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Poeta a pesar de
piedra y cielo
La luna y un zapato
Hernando Rivera Jaramillo
Ediciones de Autores Antioqueños, vol. 9,
Medellín, 1985
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¿Por qué sólo
ahora se publica esta obra de Rivera Jaramillo si generacionalmente tuvo compañeros
política y socialmente tan importantes? Sacar a destiempo una obra tiene, como sabemos,
sus riesgos, sobre todo si una tardía reivindicación se hace bajo la impronta del
compañerismo y no bajo el rigor implícito en una sensibilidad que, como señala Walter
Benjamin, busca piedras preciosas en el fondo del mar. Y cuando además sigue faltando una
perspectiva crítica que al situar una obra no asimile, por ejemplo, la grandeza de un
fracaso a una simple mediocridad, lo que sigue justificando veladamente el emocionalismo,
la devoción provinciana, dejando que muchas obras carezcan de verdadera visión objetiva,
caso Valencia, caso León de Greiff.
Vencer la proclividad sentimental es, pues, una tarea que exige más que escrúpulos en la
medida en que vivimos en un medio donde lo espontáneo, lo silvestre continúan
marcándole pautas a la llamada poesía de todos los días: ¿cuándo llegaremos a situar
en su verdadero lugar a los piedracielistas? Sin duda alguna, en el momento en que
logremos vencer la idea retórica y aún subterráneamente vigente de la
poesía "recitada": ¿no es ahí donde pierde validez buena parte del Carranza
oficial? Ya que en la medida en que un poeta como Juan Ramón recupera su real estatura
ética, en esa medida, ante el inmenso creador de Melancolía y Espacio, el
poeta defensor de la república, se nos hace paradójico que entre nosotros se lo siga
confundiendo con un hacedor de metáforas retóricas. Lo que sucede aún con García
Lorca, reducido a ser autor de blandos romances toreros y aldeanos, y no a lo que su
elevado rigor plantea
como tarea de una voluntad lírica.
Dig
o todo esto porque La luna y un
zapato es un libro que nace y crece bajo la impronta de lo que entre nosotros se
continúa identificando como el piedracielismo. Capítulos como Patrias del hombre,
Canciones identifican la presencia de ese metaforismo: "Río que pasa por el
alma/ bajo puentes de miedo/por regiones oscuras/y árboles de silencio". Hasta el
infaltable romance torero: "Torero mira de frente/con el corazón llorando/tiene que
matar su muerte,/ morir con ella, luchando". Fórmula al uso que va desde Nicolás
Guillén hasta cualquier folclorólogo actual y que señala, sin duda también, la
infaltable caída en los gustos vigentes. Pero en Rivera Jaramillo puede más el poeta que
busca la poesía que el hombre circunstancial a quien rodean los vicios y torpezas de una
generación. Por eso digo que no puede equipararse el exceso de quien arriesga, con el
logro de ocasión de quien simplemente ilustró ese gusto vigente. Rivera Jaramillo sabe,
sin embargo, que vencer lo retórico, ir más allá de lo declamatorio, significa escoger
lo que en toda ascesis se da:
esto es, una purificación interior donde el escribir va asociado a una manera de vivir
a hablar por la calle con los ángeles. De este modo la imagen que fue esquiva
o se redujo a hacer frases va liberándose, va dejándose ver. Vence lo que verdaderamente
es poesía en el poeta contra lo que era camisa de fuerza de una receta literaria:
"Oh, la antigua niñez de un dios enamorado,/que juega a escondidas detrás del pan y
el vino,/ en racimo y gavilla, exprimido y segado, me deja solo y ciego vagar por el
camino". Cercanía tímida de lo dionisiaco que se apaga en el rumor de antiguas
tristezas raciales: "Vivo de lo que fuiste y lo que eras,/y esperando el
pasado
es como espero/tal vez en las futuras primaveras".
Esa ascesis lo conduce a la pureza que deseábamos: "¿Qué más espera el barro
muerto,/en pie las paredes pisadas/en litúrgicas danzas amadas,/ si el caserón quedó
desierto?". Afortunadamente Juan Ramón llegó a estar en Rivera Jaramillo no a
través de la retórica de sus intermediarios sino en aquello que una sensibilidad
despierta en otra como identificación extraña, como afinidad sólida: "Espejos,
salas abandonadas ,/pupilas claras del silencio,/habitaciones en donde pasa/escondido un
tiempo". Es el paisaje interior como conquista soberana del poeta: "Ni jardines
rodean la
inocencia/de esta agua enamorada y pensativa,/ni en su brocal de oro el
pez se aviva/ni junco y perla están en su conciencia".
Inesperadamente se aproxima la voluntad lírica, aquella que, desnuda, equilibra el
sentimiento con la necesidad del cosmos, la medida de la muerte. "Nunca estaré
completamente muerto/cuando muera. De todo lo lejano, haré mi poema, y del silencio/que
tiembla húmedo y frío como un cántaro". Al inicial acento unamuniano lo rescata
con el tono abiertamente panteísta de los versos finales. Y panteísta es a la postre su
búsqueda dentro del clamor de la alegría que proviene de la iluminación que ha sabido
elevarse por encima de las circunstancias personales. Porque esta es la cualidad esencial
de la actitud lírica: ir más allá de lo que es personal para disolverse en las
imágenes primordiales que dan sentido a la vida y confieren a la muerte su significado de
metáfora total.
De pronto es un sorprendente hallazgo que nos recuerda a Cavafis:
"Me dejaron solo en la rueda/de la muerte. Cantan los pequeños/y, niño triste,
quedo fuera/de la vida como en un sueño". Certeza que lo lleva a buscar sus propias
palabras, el vocabulario simple de su experiencia, luchando contra la idea establecida de
lo que se suele confundir con la poesía. Marginal, no deja nunca de cantar a lo que lo
deslumbra en su creciente oscuridad y así el amor de homosexual se establece sólo como
amor y no como trauma o pasión inconfesable: "O serás el amor que nadie nombra!
flor de la oscuridad y de la sombra,/¡amigo entre mis brazos y enemigo!/(¡Amor amigo
mío y enemigo!)". ¿Poeta irregular Rivera Jaramillo?
Uno podría pensar en los inevitables riesgos de la soledad municipal, en esa melosa
condescendencia provinciana donde al desaparecer la exigencia del rigor, la indispensable
autocrítica el diablillo mañanero se cae en lo fácil al perderse la medida
de la tarea que ha de hacerse, máxime en un terreno como el de la poesía. Digamos que
por lo pronto él se encargó de crear sobre sí mismo los puntos de interrogación que
jamás serán llenados: poemas rescatados de su azar íntimo, dejados ahí como una huella
difusa y a la vez dispersa pero que por difusa y dispersa rehúye aquello que
académicamente llamamos unidad, rehúye además la tiranía de la llamada obra, ese libro
donde supuestamente se culmina una "etapa", un "proceso".
En este sentido supo crear Rivera Jaramillo la expectativa por aquello que supuestamente
dejó de hacer o hizo y deliberadamente extravié y en esta actitud despectiva
reside su singularidad: ¿poemas inconclusos, mal rematados, pésimos títulos? Así y
todo y contra esa certeza que es nuestra, es Rivera Jaramillo un poeta que llegó para
quedarse, para pedimos esa lectura crítica necesaria y a la cual nos seguimos negando
como el enfermo que no se atreve a leer el diagnóstico. Lo que brillaba verdaderamente en
la profundidad era una perla.
DARÍO RUIZ GÓMEZ
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