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Desde
la colonia hasta nuestros días
Economía y nación
Salomón Kalmanovitz
Siglo XXI Cinep Universidad Nacional,
Bogotá. 1985
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El nuevo libro de
Salomón Kalmanovitz recoge un conjunto de trabajos escritos por él a lo largo de diez
años, ordenados y actualizados para presentar una visión completa de la historia
colombiana desde la Colonia hasta nuestros días. La obra representa, sin duda, uno de los
ensayos más ambiciosos que se hayan realizado para reinterpretar la historia económica y
social del país (más la primera que la segunda), nutriéndose de lo que el autor ha
denominado el "fundamentalismo marxista".
El libro debe valorarse, por su contribución a la interpretación de los sucesos
colombianos. En relación con las fuentes empleadas conviene destacar, sin embargo, el
gran esfuerzo notable en sí mismo por abarcar la considerable bibliografía
histórica del país. Dejaré a los historiadores del período colonial y a los estudiosos
de nuestro pasado político que evalúen las hipótesis que plantea Kalmanovitz acerca de
estos temas y concentraré mis esfuerzos en unas breves consideraciones sobre dos aspectos
que asumen un papel central en la obra: el "enfeudamiento" del siglo XIX y los
orígenes del capitalismo moderno en nuestro pais.
El problema central de la obra en lo relacionado con el primero de estos debates es la
adopción, a mi juicio excesivamente rígida, de los conceptos marxistas de feudalismo
y capitalismo, que oculta las complejas formas intermedias" que son típicas de
los procesos históricos y de toda sociedad concreta. En forma gráfica, podría quizás
afirmar que Kalmanovitz, siguiendo los lineamientos teóricos anotados, tiende a ver el
mundo en blanco y negro, cuando la historia y la realidad están dominadas por tonos
grisáceos.
Seria demasiado largo intentar analizar aquí si el pasado colombiano exhibe
características "feudales", como piensa Kalmanovitz o, para tal propósito,
como pensaban los liberales reformistas de los años veinte y treinta. Acordemos
simplemente que la mano de obra rural estuvo "atada" a la tierra hasta comienzos
del siglo XX (y en ciertas regiones hasta hoy) por formas de sujeción económica
radicalmente diferentes del capitalismo moderno, que se apoyaban además en el poder
político y en el catolicismo, como fuente de cohesión ideológica en este último caso.
Sin embargo, la forma como la mano de obra se liberó" de estas ataduras
precapitalistas no dio paso súbitamente al proletariado moderno sino a múltiples formas
que poco se le parecían: el peonaje, la aparcería, ciertas modalidades de arrendamiento
de la tierra, etc.
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Una de estas modalidades
de "Liberación" de la mano de obra fue la emigración hacia zonas de frontera,
donde el poblador rural buscaba establecerse como colono independiente, con una posesión
de hecho sobre la parcela que cultivaba. En otros casos, la colonización no adoptaba
estas características, sino que se articulaba al proceso de apertura de fronteras
agrarias por parte de grandes propietarios. Así aconteció en algunas zonas de
colonización antioqueña, costeña o cundinamarquesa. En algunas de estas zonas, las
viejas "relaciones de producción" se transplantaban mediante diversas
modalidades de arrendamiento de la tierra. Pero ello no significa que las relaciones de
trabajo se reproducían en forma idéntica y, menos aún, que se tornaban crecientemente
"serviles". Por el contrario, las zonas de colonización, así fueran dominadas
por los grandes propietarios, no permitían que fructificaran las viejas formas de
trabajo, entre otros motivos porque se desenvolvían bajo una crónica escasez de mano de
obra y porque los campesinos podían garantizar su libertad movilizándose hacia nuevas
regiones.
Los estudios de Marco Palacios y Malcom Deas sobre las haciendas cafeteras de Cundinamarca
han ilustrado claramente este punto. Palacios enfatiza, en particular, la tendencia hacia
el fortalecimiento de la economía campesina en el interior de las haciendas cafeteras, es
decir, hacia la mayor libertad de los arrendatarios y no hacia el
"enfeudamiento". Este proceso se desarrolló en forma tal que desembocó en
violentos enfrentamientos en los años veinte y treinta del siglo XX, en los cuales los
campesinos lograron lo que faltaba para consolidar el proceso: la propiedad de la tierra.
