Boletín Cultural y Bibliográfico   Número 6,  Volumen XXIII,   1986
 
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1. Las aventuras de Pinocho. Carlos Collodi. Madrid, Codex. 1965.


¿Por qué vendió su cartilla Pinocho?

BEATRIZ CABALLERO
FOTOGRAF
íAS: MARIO RIVERA

¿ Quieres darme veinte centimos por este abecedario nuevo?
Pinocho
¡ Y pensar que el pobre Geppetto se había quedado en casa,
temblando de frío, en mangas de camisa, para comprar el
abecedario de su hijo

                                                                   COLLODI

PINOCHO, el arquetipo de niño, el niño por excelencia, lleno de malas intenciones y que se deja arrastrar por las malas compañías cada vez que tiene la oportunidad, vende su cartilla de lectura para entrar a una función de títeres.

Collodi, a la hora de hacer literatura, como cualquier adulto, no soportó la tentación y cayó en ella. Llenó a Pinocho de cualidades morales, de sentimientos de culpa y actos de contrición, para que pudiera triunfar el bien, y el mal fuese castigado. Así el héroe lava su culpa con el arrepentimiento y vuelve a crecer a los ojos de los niños lectores, manipulados emocionalmente, cuando le pide perdón al hada y a su pobrecito padre Geppetto, que tanto se sacrificó por él. En recompensa, Pinocho "va a ser bueno y va a estudiar y quiere convertirse en un niño como los demás". El lector intuye que convertirse en un niño de carne y hueso significa volverse totalmente bueno, es decir, lo más terrible que le puede suceder a un personaje. Inmediatamente pierde todo interés. Esos no existen.

Y Pinocho es un clásico de la literatura infantil. Es el protagonista de cuentos para niños preferido por niños y grandes de todos los tiempos, desde 1881, cuando apareció publicado por primera vez. Más de cien años. Suficientes para considerarlo inmortal, pero que no son nada al lado de la cantidad de ejemplares impresos. ¿Se podrá saber cuántas reediciones de Pinocho se han hecho? ¿Cuántas adaptaciones, versiones recortadas, traducciones, mutilaciones, en todos los formatos, a todos los precios, ediciones de lujo, en papel periódico, con pasta dura, para recortar, para colorear, para calcar, para copiar? ¿Cuántas editoriales habrán publicado Pinocho? "Resulta natural pensar que Pinocho haya existido siempre: no nos imaginamos un mundo sin Pinocho", dice Italo Calvino. Y es porque Pinocho es un niño como lo son y se han sentido sus lectores de todos los tiempos: mentiroso, egoísta, rebelde, desobediente, fanfarrón y llorón, que se arrepiente de sólo algunas de las maldades que ha hecho. Un niño de verdad.

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2. Pedagogía para escuelas y colegios, Mercedes Aragón. Bogotá, Imprenta Moderna, 1910.

Si Pinocho, que es ese niño modelo, fue capaz de vender la cartilla que le costó a su papá casi morirse de frío en invierno... ¡cómo no habrán querido vender la suya todos los niños de todos los tiempos! Pero no se nos olvide que todos recordamos de memoria la cartilla en que aprendimos a leer.

CIEN AÑOS DE CARTILLAS

Observar las cartillas en las que hemos aprendido a leer los colombianos durante los últimos cien años da pie a una serie de consideraciones que llevan a plantear por qué la primera cartilla de lectura es inolvidable y al mismo tiempo es justificable que Pinocho hubiera vendido la suya.

Se entresacaron los ejemplos y muestra de una selección tal vez arbitraria pero representativa de la colección de cartillas que se conservan en la Biblioteca Luis Ángel Arango.

 

 

 

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AQUEL PAÍS NO SE PARECÍA A NINGÚN OTRO DEL MUNDO. SU POBLACIÓN ESTABA exclusivamente compuesta por niños. Los mayores tenían catorce años, los más jóvenes apenas llegaban a los ocho. En las calles, reinaban una alegría, un estrépito y un griterío capaces de volver loco al más plantado. Por todas partes surgían bandas de arrapiezos jugando a pídola, al tejo y a la pelota, montando velocípedos, galopando en caballos de madera. Unos, jugaban a la gallina ciega; otros, más lejos, se perseguían llenos de júbilo; otros, vestidos de payasos, engullían trapos encendidos. Los había dedicados a la recitación, al canto, a dar saltos mortales, a caminar con las manos en el suelo y los pies en el aire, al juego del aro, a pasear vestidos de generales con un gorro de papel y un sable de cartón, a gritar, a aplaudir, a silbar, a vociferar, a imitar el cacareo de una gallina tras poner un huevo... En una palabra, un verdadero pandemónium, un guirigay lo suficientemente endiablado como para ponerse algodón en los oídos, so pena de quedarse sordo para toda la vida. En todas las plazas se veían teatrillos de lona, repletos de niños desde la mañana a la noche, y en todas las paredes podían leerse inscripciones al carbón, como éstas: Bíban los jujetes (en lugar de vivan los juguetes), no queremos más hescuelas (en lugar de escuelas), abajo Larin Metica (en lugar de La aritmetica’), y otras lindezas por el estilo.

