación de parroquia, fue [sic] un
paso sobre lo feudal" (pág. 194). Desafortunadamente, al obrar por conducto de los
reaccionarios, las fuerzas del progreso perdieron el control político del país;
probablemente la "base material", obtenida la satisfacción de sus exigencias
inaplazables, se despreocupó de la política nacional.
No es el momento de dirigir las baterías contra esta interpretación. Es evidente que
tropieza con problemas factuales muy serios, pues la identificación tradicional del
radicalismo con los comerciantes y del conservatismo regenerador con los terratenientes
feudales no tiene muchas bases. El autor no da ningún argumento, ninguna prueba a favor
de esta tesis: simplemente supone que es cierta, y pasa a lo que realmente vale la pena en
el libro: la narración detallada y animada de la guerra, de sus campañas, luchas y
batallas. En este aspecto, se trata de un buen trabajo de síntesis y divulgación, sin
mucha información nuevano se utilizó documentación de archivos ni se revisaron
los periódicos de la época, pero vigoroso y casi siempre bien escrito. A veces, es
cierto, el texto resulta confuso: al hablar de unos soldados castigados con
"palos" aparecen como "ejecutados a palo": el lector puede pensar que
el castigo era hasta la muerte. Y a veces es demasiado preciosista, con
"opugnaciones" y "caquécticas órdenes". Y a veces la dialéctica
parece excesiva: "aunque los radicales contaban con más fuerza que los
conservadores, los efectivamente fuertes eran los godos".
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La "estulticia"
de los radicales al defender la Constitución de 1863, los graves errores políticos que
los llevaron a oponerse al centralismo, condujeron a reiteradas equivocaciones en sus
maniobras. Según España, nunca supieron actuar coordinadamente y su intransigencia no
les permitió entenderse con nadie. Y en el terreno militar, este libro muestra que casi
nunca pudieron actuar en forma correcta: Vargas Santos adoptaba siempre la táctica
equivocada; las milicias antioqueñas no tenían idea de lo que debían hacer; el general
Sergio Camargo eludió la batalla hasta que no hubo ya la posibilidad de tomar la
iniciativa militar; las capacidades del general Márquez eran "obtusas"; el
sitio de Cartagena, la más importante acción de la guerra, resultó "la peor
equivocación militar de sus generales" y fue conducida con torpeza hasta el
"desacierto final", cuando se lanzaron las tropas liberales a tomarse la ciudad.
Algo de cierto hay en esta caracterización, y nada más trágico que las semanas
anteriores a la Humareda, cuando todo se desmorona, los jefes se contraponen, la
disciplina se deshace y todo concluye con una victoria militar que dejá al radicalismo
triunfante sin posibilidades de continuar la guerra; los jefes muertos, el parque
incendiado, los buques hundidos.
Sorprende, sin embargo, que, tras demostrar que los radicales tenían una línea política
errada, seguían estrategias equivocadas, no acertaban en las maniobras políticas y eran
militarmente ineptos, el autor siga sosteniendo que encarnaban el progreso y el avance
social.
JORGE ORLANDO MELO
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