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Al
rescate de melindres, pestiños y panjelin
Mesa y cocina en el siglo XIX
Aída Martínez Carreño
Edición Fondo Cultural Cafetero,
Bogotá, 1985, 127 págs.
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Pienso que a Aída
Martínez Carreño le pasó, con esta publicación, algo diferente de lo que
frecuentemente acontece en panaderías, cuando una vez colocada la masa en el horno y
guardado el tiempo requerido, se asoma el panadero y exclama: ¡No subió! Pues bien, en
el caso de la autora, ella puso masa para un pandero y le resulté un mojicón. No era
para menos. El asunto de historiar la vida cotidiana del siglo XIX,
concebido como un trabajo propio de la entidad cultural que ella dirige, se le convirtió
en una pasión personal de investigación; y aquello que en un principio tenía rasgos de
catálogo para una exposición, terminó convertido en interesante libro, obviamente con
sus "dimes y diretes".
Actualmente los estudios de historia dan fundamental importancia a aquellos aspectos que
durante mucho tiempo no tuvieron más calificativo que el de "triviales". Las
nuevas tendencias de investigación social advierten el potencial analítico que para el
estudio de una sociedad, entregan las sensibilidades colectivas materializadas en los
avatares del comer y del cocinar. Mesa y cocina en el siglo
XIX
es
un trabajo saturado de pequeños acontecimientos, muchas veces anecdóticos, otras tantas
no; donde frecuentemente se da cuenta del ámbito y la atmósfera que en calles, mercados,
pulperías, bailes, banquetes y chicherías reinaba en los diferentes estratos de la
sociedad bogotana. No es propiamente la historia del tenedor, ni el origen de la vajilla
de doña Fulana. Es más bien la condensación de una vasta y dispersa información que
permite comprender el significado social en el momento de adquirir y practicar nuevos
hábitos, usos y accesorios.
Comencemos por decir que no se trata de un libro propiamente de recetas y de maneras de
mesa. No. Es más bien un inventario minucioso del cuándo, del cómo y del porqué se
involucran y fusionan a las costumbres manducatorias colombianas muchos de los alimentos,
utensilios y procedimientos extranjeros, que aún hoy continúan vigentes en nuestro
medio. Lo anterior exigió una exhaustiva investigación bibliográfica en donde además
de libros de historia, informes de cronistas, escritos de costumbres y periódicos, se
revisaron diarios personales, correspondencia, tarjeas de visita, facturas comerciales,
refraneros, manifiestos de aduana, libretas de cuentas, tarjetas de invitación, postales,
menús y, obviamente, recetarios. Salta a la vista que no se trata de unas fuentes
documentales muy ortodoxas, pero evidentemente constituyen la mejor información de día a
día en el siglo XIX.
En su introducción, la autora manifiesta de manera objetiva los alcances y pretensiones
de su trabajo, afirmando que este constituye más un punto de partida, antes que pretender
ser una obra depurada, y advierte con claridad los vacíos de su contenido. Al respecto
dice: "La extensión del trabajo evidencia muchas de sus limitaciones, una de las
principales no contener información regular sobre todas las regiones del país, que
hubiera requerido la labor de equipo. Esta circunstancia y la de estar enfocado
principalmente a la capital, se origina en la cantidad de información obtenida y en el
corto lapso de que se dispuso; nace también de la realidad de que en un país fuertemente
centralista como el nuestro, que apenas en los últimos cuarenta años ha desarrollado
otras ciudades, es la capital la que impone todo tipo de decisiones y adopta costumbres
que posteriormente van a llegar a las regiones más apartadas".
Ahora bien: partiendo de una apretada ubicación de los antecedentes indígena y colonial
alrededor del tema, la autora logra cubrir el siglo en estudio, apoyada en los principales
acontecimientos políticos y económicos sin someterse a una estricta continuidad
cronológica y "adobando" su análisis con excelente sentido del humor y
estupenda prosa. Sin embargo, la numerosa presentación de citas documentales
fragmenta sus acertados comentarios restando solidez a su estructura y por consiguiente a
su unidad analítica. De todas maneras, bienvenida sea a la escasa bibliografía culinaria
colombiana, una publicación como Mesa y cocina en el siglo XIX. Por una parte,
porque dicha bibliografía necesita de trabajos que la sitúen con mayor claridad en su
papel de información básica para la investigación y conocimiento de nuestro
desenvolvimiento histórico; y por otra, porque se hace necesario reivindicar el tema de
"lo culinario" con el fin de que no continúe interpretándose como mero asunto
de amas de casa, cocineros o gastrónomos y comience a entenderse como manifestación
cultural, permeable al estudio de cualquier disciplina social.
La historia de un pueblo es la historia de su alimentación, y ésta, a su vez, es la
historia de su cocina. Pregunto entonces: ¿dónde fueron a parar aquellos melindres y
pestiños que tanto empalagaron a los párvulos del siglo XIX?
JULIÁN ESTRADA
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