Las aventuras de Pinocho, Carlo Collodi. Madrid, Codex 1965

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4. El escolar hispanoamericano, Método moderno de lectura y escritura. Bogotá. Colegio Pestalozziano, 1908. 5. Primera jornada. Alvaro Marín Alejandro Cano Medellín. Bedout. sf.

Un primer grupo, de editadas a finales del siglo XIX:
Curso de lectura elemental combinada, Nepomuceno Serrano y Belisario Canal, Bogotá, Imprenta y Librería de Medardo Rivas, 1896.
Enseñanza moderna. Cartilla de lectura y escritura, Aurelio Martín Cabrera, Bogotá, Tipografía Salesiana, 1897.
Guía para la enseñanza de la lectura combinada con el dibujo, Francisco García Rico, Bogotá. Imprenta Medardo Rivas, 1898.

Un segundo grupo de comienzos de siglo:
El lector infantil, Armando de la Fuente, Bogotá, Imprenta San Bernardo, 1915.

Para la tercera muestra, saltamos a los años sesenta:
Primera jornada, Alvaro Marín y Alejandro Cano, 9a. edición, Medellín, Editorial Bedout. 1963.

La cuarta muestra es representativa de los años setenta:
Tu idioma, Carlos Medellín y Javier González, Bogotá, Cultural Colombiana Ltda.. 1970.

Un grupo, más numeroso, de los años ochenta:
Pinocho, libro de lectura inicial, Medellín, Susaeta Ediciones, 1981.
Rin Rin, Alma Flor Ada y María del Pilar de Olave, Fondo Educativo Interamericano, impreso en Colombia, 1983.
Nacho, Medellín, Susaeta Ediciones, 1984.
Coquito, Everardo Zapata Santillana, Bogotá, Editorial Presencia, 1985.
Vivamos nuestra lengua, Bogotá, Editorial Norma, 1985.
Trampolín, 4a. edición, Bogotá, Voluntad editores, 1985.
Diabluras, cartilla de lecto-escritura, una experiencia de la Escuela Popular
Claretiana, Neiva, 2a. edición, 1985.

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6. Victoria, libro primero de             lectura y escritura Bogotá, Norma, sf.

7. Diabluras, cartilla de lecto-escritura. Neiva. Escuela popular clarentiana, 1985. 8. Trampolín, método de lecto-escritura. Bogotá. Voluntad. 1a. edición, 1985.

Hay un último grupo, conformado por aquellas que aparecen sin fecha de publicación en los textos legales, que son las que se reeditan año tras año, entre las cuales tenemos:
La tradicional cartilla Victoria, de la Editorial Norma, acogida por los maestros desde 1943, según dice en la contraportada.
Mi primer libro de lectura, Alvaro Marín y Alejandro Cano, 7a. edición, Medellín, Editorial Bedout.

MAESTROS Y ESCUELAS

Por lo general se aprende a leer en el colegio; es más: se entra al colegio o a la escuela primaria para aprender a leer. Los maestros de preescolar y guarderías tienen que batirse permanentemente con los padres que creen que sus hijos se la pasan perdiendo el tiempo jugando. Además de los beneficios propios del juego, el dibujo, los trabajos manuales, el modelado con arcilla o plastilina, los ejercicios llamados de aprestamiento, todas estas actividades le ayudan al niño a soltar la mano para escribir. Lo preparan para entrar a la escuela primaria, un cambio radical en su vida, determinante en su formación y por lo general traumático, tanto para los niños que han asistido al preescolar como para los que llegan a la escuela directamente de sus casas.

Independientemente de la personalidad que tenga el maestro, éste encarna para los niños el método de enseñanza, el sistema educativo y la autoridad. Él es el adulto que entra a competir con los padres, sustitutos o familiares frente al niño. El maestro por lo general se asocia al conocimiento en la mente del niño y por lo tanto en este aspecto su influencia es más fuerte que la de la casa, aunque los maestros se quejen de la competencia desleal que ésta ejerce contra ellos ante los niños. Además, al maestro, a la hora de enseñar a leer, lo refuerza la cartilla con su magia poderosa que es la palabra escrita, companera íntima.

El sabio Caldas era de los que consideraban nefasta la influencia de las mamás, "que no quieren se corrijan y se castiguen, por una compasión mal entendida, los desvíos de sus hijos, y procuran insolentarlos y sacarlos del poder del maestro, anteponiendo los verdaderos intereses de la educación al corto que sacan de las ocupaciones domésticas que ordinariamente les dan "y llegaba hasta proponer" que si el joven aprendiz es orgulloso y altivo, y no quiere sujetarse, se le remache un grillete o se sujete del modo más apto" 1.

