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Mucho
ruido y pocas nueces
Francisco José de Caldas y
la Ilustración en la Nueva Granada
Marcos González Pérez
Ediciones Tercer Mundo, Colección de
Investigaciones Históricas (5),
Bogotá, 1985, segunda edición, 211 págs.
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Hay libros de los que se
dice con justicia que su contenido excede con muchísima ventaja su título, muchas veces
una sola enigmática palabra que de entrada no alcanza a insinuar la riqueza insospechada
de su contenido. Por ejemplo: me levanto de donde ahora escribo y retiró del estantante
un pequeño volumen pobremente editado y en cuya portada leo Crónicas por Luis
Tejada, y al pasar con descuido sus páginas, al pie de las ilustraciones mi sorpresa
agrega ahora el nombre de Ricardo Rendón. Pero desde luego, y no es el mejor premio para
un lector, los hay también que ilustran de maravilla el caso contrario: un título que
excede con mucha ventaja al contenido. Un ejemplo, éste que reseño ahora. Y por ahí
pudo empezar. Se trata de un volumen de 211 páginas pero de las cuales (dejando de lado
las más o menos rituales diez primeras páginas de "Introducción" y
"Presentación") tendríamos que descontar las setenta finales, pues contienen
un "Anexo" que, por una parte multiplica los temas que largamente se citan en el
propio texto, y por otra parte constituyen la reedición de material sobradamente conocido
y de carácter accesible en cualquier librería corriente o biblioteca pública. Lo mas
curioso, desde luego, en este libro sobre Caldas y la Ilustración, es que la mayor parte
del "Anexo" está construida con documentos archiconocidos que tratan sobre
Mutis y la Expedición Botánica, algunos de ellos tan escasamente sobresalientes, pero
tan caros a la historia tradicional, como el que recoge el titulo dado a Mutis como
astrónomo oficial o el del testamento del mismo don José Celestino.
De las 130 páginas restantes habría que descontar más o menos unas cuarenta (capítulos
II y III) que no tienen ningún lugar en una investigación histórica que se centre en la
Nueva Granada (aunque bien pudieran ocupar su sitio en una monografía de licenciatura
universitaria). Se trata de los dedicados a "Europa y la Ilustración" y
"España y la Ilustración", capítulos en donde se reiteran sin novedad alguna
las interpretaciones normalmente aceptadas sobre ese proceso, tal como se encuentran
originalmente planteadas en las obras clásicas de Cassirer y Sarrailh, y vulgarizadas en
todos los manuales posteriores. Incluso en esto podría haber un paso atrás (si se
mantiene la idea discutible de su carácter necesario para la exposición), ya que habría
que tener en cuenta que esos autores son, hablando con exactitud, "premodernos",
ya que sus investigaciones (excelentes por tantas razones) se inscriben en un horizonte
anterior al gran corte teórico que desde mediados del siglo pasado no deja de conmover la
posibilidad de la historia de las ideas como disciplina científica, y cuya manifestación
actual la encontramos en obras como las de Koyre, Serres o Canguilbem, teniendo ya, tal
vez, hasta manifestaciones locales en la investigación en curso de Luis Alfonso Paláu
sobre la Arqueología de la Expedición Botánica, trabajo del cual circulan varias
monografías parciales, alguna de ellas destinada precisamente a Caldas y su pensamiento.
Igual procedimiento reductivo habría que aplicar a los capítulos 1 (Los orígenes), IV y
VII (La Expedición Botánica) y VI (La Independencia). El que trata sobre los orígenes y
aquellos que se refieren a la Expedición Botánica pueden considerarse sin exageración
alguna como una crónica en el sentido más habitual de ese género, pero
excesivamente pobre en información y sin una sola palabra nueva si la comparamos, por
ejemplo, con la de Federico Gredilla, sólo que ésta última fue publicada a principios
de siglo. Y el capítulo VI, sobre la Independencia, presenta el defecto agudo de un
tratamiento demasiado rápido y superficial apoyado en cinco o seis citas para
"demostrar" que "Caldas no estuvo comprometido ni con los sucesos del 20 de
julio de 1810 ni con la Independencia", tema que resalta el carácter tan poco
innovador de este libro que busca oponer a lo supuestamente ya sabido una opinión
contraria, sólo que bajo la misma problemática y similar tratamiento.
Tendremos que quedarnos, pues, en mi opinión, con las 24 paginitas que conforman el
capítulo y, dedicado a estudiar algo tan importante como el pensamiento de Caldas a
través de sus escritos en el Semanario; pero aun aquí habría que hacer de lado las seis
primeras páginas que se refieren a lo que el libro llama "Escritos sobre temas
generales" y que tratan de la polémica entre Caldas y Diego Martín Tanco en torno
del problema del influjo del clima sobre la población, y que se limitan a reproducir
recortadas algunas de las opiniones del uno y del otro, aunque el autor diga con una
mezcla de candidez y pretensión: "Hemos presentado en detalle el tema para el que
lector juzgue las dos opiniones", y aunque yo deba recordar aquí que ese tema
recibió en 1983 un tratamiento excelente en un artículo de Luis Alfonso Paláu, bajo el
título de "Caldas: autor de un pequeño tratado pascaliano de
antropogeografia".
