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Ausencia
de toda épcica
Delirio del inmortal
Santiago Londoño
Fundación Simón y Lola Guberek.
Bogotá. 1985, 49 págs.
Escritos entre 1978 y
1983, los poemas de Santiago Londoño (Medellín, 1955) que componen su primer libro,
parecen sostenerse, como unidad, sobre la afirmación final: "Me soy fiel / y esa es
mi invención".
¿Fiel a qué? A algunas rabias, a algunos amores, a alguna suave y distraída
adolescencia, de la cual, de algún modo, se despide en estas páginas.
Como todo poeta joven, comienza por sentirse cansado: "todo nos llega tarde y
mustio", y esta coquetería no se prolonga por los encantos del anacronismo como
suscitador de nuevas realidades, lo cual es una lástima. Por el contrario. Desde el
comienzo prefiere expresarse con tono grave y urgido, dentro del cual una buena retórica
logra mantener vivo su calor indignado. Si no, ¿cómo explicarse la apertura de un primer
libro con este énfasis tan sonoro?:
Procederé a escupir
cada
mañana sobre mi tumba:
soy inmortal pese a las cifras
y pese a mi futuro trazado en
las estrellas.
Me embriago mientras dura
la eternidad sin fin de este
minuto.
Cuerpo, entre la boca llevo una
saeta
dulce, loca, para herirte.
Amor, en tu forma
desvergonzada de extenderte
obtengo una fiera breve,
clandestina.
Muerte, en tu demencia
equivocada
¿a quién crees que irás a
poseer? (pág. 9)
Por supuesto, la posesión se torna
evasiva; y apenas si se toca, cuando ya se desvanece. Es en ese acto de apropiación del
mundo, en ese intento de sobrepasarlo y echarse a volar, donde su poesía mantiene una
tensión eficaz a pesar de las vacilaciones indecisas, y un tanto confusas, con que
reitera sus propósitos. Pero él, que sólo aspira al reconocimiento, al
"roce del dulce amor sin peligro", comprobará, en una segunda vuelta, que ya
sólo le resta "una planicia insípida" como horizonte prometido. ¿Cuál es
éste?
El de los falsos demonios. El del "funcionario oficial apenas ,/empleadito calculando
ahorros tras el diario" (pág. 21) y el que con cierto ademán ampuloso no vacila en
calificar como "el infecto animal del amor" (pág. 24)
Pero en la segunda parte de su libro, un poema Habitación, deja atrás las
fáciles ambigüedades, y los desprolijos renglones que enturbiaban su voz, para dibujar,
con precisión, un ámbito donde a fuerza de ser concreto el misterio comienza a
percibirse como real.
En realidad la vista
aquí
no se extiende demasiado.
Tres metros más allá un muro
crudo
y la reja amarilla de orín;
la ventana es también un azogue
oscuro,
fiel a las órdenes del reflejo:
tejas secas, antenas, un pájaro
migratorio recortado.
Pero en las noches nunca las
estrellas.
Sólo una vez al mes la luna
cuadriculándome el borde de
la cama
si la luz está apagada.
De cualquier modo, siempre
estridente,
una chicharra se ocupa de suruido.
Y yo me ocupo de escribirmigas de pan
que me aseguren el camino de regreso:
el mar, vasto horizonteimposeíble,
ese cuerpo tenso donde me has acogido.
Mañana será lunes de nuevo (pág. 31)
Aunque la penúltima
y atepenúltima lineas son superflluas, el tono general mantiene el poema hasta el último
verso. Ha logrado salir de sí mismo y nos ha permitido echar una mirada sobre su mundo.
Ese mundo es el mundo. Como es obvio, no un mundo demasiado incisivo o excesivamente
apasionante. No el mundo donde "el animal intenso del hastio" afila sus fauces
sino, como lo dice en el mismo poema (pág. 37), en aquel donde sólo un "cogollo
fresco sobrevive
.
¿Cuál es este?
Creo también que la
palabra es
vana
pero alguna me sorprende con su música (pág. 39)
Gracias a esa música
él logra traernos, en la tercera y cuarta parte de su libro, algunas instancias válidas;
no tanto, quizás, como la citada Habitación, pero también logradas en su captura
de interiores donde el deseo encendió su llama, ¿Un eco de Cavafis? A lo mejor. En todo
caso, en estos cinco versos de su poema Pacto (pág. 39), parece buscar la
reconcilación entre esas dos instancias que conforman su poesía. Por una parte, esa
muerte un tanto abstracta e intimidante, que suscita el propio título del libro: Delirio
del inmortal; y ese murmullo, menos elevado pero más próximo, de lo llanamente
cotidiano. De todos modos, lo expresa así:
No hay historia para
conjurar o recomponer
apenas el desorden acechante de los pobres días
el desdén apagándose suave
en una habitación solube ese pacto mudo de convivencia
con la bestia fiera de la muerte. (pág. 39)
Demasiadas bestias y
animales, estaríamos tentados a decir, pero el dilema parece encauzarse en una opción
que no es precisamente la de la ironía obvia sino una más secreta y elusiva. Como lo
demuestra en su poema Modelo para armar (pág. 47), todos los elementos de su
poesía resultan permutables, y estos que hemos ido destacando, como todos los otros que
aún no nos han sido revelados, confluyen en ese invento de cada día: "mi querido y
útil artificio, la maquinaria perfecta del olvido" como la llama, con acierto. El
poema mismo, bien entendido. Esa es su fidelidad más profunda: una fidelidad a lo que se
inventa, rehace, y desaparece cada día. A la creación, como recreación continua.
Un libro como éste, sobriamente ajeno a lo contemporáneo, como programa, y atento, más
bien, a la auscultación vigilante y sensible de un universo menor pero auténtico,
señala, como tantos otros en el continente latinoamericano, un cambio muy visible en las
preocupaciones poéticas. La escritora argentina Basilia Papastamatiu, radicada en La
Habana desde 1969, refiriéndose a la literatura cubana, lo formula así:
La literatura centrada
en la épica heroica comete excesos mecánicos,
repite formulas que ya no corresponden al nuevo paisaje social. Creo que
hacia 1975 esta época se va agotando. En los jóvenes aparecen aires
renovadores, tanto en lo formal como en lo temático; se apela
más a lo subjetivo y a los temas universales: el amor, la muerte.
Por lo tanto, se valorizan lenguajes de mayor carga metafórica y simbólica
y se revalorizan escritores como Lezama Lima, Cintio Vitiar y Eliseo Diego.
1
¿Sucederá lo mismo en Colombia?
Esta pregunta, que atiende a la historia literaria, parece demasiado abrupta, hecha en
relación, tan sólo, con un primero y válido libro, como el de Santiago Londoño. Pero
son, precisamente, los primeros libros los que con mayor evidencia permiten distinguir
aperturas y nuevos rumbos. Este es uno de ellos.
JUAN GUSTAVO COBO BORDA
1.
Vicente Muliero, "Literatura cubana después de la épica", en El Periodista de
Buenos Aires, núm. 52, 6-12 de septiembre de 1985, pág. 26. (regresar1)
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