El maestro siempre está diciendo lo que hay que hacer; puede obligar, castigar. premiar, dejar a un niño repasando la lección durante el recreo o ganarse su afecto. Si al niño le gusta su maestro, con toda seguridad va a aprender con interés y rápidamente; y si la relación no es buena, va a repercutir en su aprendizaje. Del maestro depende que leer se convierta en un placer o en un martirio.

El maestro se hace extensivo a la escuela. La cartilla huele a pupitre, a cuaderno borroneado y sucio de tanto pasar las hojas, a sudor seco después del recreo. La niñez está impregnada de ese recuerdo, y si es desagradable, si lo es el lugar donde aprendió a leer o la persona que le enseñé, no es probable que el niño haya gozado con su cartilla, ni con la lectura, ni que haya quedado con ganas de seguir leyendo cuando grande. (Cuando Pinocho oyó desde lejos la música que anunciaba los títeres se dijo: "Hoy iré a oir los pífanos y mañana, al colegio. Para ir al colegio siempre hay tiempo").

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9. Los diamantes de los niños, Evaristo Vaca Castillo Bogota, Imprenta San Bernardo. 1915.

LOS MÉTODOS DE LECTURA

En el siglo pasado se enseñaba a leer empezando por las letras solas, primero las vocales y después las consonantes: a distinguirlas por el sonido y su dibujo correspondiente. Con este método fonético, el lenguaje estaba concebido como una sucesión de sonidos en la que no se tenía en cuenta el sentido. Al niño le tocaba hacer un complicadísimo ejercicio que consistía en mentalizar cómo se pronunciaban los garabatos renegridos e incomprensibles que tenía frente a sus ojos. Eme con a ma. (9)

Mediando el siglo vino el enfoque silábico o silabeo, en el que persistía la exigencia de un proceso de abstracción inmenso por parte del aprendiz para comprender lo que estaba leyendo. —Así no es como habla la gente, pensaría el niño obligado a ese tartamudeo, casi otro idioma. Ma-ma.

Por los años cincuenta, las corrientes lingüísticas estructuralistas comenzaron a renovar la enseñanza de los idiomas. Entonces se empezó a enseñar a leer con palabras enteras con un significado correspondiente en la vida real, visualizable, recordable. Así sí se pudo gozar comprobando que algo que se conoce —un perro, un niño, una mamá— se puede escribir, se puede dibujar con letras y se puede leer. Mamá.

Y llegó todavía más lejos el método semántico, en el que la frase es la unidad del lenguaje entera, con sentido, y que considera la lectura como algo recreativo y gratificante. Mi mamá me ama. (10)

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10. Pinocho. libro de lectura inicial Medellín, Susaeta. sf.

La cronología de estos métodos corresponde a como han surgido y se han puesto en práctica en Europa y en los Estados Unidos. En Colombia se ha adoptado indistintamente, simultáneamente, caóticamente. Hay lugares en donde algunos todavía no se conocen; escuelas en las que empiezan con un método y terminan con otro, dependiendo de la cartilla que exija el maestro, consiga el niño, cambie el ministerio, promueva el vendedor, reedite el editor. Tampoco falta el que asegura que es capaz de enseñar a leer en 60 días a los niños de 7 a 14 años y en 40 a los mayores de 14, como don Ramón Mercado, con su Método típico de enseñanza en 1873, a quien le pone dos soldados analfabetos a la orden para hacer el experimento don Emilio Murillo, del ministerio de guerra. O don Evaristo Vaca Castillo, que en un destello de lucidez dice en 1915: "Leer es pasar la vista sobre signos escritos, para saber las ideas que ahí están fijadas", para luego salir con un chorro de sílabas entre guiones.

Las cartillas de lectura que nos han tocado a los colombianos han sido de segunda mano: españolas, cubanas, panameñas (Enseñanza simultánea de la lectura y la escritura, Manuel A. Alguero, Panamá, Tipografía Gasís, 1889; Lecciones de niundo, Teodoro Guerrero, La Habana, Imprenta del Gobierno, 1863. Y las reimpresiones españolas de Susaeta Ediciones, Ah-norma, etc., que circulan todavía). Así haya sido en los comienzos de este siglo cuando el suizo Ferdinand de Saussure relacionó la lingüística con la psicología, la filosofía, la historia, la sociología y dio pie a que surgiera el método de las palabras completas, este sólo se empezó a aplicar entre nosotros en los años setenta y se impuso por decreto número 1002 en abril de 1984, lo cual no quiere decir que se aplique. Hoy en día se sigue enseñando a leer silabeando, en regiones enteras del país. más que todo rurales, siempre retrasadas culturalmente con relación a las ciudades. Se consideran experimentales métodos que ya se están revaluando en otras partes: los colegios privados y sólo algunos, los verdaderamente preocupados por la pedagogía, son los que tienen acceso a las ideas renovadoras. No sirve que el ministerio de educación lance decretos mientras las facultades de pedagogía y los maestros no se pongan al día y exijan a su vez la modernización de los métodos y de su propia formación.

