Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 6,  Volumen XXIII , 1986
 

Los poetas de la generación de García Márquez


Las palabras están en situación
Armando Romero
Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura,
Procultura S.A., 1985, 186 págs.

102.jpg (9588 bytes)

Es casi cierto que la historia de la poesía está protagonizada por los poetas, pero —como todas las historias— solamente existe si aparece quien la relate. Y gracias a un grupo de prosistas y de poetas desdoblados en comentaristas, un grupo que representa la columna vertebral de la crítica de poesía en Colombia, gracias a Baldomero Sanín Cano, Hernando Téllez, Rafael Gutiérrez Girardot, Hernando Valencia Goelkel, Fernando Charry Lara y Juan Gustavo Cobo Borda, gracias a ellos, hoy se puede contar una versión más o menos coherente de la historia de la poesía colombiana.
Digo que una versión, a pesar de las obvias divergencias, porque todos suelen coincidir en que José Asunción Silva representa el origen de la moderna poesía colombiana.
Con estos antecedentes, tampoco es extraño que el poeta y narrador Armando Romero (Cali, 1944, hoy profesor en Cincinnatti) parta de José Asunción Silva en su recuento de la poesía colombiana anterior a aquellos poetas que surgieron a principios de los cuarenta, que confluyen en la revista Mito y que son el objeto principal de Las palabras están en situación.
Los dos primeros capítulos de este volumen están dedicados a un contrapunto entre la historia política y social y la historia de la poesía, con unos criterios valorativos que repiten en afortunada síntesis los últimos juicios globales sobre la poesía colombiana: José Asunción Silva significa "la apertura de la línea más importante dentro de la poesía colombiana"; condena los versos de Valencia ("tiene una helada capacidad para matar toda vida en el poema") y continúa con excelente recuento cronológico en el que se reconoce que Barba Jacob y Luis Carlos López "representan una ruptura con el pasado y un aporte a la moderna poesía colombiana", se pasa por los Panidas (sin atribuir a este grupo su carácter pionero en las revoluciones literarias generadas en la provincia colombiana), donde surge León de Greiff, otro "corte brusco con la tradición", Los Nuevos —entre quienes figura el Luis Vidales de Suenan timbres—, luego los Bachués, Piedra y Cielo hasta llegar a esa figura solitaria —y creciente— que es Aurelio Arturo.
Con este marco histórico —siempre en contrapunto con la historia política y social—, a partir del capítulo tercero, Armando Romero aborda, en orden cronológico, el estudio detallado de la poesía surgida en Colombia a partir de los cuarenta y que culminó con Mito. He aquí el planteamiento de su tesis:

En definitiva, trataremos de verificar la tesis de que los poetas del 40 plantean la ruptura más importante a nivel generacional que se ha dado en la poesía colombiana en este siglo, que sólo será realizada por la generación de Mito. Sin embargo, y esto es importante, encontramos que algo ha quedado sin resolver en el salto de los cuadem(colas y de Mito, y es la rebelión devastadora de las vanguardias. Los poetas del 40 y del 50 saltaron al posvanguardismo sin pasar por el proceso aniquilador de las van guardias, y la falta de esta ruptura hace que su despegue no sea total, que algunos lazos queden atados a la tradición poética colombiana de tendencia formalista y conservadora.

Dos méritos principales tiene el libro de Romero: el primero es que se trata del mejor libro monográfico sobre una generación de poetas que se ha Publicado en el país, tanto en cuanto al análisis literario como en cuanto a la historia misma de lo que iba ocurriendo en la "república poética" y en la república política en aquellos años comprendidos entre el 40 y el 62. El segundo mérito apunta a la novedad y coherencia del enunciado de que estos poetas "saltaron al posvanguardistno sin pasar por el proceso aniquilador de las vanguardias", y que se comprueba en particular en aquellos poetas en quienes detiene su atención. Y aquí otra coincidencia —no tan extraña si se ha partido de un hecho central idéntico:  José Asunción Silva—: en una ponencia sobre poetas nacidos en los veinte, vale decir, sobre la misma generación que estudia Romero, que se oyó en San Luis en el segundo encuentro de la Asociación de Colombianistas Norteamericanos, los poetas destacados son los mismos siete que merecen atención especial en el libro de Romero.
Sin embargo, aquello que era mera intuición crítica en la ponencia que el autor de estas líneas leyó en San Luis, en el libro de Romero se convierte en historia verificada, relatada desde dentro con un rigor cronológico que permite ver cómo se consolida el grupo de voces mayores de la generación, finalmente, tras quince años, alrededor de la revista Mito.
Muy al empezar los cuarenta, los poetas subsiguientes a Piedra y Cielo continuaron tan plegados a la generación precedente, que el mismo Carranza los regañó. Con acierto, Romero explica lo anterior como una opción de los poetas: ante la otra alternativa, que era el culto a Valencia, todavía vivo, preferían el en ese entonces aire refrescante de Piedra y Cielo; los llamaron "la generacioncita". De ellos sólo pervive Fernando Charry Lara, quien vino a unirse al grupo subsiguiente, el de los "cuadernícolas", entre quienes Romero dedica capítulo aparte a Alvaro Mutis.
Charry y Mutis, a no dudarlo, y después Rogelio Echavarría, fueron los primeros poetas nacidos en los años veinte que hallaron su propio universo poético; y cada uno en dirección distinta, fueron a su modo protagonistas de una ruptura de esas que para Romero jalonan la renovación de la poesía. A estos tres vendrán a reunirse otros cuatro poetas que también publicarán en Mito:  Jorge Gaitán Durán, Fernando Arbeláez, Eduardo Cote Lamus y Héctor Rojas Herazo. Vale la pena advertir que, si bien todos no fueron colaboradores directos de Mito, poemas de todos aparecieron en esta revista y de algún modo su poesía participa del espíritu renovador y liberalizante, antirretórico y comprometido que tuvo la inolvidable publicación que fundaron Jorge Gaitán Durán y Hernando Valencia Goelkel.

DARlO JARAMILLO AGUDELO