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Crónicas
de una voz
Crónica regia y Alabanza del
reino
Álvaro Mutis
Ediciones Cátedra, Madrid, 1985,47 págs.
Alvaro Mutis ha
"armado" un breve conjunto sólido, como todos sus libros con poemas
gobernados por una mirada: España en algunas vertientes. Ya en Los emisarios la
exploración del lugar de encuentro de una voz y un cuerpo asentado en y sustentado por el
nombrar, proponía una particular situación para el hablante. Los mensajeros verbales
asumieron un diálogo que los modernistas hispanoamericanos habían dejado trunco, o no
intentaron a plenitud. Si nuestras relaciones con España se limitaban a un monólogo
improductivo, después del modernismo y las vanguardias se transformaron en un abierto
desafío a la comunicación.
La virtud de los últimos poemas de Alvaro Mutis tanto de Los emisarios como
del presente grupo: Crónica regia y Alabanza del reino radica en que no
buscan insertarse en un estéril concepto de tradición. Por ahí no va la cosa. Más bien
cumplen con aquellas zonas llamadas por costumbre "lo español" y que exceden al
mismo tiempo los marcos del término. Hablemos de un derrotero cultural que debería
incluir, a su vez, un diálogo de España con "lo árabe", "lo judío"
y otras comunidades.
Algunos lectores pensarán que la admiración de Mutis por una forma de Estado denominada
monarquía
especialmente la del oleaje denso que emana de varios
túmulos españoles define la producción que integra la primera parte del nuevo
conjunto de poemas. Zapatero a sus zapatos. Mi lectura, por su lado, se encamina hacia
otro punto de interés. Y me detendré sólo en la primera parte (Crónica regia), pues
la segunda (Alabanza del reino) da cabida a seis poemas de Los emisarios, todos
relacionados con la península (Córdoba, la Alhambra, Cádiz) y la veleidad obcecada del
poder en la muerte del sanguinario César Borgia. Dos palabras no más. El lugar como
idea no podrá ser socavado por ningún poder, porque en definitiva perenniza un estado
mental llamado reino: el enigmático y ajeno sonido de una lengua; los destellos que
dilatan la perspectiva del ojo; el tiempo y su paso congelado en la sangre del observador.
Reino interior, a secas.
Los once poemas de Crónica regia se afanan en este sentido. Dos retratos, por
ejemplo, hacen posible que los poemas consoliden imágenes que dejan de pertenecer a los
lienzos y encarnan una insólita ficción. Si la pintura es una vía de acceso al siglo
XVI (otra: la arquitectura en honor de la muerte), esta representación exige una renovada
puesta en escena del valor que le otorgan las palabras. La extática voz del poema
promueve esa dinámica: "Torno a mirar el lienzo que pintó Sánchez Coello cuando la
Infanta aún no tenía dieciocho años! y me invade, como siempre que vengo a visitarla! a
este rincón del Prado que la guarda! en un casi anónimo recato, un deseo insensato/ de
sacarla del mudo letargo de los siglos/ y llevarla del brazo e invitarla a perdernos! en
el falaz laberinto de un verano sin termino" (Regreso a un retrato de la infanta
Catalina Micaela, hija del rey don Felipe II).
El otro cuadro, también por
Alonso Sánchez Coello, pintor de la corte, es del propio Felipe II.
La metáfora del rostro que resiste la arremetida del tiempo tiene una intención: se
presta a innumerables representaciones del amor, el poder y la muerte. Está siempre,
diríamos, a disposición de quien la actualice. Y el poema es, sin duda, un espacio tan
cerrado como los sueños: "Como un fruto tu reino. Protegido,/ cercado en el límite
estricto/ de su dorada corteza impenetrable" (Como un fruto tu reino). La
escritura podría ser entonces el reino y el fruto, la seguridad frente al deterioro de
los años. Pero es algo más dramático: una forma tan dependiente de la lectura
como la pintura lo es del ojo. (O los museos y monumentos, esclavos del calor de las
presencias). La noción de vestigio es sacralizada por una razón menos frívola. Sería
imprudente, pues, explicar los afanes de este libro apelando a las afectuosas simpatías
que el autor tiene por el régimen monárquico. O, simple y llanamente, por el esplendor
español que fue. Al incluir el libro en un campo más vasto de significaciones le
adjudicamos un sentido que sus textos no consignan. Es un intersticio de esos territorios:
el diálogo de sordos de la posesión y la permanencia.
Mediante la materialización de los reflejos vacíos de El Escorial sólo el aire
circula por los pasadizos y acaricia las urnas, la secuencia poética desmaterializa
otros cuerpos en su deseo de perpetuarlos. La placidez del recinto es interrumpida por
el proceso de volatilización que la grandeza enseñoreada la muerte, acaso
provoca: "Entretanto, por obra de la nocturna/ brega sin sosiego, ocurre la insólita
sorpresa:/ los muros, las columnas, las fachadas, los techos, / las torres y las bóvedas,
la obra toda adquiere! esa leve consistencia, esa alada ligereza! propias de una porosa
substancia que despide! una láctea claridad y se sostiene en su ingrávida! mudanza
frente a la vencida sitiadora! que cesa en su estéril asalto" (Cuatro nocturnos
de El Escorial, III). En esos lapsos los personajes, evocados por el verbo, actúan de
nuevo ante los espejos que los contemplan. La representación de la nada es conseguida a
través de las palabras: lo que callan es lo que no muestran los espejos. ¿Pero
qué imágenes desean ignorar? ¿O, al menos, evitar? Las que una memoria distorsiona en
torpes alabanzas. En cierta manera el poema que da nombre y vigor evanescente a estos
seres, en el Pacto de la Representación, sobrevivirá mientras sus palabras denigren la
pretensión de permanecer. O trascenderse, como anhela cualquier clase de poder,
incluyendo el de las artes retóricas. Con fervor proclama:
"Alabemos el olvido que avanza a través de las piedras/ selladas por el calicanto
como lengua poderosa y magnífica de estirpe" (Apuntes para un funeral, I).
¿Quién sino el lenguaje habla por boca del soldado de los tercios de flandes? Él puede
decir con sobrada experiencia: "Nada gané, nada perdí. / Allí estuve. Eso es
todo". Es la tragedia de toda empresa verbal; su destino son las tumbas de letras y
la ingenua resurrección a que la somete un lector, apasionado o no. Y la resistencia de
sus materiales tiene la duración de las aventuras de conquista: "Firme en la cera de
mis años, / deduzco de las espesas nubes de insectos/ que giran sobre los desperdicios
del mercado/ la suerte de las expediciones" (Apuntes para un funeral, IV).
Crónica regia es la antesala de ese lugar que la voz del poema no puede
hallar fuera del lenguaje. Alabanza del reino lo pone al descubierto para
inflamarlo. El reino interior se ajusta a las circunstancias de esas victorias parciales
que son cada lectura, cada mirada. Y la crónica de los poderes terrenales será siempre
la del tránsito: la poesía se reproduce por la continua sed de sus vestigios.
Sin lugar a dudas, el siglo XVI español que Alvaro Mutis explora es el imperio de cenizas
de las antiguas y actuales palabras.
EDGAR OHARA
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