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De manera, también, que el análisis de las cartillas de lectura en Colombia no puede ser riguroso ni se puede ceñir a los métodos expuestos. Tampoco ha sido posible reunir todas las muestras que se hubiera querido; por ejemplo, cartillas como La alegría de leer, con todo y sus treinta reediciones o más, en las que tantas generaciones aprendieron a leer, no se consiguen en las librerias.

APRENDER A LEER

Aprender a leer es una experiencia definitiva y trascendental en la formación de una persona.

Leer es una habilidad casi tan esencial como la de saber hablar, la cual, ¿podría decirse?, establece el mismo paso que va de pensar a expresar lo que se piensa, y poderlo expresar en un lenguaje comprensible para otros. La lectura es la traducción del lenguaje hablado al lenguaje escrito.

El aprendizaje de la lectura va casi siempre simultáneo al de la escritura y ese es el segundo gran deslumbramiento: no sólo las cosas se pueden escribir y leer sino que yo también puedo leerlas y escribirlas. Y hasta puedo escribir las que a mí se me ocurran, si me da por ahí.

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El proceso mental que implica aprender a leer es complicado y misterioso. Los indígenas veían a los españoles "hablar a solas en unos paños blancos como una persona hablaba con otra, y esto por el leer en libros y cartas...".

Las notas musicales que se escriben sobre el pentagrama son otros signos, y la música otro lenguaje o forma de pensamiento. Como las letras, son una representación gráfica pero, a diferencia de las palabras, de ideas mucho más abstractas e intangibles que las que se expresan oralmente.

Los idiomas que se manifiestan por escrito mediante ideogramas nos ayudan a comprender mejor esto de la representación visual de un sonido. Bruno Bettelheim lo hace parecer muy sencillo: "(...) se supone que todo niño japonés, al finalizar el primer grado, habrá dominado setenta y seis ideogramas. Aunque a los niños se les enseñan los trazos de la pluma o del pincel con los que se construyen las sílabas y especialmente los ideogramas, el símbolo mismo tienen que aprendérselo como tal y es necesario comprender su significado para que el niño aprenda a leer y escribir. Por lo tanto, desde el mismo principio, la enseñanza de la lectura se concentra solamente en el significado de un símbolo pictórico y no en los elementos que lo constttuyen" 2 .

APRENDER A ESCRIBIR

Así como leer y escribir van unidos, escribir es dibujar. Las cartillas antiguas dedican páginas introductorias a la forma como se debe tomar la pluma para hacer los perfiles y los gruesos, las mayúsculas y las minúsculas, los distintos tipos de letra: palmer, imprenta, cursiva, gótica, etc.

Tener buena letra, clara, bonita, legible, era una cualidad reconocida, una habilidad que podía convertirse en oficio de escribiente o calígrafo y que ha desaparecido con el tiempo. Lo que para los niños de hoy es tipografía, con la que se tienen que entender sólo cuando leen de corrido, para los niños de comienzos de siglo era caligrafía. que tenían que aprender desde los primeros ejercicios para soltar la mano.

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11. Escritura moderna, cartilla de lectura y escritura. A.M. Cabrera. Bogotá, Tipografía salesiana, 1897. 12. Escritura moderna, cartilla de lectura y escritura. AM. Cabrera. Bogotá, Tipografía salesiana, 1897. 13. Los diamantes de los niños, Evaristo Vaca Castillo. Bogotá. Imprenta San Bernardo, 1915.

Con la aparición de la máquina de escribir, la evolución de los sistemas tipográficos, el levantamiento de textos "en frío" (principalmente la fotocomposición) para la impresión litográfica (offset), el procesador de palabras, los manuscritos se están convirtiendo en piezas de museo.

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14. Rin Rin, Fondo educativo interanserícano, 1953 15. Mi primer libro de lectura. Alvaro Marín. Alejandro Cano. Medellín, Bedout, 7a. edición, sf.

¿POR QUÉ TODOS LOS NIÑOS HABRÁN QUERIDO SIEMPRE VENDER SU CARTILLA?