Sospecho que muchos de los enfrentamientos en torno a la propiedad que han plagado la
historia republicana del país hasta nuestros días, cuyos focos han sido siempre las
zonas de colonización, reflejan un proceso similar.
Las formas mediante las cuales la mano de obra se "liberaba" de las ataduras
"semifeudales" eran así muy diversas e incluso podían sobrevivir con la
apariencia de viejas formas de arrendamiento. Es decir, estas últimas podían
corresponder a "relaciones de producción" muy diversas. La dificultad de
Kalmanovitz para aceptar este punto afecta irremediablemente su análisis del surgimiento
del capitalismo moderno en Colombia. En efecto, si se exceptúa el núcleo antioqueño (y
quizás el santandereano), donde las ataduras de la mano de obra a la tierra eran débiles
y donde, por lo tanto, la "liberación" de la fuerza de trabajo no constituía
un problema especial, el autor no puede disimular su sorpresa ante la forma como el
capitalismo irrumpió en varias zonas del país a comienzos del siglo XX. A mi juicio, la
única forma de entender esto es precisamente observando cómo, en contra de lo que cree
Kalmanovitz, el siglo XIX no fue de "enfeudamiento" sino todo lo contrario, de
ruptura (larga y penosa, sin duda) de aquellas fuerzas que impedían la libre movilidad de
la mano de obra, la tierra y el capital, proceso que tuvo lugar a pesar de la resistencia
de sectores significativos de la sociedad (los señores esclavistas, la Iglesia, etc.) y
de los retrocesos que experimentó en el terreno político.
Un tema polémico adicional se relaciona con las fuerzas que jalonaron la transición al
capitalismo moderno. Reconozco que el autor está en lo correcto cuando subraya la
importancia de los cambios en las "relaciones de producción" y resalta el
carácter "endógeno" (o mejor "interno") de este proceso. El debate
central no se relaciona, sin embargo, con la importancia trascendental de esta
transformación sino, más bien, con el papel que desempeñaron los cambios en la
economía internacional sobre la velocidad y las modalidades que adoptó en América
Latina y en nuestro pais.
En un libro sobre el comercio exterior colombiano en el siglo XIX he sostenido
precisamente que la dependencia externa de Colombia determinó en gran medida las
modalidades del proceso de desarrollo colombiano en el siglo XIX. La clásica hipótesis
de la Comisión Económica para América Latina (Cepal) sobre el desarrollo
latinoamericano indica, igualmente, que las rupturas de la economía internacional durante
la primera guerra mundial y la crisis económica internacional de los años treinta,
determinaron también las modalidades del proceso de desarrollo en el siglo XX, en
particular su reorientación hacia el mercado interno y la activa intervención del Estado
en la economía. Ni una ni otra hipótesis, duramente castigadas por Kalmanovitz, niegan
que en el transfondo del proceso se experimentó una transformación profunda de las
"relaciones de producción". Lo que quieren destacar es, simplemente, que esta
transformación estuvo sujeta a los vaivenes de la economía mundial y a las formas
particulares de articulación de nuestros países con los centros económicos
internacionales. En otros términos, los acontecimientos "exógenos"
determinaron las características de las transformaciones "internas" que
experimentaron las economías latinoamericanas.
En las ciencias sociales, el avance del conocimiento depende de polémicas abiertas,
cargadas muchas de ellas de contenido ideológico y, por ello, posibles únicamente en
paises democráticos. Por este motivo, no creo que sea un defecto sino, más bien, una
virtud que Salomón Kalmanovitz intente en su libro rescatar la validez de hipótesis
derivadas del "fundamentalismo marxista" para el análisis de la historia de
nuestro país. De esta manera, aunque no concuerdo plenamente con las tesis planteadas en
el libro, estoy convencido de que constituye una contribución significativa al debate
histórico colombiano. Los historiadores de una y otra escuela de pensamiento deberán
nutrirse así de esta obra, que mira desde nuevos ángulos el pasado y el presente de
nuestro transcurrir social.
JOSÉ ANTONIO OCAMPO
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