Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 6,  Volumen XXIII , 1986
 

Desde la colonia hasta nuestros días


Economía y nación
Salomón Kalmanovitz
Siglo XXI —Cinep— Universidad Nacional,
Bogotá. 1985

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El nuevo libro de Salomón Kalmanovitz recoge un conjunto de trabajos escritos por él a lo largo de diez años, ordenados y actualizados para presentar una visión completa de la historia colombiana desde la Colonia hasta nuestros días. La obra representa, sin duda, uno de los ensayos más ambiciosos que se hayan realizado para reinterpretar la historia económica y social del país (más la primera que la segunda), nutriéndose de lo que el autor ha denominado el "fundamentalismo marxista".
El libro debe valorarse, por su contribución a la interpretación de los sucesos colombianos. En relación con las fuentes empleadas conviene destacar, sin embargo, el gran esfuerzo —notable en sí mismo— por abarcar la considerable bibliografía histórica del país. Dejaré a los historiadores del período colonial y a los estudiosos de nuestro pasado político que evalúen las hipótesis que plantea Kalmanovitz acerca de estos temas y concentraré mis esfuerzos en unas breves consideraciones sobre dos aspectos que asumen un papel central en la obra: el "enfeudamiento" del siglo XIX y los orígenes del capitalismo moderno en nuestro pais.
El problema central de la obra en lo relacionado con el primero de estos debates es la adopción, a mi juicio excesivamente rígida, de los conceptos marxistas de feudalismo y capitalismo, que oculta las complejas formas intermedias" que son típicas de los procesos históricos y de toda sociedad concreta. En forma gráfica, podría quizás afirmar que Kalmanovitz, siguiendo los lineamientos teóricos anotados, tiende a ver el mundo en blanco y negro, cuando la historia y la realidad están dominadas por tonos grisáceos.
Seria demasiado largo intentar analizar aquí si el pasado colombiano exhibe características "feudales", como piensa Kalmanovitz o, para tal propósito, como pensaban los liberales reformistas de los años veinte y treinta. Acordemos simplemente que la mano de obra rural estuvo "atada" a la tierra hasta comienzos del siglo XX (y en ciertas regiones hasta hoy) por formas de sujeción económica radicalmente diferentes del capitalismo moderno, que se apoyaban además en el poder político y en el catolicismo, como fuente de cohesión ideológica en este último caso. Sin embargo, la forma como la mano de obra se ‘liberó" de estas ataduras precapitalistas no dio paso súbitamente al proletariado moderno sino a múltiples formas que poco se le parecían: el peonaje, la aparcería, ciertas modalidades de arrendamiento de la tierra, etc.

