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El
patetismo de la violencia
Oro
colombiano
Jaime Manrique
Edivisión. México, 1985, 154 págs.
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La novela de Jaime
Manrique (Barranquilla, 1949) es espeluznante. No se me ocurre ningún otro calificativo
para esta saga en la cual un hijo asesina al padre, advierte el robo de su cadáver, y
tiempo después ese cuerpo putrefacto, desaparecido en Barranquilla, reaparece en Bogotá,
en medio de cultivadores de marihuana, represión policial y ataques guerrilleros.
El auténtico tema de la obra es el explícito odio de un hijo a su padre, pero el
autor,
al parecer, lo consideró insuficiente y decidió prolongarlo dentro de una peripecia del
todo desatinada, en la cual el protagonista-asesino, Santiago Villalba, amigo del hijo del
presidente de la república, Mario Simán, acaba siendo ministro de información pública
y sumiso ventrílocuo de generales y jefes de la policía secreta colombiana, llamada Pax.
Curiosamente, el jefe de este peculiar organismo es ahora una mujer, no mayor de
veinticinco años, llamada Caridad Bello, que no hace cosa distinta, en apariencia, de
inhalar cocaína.
Manrique, contagiado por el caos colombiano, dio rienda suelta a su fantasía y después
de las treinta y cinco primeras páginas, ceñidas y punzantes, se lanzó a una cabalgata
demencial, pues si bien tiene firme apoyo en los lugares que describe Barranquilla,
Santa Marta, la Sierra Nevada, Bogotá, todos los cuales capta con buen ojo de
pintor en la caracterización de sus figuras cae, de modo demasiado ostensible, en
lo grotesco.
No es para menos. Un incompleto resumen de las primeras treinta y cinco páginas
sería éste: Santiago Villalba y su mujer, Beatriz Fernández, regresan a Barranquilla,
tras varios años de permanencia en el exterior. Santiago odia al padre, lo mata, y luego
en pleno carnaval, se disfraza de muchacha de los años veinte, viola a su suegro y
comprueba cómo han robado el cadáver de su padre.
Sólo que el suegro, Santiago Fernández, ha mantenido previamente relaciones incestuosas
con su hija, la actual mujer de Villalba, a la que ha llevado a ingerir narcóticos y a
herirse con cualquier vidrio que halle al paso. Este Fernández, finalmente, será el
encargado de entregar a Villalba su herencia, explicándole cuáles son sus
"privilegios" y cuáles sus "responsabilidades". Las fincas del
padre de Villalba son ahora productivos sembrados de marihuana. El protagonista será
nombrado cónsul en la Florida, para iniciar así su ingreso a la clase social que le
corresponde. Pero, desafortunadamente, Villalba no cree en ella y hace excesivas preguntas
antipáticas.
Así, más o menos, son estas primeras treinta y cinco páginas, iluminadas por una suerte
de energía perversa. Se trata de una prosa flexible y rápida, que se deja leer con
agrado, a pesar de su carácter explícitamente revulsivo y provocador. Pero, luego,
cuando la acción se traslada a Bogotá, lo que narra adquiere un relumbrón demasiado
sensacionalista como para ser convincente.
Si Manrique intenta el esperpento, inflado al máximo, logra el efecto contrario: disolver
la realidad de las tensiones en una suerte de comic agigantado. Como si su
propósito de describir la educación social de un hijo de terratenientes costeños, ahora
convertidos en prósperos exportadores de marihuana a Estados Unidos, reclamase unas
tintas tan negras que acaban por enturbiar toda la sátira.
El propio autor, en un reportaje (El Espectador, magazin dominical, núm. 133, Bogotá, 13
de octubre de 1985, págs. 18-19), dijo que su protagonista, Santiago Villalba, era
"un personaje patético", pero el patetismo de este desclasado no sólo termina
por debilitar el libro sino que lo torna esquemático. Quizás el hecho de haber vivido
demasiados años fuera de Colombia ha llevado a Manrique a creer todo lo que dice
la prensa.
Publicada en una primera y breve versión con el título de El cadáver de papá, escrita
entre 1976 y 1982, en el exterior, la novela de Manrique Ardila, su primera novela, no
deja de plantear un curioso problema. La realidad, de algún modo, le da la razón. Toda
la razón. Así, describiendo el boom de la marihuana, la toma de la embajada
estadounidense por un grupo guerrillero, en transparente transposición del M-19 y su
asalto a la embajada de la República Dominicana, excesos en la represión y rígida
conciencia de clase defendiendo, con la tortura o con las armas, sus prerrogativas,
Manrique está, de algún modo, recreando tópicos convencionales (y no por
convencionales, menos afligentes) de nuestra realidad. Pero la literatura requiere de una
mediación estilística y formal que aquí no se logra.
Zarandeando al protagonista entre dilemas de conciencia que parecen más fruto de su
ingestión excesiva de coñac y cocaína que de auténticos confictos morales (algo
parecido, pero en otro plano, le sucede a Ignacio Escobar Urdaneta de Brigard, el
antihéroe poeta de Sin remedio, la novela de Antonio Caballero), Manrique busca
atrapar, en vano, el violento hilo que guiaría nuestra historia, y que parece arrastrarse
desde el brutal comienzo de la leyenda de Eldorado, con sus datos míticos de castración
y venganza, hasta la esterilidad irredimible del actual terrorismo salvaje.
Sólo que quien repase los periódicos de aquellos años encontrará, de seguro, aún más
horror que el que Manrique, excesivo, acumula en estas 154 páginas. Pero no necesitará
ir tan lejos para comprobar que Manrique habla de cosas que en verdad están sucediendo.
