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Los
poetas de la generación de García Márquez
Las palabras están en situación
Armando Romero
Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura,
Procultura S.A., 1985, 186 págs.
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Es casi cierto que la historia de la
poesía está protagonizada por los poetas, pero como todas las historias
solamente existe si aparece quien la relate. Y gracias a un grupo de prosistas y de poetas
desdoblados en comentaristas, un grupo que representa la columna vertebral de la crítica
de poesía en Colombia, gracias a Baldomero Sanín Cano, Hernando Téllez, Rafael
Gutiérrez Girardot, Hernando Valencia Goelkel, Fernando Charry Lara y Juan Gustavo Cobo
Borda, gracias a ellos, hoy se puede contar una versión más o menos coherente de la
historia de la poesía colombiana.
Digo que una versión, a pesar de las obvias divergencias, porque todos suelen coincidir
en que José Asunción Silva representa el origen de la moderna poesía colombiana.
Con estos antecedentes, tampoco es extraño que el poeta y narrador Armando Romero (Cali,
1944, hoy profesor en Cincinnatti) parta de José Asunción Silva en su recuento de la
poesía colombiana anterior a aquellos poetas que surgieron a principios de los cuarenta,
que confluyen en la revista Mito y que son el objeto principal de Las palabras están
en situación.
Los dos primeros capítulos de este volumen están dedicados a un contrapunto entre la
historia política y social y la historia de la poesía, con unos criterios valorativos
que repiten en afortunada síntesis los últimos juicios globales sobre la poesía
colombiana: José Asunción Silva significa "la apertura de la línea más importante
dentro de la poesía colombiana"; condena los versos de Valencia ("tiene una
helada capacidad para matar toda vida en el poema") y continúa con excelente
recuento cronológico en el que se reconoce que Barba Jacob y Luis Carlos López
"representan una ruptura con el pasado y un aporte a la moderna poesía
colombiana", se pasa por los Panidas (sin atribuir a este grupo su carácter pionero
en las revoluciones literarias generadas en la provincia colombiana), donde surge León de
Greiff, otro "corte brusco con la tradición", Los Nuevos entre quienes
figura el Luis Vidales de Suenan timbres, luego los Bachués, Piedra y Cielo
hasta llegar a esa figura solitaria y creciente que es Aurelio Arturo.
Con este marco histórico siempre en contrapunto con la historia política y
social, a partir del capítulo tercero, Armando Romero aborda, en orden
cronológico, el estudio detallado de la poesía surgida en Colombia a partir de los
cuarenta y que culminó con Mito. He aquí el planteamiento de su tesis:
En definitiva,
trataremos de verificar la tesis de que los poetas del 40 plantean la ruptura más
importante a nivel generacional que se ha dado en la poesía colombiana en este siglo, que
sólo será realizada por la generación de Mito. Sin embargo, y esto es importante,
encontramos que algo ha quedado sin resolver en el salto de los cuadem(colas y de Mito, y
es la rebelión devastadora de las vanguardias. Los poetas del 40 y del 50 saltaron al
posvanguardismo sin pasar por el proceso aniquilador de las van guardias, y la falta de
esta ruptura hace que su despegue no sea total, que algunos lazos queden atados a la
tradición poética colombiana de tendencia formalista y conservadora.
Dos méritos principales
tiene el libro de Romero: el primero es que se trata del mejor libro monográfico sobre
una generación de poetas que se ha Publicado en el país, tanto en cuanto al análisis
literario como en cuanto a la historia misma de lo que iba ocurriendo en la
"república poética" y en la república política en aquellos años
comprendidos entre el 40 y el 62. El segundo mérito apunta a la novedad y coherencia del
enunciado de que estos poetas "saltaron al posvanguardistno sin pasar por el proceso
aniquilador de las vanguardias", y que se comprueba en particular en aquellos poetas
en quienes detiene su atención. Y aquí otra coincidencia no tan extraña si se ha
partido de un hecho central idéntico: José Asunción Silva: en una ponencia
sobre poetas nacidos en los veinte, vale decir, sobre la misma generación que estudia
Romero, que se oyó en San Luis en el segundo encuentro de la Asociación de
Colombianistas Norteamericanos, los poetas destacados son los mismos siete que merecen
atención especial en el libro de Romero.
Sin embargo, aquello que era mera intuición crítica en la ponencia que el autor de estas
líneas leyó en San Luis, en el libro de Romero se convierte en historia verificada,
relatada desde dentro con un rigor cronológico que permite ver cómo se consolida el
grupo de voces mayores de la generación, finalmente, tras quince años, alrededor de la
revista Mito.
Muy al empezar los cuarenta, los poetas subsiguientes a Piedra y Cielo continuaron tan
plegados a la generación precedente, que el mismo Carranza los regañó. Con acierto,
Romero explica lo anterior como una opción de los poetas: ante la otra alternativa, que
era el culto a Valencia, todavía vivo, preferían el en ese entonces aire refrescante de
Piedra y Cielo; los llamaron "la generacioncita". De ellos sólo pervive
Fernando Charry Lara, quien vino a unirse al grupo subsiguiente, el de los
"cuadernícolas", entre quienes Romero dedica capítulo aparte a Alvaro Mutis.
Charry y Mutis, a no dudarlo, y después Rogelio Echavarría, fueron los primeros poetas
nacidos en los años veinte que hallaron su propio universo poético; y cada uno en
dirección distinta, fueron a su modo protagonistas de una ruptura de esas que para Romero
jalonan la renovación de la poesía. A estos tres vendrán a reunirse otros cuatro poetas
que también publicarán en Mito: Jorge Gaitán Durán, Fernando Arbeláez, Eduardo
Cote Lamus y Héctor Rojas Herazo. Vale la pena advertir que, si bien todos no fueron
colaboradores directos de Mito, poemas de todos aparecieron en esta revista y de algún
modo su poesía participa del espíritu renovador y liberalizante, antirretórico y
comprometido que tuvo la inolvidable publicación que fundaron Jorge Gaitán Durán y
Hernando Valencia Goelkel.
DARlO JARAMILLO AGUDELO
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