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Los
dueños del vallenato
Memoria cultural en el vallenato
Rito
Llenena Villalobos
Centro de Investigaciones, Facultad de Ciencias Humanas,
Universidad de Antioquia, Medellín, 1985, 293 págs.
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Así como es de bucólico
y apacible, así es de lenta, imperceptible y continua la creciente del río Cesar en
ciertos momentos, y así la literatura explicativa sobre aquello que llaman vallenato
experimenta un crecimiento que no es abundante pero sí rayano en constancia. Se podría
decir, incluso, que la vertiente de la música popular costeña que más transformaciones
ha experimentado en los últimos años, ha sido la más estudiada. En 1973 apareció Vallenatología,
de Consuelo Araújo Noguera, que se mantuvo durante muchos años como el único
trabajo global sobre el tema a pesar de Mi vida, de Crescencio Salcedo, que toca al
vallenato sólo marginalmente, Historia de un pueblo acordeonero, de Francisco Rada
Ortiz, y Alejo Durán, el notable opúsculo de José Manuel Vergara. No es hasta 1983,
con Vallenato: hombre y canto, de Ciro Quiroz Otero, cuando aparece una obra global
y sistemática elaborada con los criterios investigativos de las ciencias sociales. Si a
esto se suman crónicas y artículos periodísticos, entrevistas y una que otra ponencia
en foros y simposios, no podrá constatarse necesariamente la existencia de numerosos
materiales serios y objetivos, pero si un índice de que la discusión sobre el vallenato
toca intereses y susceptibilidades y, también el punto crucial de la identidad cultural
de los costeños.
Con el apoyo económico de la Universidad de Antioquia. el Centro para la Investigación
de la Cultura Negra en Colombia y Colciencias, Rito Llerena Villalobos ha publicado Memoria
cultural en el vallenato, y mientras en el interior del país se auspician
investigaciones sobre música popular costeña y se le otorgan espacios en las emisoras
culturales, en la costa caribe la mayoría de las universidades ni siquiera la miran como
posible objeto de análisis: en casa de herrero, azadón de palo. Con esta reciente
adición a la bibliografía, la investigación sobre el vallenato parece despegar hacia
nuevos espacios teóricos, ya que aparece un aparato conceptual no utilizado anteriormente
y que tiene en cuenta la lingüística, la semiótica y la antropología estructural;
gente como Claude Lévi-Strauss, Roman Jakobson y Edmund Leach, para hablar de autores.
Independientemente de los resultados obtenidos, ya era hora de examinar el vallenato a
partir de modelos conceptuales desarrollados y actualizados, es decir, de estudiarle
profesionalmente en el rigor y la metodología apropiados de una disciplina científica.
Es de esperar que en adelante puedan desterrarse muchos falsos problemas y razonamiento
emotivos inspirados en un nivel teórico precario o primitivo o en la ausencia de una real
práctica de investigación.
żY los resultados? Razones de espacio impiden la discusión apropiada. Lo cierto es que
el libro de Llerena tiene material polémico "para rato", como dirían los
cronistas deportivos, y tal vez sólo sea posible discutir ahora con un poco de azar y
otro de desorden. Es curioso que una investigación con propósitos de interrogar al mundo
cultural de la música vallenata se hubiera limitado a comprobarla como "texto
cultural poético-musical", sin llevar las pesquisas a un terreno más eficaz para
comprender la naturaleza de este mismo texto. Más allá de constatar la existencia de una
serie de leyendas y mitos que siempre ocurren necesariamente en un entorno folclórico,
esclarecer o mirar de cerca algunas leyendas privilegiadas para captar su funcionamiento
preciso en cierto universo cultural puede significar un avance en el conocimiento. Mirar,
por ejemplo, la tan mentada leyenda vallenata para entender la presencia de unos
"nuevos ricos del folclor", como alegaba un viejo gaitero, una "leyenda
blanca" que conmemora el triunfo de los conquistadores sobre los indígenas, una
leyenda vinculada a la ideología señorial de terratenientes y propietarios territoriales
de origen europeo, quienes, en fin de cuentas, resultaron apropiándose una cultura sonora
de raíz campesina. No es tan cierto, entonces, aquello de que el vallenato sea una
expresión de la cultura campesina y pueblerina de la costa caribe, a menos de comprender
en esta última denominación a los terratenientes, los grandes propietarios y sectores
emergentes a partir de cierta economía subterránea que trastornó recientemente antiguas
formas de existencia. Tanto la leyenda como los festivales han servido para mostrar otra
cosa, y al pueblo raso le tocó conformarse con ver que conmemoran la derrota de sus
antepasados, cantan las glorias de personajes epómimos que pertenecen a las filas de los
triunfadores y desconocen sistemáticamente a sus verdaderos ídolos, como Juancho Polo
Valencia y Alejo Durán, quien así se quejaba:
"yo me siento humillado en el festival porque allá se creen que lo último del
acordeón soy yo". Lógico: la cultura de los grandes señores del Cesar en trance de
buscar reconocimiento nacional tiene preocupaciones bien distintas de los valores
campesinos del negro Alejo.
La discusión que salga de aquí debe ser amplia, no debe caber siquiera en todo el
Boletín Cultural y Bibliográfico, pues se trata nada menos que del rescate de la parte
más dinámica de la música popular costeña, de producir una reflexión que lleve a un
retorno en el sentido nietzscheano, es decir, la vuelta al punto de partida enriquecido,
la recuperación del sonido folclórico en sí mismo y como inicio de un nuevo viaje que
debe llevar a proyecciones más progresivas y menos fenicias o precarias. Las atinadas
observaciones de María Eugenia Londoño, en un buen ensayo que aparece en el libro como
Contribución número 2, sobre los cambios musicológicos en el vallenato operados en los
últimos años, tienen el sentido de unos primeros pasos en esta dirección. Los
testimonios que aparecen al final del libro son de lo más valioso que se haya publicado
en mucho tiempo sobre la música popular costeña y merecen la cuidadosa atención de los
investigadores. También las fotografías logran un rescate de una querida imagen
folclórica: Berta Caldera ial fin la podemos mirar!, Toño Salas, Pacho Rada,
Náfer Durán, el río Badillo, el río Guatapurí, el Cañaguate, faltando otras como el
Puente Salguero, Cerro Murillo, La Maye, Manuel el Mocho, los playones del Cesar, aquellas
bonitas sabanas manaureras...
ADOLFO GONZÁLEZ
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