Porque no tiene nada que ver con ellos
Las cartillas muestran niños buenos y bien peinados, niñas hacendosas, papás que fuman pipa al llegar del trabajo, mamás que preparan la comida con delantal. Familias en las que inexorablemente hay un papá, una mamá, un hijo, una hija, un abuelo y un animal doméstico. Familias felices. Familias honradas, ordenadas, limpias, cumplidoras del deber. Cuando más, familias humanizadas de gatitos, perritos, pollitos, ositos. Ni las mejores cartillas se escapan de este rígido esquema familiar. Y estas familias, ¿qué tendrán que ver con las familias colombianas?. (14)

Las familias de las cartillas de comienzos de siglo se parecen a la familia modelo europea de finales del XIX. (15) A la clase media estadounidense de los años cincuenta, en las que aprendieron a leer los niños colombianos de los sesenta y los setenta. Y de ahí en adelante, a personajes de las tiras cómicas y los dibujos animados o de la publicidad.

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16. Mi primer libro de lectura. Alvaro Martín Alejandro Cano. Medellín. Bedout. 7a. edición sf.

Las cartillas le ponen al niño un modelo muy diferente de lo que es él, o tiene posibilidades de ser, o le gustaría ser, si seguimos de acuerdo en que a los niños les gusta más el Pinocho de madera que el de carne y hueso. Le muestran un modelo familiar estereotipado, con papeles sexuales fijos. (16) Un mundo de espacios y costumbres diferentes, que no puede identificar: extraño para él, que no conoce o no le pertenece porque ya pasó, era de sus padres o abuelos o parece de otra parte.

Si nos enseñan a leer mostrandonos a tinas gentes que no se parecen a nosotros, ¡como no vamos a salir con ganas de ser como ellas! "La lengua de un pueblo es su espíritu y su espíritu es su lengua", escribió el lingüista Wilhelm von Humboldt, hermano de nuestro barón. Como quien dice: que si a un tipo de pensamiento determinado por cierta cultura se le da un lenguaje que no le corresponde, el pensamiento se tuerce. Pero nosotros, por ejemplo, dejamos que el señor Paul Rivet se llevara una gramática chibcha para el Museo del Hombre de París, en lugar de tratar de entenderla. Y luego nos quejamos de ser como somos. Y así, ¿cómo podemos tener identidad nacional?

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17. Nacho, libro inicial de lectura. Medellín Susaeta. sf. 18. Escritura moderna, cartilla de lectura y escritura. A.M. Cabrera. Bogotá, Tipografía salesiana, 1897.

Ésta se sustituye por patrioterismo. Los valores patrios que nos siembran son de cartilla. Próceres como estatuas de parque, hechos trascendentales y símbolos patrios se cuelan en las últimas páginas de la cartilla de lectura y se graban en la memoria del niño como las tablas de multiplicar, sin comprender su significado ni lograr que se interese en su historia.

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16a.   Mi primer libro de lectura. Alvaro Marín Alejandro Cano Medellín, Bedout, 7a. edición. sf

POR INCOMPRENSIBLE

Las cartillas, por necesidad de ajustarse a cierta acomodación del alfabeto, emplean palabras difíciles o viejas, como de los abuelos o los cuentos. Palabras desprovistas de sentido para los niños por su significado obsoleto, o literario, o simplemente desconocido.

Otro elemento que dificulta la comprensión de la lectura es la disposición de las palabras en la página y el diseño total de ésta. Los espacios en blanco dejados entre sílabas causan vacios en el sentido de la frase. La ayuda que debe constituir el dibujo se pierde cuando no está claramente colocado en relación con la palabra que representa. La parte gráfica debe estar ante todo puesta al servicio de la comprensión del texto. (24) La lectura entra por los ojos. De hecho, los libros sin imágenes no atraen la atención de los niños que no saben leer.

Los dibujos de las cartillas antiguas eran totalmente realistas pero; con el tiempo se fueron haciendo más simples, más esquemáticos, en aras de la comprensión del contenido. En la preparación de algunas cartillas recientes hay pedagogos que trabajan conjuntamente con los ilustradores para evitar este problema. Sin embargo, por su afán didáctico, las ilustraciones resultan insulsas o menos atractivas que la misma realidad y, actualmente, que el cine, la televisión y la publicidad. Los niños vuelven a encontrarse con una representación gráfica estereotipada del mundo que no corresponde a lo que ellos conocen. Tal vez a la de los cuentos. Niños que corretean felices por campos floridos y niñas de trenzas que hablan con los animales. Dibujos de niños como de película de Truffaut o de campaña cívica. O fotos didácticas de personas desabridas.

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POR ABURRIDA

Si las primeras frases son faltas de sentido, los textos e historias son insípidos y aburridos. Los personajes son tan buenos y formalitos que ¿qué podría pasarles de interesante? La cartilla es un llamado permanente al juicio, a la razón, al cumplimiento riel deber, puesto que explícitamente se propone darle al niño principios morales, lecciones de urbanidad y de civismo.

