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E
pluribus unum
El cadáver del sol
Triunfo Arciniegas
Ediciones Sociedad de la Imaginación,
Bogotá, 1984, 120 págs.
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Triunfo Arciniegas
(Málaga, Santander, 1957) ha merecido suficientes premios, menciones, publicaciones,
reseñas y comentarios en el ámbito literario del país como para hacer innecesaria una
presentación formal.
El cadáver del sol es un conjunto de catorce cuentos presididos por un largo
epígrafe tomado de Engels y que alude a un mítico apocalipsis (todo final cósmico lo
es, al igual que todo comienzo). Justamente este epígrafe que deja en suspenso la
fe presocrática en un Universo Fénix en el que Fuego y Espíritu se alternarían durante
eones eternos provee de título al volumen.
Hay de todo entre los catorce cuentos: fantasía delirante y desentejada (Dedos), realismo
casi periodístico (La puerta roja), ácidas reflexiones a la manera de Swift sobre
la irremediable paradoja humana, cuentos de compromiso testimonial (Ella), cuentos
que delatan un amoroso esmero para con el material del escritor, cuentos que no alcanzaron
a probar el papel de lija. El que la mayor parte de los cuentos daten de 1977-78, y que el
mejor esté fechado en 1981, parece indicar que se ha ido cuajando un talento de grueso
calibre. Porque la impresión general es de desolación: cuentos-comparsas que se limitan
a abultar una antología, algo más que borradores experimentales, cuentos que se
maduraron biches, como ciertas frutas magulladas a porrazos por escolares impacientes.
Pese a que se reiteran personajes y lugares (el bar de Osiris, el bar de Lucy, Rena,
Tulio), no se llega a configurar un topos reconocible y de contornos nítidos.
Párrafo aparte merecen Tratado sobre el sueño y El mundo de Cristina. Éste,
que lleva el mismo título de un lienzo de Andrew Wyeth, célebre por su pincel
hiperfotográfico (lienzo que le inspirara también a Saura una memorable escena de Los
ojos vendados), es el soliloquio de reminiscencias rulfianas de una niña,
o una mongólica, que trata de orientarse a tientas en el laberinto hostil del mundo
adulto: sabiamente, el autor le transmite al lector el estupor de Cristina mediante una
permanente reubicación del eje narrativo, la incoherencia del discurso, y la disparatada
jerarquía de valores de la protagonista. Tratado sobre el sueño ahonda, a lo
largo de una meditación no carente de tintes sombríos sobre los sueños
manipulados como una mercancía, en las relaciones entre clases sociales, los intríngulis
del poder, la intromisión de la tecnología en la vida privada, la ambición, la
corrupción, la enloquecida carrera de la producción-consumo, narrada en tono incisivo y
lacónico, con repentinos fogonazos de ironía ("se derogó la asquerosa ley [de los
sueños fabricados en serie por decreto], todo el mundo afectado, los ricos se estaban
envenenando de ternura..."), o de risa ("Lucy regresó [de un sueño] encinta de
un harem oriental o de un prostíbulo francés").
El unicornio del jardín es el cuento de 1981. Aunque de por sí es una música y
una fiesta, conocer a su antecesor al cual parodia, corrige y enriquece puede
contribuir a un disfrute más amplio y cabal.
Hace cosa de cuarenta años, el escritor humorístico norteamericano James Thurber
publicó The Thurber Carnival, uno de cuyos relatos, A unicorn in the garden, puede
compendiarse así: cierto marido que desayunaba a solas (detalle que revela a un
matrimonio hastiado) sorprendió a través de la ventana del comedor a un blanco unicornio
de cuerno de oro que mordisqueaba una rosaleda. El hombre fue a la alcoba donde su esposa
dormía aún (sin duda con la cabeza llena de rulos y la cara enharinada como un Pierrot),
la despertó y la puso al tanto de lo que ocurría. La mujer, furiosa por haber sido
despertada a deshora, respondió que los unicornios son mera fábula. Una vez que el
marido hubo repetido varias veces su paseo entre el comedor y la alcoba y el mismo cuento
con variaciones florales, la esposa, nerviosa y feliz, decidió telefonear al manicomio.
Para abreviar, el psiquiatra y sus ayudantes, tras escuchar el relato alucinado de la
mujer y el rotundo mentís del marido ("Los unicornios son mera fábula"),
alzaron con la ululante esposa maniatada en camisa de fuerza, y el marido pudo entonces
vivir con tranquilidad. La estratagema, la silueta meramente verbal del unicornio, así
como las frases inicial y final ("Erase una vez y en adelante vivió muy
dichoso") acentúan el carácter burlesco del cuento de Thurber.
El unicornio del jardín de Triunfo Arciniegas arranca de una anécdota tal vez
más simple aún: un joven marido llevan sólo tres años de casados sale en
la noche y la lluvia a comprar un unicornio para aplacar los celos y el mal genio de su
mujercita, sin sospechar las demoledoras consecuencias de una acción inocente. El cuento
de Thurner es racionalista y prosaico; el de Arciniegas es una deliciosa farsa hecha de
oportunos toques de humor, poesía y erotismo, sutilmente entreverados con objetos
domésticos y situaciones de todos los días. Un verbo dinámico y sensual, desconocido en
los demás cuentos del volumen, ilumina cosas y circunstancias familiares, mientras
intencionadamente sumerge en una ambigua penumbra la presencia rosada y babeante del
unicornio que, en contraste con otros caracteres del cuento, mejor enfocados y
visualizados (la chica del bar que sale tras el hombre maduro, la casa desordenada), es
una entidad verbal: lo mismo que el unicornio de Thurber, sólo que con logro e intención
muy diversos. Arciniegas consigue elaborar una articulación admirable entre unas
coordenadas culturales muy locales y un arquetipo que se remonta, a través de la
tradición hermética, los tapices medievales y la Historia natural de Plinio,
hasta las paredes de Lascaux y nuestras propias cavernas interiores.
Cuatro años después de su Unicornio del jardín, Triunfo Arciniegas debe estar
produciendo obras espléndidas. Amanecerá y veremos.
HUMBERTO BARRERA O.
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