|
Sic, Sic,
Resic,
El cuento colombiano contemporaneo,
III
(generación de 1970
Eduardo Pachón Padilla (comp.)
Plaza y Janés, Bogotá, 1985, 209 págs.
|
|
|
|
|
El encargado de
hacer una antología realiza dos intervenciones críticas: la primera al escoger los
textos que deben ser publicados, y la segunda al comentarlos. Con respecto a la selección
a cualquier selección es muy difícil ponerse de acuerdo, pues como cada
lector tiene sus preferencias (cuando no sus amigos), siempre hay textos ausentes que nos
hacen falta y otros presentes que nos parece que sobran (porque cada lector puede tener
también sus enemigos). Así que comentar la elección de cuentos hecha por Pachón
Padilla sería como calcar la opinión de muchos: usted se olvidó de... que es mucho
mejor que... Y este tipo de comentario no es una crítica seria sino un paso más en la
danza de mutuos elogios o impropios que se sienten obligados a bailar los
escasos narradores o poetas colombianos metidos a críticos.
Lo que sí no se puede pasar por alto es la segunda intervención crítica del antólogo,
es decir, sus comentarios a los escritores y a los textos que escoge. Estos comentarios
son importantes porque nos pueden ayudar también a deducir el fundamento y la autoridad
con que el crítico hizo su elección. Pues bien, veamos lo que Pachón Padilla nos dice
sobre el cuento colombiano, sobre los autores de la generación del pasado decenio y sobre
sus producciones.
La primera frase de su introducción nos introduce ya en el desconcierto. ¿Será posible
que una editorial seria deje pasar un cúmulo de errores tipográficos? Ojalá. Esto
disculparía en parte lo que no sólo son torpes galimatías y frases malogradas, sino
también y sobre todo
i
nconsistencias gramaticales, solecismos,
anfibologías no deliberadas, párrafos caóticos y
,
en fin, un clamoroso desatino disfrazado de jerigonza
crítica. A la casa editorial no hay que endilgarle nada (a no ser que nos pongamos a
discutir de lo que no nos gusta: las elecciones); hasta se puede anotar en su favor que en
la contraportada hicieron todo lo posible por remendar el primer párrafo del crítico.
No se requiere ser un purista quisquilloso ni tener la mitad de los ojos de Argos para
darse cuenta de que los ejercicios críticos de Pachón Padilla ("antólogo por
excelencia del cuento nacional", se nos informa) no pasarían la prueba de un trabajo
de bachillerato realizado para un profesor poco exigente. Tome cualquier lector el primer
párrafo de la nota introductiva de Pachón (o, si es paciente, el segundo, que dura las
siete páginas siguientes) y sin apelar a la intuición o a la imaginación trate de
descubrir qué es lo que el crítico desea decirnos. Tiempo perdido: a pesar de sus
incisos informativos, a pesar de sus fechas, comas y comillas, el párrafo va de ningún
lado hacia ninguna parte.
Para ser amplios demos más de un botón de muestra de la redacción incompetente del
crítico, recogidos en la introducción y en las notas que éste les dedica a los
escritores y a sus cuentos. Nos enseña el antólogo que la generación del 25 difunde los
procedimientos literarios de los "vanguardistas y demás ismos"
(sic); que un relato de Julio Posada R. fue "editado a (sic) manuscrito"; que
los seres (así llama Pachón a los personajes) de Nicolás Suescún tienen "estados
sicoanalíticos (sic), lindando (sic) con la neurastenia y hasta con la demencia";
que la narradora analfabeta (la noticia es de Pachón) de El Tapetusa "se
dirige, otra vez de nuevo" (sic) a un auditorio para contarle algo sobre las
corralejas, a las que el alfabetizado crítico define:
"festividad ésta típicamente popular, celebrada en algunas poblaciones del litoral
norte colombiano, durante los primeros meses del año, causando (sic) siempre, en el
personal rústico (resic) muchos muertos y heridos en la lidea (recontrasic), en estado
avanzado de embriaguez..." (sic).
