Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 6,  Volumen XXIII , 1986
 

Los dueños del vallenato


Memoria cultural en el vallenato
Rito Llenena Villalobos
Centro de Investigaciones, Facultad de Ciencias Humanas,
Universidad de Antioquia, Medellín, 1985, 293 págs.

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Así como es de bucólico y apacible, así es de lenta, imperceptible y continua la creciente del río Cesar en ciertos momentos, y así la literatura explicativa sobre aquello que llaman vallenato experimenta un crecimiento que no es abundante pero sí rayano en constancia. Se podría decir, incluso, que la vertiente de la música popular costeña que más transformaciones ha experimentado en los últimos años, ha sido la más estudiada. En 1973 apareció Vallenatología, de Consuelo Araújo Noguera, que se mantuvo durante muchos años como el único trabajo global sobre el tema a pesar de Mi vida, de Crescencio Salcedo, que toca al vallenato sólo marginalmente, Historia de un pueblo acordeonero, de Francisco Rada Ortiz, y Alejo Durán, el notable opúsculo de José Manuel Vergara. No es hasta 1983, con Vallenato: hombre y canto, de Ciro Quiroz Otero, cuando aparece una obra global y sistemática elaborada con los criterios investigativos de las ciencias sociales. Si a esto se suman crónicas y artículos periodísticos, entrevistas y una que otra ponencia en foros y simposios, no podrá constatarse necesariamente la existencia de numerosos materiales serios y objetivos, pero si un índice de que la discusión sobre el vallenato toca intereses y susceptibilidades y, también el punto crucial de la identidad cultural de los costeños.
Con el apoyo económico de la Universidad de Antioquia. el Centro para la Investigación de la Cultura Negra en Colombia y Colciencias, Rito Llerena Villalobos ha publicado Memoria cultural en el vallenato, y mientras en el interior del país se auspician investigaciones sobre música popular costeña y se le otorgan espacios en las emisoras culturales, en la costa caribe la mayoría de las universidades ni siquiera la miran como posible objeto de análisis: en casa de herrero, azadón de palo. Con esta reciente adición a la bibliografía, la investigación sobre el vallenato parece despegar hacia nuevos espacios teóricos, ya que aparece un aparato conceptual no utilizado anteriormente y que tiene en cuenta la lingüística, la semiótica y la antropología estructural; gente como Claude Lévi-Strauss, Roman Jakobson y Edmund Leach, para hablar de autores. Independientemente de los resultados obtenidos, ya era hora de examinar el vallenato a partir de modelos conceptuales desarrollados y actualizados, es decir, de estudiarle profesionalmente en el rigor y la metodología apropiados de una disciplina científica. Es de esperar que en adelante puedan desterrarse muchos falsos problemas y razonamiento emotivos inspirados en un nivel teórico precario o primitivo o en la ausencia de una real práctica de investigación.
żY los resultados? Razones de espacio impiden la discusión apropiada. Lo cierto es que el libro de Llerena tiene material polémico "para rato", como dirían los cronistas deportivos, y tal vez sólo sea posible discutir ahora con un poco de azar y otro de desorden. Es curioso que una investigación con propósitos de interrogar al mundo cultural de la música vallenata se hubiera limitado a comprobarla como "texto cultural poético-musical", sin llevar las pesquisas a un terreno más eficaz para comprender la naturaleza de este mismo texto. Más allá de constatar la existencia de una serie de leyendas y mitos que siempre ocurren necesariamente en un entorno folclórico, esclarecer o mirar de cerca algunas leyendas privilegiadas para captar su funcionamiento preciso en cierto universo cultural puede significar un avance en el conocimiento. Mirar, por ejemplo, la tan mentada leyenda vallenata para entender la presencia de unos "nuevos ricos del folclor", como alegaba un viejo gaitero, una "leyenda blanca" que conmemora el triunfo de los conquistadores sobre los indígenas, una leyenda vinculada a la ideología señorial de terratenientes y propietarios territoriales de origen europeo, quienes, en fin de cuentas, resultaron apropiándose una cultura sonora de raíz campesina. No es tan cierto, entonces, aquello de que el vallenato sea una expresión de la cultura campesina y pueblerina de la costa caribe, a menos de comprender en esta última denominación a los terratenientes, los grandes propietarios y sectores emergentes a partir de cierta economía subterránea que trastornó recientemente antiguas formas de existencia. Tanto la leyenda como los festivales han servido para mostrar otra cosa, y al pueblo raso le tocó conformarse con ver que conmemoran la derrota de sus antepasados, cantan las glorias de personajes epómimos que pertenecen a las filas de los triunfadores y desconocen sistemáticamente a sus verdaderos ídolos, como Juancho Polo Valencia y Alejo Durán, quien así se quejaba:
"yo me siento humillado en el festival porque allá se creen que lo último del acordeón soy yo". Lógico: la cultura de los grandes señores del Cesar en trance de buscar reconocimiento nacional tiene preocupaciones bien distintas de los valores campesinos del negro Alejo.
La discusión que salga de aquí debe ser amplia, no debe caber siquiera en todo el Boletín Cultural y Bibliográfico, pues se trata nada menos que del rescate de la parte más dinámica de la música popular costeña, de producir una reflexión que lleve a un retorno en el sentido nietzscheano, es decir, la vuelta al punto de partida enriquecido, la recuperación del sonido folclórico en sí mismo y como inicio de un nuevo viaje que debe llevar a proyecciones más progresivas y menos fenicias o precarias. Las atinadas observaciones de María Eugenia Londoño, en un buen ensayo que aparece en el libro como Contribución número 2, sobre los cambios musicológicos en el vallenato operados en los últimos años, tienen el sentido de unos primeros pasos en esta dirección. Los testimonios que aparecen al final del libro son de lo más valioso que se haya publicado en mucho tiempo sobre la música popular costeña y merecen la cuidadosa atención de los investigadores. También las fotografías logran un rescate de una querida imagen folclórica: Berta Caldera —ial fin la podemos mirar!—, Toño Salas, Pacho Rada, Náfer Durán, el río Badillo, el río Guatapurí, el Cañaguate, faltando otras como el Puente Salguero, Cerro Murillo, La Maye, Manuel el Mocho, los playones del Cesar, aquellas bonitas sabanas manaureras...

ADOLFO GONZÁLEZ