Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 6,  Volumen XXIII , 1986
 

Fábulas para mayores


Cuentos para después de hacer el amor
Marco Tulio Aguilera
Editorial Oveja Negra. Biblioteca de autores
colombianos. Bogotá, 1985, 122 págs.

Rino, rinoceronte bonachón y solitario que atraviesa una profunda crisis existencial, se encuentra súbitamente arrebatado por una pasión. Lo ha enloquecido una hembra extraordinaria. Es un amor "contra natura", pues se ha enamorado nada más ni nada menos que de un helicóptero: Laura, alias HK-335. Enceguecido por la pasión la posee, posteriormente muere de una infección venérea y ella, al cabo del tiempo, da a luz un hermoso rinoceróptero.
Con este cuento comienza el libro Cuentos para después de hacer el amor, de Marco Tulio Aguilera, escritor colombiano radicado en México. Este primer cuento hace pensar en un autor de fábulas para mayores. Contra natura tiene todos los elementos de una fábula: los personajes: un animal y un aparato mecánico humanizados. Rino es toda una persona: suspira con nostalgia por un amor dejado en Amsterdam, no tiene grandes problemas de conciencia, sufre de una honda crisis existencial, "carece de objetivos vitales, de planes cósmicos o por lo menos supraselváticos"; todo esto, antes de enamorarse perdidamente de Laura. Fábula llena de ironía, sentido del humor y ternura que apela a nuestra imaginación de niños traviesos.
Cuando pasamos al segundo cuento, Los saúdes, el fabulista da paso al poeta. Los saúdes es un poema a la melancolía. En el intento de precisar qué es un saúd, de describir y clasificar un ser tan asombroso, se nos va develando lo intangible. Sin saber exactamente qué son los saúdes, después de conocerlos por obra de la mágica pluma de Aguilera, seguiran existiendo para la intución del lector, ya no podrán dejar de ser reconocidos en cualquier ser de la naturaleza que incite a la nostalgia.
Así, cada uno de los doce cuentos constituyen una creación totalmente distinta: unos tiernos, otros desconcertantes, otros cargados de violencia. Honradamente, resulta difícil reseñar esta obra. Aguilera no sólo es un maestro del lenguaje literario sino un maestro de la vida. Sus historias, situadas en el espacio simbólico del mundo literario, nos trasforman esencialmente. No es sólo la habilidad con la cual maneja el lenguaje; hay un conocimiento profundo del eros humano, de la psique de cada personaje, una percepción cercana a la sabiduría del poeta-filósofo. La obra está cargada de reflexiones, de refranes populares, de frases llenas de sentido común. Su lectura no es una experiencia intelectual, es una experiencia vital, cruda, sin tapujos, sin miedo a nombrar las cosas por su nombre.
En estos doce cuentos la experiencia sexual-sensual-erótica está tratada en su plena dimensión de violencia, crueldad, cercanía a la muerte y ternura. Y a pesar de la crudeza de algunos cuentos en ningún momento hace pornografía. Todos los cuentos adquieren una dimensión simbólica, y quizás por tratar temas tan profundamente humanos como el sexo, la violencia y la muerte, es una simbología natural, próxima al mito. Aquí no hay gratuidad en las imágenes ni en las palabras.
A excepción de los dos primeros cuentos, en que el narrador presenta la historia en tercera persona, en las demás el personaje en primera persona asume su existencia. Nos enfrentamos con él sin mediación de narrador alguno, además desnudo, sin prejuicios, sin maquillaje, sin manipulación por el escritor. Es un encuentro pleno del lector con ese ser, que es a veces un preadolescente descubriendo las primeras experiencias sexuales; a veces una prostituta en rebeldía con el hombre que la destruyó al fragmentarla en tres mujeres más, todas hechas a su imagen y medida; a veces un escritor fracasado en búsqueda de aventuras eróticas, que por lo comúnes resultan extravagantes. Todos seres "extraviados por la vida", antihéroes derrotados pero entregados en un acto tan pleno como el del amor.  La experiencia literaria se vuelve experiencia vital; por eso trasforma.  Por otra parte, hay una adecuación casi perfecta entre el personaje, el tono y el lenguaje que usa, la vivencia y hasta el ritmo y las imágenes simbólicas logradas.
Por ejemplo, en historia de un orificio, se trata de un niño en edad preadolescente que, sin aclararlo de antemano, nos cuenta cómo vivió la experiencia de descubrir el sexo, lo que en últimas significó un descubrimiento de sí mismo y un cambio radical en su vida. Sin embargo, es la manera como el niño hace vivir al lector su experiencia, la que lo sitúa en el plano de lo vital-literario. El lector vive junto con el niño las primeras dudas, el desconcierto, el miedo a que su madre lo descubra, el suspenso que crea la sucesión de acciones que debe ejecutar para abrir el agujero en la pared, las imágenes surrealistas pero naturales de una imaginación infantil aterrorizada:

El agujero me derrotó. Actuaba como un sonámbulo. El ojo derecho, convertido en una horrorosa materia orgánica, mórbida, inmensa y babosa, se adhirió a la luz. Se dilató ávidamente. Tenía pulso y respiración, vida propia. No era yo quien estaba allí espiando. Era un monstruo desconocido, una bestia inconcebible que se trasmutaba al arbitrio de luces, sombras y sonidos... (pág. 20).

En El suave olor de la sangre, el lector es víctima de un asalto en un bus en México. żEl autor material del asalto?: "trece jóvenes sonrientes y isrmados con puñales, dagas, macanas, llaves inglesas, picahielos, cuchillos, matamarranos y estiletes". Aquí aparece la primera sensación de escalofrío... No hay perspectiva, no hay mediación de tiempo, es la presencia directa de los trece asaltantes. Quien habla es el jefe: violento, crudo, resentido, cruel, fanático, convencido de su causa, de su labor mesiánica, salvador del pueblo azteca oprimido. Por todo esto, real y profundamente humano.
En Viaje compartido, el personaje narrador es un esposo tradicional, católico puritano, que necesita justificar con citas de la Biblia cada acto y cada pensamiento que se salgan de "lo normal".  El "tipo", al no encontrar a su esposa en casa, cuando llega del trabajo, termina en un local de striptease. En este cuento, como en casi todos los demás, lo que menos importa es el argumento. Aguilera trabaja con seres anónimos, derrrotados, fracasados; incluso algunos resultan patéticos. Por lo mismo, sus actos no son gran cosa, no se trata de grandes acontecimientos. Su mayor acierto está en la forma como cada personaje transmite su experiencia. Además, los personajes están muy bien caracterizados y se van dando a conocer al lector por sus actos, por sus expresiones, por sus reflexiones, por su comportamiento, en resumidas cuentas por toda su psicología. Cuando Francis, en Viaje compartido, vive la escena final, en la cual Norma Lee se desnuda ante el auditorio, abre las piernas y se entrega al público, vive una experiencia mística y la considera una santa. Totalmente verosímil y comprensible, pues él ha estado justificando y sublimando toda su aventura.
Resultaría una tarea infinita e infructuosa adentrarse en cada cuento, pues son cuentos para ser leídos y ojalá después de hacer el amor.
Hay unas constantes que van demarcando un estilo: el que cada personaje sea a la vez narrador de su propia historia lo acerca al drama: es el tiempo del presente vivido. La duración no está mediatizada por la palabra ni por la memoria ni por el recuerdo; es presencia viva.
Otra constante: hay una continua referencia a la literatura, tanto a los personajes como a los autores. Podemos decir incluso que se nutre en buena medida de la literatura misma. En eso recuerda a Borges. Con lo que logra borrar esa línea que separa la realidad de la ficción.

Dios es grande y entonces son las puertas su vía de escape, su fuga: la de Alicia en el País de las maravillas, las que dan entrada al mundo octónico de Lovecraft, las del Paraíso y del Infierno de Milton, de Dante, de Strindberg, los ojos como puertas, el oído como puerta, las puertas de la percepción de Huxley, la puerta clausurada de Cortázar, las puertas de Maxime como obsesión... (Juan Flemas despierto otra vez, pág. 68).

Hay un continuo ejercicio de reflexión, ya sea del personaje, ya del autor, lo cual abre espacio a la crítica, a la autocrítica, a la ironía o simplemente a la explicación. Casi todos son personajes muy conscientes de sí mismos, en continua reflexión sobre su propia derrota. De allí la fuerza psíquica que trasmiten.
En fin, a Marco Tulio Aguilera Garramuño es mejor leerlo. Hasta ahora son varias sus obras; Breve historia de todas las cosas, relato que le valió el premio Novela de Costa Rica, en 1975; Rostro con máscara, El basurero universal y Así es la vida, todas dentro del género narrativo.

 

BEATRIZ HELENA ROBLEDO