Boletín Cultural y Bibliográfico. Número7,  Volumen XXIII , 1986
 

Guayaco, ¿arrabal de París?


Hojas de papel
Manuel Mejía Vallejo
Ediciones Universidad Nacional, Bogotá,
1985, 172 págs.

Con todo puede el papel: desde una pajarita origami hasta el airoso avión del escolar, una sanguina de Durero, un poema de san Juan de la Cruz, una lista de mercado, las digresiones de un escribidor, máscaras de carnaval. Hojas de papel se titula, precisamente, un volumen de veintidós ensayos de Manuel Mejía Vallejo que recoge escritos desperdigados en diferentes publicaciones y fechas.
Se trata del primero de una serie de doce libros que integran una canastilla (41a número uno?) que la Universidad Nacional de Colombia ha editado bajo el membrete de Colección Popular. Hay de todo como en botica. Un análisis del papel subalterno de la mujer en los mass media. Una introducción a la astronomía. Un estudio sobre la isla de San Andrés. Un tratado muy serio sobre el álgebra en el Renacimiento, con título de poema de Alvaro Mutis. Crónicas. Relatos. El común denominador parece ser la ausencia de esa figura imprescindible en la industria editorial, el corrector de pruebas. Pululan los errores ortográficos, la puntuación irregular, las omisiones, las reiteraciones, las distorsiones, las tildes anacrónicas, la carencia total de diéresis, signos de admiración o interrogación que se cierran sin haberse abierto... Un amplio repertorio de disparates como para poner a prueba la paciencia de cualquier lector. Para no hablar de los nervios del autor.
Hojas de papel forma parte del homenaje que la Universidad Nacional le ha ofrecido a Mejía Vallejo para conmemorar ocho lustros de vida literaria. Un Medellín ya desaparecido de fachadas republicanas, tertulias de escritores de bigote y borsalino rodeados de aguardiente, niebla de tabaco y puticas enamoradas; bares de candilejas coloradas a la deriva en la noche, como buques espectrales, por entre juergas de padre y señor mio y episodios de melodrama o crónica roja -esa zona tórrida evocada con saudade y excelente pluma por Juan José Hoyos en La última muerte de Guayaquil—, todo ello desfila implícita o explícitamente por estas hojas de papel. Que se hallan muy cerca de la excelencia en La Vieja Antioquia, inmersión en busca de las raíces del ser antioqueño (el artículo se inicia al amanecer del Descubrímiento y concluye en los recuerdos envejecidos de los abuelos, cubiertos por el polvo de la babel de cemento que trepa hacia las nubes); en La ciudad en fuga, cuyo comienzo empata con el punto final de la Vieja Antioquia y que registra demoliciones, ensanches y nuevas fundaciones; y en Don Benigno y nuestra identidad, muestrario de las heridas irreparables y el sonambulismo que entraña la amnesia cultural, y un pionero en eso de la valoración de lo propio, el sonsoneño don Benigno A. Gutiérrez.
Convocador de sombras en un crepúsculo sombrío, Mejía Vallejo ofrece en sus ensayos pensamientos que son fruto de una nimia concienzuda. Sobre la semana santa: "era en realidad una fiesta hermosa por el hondo teatro que llevaba, donde el dolor hacía de protagonista. Y el ritual solemne y el sentido religioso de una magnificencia más alta que nuestros propios sentidos". Sobre los escritores costumbristas: "en una forma u otra de allí venimos todos, frecuentemente sin llegar a superarlos". Sobre las verdades en salsa de formol: "solamente los bobos y fanáticos tienen verdades definitivas, y de ellas se aferran como de una ubre porque los amamanta su carencia de imaginación". Define de mano maestra la modestia consustancial del poeta Hernando Rivera Jaramillo: "Quería ser nadie, borrarse un poco para morir menos a la hora de morir.
Bajo el postulado sensiblero de que "querer, pero querer a fondo, es una categoría estética" ("querer los trenes y los tractores****"...) es una buena condición humana, una especie de servicio obligatorio de la conducta"), contiene también una serie de formulaciones inadmisibles por enfáticas o por apoyarse en sofismas. Dice, por ejemplo, que la poesía es "esa otra forma de la respiración". A pesar de las reservas del en cierta manera, nos cuesta trabajo aceptar que "toda novela es un chisme largo", acaso por la acepción peyorativa del vocablo chisme. Sostiene que "lo clásico tiene el poderío de ser intemporal, así esté inscrito en una época y un espacio determinados", pero después de Borges sabemos que lo clásico es relativo, es decir, sujeto a las veleidades de la historia y la geografía. "La vida siempre ha sabido más que la filosofía", gencraliza la pág. 61, y uno se pregunta qué sentido tienen en el contexto filosofía, vida o saber más. Es cierto que abundan sistemas filosóficos que, como las hermanastras de la Cenicienta, intentan acomodar lo real por las malas entre moldes primorosamente elaborados, pero tales sistemas no son la filosofía.
En innumerables pasajes proliferan larguisimas listas de nombres, silencios llenos de "sabitud", polisíndeton en demasía, adjetivación de floripondio, enumeraciones altisonantes ("otro rincón de la tierra donde crecen árboles con permiso del aire, donde el viento quiere defender todavía su vocación de altura"), exuberancias de cucurbitácea ("escritor, un oficio más entre tantos oficios, [...] como sobar la cabeza del hijo soñoliento. Como llorar"), almíbares de epistolario sentimental ("el verso untaba el labio de fiebre y temblor en ausencias de luna"), prodigiosa profusión de anécdotas, vengan o no a cuento. Ante algunos ensayos (Barba Jacob, Carta a un escritor joven, Liderazgo de la nostalgia) uno tiene la no muy grata impresión de sorprender las expansiones querendonas de un beodo pasmado con los primeros gallos. Con la última página puede quedar, en palabras de Louis Pauwels, "un poco de calor, pero ninguna luz".
No hace mucho decía un intelectual de cafetín que "no me gusta la escritura de Mejía Vallejo, por provinciano". Ignoro si provinciano significa aquí habitante de la provincia o escritor sobre la provincia. Ninguna de tales opciones justifica ese parecer, pero la segunda menos aún, pues todo buen escritor —de Homero a Cervantes y García Márquez— logra instaurar lo universal entre las cuatro esquinas de su terruño, llámese Liliput o Macondo. Ciertas deficiencias -cosmopolitismo a ultranza o chauvinismo parroquial— no son achacables al lugar de nacimiento de un autor.

 

HUMBERTO BARRERA ORREGO