Le bastará ver a los secuaces colombianos de Robert de Niro actuando en un Miami clase B
o filmes como el de Robert Zemeckis, Tras la esmeralda perdida, con el consabido
aparejo de corrupción, muerte y vistas de la Sierra Nevada de Santa Marta.
Su novela tiene algo de este tipo de cine. Ricos que viajan en Rolls Royce por las
sórdidas calles bogotanas y guerrilleros intelectualizados que citan !que
remedio! a Octavio Paz. Si bien el autor reconoce que el argumento de la novela es
lo "bastante enrevesado y denso" como para merecer los dudosos honores de un
serial de la Tv, la bajeza de ciertos diálogos, con que Manrique desenmascara a sus
comparsas, o la nitidez que caracteriza a ciertas tomas y encuadres, no alcanza a redimir
este libro demasiado pretensioso en su afán de acumular verdades obvias. En algún
momento llega a decir que "todos los políticos colombianos fueron de izquierda
cuando jóvenes" (pág. 105).
Hay algo espurio en la confrontación de Villalba con un general, con un subversivo, con
una guerrillera que, dispuesta a redimirlo con la falaz esperanza de su fuga hacia otro
país, sólo puede llamarse Policarpa. Policarpa Samper, por supuesto.
Que, herido en el avión, Villalba se reencuentre con la sirvienta-espía-guerrillera a la
que había violado no es más quela última bofetada, demasiado fácil, con que Manrique
pretende despertar al ya abrumado lector. O, lo cual sería aún más grave, al Sistema
entero.
Lo que la novela revela, en definitiva, no es la inmadurez un tanto autista de Villalba (a
ello debe contribuir la marihuana), siempre solitario y con las cortinas cerradas, o su
pasmosa ingenuidad entre los ascensores del poder, sino la incomprensión total de un
mundo aprehendido sólo a través de los medios de comunicación de masas.
Es esta, apenas, la superficie, especular y efímera, de una realidad mucho más compleja
o, en definitiva, mucho más vacua. Pero, en verdad, Manrique se solaza con exceso en los
gozos de su pasión cinematográfica.
"El firmamento parecía una inmensa pantalla tecnicolor con diversas capas de nubes
que encarnaran un drama de luz: la primera capa, gris plomo; la segunda, unos de cientos
de metros más arriba de la sabana, parecía una panza pintada de rosado; el cielo mismo,
ultramarino; y en lo más alto, la oscuridad como la tinta de un pulpo rezumándose de un
extremo a otro. Dio media vuelta y miró a las montañas: parecía que las hubieran
colocado allí deliberadamente para contraponerlas al paisaje arquitectónico. Arriba,
Venus brillaba como un diamante, y la luna un huevo de tortuga a punto de
incubar reposaba sobre la capilla de Monserrate, cuya torre alumbrada flotaba en el
crepúsculo como una nave espacial a punto de aterrizar" (pág. 42).
Si la novela colombiana de "la violencia" terminó por producir, como último y
letal efecto, una perniciosa cadena de tesis universitarias, gringas y colombianas, ahora
la novela de la droga, encabezada, según creo, en forma pionera, por Juan Gossaln, halla
su prolongación en esta de Manrique que, volcada hacia el exterior sensacionalista,
desaprovecha el incitante núcleo original de la obra las relaciones entre Villalba
y su mujer, a la vez histérica e inerte para ahogarse en un escenario tan exagerado
como poco sugestivo.
Cuando la guerrillera blande por televisión la pierna artificial del hijo del Presidente,
en medio de la trillada arenga revolucionaria, ésta no es sólo una perversa boutade más
de Manrique, tironeado entre su desprecio hacia la sociedad que lo formé y su equivocado
afán de buscarle una salida clamorosa al ya excesivo desorden con que transpapeló sus
páginas. Es también como un emblema, doloroso pero insuficiente, del morbo con que
satura su obra. Cubierta y presentación del libro muy seguramente contribuyen a ello,
pero si bien comenzamos a abordarlo con la ávida impaciencia de un thriller bien
redactado, al final sólo nos deja el agrio sabor de un producto comercial de segunda
mano.
Traducida del inglés al español por Miguel Falquez-Certain. en un complejo proceso que
Manrique explica en la nota inicial, sus méritos, como ese desapego que le veda caer en
el patetismo autobiográfico, o la sinuosa fluidez de una prosa, plagada de
norteamericanismos, pero siempre rápida, no alcanzan a superar el forzado laberinto de su
armazón, ni la insustancial truculencia de tantos actos, traiciones y autoengaños.
Manrique, ante el dilema de internarse o no en la conciencia de ese personaje, al
principio perversamente ambiguo pero luego realmente tonto, y del cual podía, sin
embargo, extraerse alguna verdad personal, prefirió dispersarse en el mediocre
espectáculo de una sociedad que bien puede merecer su rechazo. "Esto no es un país
es una finca grande con algunas comodidades. En un país de verdad si estás
aburrido puedes ir a ver un museo que tenga por lo menos un Picasso" (pág. 59).
Personajes que dicen cosas como éstas fueron los que en realidad terminaron por
apoderarse del libro de Manrique, impidiéndole captar la fuerza elusiva y contundente de
lo que pretendía denunciar con tan estéril empecinamiento y tan iracundo candor.
Lástima, ya que las treinta y cinco páginas iniciales son de primer orden: las escribió
con odio. No, como las otras, con falsos afanes de denuncia y redención.
J. G. COBO BORDA
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