Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 6,  Volumen XXIII , 1986
 

La difícil facilidad o el huevo de Colón


Social-polltlca y mamagallísticamente hablando
César Almeida (Kekar)
Impreso en los talleres gráficos de la Contraloría General de la República.

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El dibujo de Ricardo Rendón —en una época aún de difíciles comunicaciones— coincidía extrañamente con el de algunos caricaturistas europeos de su tiempo. No era igual ni era, por supuesto, inferior. Pero una estética, quizá cercana al déco, lo había tocado, porque los hilos del arte son inalámbricos. El rival de Rendón, en cuanto a calidad de dibujo (no de humor: Rendón era un panfletario nato y genial, equiparable en nuestra literatura, a pesar de sus ideologías opuestas, al olvidado Rubayata de (En la república de los vagabundos), era Horacio Longas, quien como caricaturista casi no trascendió los límites de Antioquia. Después he descubierto otra extraña coincidencia —y lo fue— entre su trabajo y el de Castelao, español gallego que descolló en los años 20 y 30 en un país con riquísima tradición de humor gráfico. Castelao tenía una línea muy pura, muy lírica, y miraba a sus gentes y a sus campesinos con un prisma semejante al que usaba Longas, perdido en las breñas antioqueñas, para mirar a los suyos. Menciono estos nombres porque son los de la llamada época de oro de la caricatura colombiana. Podría añadir otros:
Pepe Mexía y Facio Lince, por ejemplo. Hay más.  No estaban, pues, entonces nuestros caricaturistas lejos del mundo. Siguió luego una época de transición en que las cosas se opacaron un poco o un mucho. Podría rescatarse la obra de Hernán Merino, pero Merino fue mejor dibujante que caricaturista. Como tal, lo que lo preserva es la fina inteligencia de sus apuntes, aún vigente, según creo. Los demás hicieron su trabajo con discreción, sin mayores contrastes entre uno y otro, aunque, desde luego, sería importante una revisión crítica de este periodo del humor gráfico colombiano. Pero no es posible intentarla aquí y ahora.
Hace unos quince años visitó a Colombia un ilustre caricaturista mexicano. Alguien pidió su opinión sobre sus colegas de aquí, y él dijo:
buenos, pero un poco tradicionalistas en su concepción gráfica. Quiso decir simplemente que se había quedado atrás. El humor gráfico evoluciona o muere, puesto que está inmerso —ni más faltaba— en el río del arte. Lo que aquel visitante dijo era cierto, y el hecho de que nadie lo hubiera señalado en Colombia apunta a una de nuestras carencias en este campo, la falta de rigor crítico en editores, autores y lectores. La caricatura colombiana es tierra de nadie.
El mexicano, sin embargo, olvidó un nombre: el de Buitrago, por Otro apelativo Ugo Barti, por otro Timoteo. A mi modo de ver, Barti es el verdadero precursor del actual desarrollo de la caricatura colombiana. Él nos enseñó, creo, que el dibujo podía ser desdibujo. Él, consciente o inconscientemente, recordó que existía un Steinberg, un Chúmez, un Wolinsky. Y también que el contenido de un cartoon exige una visión personal, una síntesis, un llamado a la inteligencia. Él nos puso en el mapa del tiempo. Lo demás, porque el talento crece donde encuentra un reto, vino por añadidura. Tras Barti llegaron Cárdenas, Caballero, Osuna, Naide. Son autores disímiles, pero de todos podemos hablar con admiración y respeto. Después de ellos el asunto es claro, aunque no muchos lo sepan: hay que hacer las cosas bien, o, mejor, hay que hacerlas mejor. Habría que mencionar a Mico, a Grosso, a Guerrero, a Palosa. Y a muchos otros, no tan conocidos, que hacen humor, en la capital o en provincias, a través de revistas más o menos marginales o esporádicas. En todo ese personal joven se aprecia el nuevo tono, la urgencia de denuncia y la fluidez visual que ya no puede detenerse y que nos pone, de algún modo, y no es poco, en el contexto del actual humor latinoamericano.
El libro de Kekar constituye un notable aporte (ha habido otros, en los últimos años) en el camino de ese afianzamiento del nuevo humor gráfico del país.  Disiento de su prologuista, Rodolfo González, cuando compara la línea del autor con la de Fontanarrosa, que, a mi juicio, en nada se le parece. También cuando señala que "el éxito de su labor, residía en su capacidad para estampar el diálogo del hirsuto mono, la mordacidad de sus frases colgadas de esos personajes armados endeblemente". En esas palabras parece juzgarse un predominio, un desajuste entre lo gráfico y lo conceptual, si este último vocablo puede aplicarse a tan específica forma de poesía. Kekar, en cambio, nos dice: "Mi preocupación por lo estético es continua". Y más adelante nos habla de "la elegancia del trazo". Tales asuntos son fundamentales en su trabajo, delatan un dibujante excepcional —no libre de influencias— y un artista gráfico con un alto sentido de la composición, de la línea, del claroscuro, del contraste. Un "animal plástico", en suma. Mirando sus cartones con el cuidado que merecen, se confirma una antigua verdad: todo caricaturista ha de serlo de veras. Es decir, debe plantearse un problema gráfico, y resolverlo limpiamente, con todo el riesgo y la aventura que tal actitud implica. Kekar es sin duda un gran artista. En cuanto a lo otro...  ¿Cómo es el humor de Kekar? Un humor armado sobre la realidad nacional, como debe ser aquí y ahora. De sobra sabemos cuál es esa realidad, hecha de miseria, agonías e impudicias. Evitemos también los lugares comunes: irreverencia, ironía, mordacidad. Todo esto se da por sabido en un humorista que se precie de tal. Pero en Kekar hay un claro apego a la síntesis, un tremendo talento para congelar una situación en una fracción de segundo. Y un sentido de la sorpresa, un saber cosechar de lo cotidiano la cuota absurda que, desde siempre, sin que "los otros" lo noten, ha estado allí. Tal parece ser el mejor camino del caricaturista de hoy, aunque, desde luego, esto es más fácil decirlo que hacerlo. Me parece que el arte de Kekar consigue aquel extraño desafío que nos hace pensar ante sus monos: "Pero... ¡claro!". Todo parece fácil después que el talento descorre los obvios pero secretos velos. La difícil facilidad. que dijo alguien. El huevo de Colón.
Para terminar, anoto una especie de pardoja. Estamos en lo que podríamos llamar una segunda edad de oro —o casi— de la caricatura colombiana. Pero, como ya se dijo, no son muchos los que lo saben. Ni el público, ni los directores de periódicos o revistas. Ni. mucho menos, los editores de libros. El rigor y la calidad alcanzados por los nuevos humoristas nacen de ellos mismos, obedecen a una urgencia personal. Como creadores vamos bien, quizá muy bien. Como lectores, seguimos en Babia. Tal vez el tiempo se encargue de convertir en diálogo fructífero lo que aún hoy es una especie de monólogo dramático. El drama del humor.

ELKIN OBREGÓN