De manera que cuando el niño podría empezar a gozar leyendo en voz alta, para él solo, para sus amigos o para sus hermanos, las cartillas se vuelven un ladrillo pedagógico. (21) Los maestros no pueden desprenderse de su objetivo inicial y mecánico que consiste en leer de corrido, con buena pronunciación y entonación. Un experto de la Unesco, en una asesoría al Instituto Colombiano de Cultura para su programa de clubes de lectura en 1971, recuerda: "Lectura funcional es un proceso global mediante el cual el lector percibe correctamente los símbolos, comprende lo que quiere decir el autor, analiza y juzga las ideas encontradas, las selecciona y las aplica en la solución de sus problemas, para su mejoramiento". Se refiere a lectores adultos, pero el principio rige exactamente igual para los niños.

Las cartillas una y otra vez relegan a un segundo plano el contenido: por cuidar el andamiaje gramatical, construyen un edificio desprovisto de imaginación. Entonces el niño se avergüenza de decir estupideces en voz alta y prefiere quedarse callado, no seguir leyendo y se va a jugar. ("Los niños buenos van al colegio", dice el hada. "Y a mí el colegio me pone la carne de gallina", piensa Pinocho).

Las cartillas de los años ochenta, felizmente, empiezan a presentar una notoria preocupación por hacerse más interesantes. Los juegos de palabras, que siempre han gustado a los niños, tienen humor y significado; el vocabulario es más cotidianos, sin dejar de enriquecer el del futuro lector; los ejemplos y temas se acercan a lo que él conoce. Lo cual corresponde a un cambio de actitud hacia el niño, que era considerado un hombrecito incompleto hasta cuando la psicología moderna, con Piaget, logró imponer la niñez como un estado en sí mismo y no como una etapa de transición hacia la edad adulta. (19)

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19. Rin Rin. Bogotá. Fondo educativo interamericano. 1983. 20. Los diamantes de los niños. Evaristo Vaca Castillo. Bogotá, imprenta San Bernardo. 1915

 

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20a. Los diamantes de los niños. Evaristo Vaca Castillo. Bogotá,  imprenta San Bernardo. 1915 21. Coquito. Bogotá . Editorial Presencia.1984.

 

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22. Enseñanza moderna, cartilla de lectura escritura. A.M. Cabrera. Bogotá, tipografía salesiana,  l897. 23. Coquito. Bogotá. editorial Presencia, 1984.

 

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24. Rin Rin. Bogotá, Fondo educativo interamericano, 1983.

Los maestros que aplican la psicología y la pedagogía moderna saben que el lenguaje va íntimamente unido a las demás experiencias de la persona; que no se trata de una simple habilidad o destreza mecánica. Y proponen las dramatizaciones, el dibujo, el estímulo a la expresión oral, con el fin de que el aprendizaje de la lectura y la escritura se convierta en una experiencia ligada a la vida personal del alumno. Estos maestros son los que, con decreto o sin él, tienen conciencia de los beneficios de la lectura; de ahí que busquen todos los medios posibles para que su iniciación sea entretenida y los niños la disfruten. Las cartillas ideales para ellos son las que reúnen textos interesantes e ilustraciones que además de correctas sean bonitas y atrayentes, corno un buen libro (24)

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25. El lector infantil, Armando de la Fuente. Bogotá, imprenta San Bernardo, 1912.

Cada día son más los que se inician artísticamente ilustrando libros escolares y terminan comprendiendo que la ilustración y el diseño en el ámbito infantil constituyen toda una forma de realización artística y profesional. De ahí que dentro de los nuevos intentos encontremos con frecuencia ilustraciones que van más lejos que el contenido, es decir, dibujantes más audaces que los maestros, quienes, por más que sean de avanzada, se traicionan separando la hora de aprender de la de soñar, así le estén planteando al niño un sistema de aprender jugando.

PORQUE SON DE OTRO TIEMPO

La mayor crítica que puede hacérseles a las cartillas, incluso a aquellas en que aprenden a leer los niños de 1986, es a su atemporalidad. Por lo general, lo que todos recuerdan es que "era bonita", con colores, con dibujos, pero... ¿y las palabras qué? Las palabras son eso: palabras para descifrar, para pronunciar en voz alta, que no es lo mismo que leer. No sugieren imágenes, así sean fugaces, ni ideas. Son oraciones de un renglón con combinaciones alfabéticas: gra-gre-gri-gro-gru. (20)

Eso de rogar por un cambio en el contenido y en el contexto ha sido petición de todos los tiempos: "[...] nuestros libros de lectura —cortados casi todos por el mismo molde— con la selección de fábulas, cuentos y poesías de un siglos atrás, que los alumnos leen y releen mecánicamente [...]". Como este texto escrito por don Clemente de la Peña en 1934 en su Libro de lectura bolivariano dedicado "a los estudiantes de la antigua Colombia" (dejó de existir en 1830 con el establecimiento de la Nueva Granada). (26)

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26. El texto continua diciendo: corren por sus mejillas: no hay quien la consuele. De cuantos le eran queridos, sus amigos todos le han despreciado y se han vuelto enemigos suyos. Los caminos de Sion están de luto porque ya no hay quien venga a las solemnidades. sus sacerdotes gimiendo, sus virgenes desfiguradas y ella misma oprimida libro de lecturas bolivarianas. Clemente de la Peña. Bogotá. Imprenta del ministerio de guerra, 1934.

