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Símbolos
nacidos del mito
Las culturas del oro, arte
universal y proporción armónica FI
Martín Canyis
Presidencia de la República, Secretaría de Información y Prensa,
Bogotá, 1984
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Inicié con escepticismo
la lectura de Las culturas del oro de Martín Canyis. Suponía que era otro de esos
esfuerzos inútiles por probar si la espiral vino de Sumeria al antiguo Perú o si, por el
contrario, debemos vanagloriamos de la invención americana de la proporción dorada o la
proporción armónica FI. En fin, otro de esos trabajos con tesis difusionistas que no
conducen a ninguna parte. Pero, lejos de esto, el libro contiene un magnífico análisis
de los objetos precolombinos, considerándolos como símbolos nacidos del mito para luego
observarlos como indicios del alto grado intelectual y estético de los aborígenes
americanos, sometiéndolos a cuidadoso análisis geométrico.
Según Canyis, el hombre participa de la realidad divina mediante el símbolo que hace
"visible lo invisible" y permite "expresar lo que se sabe y no lo que se
ve". Explica cómo surge lo que podríamos llamar estilo "al intentar conservar
la forma porque de ella depende una especial energía espiritual". Hace resaltar
cómo en estas culturas, para dar a las piezas su valor simbólico, "la creación
artística empleó la estilización que destaca lo esencial y suprime todo lo demás como
accesorio y opaco".
Canyis indica cómo estos símbolos trascienden al individuo, por cuanto están revestidos
de una "dimensión litúrgica que valora lo social sobre lo contingente
individual", y cómo el hombre, en "su afán por escapar a la arbitrariedad de
un mundo sin sentido, logra, a través de sus expresiones artísticas una experiencia
sensible de lo absoluto".
Al dar una rápida mirada a los símbolos precolombinos, M. Canyis observa la importancia
dada al agua como origen de las cosas, y a los animales que la habitan. Olvida anotar que
algunos seres del aire y de la tierra, en especial el águila y el jaguar, irrumpen con
frecuencia en el mundo del hombre y, tanto como la anaconda, son animales que se mueven
con facilidad y destreza en medios distintos del propio. Son animales mediadores entre
diferentes estadios y simbólicamente sirven de intermediarios entre el mundo real y el
mundo mítico.
Aunque el libro anota la especial importancia del sol como fuente de calor y de vida,
representado en pectorales circulares, omite justificar la utilización del oro en la
elaboración de estos y de otros objetos de evidente valor simbólico. Martín Canyis no
llega a encontrar la razón simbólica del oro como materialización de la fuerza creadora
del sol, como material fertilizante de la tierra.
El uso de pectorales, colgantes, narigueras, orejeras y otros objetos de oro, que poseen
la energía vital del sol y que pueden "recargarse" al ser expuestos a sus
rayos, según una antigua creencia de los coguis que serviría para explicar la
preferencia del metal precioso por diferentes culturas orfebres precolombinas, le permite
al hombre la posibilidad de participar de la fuerza creativa que rige el universo, de ser
su intermediario, su portador, su conducto.
Los análisis geométricos que el padre Martín Canyis aplica rigurosamente a veinte
objetos prehispánicos y a otras tantas obras del arte universal están basados en los
conceptos clásicos de ritmo, armonía y simetría hasta llegar a encontrar la proporción
dorada o armonía FI que los inspira a todos. Elementos geométricos dinámicos que
demuestran que sus autores comparten indudablemente un refinado sentido vital y una
elevada mentalidad filosófica.
Pero si vamos más allá en este tipo de investigación formal, podríamos llegar a
clasificar los distintos "grupos cristalográficos planos"; comprendidos dentro
de esa constante geométrica común, hasta encontrar el grado de abstracción alcanzado
por cada una de nuestras culturas aborígenes, según lo sugiere Víctor Albis-González,
profesor de matemáticas de la Universidad Nacional. "Si a esta clasificación le
añadimos un análisis de la frecuencia con que aparecen estos grupos abstractos en la
ornamentación de determinada cultura, existe la posibilidad de aplicarla como criterio de
clasificación arqueológica", añade el profesor Albis-González. Con lo cual a cada
constante geométrica correspondería un tipo determinado de pensamiento.
Si además, concluye el profesor, tenemos la fortuna de poder establecer comparaciones con
las expresiones artísticas de comunidades que aún subsisten, como en el caso de los
coguis de la Sierra Nevada de Santa Marta, descendientes de los taironas, tendríamos la
posibilidad de seguir la evolución de su abstracción geométrica a través del tiempo.
Revisando los datos arqueológicos que incluye en su trabajo el padre Canyis, son pocos
los revaluados por las últimas investigaciones. El estilo darién, creado por Carlos
Margaín y retomado por José Pérez de Barradas y el autor del libro, ha sido cuestionado
desde hace algunos años. Según los datos, las figuras antropomorfas esquemáticas que lo
caracterizan no pertenecen a esta región geográfica, sino que se encuentran dispersas
desde la región caliman hasta Centroamérica, con grandes diferencias en el tiempo. Estas
piezas son representaciones de un ser mítico común a diferentes culturas y no un estilo
independiente.
El autor no contempla piezas de la zona nariño, seguramente porque los hallazgos son
relativamente recientes. El manejo de la geometría de estos grupos apoyaría de manera
notable su tesis sobre el alto grado intelectual y estético de los aborígenes
americanos.
Martín Canyis prueba por medio de su estudio cómo el arte americano y el universal
están regidos por los mismos principios. Hipótesis válida que sólo se podrá
enriquecer con la profundización de los estudios geométricos propuestos y con la
actualización de los datos arqueológicos.
CLEMENCIA PLAZAS
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