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La
virtud de lo trágico
Los días navegados
Hojas de tarja
Gustavo Ibarra Merlano
Libros Can y Antorcha, s.l.i, 1983
Libros Can y Antorcha, s.l.i, 1984
Da la sensación de que
la poesía de Gustavo Ibarra Merlano siempre estuvo ahí. Lo digo porque, como toda obra
que ha ido madurando a través de un largo proceso personal, ésta aparece despojada de
aquellos tropiezos, caídas, emocionalismos típicos de la poesía de adolescencia,
juventud, etc. "Virtudes" que aparentemente ilustran un momento para desaparecer
luego en el desván de los lugares comunes. Ir madurando entraña entonces un proceso de
despojos, de renuncias silenciosas donde la huella biográfica la eterna tentación
de los jóvenes desaparece para fundirse en las preguntas esenciales, y alcanzar
así aquel necesario, "viático de conciencia". Es por eso que, en obras de
madurez, prosa y actitud poética se confunden en el suelo común de las preguntas y
afirmaciones renovadas.
Es ya el espacio anunciado de los mitos vislumbrados para dar dimensión a lo universal en
la sílaba que se balbuce buscando señales del reino perdido. Para esto, para alcanzar la
claridad y la lucidez, se ha necesitado de un largo exilio interior, de ese estar aparte
de lo contemporáneo, como pedía Samuel Jonhson. La palabra así brota no intemporal sino
purificada por el silencio, por la claridad que sólo concede la soledad. Este proceso es
claro en Ibarra Merlano desde el itinerario que señala su primer libro, Los días
navegados, hasta lo que llega ya a ser eiplícito en Hojas de tarja: el espacio
que se abre hacia un mediodía luminoso, como lo es el territorio de la certeza alcanzada.
Pero lo propio de una indagación que se abre es que no responde a cronologías. Así hay
poemas del primer libro que podrían estar en el segundo y poemas de éste que podrían
estar en el primero, con lo cual se demuestra que el verdadero poeta asienta sus versos en
un espacio único, y que por lo tanto de un libro a otro no puede hablarse de
"progreso" o de "retroceso". Así el hombre está en la ciudad,
escenario inevitable de lo contemporáneo, fatalidad que algunos diluyen en el manido
recurso del costumbrismo "urbano". Trampas que Ibarra Merlano rehúye aceptando
aquello que sí comporta como vivencia ese escenario: żdónde el amor? żDónde el
afecto? La ciudad de Ibarra Merlano es fría y distante y nunca brinda posibilidad de
identificación, o porque su espacio carece de simbología o porque la nostalgia del reino
perdido es más vigorosa y exige cautela.
La ciudad es, pues, el exilio con sus carnicerías, sus mustios edificios de oficinas, sus
lamosos callejones, sus parques sombríos donde el extraño debe entonces poner en juego
toda su astucia para lograr sobrevivir a esos "estatutos despiadados". Como dice
Rilke: "Madurar como el árbol que no da prisa a su savia". La poesía recobra
así su papel de opositora a la deshumanización de las ideologías. Éstas fundamentan su
tarea en vaciar el pasado negando toda tradición y haciendo del futuro un proyecto vacío
donde tanto la resonancia del ser como de la vida misma se anulan. Así entonces lo
anacrónico surge como un supuesto pecado capital frente a lo "progresista".
Pero si el modernismo opuso lo pagano a una noción ideológica de lo religioso, así
ahora este paganismo se opone a una noción ideológica de "futuro político".
Anacrónico es entonces lo trágico como medida del hombre, como reclamo suyo a la
irracional fuerza de un falso destino.
Poesía como la de Gil-Albert restablece en nuestro tiempo estas virtudes de lo trágico,
la vocación de lo imposible, que es donde el hombre vuelve a estar más cerca de lo
sagrado. Lo trágico es silencio y equilibrio como deslumbramiento inicial que nos
comprueba que la verdad está después: en el vacío que refunde alba y crepúsculo, canto
e instante: "Endeble pulso que desgasta el tiempo,/ latido equilibrado en el
silencio".