Pero hay más. También nos informa Pachón Padilla que Hugo Ruiz es periodista "en
la prensa escrita, hablada y televisiva" (sic); que la matanza de las bananeras fue
"un insuceso, ocurrido en el país en diciembre de 1928, el cual ha motivado varias
controversias verbales y escritas en (sic) algunas obras investigativas, inspirando (sic)
también relatos, y piezas teatrales de notables autores nacionales (...)
acusándose
(sic) por ello de imprevisión (sic) al Gobierno de ese entonces". Nos dice también
que en el cuento llamado Neuronita "todo ocurre en una noche, de esas
similares a las cuales (sic) la creencia popular imagina llena de ruidos...;
que algunos personajes del relato de Germán Uribe recobran la libertad después de
"adjurar (sic) públicamente".
¿Más? No. por favor. Aunque todavía hay mucha tela que cortar. Pero ya sería
ingeneroso seguir sacando al sol este tipo de trapitos. Basta ojear las páginas de
Pachón Padilla para darse cuenta de que su prosa es descuidada, sus intervenciones
críticas o insulsas o incomprensibles por problemas de redacción, no de
sutileza, que el uso de unos pocos elementos de crítica formal son más que nada un
intento (fallido en su caso) de ponerse al día mediante el balbuceo de un lenguaje
crítico que el antólogo no parece dominar. Llegados al final del comentario sobre el
trabajo del crítico, creemos conveniente citar algunos conceptos de Wystan Hugh Auden
sobre la crítica de libros. Se lee en La mano del teñidor:
Atacar los libros malos no sólo es
una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter. Si un libro me parece
realmente malo, entonces el único interés que puedo tener para escribir acerca de él es
la exhibición de mi inteligencia, mi ingenio y mi malicia. Es imposible que alguien
reseñe un mal libro sin pavonearse.
Hasta aquí, entonces, sólo
podríamos arrepentimos de lo que hemos escrito. Si no fuera porque Auden. añade en
seguida:
Hay un mal literario
que nunca se debe dejar pasar en silencio, sino atacarse continuamente, y ése es la
corrupción del lenguaje, ya que los escritores no pueden inventar su propio lenguaje y
dependen de aquel que heredan, de donde se desprende que la corrupción de éste implica
tácitamente la de aquéllos.
P
or fortuna una
antología (y sobre todo ésta) son primordialmente los textos seleccionados. Y por encima
de la intervención desafinada del crítico hay en esta recopilación varios cuentos donde
se aprecia que el trabajo con las palabras, el arte fabulador, ha logrado construir
objetos verbales sobresalientes. Por ejemplo en Esta noche de siempre, el relato de
Roberto Burgos Cantor, se manifiesta la capacidad del autor de manejar sin empachos el
material narrativo y la técnica literaria. Sólo el artificio ingenioso de los falsos
cabies de noticias intercalados con los golpes de la pelea, cables que al final cambian de
sentido (el último está fechado en Tokio pero es un mensaje que no viene de allí sino
que hacia allá en
v
ían los amigos del boxeador), sólo este
artificio tan bien manejado hace que el cuento de Burgos Cantor demuestre su validez
literaria.
Si no fuera por la Zona caramba... es un cuento donde Illán Bacca demuestra una
vez más sus grandes dotes de titulador, pero su escasa fortuna al rematar. La frase final
de su relato, especie de moraleja un tantico envejecida, nos deja un sabor amargo que, de
todos modos, no alcanza a dañar el buen gusto de las páginas precedentes. Por encima de
esta pequeña ingenuidad, el relato de Illán tiene un buen acierto: la música. La
música que escuchan los personajes del cuento y la que leemos sus lectores. Desde el
epígrafe (porro) hasta los sones que se tocan en la fiesta y que por sí solos determinan
muchas situaciones, hasta la música de las palabras, las que llevan el ritmo del relato.
Creemos que en estas dos músicas está el mayor valor de este cuento.
El Tapaetusa, de Leopoldo Berdella de la Espriella, comparte con el cuento de
Burgos una misma línea temática: el personaje del pueblo que trata de triunfar y
fracasa en uno de los pocos campos en que es posible abrirse paso en nuestro país:
Ray, el personaje de Burgos, se hace boxeador; en El Tapetusa el contrincante es
aún peor: los toros de las corralejas. Lo interesante aquí, más que el aspecto
lingüístico, es la tragedia cíclica, la desesperación y la pasión transmitida de
padre a hijo. También dentro de la temática del fracaso del personaje popular (aunque
aquí, más que de fracaso, convendría hablar del choque del hombre del pueblo con la
represión) se sitúa el relato de Milciades Arévalo Las otras muertes. Con este
relato se vuelve a demostrar que la ideología no es un buen punto de partida; las mejores
intenciones y la más lúcida conciencia política no logran, por sí solas, producir
buena literatura. Es increíble que el hecho más horrendamente cotidiano, el más
repetido y absurdo de la violencia nacional, sea descrito de tal modo que parezca falso.