Las cartillas de lectura les muestran a los niños un mundo que no les corresponde: el mundo que les tocó vivir a sus padres, un mundo viejo para ellos. Así corno a sus padres les tocó aprender a leer con el de sus abuelos. A cartillas viejas, niños viejos.

En este punto los editores tienen una gran responsabilidad. Por decreto de la Cámara del Libro, ellos forman parte del comité editorial que establece los programas de enseñanza oficiales, de manera que está en sus manos elaborar o encargar las cartillas de acuerdo con esas disposiciones y lanzarlas al mercado. Debido a su carácter comercial, son también los editores quienes disponen de los medios de sondear la acogida que tienen sus publicaciones, de reeditar lo que les conviene, de imponer uno u otro texto, teniendo en cuenta la competencia.

Las primeras cartillas, al igual que la enseñanza y los demás libros de texto, estaban a cargo de religiosos, que además eran dueños de las imprentas, o de particulares vinculados a ellos. La educación ha estado en manos de la Iglesia o del Estado. Y las cartillas que se imponen generalmente son las de las casas editoriales en capacidad de efectuar grandes tirajes y reimpresiones constantes, revaluadas o no, como se observa en las que aparecen sin fecha de publicación. Las cartillas y métodos experimentales se quedan para los particulares, salvo contadas excepciones. (27)

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27. Diabluras, cartilla de lecto-escritura. Neiva, Escuela popular claretiana, 2a. edición, 1985.

¿POR QUÉ TODOS LOS GRANDES SE SABEN SU CARTILLA DE MEMORIA?

Primero que todo, por ese intrincado ejercicio mental que significó aprender a leer y que quedó incrustado en la memoria. Y segundo, porque las palabras no son huecas; ni son sólo sílabas sin sentido, ni consonantes absurdas. Toda cartilla lleva incluida una manera de ver el mundo: una cualquiera. La cartilla es el ABC de la ideología. La letra con sangre entra. Y lo que cada uno lleva en la sangre se le entró por entre su cartilla.

Porque tiene sello indeleble, como dicen los católicos acerca del pecado original. Porque las primeras marcas quedan grabadas para siempre, dicen los psicólogos. Porque las primeras impresiones son las más fuertes, dicen los novelistas. Y todas esas palabras aún sin sentido que recordamos vagamente, son las primeras que nos rayaron el cerebro como con un lápiz. Recibimos con ellas y por todos los poros del intelecto una ideología, una moral, un sistema de valores, un esquema de comportamiento. Nos administró la dosis un fiel representante de esa forma de ver el mundo. Nos regaló o cobré esa educación el Estado, cumpliendo un deber con sus hijos del futuro.

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28. Los diamantes de los niños, Evaristo Vaca Castillo. Bogotá. Imprenta San Bernardo. 1915.

La conquista española enseñó el castellano en América con la doctrina cristiana, al igual que los soldados romanos enseñaban el latín en España a medida que la iban dominando. Los niños de hoy aprenden a leer en la publicidad ideada en los Estados Unidos, y el Instituto Lingüístico de Verano estudia las lenguas de nuestros grupos indígenas.

"Doctrina: Conjunto de ideas religiosas, políticas o sociales que agrupan a personas que las profesan: doctrina cristiana, doctrina liberal". (Diccionario Norma, preparado bajo la dirección de Jorge Cárdenas Nannetti, 1981, Carvajal).

Con las primeras letras se inculcan los principios de una doctrina, de una ideología, la que cada cual conservará o contra la que se la pasará peleando toda la vida. Por eso todos los grandes se saben su cartilla de memoria.

BENEFICIOS DE LA LECTURA

Leer es un placer solitario, único con tal característica dentro de los medios de comunicación y expresión. En el teatro, el cine, la fotografía, la danza, la música, la televisión, en todos existen uno o varios intermediarios entre el creador y el que lo escucha. Entre el lector y lo escrito no hay más distancia que unas letras que resaltan sobre el papel. Letras que sirven para decir cualquier cosa, la cual varía según como se diga y como se comprenda. El lector puede mandar callar al autor con sólo cerrar el libro. Leer, como escribir, permite tirarse en un pozo o estado de introspección, reflexión, imaginación, evasión, ensimismamiento. Leer pone a pensar. Y de eso se pierde el que no sabe leer. Y el que aprendió, para que siga leyendo y disfrutándolo, tiene que necesitarlo. Eso tiene que crear en el niño su cartilla, porque el que no lee es como el que no puede oir: se queda sin saber un montón de cosas.