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Una de estas modalidades de "Liberación" de la mano de obra fue la emigración hacia zonas de frontera, donde el poblador rural buscaba establecerse como colono independiente, con una posesión de hecho sobre la parcela que cultivaba. En otros casos, la colonización no adoptaba estas características, sino que se articulaba al proceso de apertura de fronteras agrarias por parte de grandes propietarios. Así aconteció en algunas zonas de colonización antioqueña, costeña o cundinamarquesa. En algunas de estas zonas, las viejas "relaciones de producción" se transplantaban mediante diversas modalidades de arrendamiento de la tierra. Pero ello no significa que las relaciones de trabajo se reproducían en forma idéntica y, menos aún, que se tornaban crecientemente "serviles". Por el contrario, las zonas de colonización, así fueran dominadas por los grandes propietarios, no permitían que fructificaran las viejas formas de trabajo, entre otros motivos porque se desenvolvían bajo una crónica escasez de mano de obra y porque los campesinos podían garantizar su libertad movilizándose hacia nuevas regiones.
Los estudios de Marco Palacios y Malcom Deas sobre las haciendas cafeteras de Cundinamarca han ilustrado claramente este punto. Palacios enfatiza, en particular, la tendencia hacia el fortalecimiento de la economía campesina en el interior de las haciendas cafeteras, es decir, hacia la mayor libertad de los arrendatarios y no hacia el "enfeudamiento". Este proceso se desarrolló en forma tal que desembocó en violentos enfrentamientos en los años veinte y treinta del siglo XX, en los cuales los campesinos lograron lo que faltaba para consolidar el proceso: la propiedad de la tierra. Sospecho que muchos de los enfrentamientos en torno a la propiedad que han plagado la historia republicana del país hasta nuestros días, cuyos focos han sido siempre las zonas de colonización, reflejan un proceso similar.
Las formas mediante las cuales la mano de obra se "liberaba" de las ataduras "semifeudales" eran así muy diversas e incluso podían sobrevivir con la apariencia de viejas formas de arrendamiento. Es decir, estas últimas podían corresponder a "relaciones de producción" muy diversas. La dificultad de Kalmanovitz para aceptar este punto afecta irremediablemente su análisis del surgimiento del capitalismo moderno en Colombia. En efecto, si se exceptúa el núcleo antioqueño (y quizás el santandereano), donde las ataduras de la mano de obra a la tierra eran débiles y donde, por lo tanto, la "liberación" de la fuerza de trabajo no constituía un problema especial, el autor no puede disimular su sorpresa ante la forma como el capitalismo irrumpió en varias zonas del país a comienzos del siglo XX. A mi juicio, la única forma de entender esto es precisamente observando cómo, en contra de lo que cree Kalmanovitz, el siglo XIX no fue de "enfeudamiento" sino todo lo contrario, de ruptura (larga y penosa, sin duda) de aquellas fuerzas que impedían la libre movilidad de la mano de obra, la tierra y el capital, proceso que tuvo lugar a pesar de la resistencia de sectores significativos de la sociedad (los señores esclavistas, la Iglesia, etc.) y de los retrocesos que experimentó en el terreno político.
Un tema polémico adicional se relaciona con las fuerzas que jalonaron la transición al capitalismo moderno. Reconozco que el autor está en lo correcto cuando subraya la importancia de los cambios en las "relaciones de producción" y resalta el carácter "endógeno" (o mejor "interno") de este proceso. El debate central no se relaciona, sin embargo, con la importancia trascendental de esta transformación sino, más bien, con el papel que desempeñaron los cambios en la economía internacional sobre la velocidad y las modalidades que adoptó en América Latina y en nuestro pais.
En un libro sobre el comercio exterior colombiano en el siglo XIX he sostenido precisamente que la dependencia externa de Colombia determinó en gran medida las modalidades del proceso de desarrollo colombiano en el siglo XIX. La clásica hipótesis de la Comisión Económica para América Latina (Cepal) sobre el desarrollo latinoamericano indica, igualmente, que las rupturas de la economía internacional durante la primera guerra mundial y la crisis económica internacional de los años treinta, determinaron también las modalidades del proceso de desarrollo en el siglo XX, en particular su reorientación hacia el mercado interno y la activa intervención del Estado en la economía. Ni una ni otra hipótesis, duramente castigadas por Kalmanovitz, niegan que en el transfondo del proceso se experimentó una transformación profunda de las "relaciones de producción". Lo que quieren destacar es, simplemente, que esta transformación estuvo sujeta a los vaivenes de la economía mundial y a las formas particulares de articulación de nuestros países con los centros económicos internacionales. En otros términos, los acontecimientos "exógenos" determinaron las características de las transformaciones "internas" que experimentaron las economías latinoamericanas.
En las ciencias sociales, el avance del conocimiento depende de polémicas abiertas, cargadas muchas de ellas de contenido ideológico y, por ello, posibles únicamente en paises democráticos. Por este motivo, no creo que sea un defecto sino, más bien, una virtud que Salomón Kalmanovitz intente en su libro rescatar la validez de hipótesis derivadas del "fundamentalismo marxista" para el análisis de la historia de nuestro país. De esta manera, aunque no concuerdo plenamente con las tesis planteadas en el libro, estoy convencido de que constituye una contribución significativa al debate histórico colombiano. Los historiadores de una y otra escuela de pensamiento deberán nutrirse así de esta obra, que mira desde nuevos ángulos el pasado y el presente de nuestro transcurrir social.

JOSÉ ANTONIO OCAMPO