El realismo socialista produce gigantes de inverosimilitud.
El más largo de los cuentos escogidos por Pachón Padilla, Vitola, de Germán
Uribe, es tal vez, junto con Sola en esta nube, de Óscar Castro, el más
convincente de toda la colección. En Uribe se aprecia cuidado por las palabras y cuidado
por el hilo de la acción, por el desenvolvimiento del relato. Aunque son muchos
¿excesivos? los personajes, a buena parte de ellos Uribe logra darles una
autonomía personal, un carácter. Y toda la historia está muy bien mezclada con una
realidad que al principio es externa al cuento el fanatismo religioso pero que
lo va penetrando sutilmente hasta convertirse en el verdadero protagonista.
Para volver al relato que señalábamos, de Óscar Castro, debemos dedicarle antes unas
palabras de reconocimiento al antólogo. Quizá por aquello de que no hay libro tan malo
que no tenga nada bueno, el comentario de Pachón Padilla sobre Sola en esta nube tiene
trozos acertados. Es como si algo de la capacidad lingüística de Castro, o al menos algo
de su entusiasmo, se le hubiera contagiado al crítico. Porque además es fácil
entusiasmarse con este cuento. Tal vez creíamos que después de Roa Bastos, de Cabrera
Infante y de Julián Ríos, estábamos cansados, agotados de juegos de palabras. Pero
ancha es Castilla y más ancho aún el castellano, con el cual Óscar Castro es capaz de
ejecutar excelentes piruetas. Pero no piruetas vacías o hechas porque sí, sino porque la
textura del cuento así lo pide. Aquí sí podemos estar de acuerdo con Pachón Padilla
cuando dice que hay madurez en la narrativa colombiana.
Menos maduro, en cambio, nos parece Es muy lenta la espera, de Carlos Orlando
Pardo, donde lo fantástico no logra instalarse tan bien como en otros relatos
éstos si más maduros del mismo autor. Algo semejante cabe decir de Díaz
negros como viejos hierros, de José Luis Garcés, donde la patética exhumación del
tema de Candilejas (con final aún más infeliz que en Chaplin), aunque aspira a la
ternura o al llanto, sólo llega a desilusionarnos, literariamente hablando.
En el relato de Hugo Ruiz, Una mujer viene todas las noches, notamos una especie de
padre o maestro al acecho. Diga el lector a qué le suenan los siguientes elementos que se
aprecian en ese relato: una lluvia menuda y constante, un pueblo polvoriento, vivos que se
ponen a conversar con los difuntos, daguerrotipos, baúles cargados de recuerdos de
antepasados familiares, flores amarillas, pájaros que huyen precipitadamente, cuartos
donde el tiempo lleva años sin moverse... Todos estos motivos, que cualquier lector
atento reconoce como manieristas, aparecen en el transcurso de sólo cinco páginas. En
cada sala de museo donde se exhiben las obras de un maestro pongamos del
Renacimiento italiano se incluyen también los cuadros de sus discípulos e imitadores
(basta que sean buenos). ¿Quién quita que en el futuro no se editen los libros de
García Márquez o de Rulfo con un anexo que incluya a sus epígonos de valor? En América
Latina son legión. Lástima para Ruiz que por ahora sigamos en plena época de culto a la
originalidad.
Hay, finalmente, otros dos relatos incluidos en la antología de Pachón Padilla: Las
enmiendas como curaciones en el prójimo, de Fernando Cruz Kronfly, y Neuronita, de
Armando Romero. El cuento de Cruz Kronfiy lo hemos leído y releído sin poder llegar a
una conclusión segura. Al lado de referencias que suenan bastante postizas (que si has
leído a Proust, que si crees que Freud) y de cierta verbosidad que incomoda, encontramos
también algunos hallazgos líricos y cierta homogeneidad en el estilo, que inspiran
confianza en las cualidades del narrador que leemos. No puede ser que éste sea su mejor
cuento. Acerca de Neuronitaaparte el desánimo que produce un mal título
cuando desafortunadamente no se revela paródico hay poco que decir. Así que es
preferible ceñirse a la primera parte del consejo de Auden que citábamos antes.
HÉCTOR ABAD
|