|
Casi y
tampoco: dos maneras de fracasar
La buhardilla del tiempo
David Pineda S.
Biblioteca Pública Piloto, Medellín, 1985, 69 págs.
Ese ímpetu demoledor de las
esquinas
Jaime Lean Castaño
Ediciones La Tecla, 1985, 79 págs.
|
|
|
|
|
Reseño estos dos libros
en el mismo lugar porque se prestan para un contrapunto que me parece muy esclarecedor:
tanto en sus diferencias como en sus semejanzas, creo que encierran las pocas virtudes y
casi todos los defectos de nuestros poetas. Lo primero que los une es su pobrísima
calidad. Ninguno de los dos alcanza ese límite indefinible, pero rotundo, donde comienza
cualquier poesía de verdadero valor. Pero esto es, también, lo primero que los separa.
Mientras en el libro de David Pineda hay "algo", en el de Jaime L. Castaño no
hay nada. Castaño no tiene la intuición del ritmo, ni la menor idea del juego verbal que
sostiene un poema. Pineda, en cambio, entiende, por lo menos, que los versos son algo más
que frases cortadas en una sierra sin fin. (Para afirmar esto, lo aclaro antes de
continuar, me baso sobre todo en las siguientes palabras de Ezra Pound: "La poesía
es una composición de palabras ordenadas musicalmente. Las otras definiciones son, en su
mayoría, insostenibles o metafísicas. La proporción o calidad de la música puede
variar, y así lo hace; pero la poesía se aja y se marchita cuando se aleja demasiado de
la música, o, por lo menos, de la música imaginaria (...) No quiero significar con ello
que las palabras han de embarullarse y tornarse confusas e irreconocibles en una suerte de
emplasto onomatopéyico (...) Los poetas que no se interesan por la música son o se
convierten en malos poetas".
Castaño pertenece a una escuela sin nombre que se ha puesto muy en boga entre nosotros.
Con la excusa de los temas "prosaicos", se hace una versificación alocada, sin
el mínimo rigor, donde se mezclan por igual el comentario y los retazos de las
anécdotas. Se sigue, entonces, una dirección exactamente opuesta a la que debe buscar la
poesía. No hay gracia ni misterio. No hay clímax. Y
lo que es más desastroso:
tampoco aparecen los encantos de la prosa, no sólo porque la partición en versos, que se
muestra tan gratuita, la hace aburridísima de leer, sino, sobretodo, porque se desnuda el
verdadero trasfondo del asunto, que no es otro que el no tener nada concreto para decir.
Como demostración tengo algunos ejemplos, elegidos casi al azar entre, prácticamente,
todos los poemas:
al doctor ramírez y
carlos álvarez los mató la emoción
de la cirrosis poetas sin poemas en la
talabartería
[...]
la retórica de los parlantes en
el centro cívico
no cívico ni centro; amores
subastados en dedicatorias
[...]
vino decepcionado por el enredo
del idioma
después se regaló para el cuartel
quedamos lelos cuando dijeron
que al general
al jefe supremo
lo llevarían a la cárecel
Con esto, para mí,
es más que suficiente. ¿Son versos o frases? ¿Hay alguna música, o no es más que el
ruido de la cháchara? ¿Por qué, digamos, la palabra "emoción" cae en otra
línea? ¿Es, en verdad, una necesidad rítmica? ¿De qué ritmo? En fin, así es todo el
libro:
Eran los años del jefe
supremo daniel santos
la sonora moliendo su salsa
imbatible
y a falta de juegos apropiados
descubrimos ese trance
amargado
de enfrentar los días
en la esquina de la cuadra
esperando las últimas consignas
[...]
el niño no quemaba su energía
con el fútbol
un mal jugador de frecuente
ridículo
atento más bien al difícil empeño
de coronar sus pasiones
sus tímidos deseos de atleta
fatigado
y en las vacaciones su fuerza
en el empleo disfrazado
[...]
Los demás tocaron fondo en las camelias.
por las inclinaciones de su dueño por los niños
ningún negocio en este local
progresaba
[...]
De La buhardilla
del tiempo ya he dicho que hay "algo". Pineda quiere, por lo menos, hacer
poesía. Quiere hacer versos y combinarlos. Incluso busca la melodía:
Una sombra sin nombre
mira por encima del hombro
Sin embargo se queda
corto. Todos los poemas cojean. Algunos se van convirtiendo en alusiones enecdóticas sin
ninguna fuerza sugestiva. Otros fracasan en el tan gastado juego tipográfico (como la
imitación de un chorro de agua en A la hora de la clase de pintura). También hay,
en ese deseo de versificar, muchas faltas de tino, que lo llevan a creer que cualquier
palabra ya es un verso:
A veces escupía
fusilitos
avioncitos
o que puede tratar cualquier asunto en el
mismo estilo:
El proletario Elías
dice:
La miseria siembra banderas.
En resumen, creo que ni
Castaño ni Pineda tenían con qué hacer un libro, pero ya que lo hicieron, quiero
recalcar que Pineda tiene poemas publicables:
LAS COSAS DE LA MUJER
La corteza de la mano
toca los surcos y la arena en una época germinaron
lágrimas y almendras. La mujer tiene agua en el
recuerdo
y gotea noche a noche.
A veces la luna abre algún
caminos
a veces es sólo el abrir de las
pupilas.
Las cosas de la mujer están
guardadas
bajo el ocio de los huesos.
Castaño, en cambio, no,
y quiero anotar, aunque parezca anodino, que también en la edición se delatan ciertas
diferencias: mientras el libro de Pineda es sobrio, modesto, el de Castaño es mucho más
pretensioso, y en esto, también, fracasa. La tinta azul no ayuda para nada. Los dibujos
que van intercalados son malos, como es malo, y fuera de tono, el retrato del autor en la
contraportada.
DANIEL WINOGRAD A.
|