La exigencia ética de un creador está de acuerdo con los límites que se fija y con los
ilímites que sabe crear y no, pues, con una sumisión a la historia. Hojas de tarja reanuda
la tradición de lo trágico en lo universal, aquella medida del orgullo, de la altivez y
sobre todo dc lo sagrado que había desaparecido en nuestra poesía desde Barba
Jacob. La dificultad señalada por Lessing de que la poesía interprete lo espacial y
material y su capacidad para traducir solamente lo que como lenguaje mismo es incorpóreo,
fluido, se da en Ibarra Merlano como fijación de instantes, no en el sentido del Sturm
und Drang, sino como equilibrio ante la nada: la misma cantidad de vida supone la
misma cantidad de muerte. Lo sagrado no lo es porque lo habite el dios sino porque el
hombre lo
ha legitimado con su búsqueda.
"Toda palabra es un retorno/hacia el silencio del mar profundo que la crea",
recuerda Carlos Obregón. En Hojas de tarja el mar es el imperativo: esta otra
orilla donde se hace necesario identificar árboles, colores, olores aquello que
encubrió la opacidad de las ideologías para que lleguen los amplios espacios de las
comprobaciones. Esta capacidad de identificar su mar en una geografía particular
ritmos, vaivenes, brisas es una gran virtud en Ibarra Merlano: "El mar
restaura el límite perdido de la espera". Así como Hólderlin debe regresar a
Grecia para estar cerca de los paisajes de la infancia, así Ibarra Merlano señala
igualmente la necesidad de retornar a ese territorio donde están los mitos del origen y
están juntds aún el anhelo y el deseo.
El mar de Ibarra Merlano se presenta como el espacio donde tienen lugar esas certezas y no
como un escenario donde suceden "acontecimientos" iay la poesía
"marinera"!, Conquistar un espacio es a la vez determinar un particular
sentido del tiempo: Ibarra Merlano lo hace no para adentrarse solamente en la
interpretación de un mito sino para llegar a las certezas esenciales. Estas certezas
estan despojadas de las connotaciones existenciales propias de lo que hemos
considerado como tal:
agonismo, escatología existencial, ya que nostalgia, melancolía se tiñeron de
connotaciones conmiserativas olvidando que son certificaciones de nuestra condición
humana; espacios ilímites propios de lo imaginario.
Lo pagano en esta poesía consiste en su diálogo con las cosas, con la naturaleza y los
mitos mitos, que, hay que aclararro, nada tienen que ver con los mitos de la
antropología. De ahí que, como en el verdadero diálogo, estén ausentes las retóricas:
la ciudad ha sido un hito en este retorno donde el mares origen, memoria viva. La
descripción de los elementos que hablan en el mar, aquello que es parte específica de su
geografía: reverbero, estallido de luz, colores que crea la ciénaga, configuraciones en
que los elementos se metamorfosean, tránsito leve de la materia sometida a la sólida
autoridad del agua inmemorial.
Una obra así, tan rigurosa en su visión, trasciende los esquemas en que la pereza
crítica suele clasificar la poesía. Porque con ninguno de los nombres de su generación
se identifica, muchos menos con las lánguidas "vanguardias" de los últimos
anos. Una obra que retoma la dimensión y exigencia de lo universal, que reasume la
visión genealógica de los mitos, del origen, o sea la olvidada dimensión de lo
trágico, tiene a la fuerza que ser una obra aparte.
Y una obra aparte pienso en el Foix catalán confiere la medida y el criterio
de lo que significan el rigor, la pasión convertida no en efusividades o en modelos
imperativos de un adulto sino en las claridades que ayudan a ver con más certeza el
camino que se abre hacia lo que es esencial, ahora cuando una vez más la historia se
derrumba y el hombre necesita de las virtudes de lo humano.
DARlO RUIZ GÓMEZ
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