Sin tener acceso al conocimiento, como le dicen otros a esto. Conocimientos prácticos, filosóficos, que llevan al lector a preguntarse quién es él y esos otros asuntos fundamentales de la vida.

"Ese es ya tu destino. Está escrito que todos los chicos poco estudiosos, que tienen fobia a los libros, a las escuelas y a los maestros, y se pasan la vida entre juegos y diversiones, deben acabar tarde o temprano transformados en burros [...] Dentro de dos o tres horas, te convertirás en un borriquillo de carne y hueso idéntico a los que tiran del carro y a los que llevan las verduras al mercado" (Collodi).

Antiguamente rodaba la idea de que leer daba dolor de cabeza. Al pobre sabio Caldas, a quien "la ciencia hacía sus delicias", le tocó volverse cacharrero y comerciante. ("Ya sabría usted la prohibición que los médicos, en especial el doctor Mariano, me hicieron de cualquier lectura sólida o seria que pidiese mucha atención y en que trabajase la mente Carta a su amigo Santiago Arroyo).

No se nos olvide que Caldas y los otros armaron el enredo de la Independencia apenas empezaron a ilustrarse. El señor Gutenberg sabía muy bien de lo que se trataba cuando inventó la imprenta: "Para que lo que sepa uno en cualquier lugar del mundo, todos lo sepan en todas partes". El general Tomás Cipriano de Mosquera se iba a la guerra con una imprenta debajo del brazo para sacar el periódico El Centinela en Campaña y repartirlo entre los soldados. Al Quijote también le decían que las lecturas de libros de caballería eran las que le habían sorbido el seso. Y él mismo terminó quemando sus libros, como los tenebrosos de la novela de Ray Bradbury Farenheit 451.

Cuando los estudiantes de Nanterre pedían en mayo del 68 el cambio del sistema educativo, iban al fondo del problema. En todos los países, cuando se realiza una revolución, cualquiera que sea, en la época que sea, lo primero que hacen los revolucionarios es emprender una campaña de alfabetizacion. O es lo que debieran hacer. Hay que cambiar las ideas de las cartillas si se quieren cambiar las ideas de las personas.

¡Y PINOCHO TENÍA RAZÓN

A la hora de vender la cartilla, todos somos Pinocho. A la hora de recordarla, nos parecemos a Collodi, que terminó haciendo escribir a Pinocho con una pajita mojada en jugo de moras. Cuando nos ponemos de Pinochos no nos seducen con nada. (El que haya visto en una cartilla un bandido, en la b de bandido, que alce la mano, para ponerle orejas de burro). Cuando nos ponemos de adultos nos aterroriza esa cadena perpetua que son las cartillas.

Mal que bien, muchos aprenden a leer así, muchos aprendimos y muchos siguen aprendiendo. Y son muchísimos también los que recuerdan su cartilla como algo lindo, o como una maestra de blusa azul; o un hermano mayor que le leía. O un recuerdo todavía más vago: ¿aprendería a leer en las tiras cómicas?, ¿en algún libro prohibido? Hay niños que aprenden a leer solos, sin darse cuenta los grandes, y a veces ni ellos mismos. Encontraron otras formas de aprender a leer, y las escogieron. Por curiosos, por querer saber lo que andaban diciendo los otros por ahí, porque entendieron que esa es otra forma de hallarse entre la gente. O por el deseo infantil de desentrañar una señal misteriosa. O, porque en su casa había libros. O porque precisamente no había ni uno, aprendió a leer en la calle.

Los niños de hoy encuentran infinidad de medios para aprender a leer: la publicidad, la página roja del periódico, los logotipos comerciales, los emblemas deportivos, los símbolos de los bancos, la televisión; cantidades de lenguajes gráficos lo viven asaltando. La cartilla de lectura se vuelve a quedar atrás. Hay que tomar conciencia de su carácter de libro y, dentro de sus características, ponerlo al día. Y hacer muchas cartillas diferentes para aprender a leer: cartillas verdes, cartillas callejeras, desclasadas, anarquistas, nacionalistas, ateas, conservadoras, para que los que aprendan a leer en ellas oígan distintos lenguajes, distintas ideologías, y tengan más para escoger. Única condición: que hagan la de Collodi. Que sean tan seductoras como la zorra y el gato que engañaron a Pinocho, o como los títeres por los que él cambió la suya. Que hagan literatura.

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29. Le avventure de Pinocchio, Florencia, 1924. Estas ilustraciones de Attilio Mussino (1878.?) fueron definitivas dentro de la iconografia de pinocha, hasta que Disney introdujo en 1940 un nuevo estilo.

 

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