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El
cielo cálido y los infiernos gélidos
La promesa y el reino
José Manuel Crespo
Ediciones Tercer Mundo,
Bogotá. 1984, 273 págs.
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El título, la cita de san Lucas que abre
el libro y las profusas alusiones en el texto no dejan duda alguna sobre las intenciones
de La promesa y el reino: se trata de una novela de la redención. Es notable que
este empeño literario (que hace pensar en los solemnes alemanes, en Thomas Mann y Hermann
Hesse ponderativos) sea el motivo de una obra colombiana, y más aún que se esquiven en
ella los primeros peligros de la moraleja y la consigna, entre los cuales acaban
sucumbiendo las pocas cosas de este género que se editan acá. Estamos habituados a los
relatos de la caída y la desesperanza de un desgraciado, de un pueblo, del país, y al
testimonio de los náufragos. Crespo sería acusado de buscarles salida y de porfiar en la
herejía optimista que adjudica el poder de la liberación al corazón del individuo.
Leticia, personaje central de la novela, posee el secreto del edén perdido. Desde el
primer capítulo la encontramos exiliada de la costa, torturada en un pueblito andino,
amenazada por las voracidades de una casa siniestra y rodeada de extraños que prodigan
maldad con una vehemencia casi heroica. No tiene acceso tan siquiera a las aspiraciones
solapadas de una Cenicienta: sus guardianas le recomiendan la lectura del cuento. Sin
embargo, el autor no tarda en avisarnos que la niña no será vencida. Sólo se trata de
la prueba de fuego a que son sometidos los justos para acrisolar el temple de su
espíritu.
En el capítulo segundo confiesa el narrador que se hicieron amigos durante una temporada
en Bogotá. Esta declaración es sorprendente, pues aun suponiendo lazos de parentesco
y en gran medida la novela es una saga familiar, parecería que el cronista
conoce con un exceso sospechoso los más etéreos rincones del alma de la protagonista,
las nimiedades de su historia y los más negros entresijos de sus enemigos, cuyo número
adquiere proporciones casi cósmicas. De todos modos, nos enteramos de que Leticia, en
esta capital de los infiernos (en donde, dicho sea de paso, quedan hasta las casas
editoras), probará que es suya la clave de los elegidos. No creo que revelemos nada
adelantando que ésta se funda en el pasado. Desde Proust esperamos que así sea.
En el tercero se recuenta el destino de aquellos personajes a través de los cuales está
unida Leticia al pasado ancestral. En el último, el cuarto, la de un sentidísimo
recuerdo que le permite recuperar el suyo propio y reclamar, por tanto, el derecho a su
reino.
Cómo se han propagado hasta la universalidad los productos del mal, el odio, la violencia
y el tedio sin los cuales no cabría hablar de redención, es algo que no explica, ni
nadie esperaría que tuviera que hacerlo, el autor. Pero decir cómo germinan es necesario
para darle sentido a la idea de la salvación. Crespo abunda en detalles de que existen.
Para citarlos sería necesario más espacio, pero hasta decir que no especifica sus
raíces. Queda la impresión de que en los Andes son endémicos y se respiran en el aire,
en tanto que en la costa son advenedizos y a duras penas polucionan los esplendores de su
clima y su geografía. Si bien todo el mundo los ejerce o padece y acaso así se
evite la tercera asechanza en las obras de este tipo, la del maniqueísmo-, los cachacos
los llevan en las venas mientras los otros, en especial los protagonistas, cuando
mucho han decidido cultivarlos porque el mal los ha atacado desde afuera bajo las formas
del prejuicio, la pobreza o la desgracia de un viaje al interior.
Esto equivale a una petición de principio. Leticia y los suyos disfrutan del derecho a
formar parte del reducido número de los elegidos. Habrán de redimirse los antiguos
moradores del paraíso. Que éste se sitúe o haya estado en el Caribe colombiano no se
debe al mero hecho de que Crespo sea oriundo de Ciénaga. Hay en esta doctrina mucho de
una mala conciencia nacional y vestigios del ya proverbial desahucio de Occidente con su
cándida fe en la integridad del buen salvaje, hoy en día más patentes en las manías
del turismo. Pero no es menos cierto que allí subsistían la inocencia y la visión
pasmosa a las que hace mucho renunció el resto del país. Preservarlas es la tarea de
Leticia. Le corresponde al autor convencernos acerca de sus bondades y vigencia.
Al menos para el caso presente, José Manuel Crespo forma parte de los cada vez más
escasos escritores que creen posible y noble la ligazón entre la ética y la estética,
dos palabras usadas, tal vez con mucho juicio, principalmente para los trabalenguas. Así,
por un lado Leticia, rememorando un momento señalado y amparando la plenitud de su
fascinación hacia la gratuidad del mundo edénico, adquiere una suerte de virtud moral
que la rescata de los azares de un presente en el que todo está perdido para los que no
han experimentado la belleza; y por el otro el autor se apuesta en el recuento minucioso
de todo este leal proceso de sentir, aceptar, conservar y terminar sacando a flote, sobre
el cual descansarían el peso y la validez de la novela.
Para lograrlo, Crespo echa mano de múltiples recursos. Son algunos de dudosa eficacia.
Por ejemplo, la incrustación de letras de canciones para crear un ambiente "de
época", según la idea fatalista y en boga de que la vida viene con partitura; la
inevitable referencia a un clima bíblico, a veces portentoso, a veces de erudición de
santoral, que únicamente añade párrafos al libro; el seguimiento de una técnica que
empieza a hacerse típica, consistente en rastrear e ir anotando todas las ramificaciones
de la historia y que la colma de paréntesis y anécdotas sobre personajes y
acontecimientos que van del chisme al mito, lo que supuestamente iría a conformar una
especie de suma vallenata, como si Crespo ratificara o rectificara a ya sabemos quién:
"... y recordaba la tarde en que a la abuelita de Magdalena Codurí estuvo a punto de
llevársela un viento cálido al que le daba peso la polvareda fina que venía levantando
por los playones (...) como si miles de ángeles estuvieran sacudiendo sus sábanas y al
salir de la casa de Lolita Gallardo las ráfagas del torbellino la cogieron de frente y
los vecinos la vieron pasando yoladita como a un metro de altura sin una zapatilla y con
el pelo parado" (pág. 265); y el uso incontinente e indiscutible de descripciones y
adjetivos que dejan dudas sobre la coherencia de los personajes y hacen poco menos que
imposible una constatación. Por otro lado, los clamorosos capítulos de La promesa y
el reino demuestran que Crespo puede darse el envidiable lujo de frecuentar la
justicia literaria. En las últimas páginas está el relato memorable de la promesa que
el mar le hizo a Leticia para siempre. Van conmoviendo como si se soñaran.
La lectura del libro deja una sensación ambigua de talento y de superfluidad. La novela
quizás podría haber sido menos densa, acaso habría bastado un cuento largo. Y bien
podría prescindir de la última frase:
"Pero ni un solo instante dejaría Leticia de buscar los frutos del árbol del amor
entre las olas del destino , con la cual se aproxima peligrosamente al cuarto escollo del
tema de la redención: el de la alegoria.
CARLOS JOSÉ RESTREPO
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