Así, pues, el tema de este libro, lo que resta, es más o menos el del pensamiento
educativo de Caldas, tratado de analizar a través de algunos de sus escritos y cartas, y
por la vía repetida de citar y citar. Y en este punto, pues ése és el objeto real del
libro, es donde hay que señalar, sin ahondar en detalles ni corregir errores, su carencia
central: el tratamiento de la documentación: se renueva otra vez la idea de que el
documento es para la historia de las ideas un testigo directo, inmediato y expresivo que
no requiere ser trabajado desde dentro ni elaborado. Se sigue olvidando o ignorando que se
"trata de definir en el propio tejido documental unidades, conjuntos, series,
relaciones". A cambio de eso, los documentos citados continúan ahí como una masa
inerte que vuelve a reproducirse en el anexo y que en el texto, a cada momento y de una
manera que fatiga, se redoblan mediante la conocida técnica del "comentario",
es decir, mediante la reiteractón machacona del documento citado a través de "otro
lenguaje". De tal manera que el final de la lectura nos devuelve inexorablemente al
punto de partida: el pensamiento de Caldas sobre la educación es lo que Caldas pensaba
sobre la educación tal como nos informan sus escritos. A esto se agrega, y no puedo dejar
de señalarlo, el casi inefable espíritu anacrónico que gobierna gran parte de los
textos de "análisis históricos" que se producen en nuestro medio, pues no
falta la opinión por la cual se califica el interés mineralógico de Mutis como
"adelantándose en muchos años a los monopolistas de nuestra época"; otra
consideración del interés geográfico de Caldas "como precursor del proyecto del
Canal de Panamá". ¿Otro ejemplo? "Indudablemente el sistema de educación
contratada actual tuvo a Caldas como su programador pionero". Y entonces de nuevo nos
asalta la pregunta: este tipo de textos, ¿qué tiene que ver con el principio de lectura
crítica que reclama la historia de las ideas y de la cultura?, pues "leer
críticamente es renovar, desde nuestro presente provisional de saber, una relación con
el pasado que dé a tal pasado su propia configuración".
Desde luego que también inquieta conocer los criterios de selección e inclusión de una
colección editorial que se titula de "Investigaciones Históricas" y que
parecía prometer tanto si recordamos sus dos primeros títulos: el libro renovador de
Javier Ocampo sobre las ideologías de la Independencia, primero, y, luego, el libro ya
clásico, por tantos motivos, de Germán Colmenares sobre la historia económica y social
del país en la primera etapa de la dominación hispana. Pero de ahí en adelante los
directores de la colección parecen haber olvidado que sólo pueden ser considerados como
investigación histórica, mínimamente, aquellos esfuerzos coherentes para hacer entrar en
crisis un conjunto de respuestas sedimentadas en que una sociedad, un sistema de
enseñanza o por lo menos determinada comunidad intelectual han mostrado tener una
confianza excesiva y muy poco fundamentada. Y también permanece como cierta la
comprobación que desde hace mucho más de un lustro podía hacerse en nuestro medio sobre
el bajísinio nivel habitual de los trabajos que se publican sobre historia de las ideas y
de la cultura cuando se los compara con lo que en el campo de la economía y la sociedad
han logrado los investigadores de esos terrenos, tal como puede establecerse esa
comparación a raíz de la publicación de los tres tomos que conforman el Manual de
historia de Colombia publicado bajo los auspicios de Colcultura, desnivel y desarrollo
desigual al que han sido tan escasamente sensibles las pocas voces que se han referido a
ese acontecimiento que para pensar la situación y las condiciones del saber histérico en
el país representó esa publicación.
En cuanto al libro en cuestión, y sobre todo, y eso es lo verdaderamente importante, en
cuanto a la investigación sobre Caldas y la Ilustración, habrá que terminar señalando
la situación en las propias palabras sinceras del libro que reseño: "En cuanto a
los escritos de Caldas, a pesar de que se han publicado sus obras completas y sus cartas,
es notoria la ausencia de publicaciones analíticas sobre su discurso en general".
Con esta afirmación, que hay que tomar en cuenta en serio, termina el libro, y sólo
habría que agregar que no es cierto que exista una edición aceptable de las obras
completas de Caldas y de su correspondencia. Antes bien, ese es igualmente, otro escollo
en la investigación del problema.
RENAN SILVA
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