Boletín Cultural y Bibliográfico. Número5,  Volumen XXII , 1985
 

El recuerdo de la guerra


Una y muchas guerras
Alonso Aristizábal
Editorial Planeta, Bogotá, 1985

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Si es cierto que cada país tiene su trauma nacional, y que éste se refleja en las distintas formas que adopta la creación, el trauma colombiano sería la violencia, esa etapa histórica que, con matices, se prolonga desde la guerra de los Mil Días y se exacerba de 1930 a 1958.
La prensa de la época informa sobrecogedoramente sobre los hechos. Al mirar el material gráfico, una se siente conturbada al corroborar —pasado el tiempo, los extremos, la salvaje patología de la crueldad— cómo el odio ideológico, el más peligroso de todos, saca del ello sus formas más aberrantes, abominables, excrecencias de la condición humana que nos horrorizan al hacernos decir:
Esto somos. A esto hemos llegado. En la novela de Alonso Aristizábal, Una y muchas guerras, asistimos, con el mismo estremecimiento que suscita la visión de las fotos de esos años, al recorrido histórico de la violencia. Vista desde las contingencias de una familia de Pensilvania (Caldas) y con hálito de autobiografía, la novela va más allá de cualquier pretensión del tópico peyorativo de ser un exhaustivo recuento de muertos. El desafío narrativo fue hondo, por cuanto, ¿cómo esconder que los muertos fueron muchos, ¿cómo ocultar el odio y la abyección propiciada por el afán de poder, en definitiva, cómo escribir sobre el tema sin la presencia triunfal de Tánato?
Aristizábal, en el momento de emprender la redacción de la novela, sabía que se la jugaba toda en ella. Que las trampas estaban ahí, precisamente, en el consabido recuento de muertos.
Pero como a un escritor con talento y oficio no hay tema que lo arredre, en la minuciosa elaboración de la novela supo vislumbrar que era desde dentro, desde la entraña misma de la tierra, de donde debía partir.
En Una y muchas guerras, narrada en tercera persona, nos cuenta la vida de los Aristizábal, y rozando los márgenes de la novela histórica, conocemos los rezagos de la violencia anterior al 30 y su posterior desenvolvimiento. La autobiografía, en este caso, funciona como Leitmotiv de la memoria de un pueblo bastante dado a olvidar. En este sentido, la mención de políticos y figuras del momento, Alzate Avendaño, Barrera Uribe, Marco Mirla, Mamatoco, Gaitán, Roa Sierra, etc., funciona no como señalamiento de acciones afortunadas o infortunadas, sino como la justeza y fidelidad del lugar que ocuparon, porque el esfuerzo de Alonso Aristizábal es el de no acusar, ya que, como bien dice uno de los personajes: "Qué diferencia hay entre conservadores y liberales. Es lo mismo. Sólo que a unos los matan primero y a los otros después".
En esta novela, Aristizábal, demuestra su buen oficio. No sólo parte de hechos reales, sino que muestra seres reales de la sociedad colombiana. Por supuesto, es una novela desoladora, y al leerla, hay momentos en que se dice: es realmente triste. Esto es un logro, puesto que, a veces, es necesario golpear al lector y decirle: A esto hemos llegado. A Una y muchas guerras la atraviesa, desde su primera página, el recuerdo, la imagen, que quizás hemos querido olvidar, de hombres apuñalados, del paso de los ataudes. Con certero equilibrio, estos elementos, que pueden fácilmente convertirse en lugar común, Aristizábal los transforma en coherente narración. El trabajo de elaboración de personajes y de la atmósfera de la novela parece haber sido calculado con minucia de orfebre.
Desde los personajes de Tristán y Josefa —padres de Rubelio Aristizábal— se sostiene el mismo acento de cansancio ante tanta muerte. Igual vigilia espera a la familia de Rubelio y Sola, que conforman el arquetipo familiar de raigambre conservadora. Compartimos la zozobra de estos seres constantemente azotados por el miedo y las carencias, por la desmembración de la familia.
A raíz de una de las corresponsalías enviadas por Rubelio al periódico La Patria, en la que denuncia los atropellos de la policía barrerista en Pensilvania, las amenazas no se hacen esperar. Es el comienzo de la expiación. El clima de violencia crece en el país, los rencores partidistas irrumpen en el ámbito familiar, dos hijos de Rubelio se van, Carmen se casa sin aprobación y se marcha para Bogotá, a donde, sacados por las circunstancias, irán Rubelio y Sola. Pero Bogotá no es la tierra prometida; a los problemas económicos que siguen arrinconándolos, Rut y Héctor, aunque por razones distintas, abandonan la familia, contingencias que provocarán en Rubelio sucesivas crisis nerviosas y persecutorias que lo derrumban y lo llevan al final, a una demencia presenil. A todo esto asiste Virgilio, uno de los personajes más intensos y logrados. Es el hijo de la violencia y desde temprano su mirada se encontró con el paso de los muertos, que imprimieron a su carácter interioridad y afán de dar testimonio de lo que habían sido su vida familiar y la del país: se anuncia un escritor. La novela termina en los meses posteriores al asesinato de Gaitán y a la muerte de Rubelio y Sola.
Una y muchas guerras, pese a que rememorar una etapa sombría de la vida colombiana, deja intersticios por donde se intuye la esperanza y el futuro.
Es la primera novela de Alonso Aristizábal, autor de tres libros de relatos: Sueño para empezar a vivir, Un pueblo de niebla y Escritos en los muros, además de reseñas y ensayos de crítica literaria.

SONIA NADHEZDA TRUOUE